El doctor multimillonario tomó mi primera vez y me hizo suya - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 Devolviendo su ropa interior en la puerta
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35: Capítulo 35: Devolviendo su ropa interior en la puerta 35: Capítulo 35: Devolviendo su ropa interior en la puerta Jace se apoyó en el marco de la puerta, sin inmutarse por su repentina aparición.
Tenía el rostro tranquilo, como si se lo hubiera esperado.
—¿Te has mudado?
—preguntó él con naturalidad.
Nerissa asintió, forzando una sonrisa.
—Sí, ¿quién lo diría, doctor Whitmore?
Resulta que somos vecinos.
Temiendo que él pensara que se había mudado a propósito para acercarse, ella se apresuró a añadir: —Es la vivienda para el personal de la empresa.
Me la aprobaron esta misma tarde, ha sido pura casualidad.
Una locura, ¿a que sí?
Jace soltó un bufido leve, casi sarcástico.
—Las prestaciones de tu empresa no están nada mal.
Nerissa de repente no supo qué responder.
No sabría decir por qué, pero el tono de él tenía un deje sutil…, como si se estuviera burlando de ella sin el menor esfuerzo.
Se giró, dispuesta a tirar la basura, pero él la llamó a su espalda.
—Espera un momento.
—¿Eh?
—se giró ella por instinto.
—Tengo algo tuyo.
Desapareció unos segundos y luego regresó, extendiendo la mano hacia ella.
Colgando entre dos de sus dedos, largos y bien definidos…, había unas bragas blancas con un estampado de florecitas.
La mente de Nerissa se quedó en blanco por un instante.
La cara se le encendió como un pimiento, estaba muerta de vergüenza.
¡De verdad se las había quedado!
Esa mañana se había cambiado a toda prisa y había metido en la maleta todos sus pijamas…, excepto la ropa interior que se había dejado en el baño.
Y, de entre todas las cosas posibles, él iba, la recogía y se la devolvía con toda la calma del mundo…
Roja de vergüenza, Nerissa le arrebató las bragas de la mano, las hizo un gurruño y se las guardó en el fondo del bolsillo.
—Eh…, ¿algo más?
—No.
Jace retiró la mano como si tal cosa, pero el sutil roce de las yemas de sus dedos insinuó que la situación no le era del todo indiferente.
Con la cara ardiendo, Nerissa agarró la basura y salió disparada.
El cuarto de la basura estaba al final del pasillo.
Cuando regresó, no solo la puerta de Jace seguía abierta, sino que había alguien de pie frente a la suya: un hombre alto que charlaba tranquilamente con Jace a través del pasillo.
—¡Entrenador!
¿Qué haces aquí?
—soltó Nerissa, sorprendida.
Quentin levantó la gran bolsa de plástico que llevaba, sonriendo con un brillo cálido en la mirada.
—Acabas de mudarte.
He pensado que te harían falta algunas cosas, así que te he traído lo indispensable…
y también algo para la nevera.
Nerissa se sintió conmovida, sin saber muy bien qué decir.
—Entrenador, ya moviste hilos para conseguirme esta vivienda…
Te estoy muy agradecida.
De verdad que ya has hecho suficiente.
Esto es demasiado…
—No es para tanto, en serio.
Y ya que lo he traído hasta aquí, no me harás cargarlo de vuelta a casa, ¿verdad?
—le guiñó un ojo Quentin, con una sonrisa pícara y juguetona.
Por supuesto, Nerissa no podía decirle que se marchara.
Abrió la puerta rápidamente y lo invitó a pasar.
—Pasa y siéntate un rato.
O, ¿qué te parece si te invito a cenar?
Me has ayudado muchísimo…
Me sabe mal no hacer algo para agradecértelo.
Nerissa parecía un poco inquieta.
No era de las que se tomaban los favores a la ligera, y le remordía la conciencia si no podía devolverlos.
Quentin sonrió.
—Claro, pero no hace falta ir a un restaurante.
He traído un montón de ingredientes.
Puedes preparar algo en casa.
Tengo curiosidad por probar tu cocina.
Levantó la bolsa.
Estaba repleta de verduras y carne, sin duda suficiente para varias comidas.
Sabía que la chica andaba algo justa de dinero últimamente.
No le iba a poner ninguna pega a una comida casera.
—Muy bien, entonces —dijo Nerissa con alegría—.
Voy a lucirme un poco.
Charlaban animadamente junto a la puerta, olvidándose por completo del silencioso vecino de enfrente.
Por el rabillo del ojo, Quentin se percató de que Jace seguía apoyado en el marco de su puerta, con los brazos cruzados, observándolos con cara de pocos amigos, como si fuera una especie de guardián de mal humor.
Al recordar que Jace era en realidad el propietario del apartamento, Quentin se frotó la nariz y le lanzó la pregunta como si nada: —¿Te apuntas?
A Nerissa le entró el pánico.
Estaba a punto de fulminar a Jace con la mirada para decirle «Ni se te ocurra», pero, antes de que pudiera hacerlo, él ya había respondido con un tono de total indiferencia.
—Claro.
Quentin había venido totalmente preparado: no solo traía carne y verduras, sino también todos los condimentos necesarios para preparar un festín.
Nerissa llevó las bolsas a la cocina y se puso manos a la obra de inmediato; el ruido de las ollas y las tablas de cortar llenó el lugar.
Cuando Quentin intentó entrar para ayudar, ella lo rechazó sin dudarlo un instante y prácticamente lo empujó fuera.
Ya habían acordado que ella se encargaría de la cena de principio a fin.
Al ver lo terca que se ponía, Quentin no pudo más que encogerse de hombros y retroceder.
—Esta chica…
parece muy dulce y tranquila, pero es sorprendentemente testaruda —murmuró mientras volvía al salón y se dejaba caer en el sofá junto a Jace.
Jace apenas reaccionó; solo echó un vistazo hacia la puerta de la cocina.
Las comisuras de sus labios se crisparon, divertidas.
Testaruda o no, en la cama siempre acababa sin aliento y suplicando.
Nerissa se volcó en la cocina.
Preparó varios platos, cocinó a fuego lento una sopa de pescado y aliñó un par de entrantes fríos.
El resultado fue un festín colorido y fragante sobre la mesa, con una pinta tan buena como su olor.
—Vaya, Nerissa, tienes un verdadero don —dijo Quentin, claramente impresionado—.
Al que acabe contigo le tocará la lotería, en serio.
Nerissa rio con timidez.
—No es nada del otro mundo, solo comida casera.
Llevo haciéndolo desde que era una niña, así que ya me sale de forma natural.
Y no era falsa modestia; era la pura verdad.
Su padre llevaba años paralítico y necesitaba una nutrición especial, mientras que su madre era muy tiquismiquis con la comida.
Así que, básicamente, Nerissa se había criado entre fogones; había pocas cosas que no supiera cocinar.
—Bueno, parece que Jace y yo nos vamos a dar un homenaje.
Venga, vamos a empezar —dijo Quentin con una sonrisa, indicándoles a los dos que se sirvieran.
Nerissa siguió el gesto con la mirada y vio a Jace levantarse del sofá con esa calma parsimoniosa que lo caracterizaba, para luego dirigirse a la mesa del comedor como si nada.
Se sentó justo enfrente de ella.
Con solo levantar la vista, ahí estaba, con ese rostro absurdamente atractivo ocupando toda su línea de visión.
No estaba segura de si lo hacía a propósito o si solo era su forma de ser, irritante sin más.
A Nerissa no le quedó más remedio que bajar la cabeza y centrarse en comer, asintiendo en silencio mientras contaba mentalmente los minutos que faltaban para que él se marchara.
Y entonces—
Un pie le rozó de repente la pantorrilla, ascendiendo lenta y deliberadamente.
Un flirteo silencioso que la recorrió como una descarga.
¡Clang!
La cuchara se le resbaló de las manos y golpeó la mesa con un ruido seco.
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