el duque del norte caído - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 ñCapítulo 15 Sombras en el Cielo y Lágrimas en el Trono
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15: ñCapítulo 15: Sombras en el Cielo y Lágrimas en el Trono 15: ñCapítulo 15: Sombras en el Cielo y Lágrimas en el Trono wyverns nuevos trajeron un cambio en todos los entrenamientos.
Bork los integró de inmediato a sus Caballeros de Dios, pero Lyria vio una oportunidad mayor para sus unidades especiales.
Los kitsune, con su visión nocturna perfecta, su sigilo innato y su ferocidad implacable, fueron los primeros en probar el cielo.
Entrenamiento Aéreo de los Kitsune: Las Fases Fase 1: Adaptación al Vuelo (primeros días) Cada kitsune fue asignado a un wyvern joven.
No se usaron sillas completas, solo arneses ligeros de cuero y hueso para no interferir con su movilidad.
El objetivo era simple: acostumbrarse al movimiento del wyvern sin marearse ni caer.
Lyria ordenaba vuelos bajos sobre el valle, a menos de cincuenta metros.
Los kitsune iban agarrados con manos y colas, oliendo el viento, sintiendo las corrientes.
Kael, el de cuatro colas, fue el primero en soltarse y moverse por el lomo del wyvern en pleno vuelo.
Fase 2: Caza Aérea Diurna (semana siguiente) Vuelos más altos.
Presas: aves de hielo grandes y maniquíes lanzados desde catapultas.
Los kitsune saltaban del wyvern al objetivo en picada corta, usando garras y colmillos para “matar” y volver al lomo antes de tocar suelo.
Lyria añadía complicaciones: viento lateral fuerte, nieve cegadora, wyverns enemigos simulados por Caballeros de Dios.
Regla estricta: si la presa “finge muerte” en el aire (maniquí inmóvil), el kitsune debía confirmar igual.
No valía confiar en la quietud.
Fase 3: Operaciones Nocturnas (fase actual y permanente) Aquí brillaban de verdad.
Vuelos sin ninguna luz.
Wyverns planeando en silencio sobre valles negros.
Los kitsune se soltaban a cien metros de altura, caían como sombras y aterrizaban sin ruido sobre objetivos terrestres: centinelas falsos, campamentos simulados.
Luego regresaban trepando por cuerdas lanzadas o saltando directamente al wyvern en vuelo bajo.
Lyria observaba desde un wyvern propio: seis sombras aladas que desaparecían en la noche y reaparecían con la “presa” destrozada.
—Son pesadillas con alas —murmuró una vez a Kain—.
Nadie invadirá el norte de noche sin ser devorado antes de tocar suelo.
Esa misma tarde, tras un entrenamiento nocturno exitoso, Kain estaba en su oficina del trono revisando mapas de rutas comerciales cuando la puerta se abrió sin llamada.
Elara entró, envuelta en una capa élfica nueva que Sylva le había regalado.
Sus orejas mutiladas —cortadas a la mitad años atrás por un capataz cruel— asomaban apenas bajo el cabello plateado.
Lyria, que revisaba informes a un lado, alzó la vista.
Kain dejó el pergamino y se levantó.
—Elara.
Pasa.
La elfa se acercó despacio, manos apretadas.
Sus ojos verdes evitaban los de ellos.
Kain miró a Lyria y asintió.
—Comandante.
Cura sus orejas.
Lyria parpadeó.
—¿Ahora?
—Ahora.
Tienes mana curativo dracónico.
Haz que vuelvan a ser las hermosas orejas largas de elfa que merece tener.
Elara se quedó helada.
—¿Q-qué…?
Lyria entendió al instante.
Se acercó, alas plegadas, y puso una mano suave en la cabeza de la chica.
Mana cálido ámbar fluyó de sus palmas.
—Quédate quieta.
Dolerá un poco al principio, pero luego… será como si nunca las hubieran tocado.
El mana envolvió las orejas mutiladas.
Tejido creciendo, cartílago reformándose, piel estirándose.
Un brillo verde suave —mezcla del mana de Lyria y el propio poder de Envy de Elara— aceleró el proceso.
Elara tembló.
Primero un gemido de dolor… y luego lágrimas.
Cuando Lyria apartó las manos, las orejas de Elara eran perfectas: largas, puntiagudas, elegantes como las de cualquier elfa noble de los bosques antiguos.
Elara se tocó con dedos temblorosos.
Sintió la longitud completa, la suavidad.
Y rompió a llorar.
No sollozos silenciosos.
Lágrimas gruesas, hombros sacudidos, rodillas al suelo.
Kain se arrodilló frente a ella.
Lyria se quedó cerca, sin saber qué hacer con aquella emoción cruda.
—Elara… —dijo Kain con voz baja—.
Respira.
Ella levantó la vista, rostro bañado en lágrimas.
—Nunca… nunca pensé que volvería a tenerlas.
Me las cortaron para que nunca olvidara que era esclava.
Para que nunca fuera hermosa.
Y ahora… Se tocó otra vez, como si temiera que desaparecieran.
—Gracias… gracias… Lyria tragó saliva, emocionada a su pesar.
—No me lo agradezcas a mí.
El duque lo ordenó.
Elara miró a Kain.
—Entonces… gracias, mi señor.
Kain la ayudó a levantarse y la sentó en una silla mullida.
Pasaron minutos hasta que se calmó.
Le trajeron agua.
Se secó la cara.
Entonces, con voz más firme, habló: —Siento… siento otro Pecado.
Kain y Lyria se tensaron al instante.
—¿Otro portador?
—preguntó Kain.
Elara asintió, ojos aún rojos.
—No estoy segura.
El llamado es débil todavía, pero se acerca desde el sur.
Creo… creo que es Lust o Sloth.
No distingo bien.
Pero viene hacia el norte.
Como yo vine.
Lyria cruzó los brazos.
—Dos opciones: Lujuria o Pereza.
Ambas peligrosas a su manera.
Kain se puso de pie, mirada dura.
—Duplica las patrullas aéreas de kitsune.
Que los Ojos del Norte vigilen caminos del sur.
Si otro portador llega… que sea recibido como aliado, no como amenaza.
Miró a Elara con algo parecido a orgullo.
—Y tú… ya eres parte de este ducado.
Tus orejas lo prueban.
Tu poder lo probará en el campo cuando llegue el momento.
Elara se tocó una oreja larga por última vez y sonrió débilmente.
—Envy ya envidia a los que intenten quitarnos esto.
Kain asintió.
—Bien.
Que envidien.
Y que teman.
Fuera, la nieve seguía cayendo.
Dentro, otro Pecado se acercaba.
Y el Castillo Helado se preparaba para recibirlo.
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