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el duque del norte caído - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 El Viaje a Cresta de Plata
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16: Capítulo 16: El Viaje a Cresta de Plata 16: Capítulo 16: El Viaje a Cresta de Plata Los siete días pasaron como un suspiro helado.

El Castillo Helado trabajó sin descanso: forjas humeando día y noche, wyverns entrenando formaciones aéreas con kitsune en sus lomos, Ojos del Norte afinando tiros a distancias imposibles, Elara practicando ilusiones de Envy que podían engañar a ejércitos enteros.

Kain apenas durmió.

Revisó estrategias con Lyria hasta el amanecer, firmó órdenes de defensa, habló con cada comandante.

La mañana del séptimo día, la nieve caía ligera, como un velo de despedida.

En la plaza principal, Kain montaba un corcel negro de guerra, capa larga negra con bordes dorados ondeando al viento.

La Domadora brillaba en su cintura.

Solo diez escoltas, como exigía el protocolo imperial: Bork Ironbeard a su derecha, montado en un caballo gigantesco que apenas soportaba su peso; ocho Caballeros de Dios con armaduras blancas relucientes; y un Ojos del Norte élfico como explorador avanzado.

Lyria Flamewing esperaba al pie de las escaleras, alas plegadas, expresión dura pero ojos preocupados.

Kain desmontó un momento y subió hasta ella.

El resto de la plaza guardó silencio respetuoso.

—Comandante Lyria Flamewing —dijo Kain con voz formal, pero baja para que solo ella oyera—.

Quedas al mando absoluto del Gran Ducado del Norte en mi ausencia.

Todas las órdenes son tuyas.

Defiende este lugar con tu vida.

Si no regreso en catorce días… asume lo peor y prepara la guerra total.

Lyria golpeó el pecho con el puño.

—Entendido, mi señor.

Pero regresa.

Este ducado no es nada sin su duque.

Kain sonrió levemente.

—Intentaré no aburrirme demasiado en esa reunión.

Bork, desde su caballo, soltó una risa grave.

—¡Ja!

¡Si intentan algo, jefe, mi hacha hablará antes que sus lenguas diplomáticas!

Kain volvió a montar.

—Bork viene conmigo.

Necesito su… presencia intimidante.

Lyria asintió.

—Buena elección.

Nadie se atreverá a tocarte con ese ogro al lado.

Kain miró una última vez el castillo: torretas llenas de arqueros, wyverns en los nidos altos, estandartes Voss ondeando orgullosos.

Luego alzó la mano.

—¡En marcha!

Los once jinetes salieron por las puertas principales.

La nieve crujió bajo los cascos.

Lyria los observó hasta que desaparecieron en el horizonte blanco.

Solo entonces se giró hacia los oficiales reunidos.

—Doblad las patrullas aéreas.

Kitsune nocturnos en alerta máxima.

Ojos del Norte, ojos abiertos las veinticuatro horas.

Si alguien se acerca sin invitación… disparad primero y preguntad después.

La plaza respondió con un rugido.

—¡Por Voss!

—¡Por el Norte!

Mientras tanto, en el camino hacia el sur… El viaje duró cuatro días de cabalgada dura.

Cruzaron fronteras heladas, evitaron patrullas imperiales por rutas secretas conocidas solo por exploradores Voss.

Bork entretenía al grupo con historias exageradas de sus entrenamientos, haciendo reír incluso a los caballeros más serios.

Kain apenas hablaba.

Observaba el paisaje, sintiendo el tirón de los Pecados en su alma: Elara ya segura en el castillo, y otro —aún lejano— acercándose.

Al quinto día, Cresta de Plata apareció en el horizonte.

Una ciudad fortaleza neutral, construida en la cima de una meseta rocosa que dividía el norte helado del centro imperial.

Murallas blancas, torres plateadas, banderas de todos los ducados ondeando en paz forzada.

La reunión se celebraría en el Gran Salón de los Pactos, un edificio antiguo donde se habían firmado tratados durante siglos.

Al llegar a las puertas de la ciudad, una guardia imperial de cien hombres los esperaba.

El capitán, un hombre con armadura dorada, alzó la mano.

—Kain Voss.

Solo diez escoltas permitidas.

El resto debe acampar fuera.

Kain asintió sin discutir.

Bork gruñó, pero obedeció.

Entraron.

Las calles estaban llenas de nobles: carruajes del Ducado del Este con caballeros aura, mercaderes ricos del Lotto Carmesí, magos flotando del Arcano, sacerdotes blancos de Saint.

Todos miraban al pequeño grupo del norte con curiosidad, desprecio o miedo.

Un heraldo los guió al Gran Salón.

Dentro, una mesa redonda gigantesca.

Asientos para los cuatro Grandes Duques, docenas de condes y marqueses menores… y un asiento vacío marcado con el emblema borrado de los Voss.

Kain entró con paso firme.

Bork a su lado, hacha al hombro, mirada que hacía retroceder a los guardias.

Los murmullos cesaron.

Al fondo, en el asiento imperial elevado, Augusto III observaba con ojos fríos.

A su derecha, el Duque Valerian Blade del Este, armadura llena de aura.

A la izquierda, el Duque Lorenzo Lotto, sonriendo como mercader.

La Duquesa Elara Voss del Arcano —sin parentesco— flotando ligeramente.

Y la representante de Saint: una sacerdotisa mayor, ya que la Gran Santa Lilia era demasiado valiosa para arriesgar.

Kain se detuvo en el centro.

—He venido, como pedisteis.

El Emperador habló, voz resonando en el salón.

—Kain Voss.

Has desafiado la ley imperial.

Has alzado un ducado traidor.

Has reunido ejércitos.

Explica por qué no debería ordenar tu ejecución aquí mismo.

Kain sonrió sin miedo.

—Porque si lo intentáis… no saldréis vivos de este salón.

Bork soltó una risa grave que retumbó como trueno.

El silencio cayó.

La reunión acababa de comenzar.

Y el norte había llegado con dientes descubiertos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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