el duque del norte caído - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 Sombras en la Mesa y un Nuevo Hermano en el Norte
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17: Capítulo 17: Sombras en la Mesa y un Nuevo Hermano en el Norte 17: Capítulo 17: Sombras en la Mesa y un Nuevo Hermano en el Norte El Gran Salón de los Pactos en Cresta de Plata estaba cargado de tensión.
El aire olía a perfume caro, acero pulido y miedo disfrazado de arrogancia.
Augusto III, desde su asiento elevado, repitió la pregunta con voz helada: —Explícame, Kain Voss, por qué no debo ordenar tu ejecución inmediata por rebelión abierta.
Kain, de pie en el centro, con Bork a su espalda como una montaña viviente, sonrió sin humor.
—Porque, majestad, ya no soy un cachorro solo en la nieve.
Tengo aliados que el Imperio creyó extinguidos… y otros que nunca pudo controlar.
Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio pesara.
—Tengo en mi poder a dos de los Siete Pecados.
Un murmullo explosivo recorrió la mesa.
El Duque Valerian Blade del Este apretó el mango de su espada aura.
—¿Los demonios?
¡Imposible!
Los portadores son cazados o controlados por el Imperio.
La Duquesa Elara Voss del Arcano flotó ligeramente, ojos brillando con curiosidad mágica.
—¿Dos?
¿Qué pecados?
Kain levantó dos dedos.
—Envy y, pronto, otro.
La portadora de Envy ya está en mi castillo.
Una elfa que cruzó medio imperio sola para llegar a mí.
Su poder es mío.
Su lealtad es mía.
El Duque Lorenzo Lotto del Carmesí soltó una risa falsa.
—¿Se regaló sola?
Qué conveniente.
Los Pecados corrompen.
Solo un loco los acoge.
Kain giró hacia él, ojos dorados cortando como cuchillas.
—No se regaló sola.
Fue una trampa que el Imperio mismo tendió… y cayó en ella.
Porque mientras vosotros cazáis portadores para usarlos como armas o destruirlos, yo les ofrezco un hogar.
Un propósito.
Venganza contra los que los esclavizaron.
Y ellos vienen a mí.
Uno a uno.
Pronto serán siete.
Y cuando lo sean… el Imperio aprenderá lo que significa tener demonios de su lado.
El Emperador se inclinó hacia adelante.
—Amenazas vacías.
Tienes un puñado de wyverns y caballeros locos.
Nosotros tenemos cuatro Grandes Ducados y el ejército imperial.
Kain dio un paso al frente.
Bork gruñó detrás de él, haciendo retroceder a dos guardias imperiales.
—Amenaza vacía, ¿decís?
Mirad bien mi sombra, majestad.
Si la guerra comienza, temed a mis sombras.
He conseguido bestias que usan las sombras más pequeñas para devorar a sus víctimas.
No verán venir la muerte.
Un kitsune en la oscuridad, un wyvern en la noche, una flecha desde una nube.
Vuestros ejércitos marcharán de día… y desaparecerán de noche.
Enteros.
El salón quedó en silencio mortal.
La sacerdotisa de Saint murmuró una oración.
El Duque Blade apretó los dientes.
—Blasfemia y brujería.
Kain se giró lentamente, mirando a cada noble.
—No busco guerra.
Pero no me arrodillaré.
El norte es libre.
La Casa Voss es inocente.
Dadme lo que es mío por derecho, o enfrentad lo que viene.
El Emperador levantó la mano.
—La reunión continúa mañana.
Retiraos.
Kain inclinó la cabeza —no reverencia, solo cortesía fría— y salió con su escolta.
Bork, al pasar junto a un conde asustado, murmuró: —Buena suerte durmiendo esta noche.
Mientras tanto, en el Castillo Helado… Lyria estaba en las murallas altas, observando el sur con ojos dracónicos, cuando los Ojos del Norte dieron la alerta.
—Movimiento en el valle bajo.
Una figura sola.
Cojeando.
Parece… un kitsune.
Lyria bajó volando con su wyvern personal.
En la nieve, exhausto y herido, estaba Kira —el portador de Lust.
El joven kitsune macho de nueve colas ocultas, perseguido durante meses, había llegado al límite.
Heridas de flechas, congelación en las extremidades, ojos violetas apagados por el cansancio.
Lyria desmontó y se acercó despacio.
—No temas.
Eres el que Elara sintió.
Lust, ¿verdad?
Kira alzó la vista, desconfiado.
—¿Cómo… sabes?
—Porque otro Pecado ya está aquí.
Y nos dijo que venías.
El kitsune tembló, no solo de frío.
—Lust me susurra… deseo, seducción, control.
Pero yo… solo quiero dejar de huir.
Lyria extendió una mano.
—Entonces deja de huir.
Ven.
Lo llevó al castillo en su wyvern.
Primero, los baños termales subterráneos —agua caliente alimentada por cristales de mana.
Lyria misma lo ayudó a quitarse los harapos congelados, sin pudor dracónico.
Curó las heridas con su mana ámbar: flechas extraídas, piel congelada regenerada, colas desenredadas y limpias.
Kira lloró en silencio mientras el agua caliente lo envolvía por primera vez en años.
Luego, ropa nueva: túnica negra con bordes plateados, capa cálida, botas suaves.
Comida caliente: carne asada, pan fresco, hidromiel.
Cuando estuvo limpio, curado y vestido, Lyria lo llevó al salón principal.
Elara esperaba allí, orejas largas ahora perfectas.
Los dos portadores se miraron.
Envy y Lust.
Elara sonrió tímidamente.
—Bienvenido… hermano.
Kira tocó sus propias colas, ahora limpias y brillantes.
—¿Esto… es real?
Lyria puso una mano en su hombro.
—Ahora eres parte del Gran Ducado del Norte.
Parte de la familia Voss.
Nadie te cazará aquí.
Nadie te usará.
Aquí… usarás tu poder para proteger lo tuyo.
Kira miró el salón: wyverns rugiendo fuera, caballeros entrenando, elfos cantando.
Y por primera vez, Lust susurró algo diferente en su mente.
No deseo de destrucción.
Deseo de pertenencia.
—Gracias… comandante.
Lyria sonrió con colmillos.
—Descansa.
Mañana empezarás a entrenar con los otros kitsune.
Tienes alas esperándote.
Dos Pecados en el castillo.
Pronto más.
Y en Cresta de Plata, Kain acababa de plantar la semilla del miedo.
La guerra no había empezado.
Pero ya se sentía en el aire.
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