el duque del norte caído - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Huellas en la Nieve Eterna
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2: Capítulo 2: Huellas en la Nieve Eterna 2: Capítulo 2: Huellas en la Nieve Eterna La ventisca aullaba como un lobo herido, azotando copos de nieve contra sus rostros.
El norte del Imperio de Tratarían era un cementerio blanco: montañas heladas, valles congelados y ruinas olvidadas bajo capas de hielo eterno.
Nadie venía aquí por placer.
Solo los exiliados, los cazadores de tesoros… o los que buscaban resucitar fantasmas.
Delante caminaba un joven de dieciocho años.
Alto, de hombros anchos pero delgados, con cabello negro azabache que el viento despeinaba sin piedad.
Sus ojos dorados —como oro fundido— cortaban la niebla con una intensidad que hacía retroceder incluso a las bestias salvajes.
Vestía una armadura negra ajustada, con líneas doradas que brillaban débilmente bajo la capa larga que ondeaba tras él como una bandera de guerra.
A su cintura, envainada, colgaba La Domadora: una espada legendaria forjada en cristal hirviendo, entretejida con luz y oscuridad pura.
Se decía que podía partir una montaña en dos con un solo corte… si su portador lo deseaba.
Su nombre era Kain Voss.
Detrás de él, a tres pasos de distancia por respeto y cautela, avanzaba un coloso barbado.
Bork Ironbeard, excomandante mercenario, medía más de dos metros y llevaba una armadura pesada de placas oscuras, manchada de batallas antiguas.
En su mano derecha descansaba un hacha de doble filo tan grande que podría usarse como puerta.
Su barba roja estaba cubierta de escarcha, y sus ojos grises observaban todo con desconfianza.
Habían estado caminando tres días sin parar desde que cruzaron la frontera helada.
Bork rompió el silencio con su voz grave, como un trueno lejano.
—Jefe… ¿seguro que vamos por el camino correcto?
Este maldito norte se come a los hombres enteros.
Ni un pueblo en cien leguas.
Solo nieve, huesos y fantasmas.
Kain no detuvo el paso.
Sus botas crujían sobre la costra de hielo.
—Los fantasmas son exactamente a los que vengo a buscar, Bork.
El gigante frunció el ceño, ajustando el agarre del hacha.
—¿Fantasmas?
¿O sea que todo eso que dijiste en el campamento era cierto?
¿El Gran Ducado del Norte… caído por traición?
Kain se detuvo por primera vez.
Giró lentamente, la capa ondeando.
Sus ojos dorados se clavaron en Bork con una intensidad que hizo que incluso el mercenario tragara saliva.
—No fue traición.
Mi familia, la Casa Voss, nunca traicionó al Imperio.
Bork alzó una ceja.
—Todo el mundo lo sabe, jefe.
Hace dieciocho años, el Duque Alaric Voss y toda su casa fueron declarados traidores.
Ejércitos imperiales arrasaron el ducado.
Castillo Helado reducido a escombros.
Se dijo que conspiraban con demonios del norte… —Mentiras —cortó Kain, la voz fría como el viento—.
Mi padre descubrió algo que el Emperador no quería que se supiera.
Algo sobre los Siete Pecados… y sobre ciertos nobles que fingían lealtad mientras traficaban con poderes prohibidos.
Por eso nos borraron del mapa.
Bork soltó un bufido que formó una nube blanca.
—Y tú… ¿el último heredero Voss?
Pensé que todos habían muerto.
Kain sonrió sin humor.
—Casi.
Me sacaron del castillo en brazos de una sirvienta leal cuando tenía horas de vida.
Creció conmigo en las sombras, hasta que la mataron buscando mi cabeza.
Desde entonces… he estado preparándome.
Bork miró la espada en la cintura de Kain.
—¿Y esa hoja?
La Domadora… escuché leyendas.
Dicen que solo un Voss puede blandirla sin volverse loco.
—Forjada con el núcleo de un dragón antiguo y bendecida —o maldecida— con luz y oscuridad equilibradas.
Mi padre la escondió antes de la caída.
La encontré hace dos años, en las ruinas de nuestra cripta familiar.
Bork se rascó la barba, pensativo.
—Y yo… ¿por qué me trajiste?
Podrías haber dejado que aquellos aldeanos me colgaran.
Violé a esa mujer, jefe.
Soy basura.
Lo admito.
Kain lo observó un largo segundo.
—Porque vi algo en ti cuando te tenían atado.
No solo arrepentimiento… sino fuerza.
Un comandante que lideró cientos de hombres en batallas perdidas y nunca huyó.
Y porque sentí tu aura: cruda, pero poderosa.
El norte necesita hombres como tú.
Hombres que puedan cambiar.
Bork bajó la mirada, avergonzado por primera vez en años.
—Tú me diste una oportunidad que no merecía… Así que aquí estoy.
Pero dime claro, Kain Voss: ¿qué planeas hacer en este desierto helado?
Kain señaló hacia el horizonte, donde entre la tormenta se perfilaba una silueta oscura: las torres rotas de un castillo gigante, medio sepultado en la nieve.
—Allí está el Castillo Helado.
Lo que queda del Gran Ducado del Norte.
Vamos a alzarlo de nuevo.
Bork abrió los ojos como platos.
—¿Alzar un ducado muerto?
¿Tú y yo solos?
—No solos —respondió Kain, reanudando la marcha—.
Hay rumores.
Supervivientes escondidos en cuevas.
Descendientes de caballeros leales.
Bestias antiguas que aún recuerdan la bandera Voss.
Y algo más… Se detuvo, como escuchando algo que solo él oía.
—Los portadores de los Pecados están despertando.
Los siento.
Sus almas rotas llaman a las mías.
Si el Imperio los caza, los usará como armas… o los destruirá.
Pero si vienen a mí… tendremos un ejército que ni el Emperador podrá detener.
Bork soltó una carcajada ronca que retumbó en la nieve.
—¡Un ejército de demonios y exiliados!
Ahora sí suena a mi tipo de locura.
Kain sonrió levemente, por primera vez.
—Entonces prepárate, Bork Ironbeard.
Porque cuando lleguemos al castillo… empezará la verdadera guerra.
La ventisca pareció calmarse un instante, como si el norte mismo contuviera el aliento.
En algún lugar lejano, siete almas oprimidas sintieron un tirón en su pecho.
Un llamado dorado, como ojos en la oscuridad.
Y La Domadora vibró en su vaina, ansiosa por beber sangre imperial.
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