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el duque del norte caído - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 El Regreso de las Alas Antiguas
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20: Capítulo 20: El Regreso de las Alas Antiguas 20: Capítulo 20: El Regreso de las Alas Antiguas La guerra aún no había estallado.

El mes de gracia que el Emperador había concedido se consumía lentamente, pero el norte no esperaba de brazos cruzados.

Cada día llegaban más exploradores, más provisiones, más refugiados que oían rumores de un ducado resurgido que acogía a los olvidados.

Una tarde de viento cortante, los cuernos de alerta sonaron desde las torretas más altas.

Los Ojos del Norte gritaron la señal convenida: “¡Amigos alados en aproximación!

¡Muchos!” Kain, Lyria, Draka, Elara y Kira subieron a la muralla principal.

En el cielo nevado apareció una formación impresionante: más de treinta wyverns adultos y jóvenes volando en V perfecta.

En sus lomos, jinetes con armaduras blancas: los Caballeros de Dios que Bork había llevado.

Pero no venían solos.

Entre los wyverns volaban figuras libres: dragones en forma humanoide con alas membranosas desplegadas, escamas de colores variados brillando bajo el sol pálido.

Hombres altos y musculosos con colas gruesas y cuernos curvados.

Mujeres elegantes pero feroces, muchas cargando bebés o niños pequeños con alas incipientes y escamas suaves.

Una tribu entera de dragonborn y dragonas puras que habían sobrevivido ocultos.

Bork lideraba la formación, montado en Trueno, su wyvern favorito.

Aterrizaron en la gran plaza con un estruendo de alas y nieve levantada.

Los Caballeros de Dios desmontaron con disciplina.

Los dragones recién llegados lo hicieron con gracia natural.

Kain bajó a recibirlos, seguido por los demás.

Bork desmontó de un salto, hacha al hombro, barba llena de escarcha y una sonrisa enorme.

—¡Jefe!

¡Misión cumplida con creces!

Kain le dio un golpe amistoso en el hombro.

—Veo que trajiste más que wyverns.

Bork rio con esa carcajada que hacía temblar el suelo.

—En dos días de búsqueda intensa encontramos la Cueva de las Cenizas Eternas, al noroeste del Pico Primordial.

Pensé que solo habría wyverns salvajes… pero dentro estaba esta gente.

Una dragona mayor, de escamas plateadas con vetas doradas, dio un paso al frente.

Era alta, imponente, con cicatrices antiguas de batallas contra cazadores imperiales.

—Somos los últimos de la Tribu Alaescarcha —dijo con voz profunda y cálida—.

Cuando el Imperio masacró a nuestras manadas adultas, nos escondimos en las cuevas profundas.

Criamos a nuestros hijos en secreto, esperando un día en que el pacto Voss volviera a sonar.

Sus ojos ámbar se posaron en Draka, que estaba rígida junto a Kain.

La dragona mayor abrió los ojos como platos.

—¿Draka…?

Draka tembló.

Escamas doradas brillando más fuerte.

—¿Madre…?

La dragona corrió.

Alas semiabiertas, cola ondeando.

Abrazó a Draka con fuerza dracónica, casi levantándola del suelo.

—¡Mi hija!

¡Mi pequeña llama perdida!

Draka, la guerrera furiosa de los coliseos, se derrumbó en el abrazo.

Lágrimas calientes cayendo por sus mejillas, evaporándose al tocar las escamas.

—Madre… pensé que todos habían muerto… La dragona —su nombre era Pyra Alaescarcha— acarició el cabello de Draka con manos temblorosas.

—Nos capturaron a muchos.

A ti te vendieron como mestiza exótica.

Yo luché… pero no pude alcanzarte.

Sobreviví por ti.

Por la esperanza de que un día… Los niños dragoncitos se acercaron curiosos, tocando las escamas de Draka con asombro.

Una niña pequeña con escamas doradas idénticas susurró: —¿Eres mi hermana mayor?

Draka se arrodilló, abrazándola.

—Sí… soy tu hermana.

Kain observaba en silencio, emoción contenida en sus ojos dorados.

Cuando madre e hija se separaron un poco, Kain se acercó y puso una mano firme en el hombro de Draka.

—Esto te lo regalo, Draka.

Mi protección… y la de todo el ducado.

Tu familia ahora es nuestra familia.

Draka lo miró, ojos rojos llenos de lágrimas y fuego.

—Gracias… mi señor.

Pyra inclinó la cabeza ante Kain.

—El pacto antiguo renace.

Nuestras alas son vuestras.

Nuestros hijos volarán por Voss.

Los hombres dragón con cuernos y colas golpearon el pecho en saludo militar.

Las madres dragonas alzaron a sus niños, que rugieron pequeños chorros de fuego en celebración.

Bork se acercó a Kain y le entregó un pergamino con el informe.

—Dos días, jefe.

Encontramos la cueva por pistas de wyverns heridos.

Dentro había unos cincuenta: veinte adultos guerreros, quince madres, y el resto crías.

Trajimos a todos los que quisieron venir.

Algunos ancianos se quedaron custodiando huevos.

Kain enrolló el pergamino.

—Bien hecho, Bork.

Has traído no solo aliados… has traído esperanza.

Bork se rascó la barba, incómodo con el elogio.

—Bah.

Solo seguí el rugido de los wyverns.

Lyria rio.

—Y trajiste una tribu entera.

Ahora tendremos dragones enseñando a nuestros jinetes, y niños dragoncitos correteando por el castillo.

Elara y Kira observaban sonrientes.

Tres Pecados, y ahora una familia entera de fuego.

Draka, aún abrazada a su madre, miró a Kain.

—Wrath está… calmada por primera vez.

Dice que aquí hay algo digno de quemar por proteger.

Kain asintió.

—Pronto tendrá oportunidad.

El Imperio marcha en menos de un mes.

Pyra alzó la voz para que todos oyeran.

—Entonces que marchen.

Nuestras llamas los recibirán.

La plaza estalló en rugidos: wyverns, dragones, caballeros, kitsune aullando desde las sombras.

El Gran Ducado del Norte ya no era solo un castillo resurgido.

Era un hogar.

Y nadie se lo quitaría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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