el duque del norte caído - Capítulo 26
- Inicio
- Todas las novelas
- el duque del norte caído
- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 La Verdad ante la Luz
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: Capítulo 26: La Verdad ante la Luz 26: Capítulo 26: La Verdad ante la Luz El gran salón del Castillo Helado había sido preparado con rapidez: hogueras altas para calentar el aire, estandartes Voss ondeando suavemente, guardias en posiciones discretas.
Kain recibió a Lilia en privado, pero con sus comandantes presentes como testigos: Lyria, Bork, Draka, Elara y Kira formaban un semicírculo respetuoso.
Lilia flotaba a centímetros del suelo, halo tenue brillando, alas en la cabeza ligeramente plegadas por nerviosismo.
Sus ojos azules recorrían el salón con tristeza genuina.
Kain, de pie frente al trono de hielo negro, la invitó a sentarse en una silla acolchada preparada especialmente —blanca, como símbolo de tregua.
—Gran Santa —empezó Kain con voz calmada pero firme—.
Has venido buscando paz.
Escucharé tus palabras… pero primero escucha las mías.
La verdad que el Imperio oculta.
Lilia asintió, manos entrelazadas en el regazo.
—Habla, por favor.
Quiero entender.
Kain respiró hondo.
—Mi padre, Alaric Voss, fue el más leal servidor del Emperador Augusto III.
Luchó en sus fronteras, defendió sus leyes, juró su vida por el Imperio.
Pero un día descubrió la podredumbre debajo del oro.
Los Grandes Ducados —todos, incluido el tuyo, Santa— traficaban con portadores de los Pecados.
Los cazaban como animales, los encerraban, los experimentaban, los esclavizaban.
En el Ducado Saint, uno de los Pecados —un niño en ese momento— fue capturado y maltratado durante años.
Golpeado, encadenado, usado como “prueba de fe” para sacerdotes corruptos.
Tu padre lo sabía.
El Emperador lo aprobaba.
Mi padre quiso hablar.
Quiso advertir al Emperador que aquellos “demonios” eran niños con almas inquebrantables, que los verdaderos demonios eran los que los torturaban.
Por eso lo declararon traidor.
Por querer decir la verdad.
Ejércitos imperiales arrasaron nuestro ducado.
Mataron a miles.
Quemaron nuestro castillo.
Me sacaron siendo un bebé en brazos de una sirvienta que murió protegiéndome.
Todo por lealtad al Emperador… traicionada.
Kain miró a Draka.
—Ella fue vendida como gladiadora, obligada a matar por diversión.
A Elara.
—Esclava en minas, orejas cortadas por capricho.
A Kira.
—Cazado como trofeo exótico.
Lilia escuchaba en silencio.
Sus ojos azules se llenaban de lágrimas a medida que las palabras caían.
—No… no lo sabía —susurró—.
Mi padre siempre dijo que los Pecados eran peligrosos… que debían ser contenidos por el bien del Imperio… nunca me habló de niños… de maltrato… Las lágrimas rodaron por sus mejillas perfectas.
—Cómo… cómo pudieron hacer eso en mi nombre… en nombre de la luz… Se cubrió el rostro con manos temblorosas, hombros sacudidos por sollozos suaves.
Lyria dio un paso, preocupada.
Bork tragó saliva, incómodo.
Draka apretó los puños, llamas danzando en sus palmas por empatía.
Kain, el joven de diecinueve años que no se arrodillaba ante nadie —ni ante el Emperador, ni ante duques, ni ante dioses—, dio un paso adelante.
Y se arrodilló.
Ante todos.
Ante Bork, Lyria, los Pecados, los guardias que observaban desde las puertas.
Se arrodilló frente a Lilia, cabeza baja.
El salón quedó en shock absoluto.
Bork abrió la boca sin palabras.
Lyria parpadeó, incrédula.
Draka susurró: —¿Kain…?
Kain extendió la mano hacia la Santa que lloraba.
—Lilia Saint… no te arrodillo por tu poder.
Ni por tu título.
Te arrodillo porque tu corazón es puro.
Porque lloras por niños que ni siquiera conoces.
Porque eres la única luz verdadera que he visto en este Imperio podrido.
Levanta la vista.
Mírame.
Lilia alzó el rostro bañado en lágrimas.
Kain continuó, voz firme pero suave.
—Los portadores son humanos.
Niños que sufrieron lo impensable.
Aunque lleven demonios dentro, sus almas son más fuertes que las de quienes los torturaron.
Nadie merece ese trato.
Ni uno solo.
Te pido —no como duque, sino como un chico que perdió todo por la verdad— que estés del lado de la justicia.
Apóyanos en esta guerra.
No con tu arco que podría destruir naciones.
Con tu voz.
Libera al Pecado que aún está encerrado en tu ducado.
Déjalo venir aquí, donde será libre.
Ayúdanos a mostrar al Imperio que la verdadera luz no esclaviza… sana.
Lilia miró su mano extendida.
Temblando, la tomó.
Su aura brilló más fuerte, cálida, envolviendo a Kain como una bendición.
—No sé… si puedo detener la guerra sola —susurró—.
Pero haré lo que pueda.
Liberaré al Pecado de mi ducado.
Hablaré con mi padre… con el Emperador.
Y si fallan… rezaré por que la luz encuentre otro camino.
Kain apretó su mano y se levantó, ayudándola a ella también.
—Entonces tenemos esperanza.
Lilia secó sus lágrimas, alas en la cabeza abriéndose con nueva determinación.
—Gracias… por confiar en mí.
Por mostrarme la verdad.
Kain sonrió por primera vez ante ella.
—Y gracias por llorar por ellos.
Eso ya es más de lo que el Imperio jamás hizo.
Fuera, la nieve caía suave.
Dentro, una alianza improbable acababa de nacer.
La Santa y el Duque del Norte.
Luz y oscuridad, unidos por verdad.
Y quizá… por paz.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com