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el duque del norte caído - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El Legado Bajo el Hielo
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3: Capítulo 3: El Legado Bajo el Hielo 3: Capítulo 3: El Legado Bajo el Hielo as ruinas del Castillo Helado emergían de la nieve como los huesos de un titán olvidado.

Torres quebradas, murallas derrumbadas, estandartes hechos jirones que aún ondeaban con el viento eterno.

El silencio era tan denso que cada paso de Kain y Bork resonaba como un desafío.

Kain avanzaba primero, La Domadora medio desenvainada, el filo negro-dorado brillando con una luz propia que cortaba la penumbra.

Bork lo seguía, el hacha apoyada en el hombro, mirando a todos lados con desconfianza.

—Este lugar está muerto, jefe —murmuró el gigante—.

Ni un alma.

Solo frío y polvo.

—No está muerto —respondió Kain sin girarse—.

Solo duerme.

Cruzaron el gran salón principal: columnas caídas, tronos destrozados, vitrales rotos que alguna vez mostraron la gloria de la Casa Voss.

Kain se detuvo frente al estrado donde antes se sentaba su padre.

Tocó con dedos enguantados la marca grabada en la piedra: un dragón alado rodeado de luz y oscuridad entrelazadas.

De pronto, la tierra tembló.

Un rugido gutural sacudió las paredes.

Polvo y hielo cayeron del techo.

Desde las profundidades del salón derrumbado, algo enorme se alzó.

Una bestia colosal.

Cuerpo cubierto de escamas de hielo azul, seis patas terminadas en garras como espadas, ojos rojos como brasas en la noche.

Un Wyrm de las Nieves Eternas, guardián ancestral que se decía había protegido el castillo desde su fundación.

Medía fácilmente quince metros, y su aliento congelaba el aire al instante.

Bork retrocedió un paso, alzando el hacha.

—¡Por los dioses!

¡Eso es un maldito wyrm antiguo!

La bestia rugió de nuevo y cargó, aplastando columnas como si fueran ramitas.

Su cola barría el suelo, levantando una tormenta de nieve y escombros.

Kain no se movió.

Solo suspiró, como si estuviera molestando su siesta.

—Aparta, Bork.

El gigante obedeció por instinto, rodando a un lado.

El wyrm abrió sus fauces, listo para devorar al joven en un solo bocado.

Kain desenvainó La Domadora en un movimiento fluido, casi perezoso.

Un solo corte horizontal.

No hubo destello dramático.

Ni explosión de aura.

Solo un silbido apenas audible… y luego silencio.

La cabeza del wyrm se deslizó limpiamente del cuerpo, cayendo con un thud sordo sobre la nieve.

El cadáver masivo se desplomó, temblando el suelo una última vez.

Y entonces… empezó a desvanecerse.

Escamas, carne, huesos: todo se convirtió en partículas de luz azulada que flotaron hacia el techo y desaparecieron, como si el wyrm nunca hubiera existido.

Bork se quedó congelado en el sitio, boca abierta, hacha aún en alto.

Kain envainó la espada con calma y siguió caminando como si nada.

El mercenario tragó saliva.

—Un… un solo corte.

Ni siquiera usaste aura visible.

Jefe… ¿qué clase de monstruo eres tú?

Kain no respondió de inmediato.

En su mente, una sola frase de Bork resonaba más fuerte que el rugido de la bestia.

Un solo corte y yo moriría sin dolor.

Porque Bork, hasta ese preciso instante, había estado planeando traicionarlo.

En el camino, mientras Kain dormía junto al fuego, Bork había calculado todo: esperar a que llegaran al castillo, matar al chico mientras exploraba, tomar La Domadora, venderla al mejor postor —quizá al mismo Emperador— y vivir como rey el resto de sus días.

Después de todo, ¿quién creería a un heredero muerto?

Pero ahora… Bork bajó el hacha lentamente.

Sus manos temblaban, no de frío.

No.

Ni loco.

Ese chico podría cortarme en dos antes de que alzara el arma.

Se apresuró a alcanzar a Kain, fingiendo admiración.

—Impresionante, jefe.

Realmente impresionante.

Ese wyrm era leyenda… y tú lo despachaste como a una gallina.

Kain lo miró de reojo, ojos dorados indescifrables.

—Era el guardián de mi casa.

Me reconoció.

Solo estaba probando si era digno.

Bork asintió rápido, demasiado rápido.

—Claro, claro… digno.

Totalmente.

Siguieron avanzando por pasillos derruidos hasta llegar a lo que alguna vez fue la cámara privada del Gran Duque.

El trono del duque aún estaba allí, tallado en hielo negro eterno, intacto milagrosamente.

Kain se acercó y presionó una runa oculta en el brazo del trono.

Un mecanismo antiguo crujió.

El suelo se abrió, revelando una escalera de piedra que bajaba en espiral hacia la oscuridad.

—Aquí está —dijo Kain—.

El refugio que mi padre preparó antes de la caída.

Bork alzó una ceja.

—¿Un sótano secreto?

—Un sistema de túneles y cámaras subterráneas.

Sellado con magia Voss.

Solo sangre de mi linaje puede abrirlo.

Bajaron.

La escalera parecía interminable, iluminada por cristales de mana incrustados en las paredes que se activaron al sentir la presencia de Kain.

El aire se volvió más cálido, menos hostil.

Al llegar al fondo, una puerta masiva de adamantio se alzó sola.

Y detrás… Vida.

Decenas —no, cientos— de personas.

Una ciudad subterránea entera, excavada bajo el castillo.

Casas talladas en la roca, campos hidropónicos iluminados por piedras luminosas, forjas que aún humeaban, establos con bestias domesticadas.

Elfos de orejas largas entrenando arquería, caballeros con armaduras antiguas practicando formaciones, dragones en forma humana discutiendo estrategias, niños corriendo entre las calles subterráneas.

Todos se detuvieron al ver a Kain.

Un silencio absoluto cayó sobre la multitud.

Un elfo anciano, con cabello plateado y una túnica bordada con el emblema Voss, dio un paso al frente.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Mi señor… Kain?

Kain asintió lentamente.

—Soy yo, Elder Sylas.

El elfo cayó de rodillas.

—¡El heredero ha vuelto!

¡El hijo del Duque Alaric vive!

Un rugido de júbilo estalló.

Cientos de voces gritando al unísono: —¡Voss!

¡Voss!

¡Voss!

Mujeres lloraban, hombres alzaban armas, niños miraban con ojos brillantes.

Dragones en forma humanoide rugieron llamas controladas al techo en celebración.

Bork, a la espalda de Kain, se quedó boquiabierto otra vez.

—Esto… esto es un maldito ejército entero.

¿Cuántos son?

—Unos ochocientos —respondió una voz femenina a su lado.

Bork giró y vio a una mujer dragona de escamas plateadas en los brazos, ojos ámbar y una espada curva al cinto.

—Comandante Lyria Flamewing, antigua guardia personal del duque.

Y tú debes ser el compañero del heredero.

Bork carraspeó.

—Bork Ironbeard.

Mercenario… ahora al servicio de lord Kain.

Lyria sonrió con colmillos visibles.

—Bienvenido, Bork Ironbeard.

Aquí todos somos leales hasta la muerte.

Kain fue rodeado por la multitud.

Lo alzaron en hombros, lo llevaron hasta una plataforma central donde antes hablaba su padre.

Elder Sylas subió con él.

—¡Escuchad todos!

¡El hijo de Alaric Voss ha regresado!

¡El legítimo Gran Duque del Norte vive!

Kain alzó una mano y el silencio volvió.

—No vine a celebrar todavía —dijo con voz firme pero calmada—.

Vine a liberar.

Un murmullo recorrió la multitud.

—Durante dieciocho años habéis sobrevivido aquí, ocultos, gracias al sacrificio de mi padre.

Él sabía que la acusación de traición era falsa.

Descubrió que altos nobles del Imperio —incluso cercanos al Emperador— estaban invocando a los Siete Pecados, intentando controlarlos como armas.

Cuando intentó advertir, lo declararon traidor y destruyeron nuestra casa.

Gritos de furia.

—¡Mentiras imperiales!

—¡Traidores!

Kain continuó.

—Hoy, el norte resurgirá.

Pero no solos.

He sentido el despertar de los verdaderos portadores de los Pecados.

Siete almas inquebrantables que atraparon a los demonios en lugar de ser corrompidos.

Ellos son la clave.

Elder Sylas frunció el ceño.

—¿Los portadores?

Se dice que el Imperio los caza como amenazas.

—Exacto.

Por eso debemos encontrarlos primero.

Protegerlos.

Y unirlos a nuestra causa.

Lyria dio un paso adelante.

—Mi señor, tenemos exploradores en la superficie.

Rumores de una elfa esclava en las minas carmesí que absorbe mana como nadie.

Una dragona luchadora en los coliseos del este.

Una humana en laboratorios arcanos… Kain asintió.

—Ellos sienten el llamado, igual que yo los siento a ellos.

Pronto vendrán.

Bork, aún procesando todo, alzó la voz.

—Y… ¿el ejército imperial?

Si nos descubren, vendrán con todo.

Kain sonrió por primera vez con verdadera determinación.

—Que vengan.

Tenemos ochocientos guerreros entrenados durante dieciocho años con un solo propósito: venganza.

Tenemos dragones antiguos.

Elfos maestros del arco.

Y ahora… tenemos La Domadora.

Alzó la espada, y una onda de aura mixta —luz y oscuridad— recorrió la caverna, haciendo vibrar las paredes.

La multitud rugió de nuevo.

En ese momento, en lugares lejanos del imperio, siete jóvenes oprimidos sintieron un tirón más fuerte en su pecho.

Elara, en la mina, dejó caer su pico cuando una visión dorada apareció: ojos de oro en la nieve.

Draka, en su celda, sonrió por primera vez en años.

Liora, atada a la mesa, susurró: “Hacia el norte…” Fang aulló a la luna aunque estuviera bajo tierra.

Aria se levantó de golpe, sin pereza.

Kira detuvo su huida, mirando al norte.

Vlad bloqueó otro golpe y respondió con uno propio.

Todos oyeron la misma voz, no la del demonio… sino una nueva.

Venid al norte.

Aquí hay un hogar.

Aquí hay venganza.

Aquí… hay libertad.

Y en el palacio imperial, un espía llegó jadeando ante el Emperador.

—Majestad… actividad en las ruinas del Castillo Helado.

Una bestia guardiana fue destruida… y hay luces bajo la nieve.

Augusto III apretó el brazo de su trono.

—Entonces… el cachorro Voss vive.

Sonrió fríamente.

—Envíen a los cazadores de pecados.

Y preparen al ejército del este.

El norte volverá a arder… esta vez para siempre.

Pero bajo el hielo, Kain Voss miraba a su pueblo reunido.

—La guerra comienza ahora.

Y la multitud respondió con un solo grito que hizo temblar las profundidades: —¡Por Voss!

¡Por el Norte!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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