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el duque del norte caído - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 La Visita de la Luna
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34: Capítulo 34: La Visita de la Luna 34: Capítulo 34: La Visita de la Luna Esa misma noche, después de la primera batalla sangrienta, el Castillo Helado descansaba en un silencio tenso.

Los heridos sanaban bajo la canción lejana de Lilia en el Lago de las Flores Lunares.

Los centinelas vigilaban.

Los dragones dormían enroscados como guardianes vivientes.

Lilia flotaba sola en el centro del lago, bajo la luna llena que brillaba más intensa que nunca.

Sus alas en la cabeza temblaban ligeramente; el peso de la guerra y la traición a su padre aún le dolía en el alma pura.

De pronto, el agua se agitó sin viento.

Una figura masculina de luz cegadora emergió del aire: alto, armadura etérea de sol dorado, rostro severo con ojos como estrellas ardientes.

Un dios mayor de la justicia y el orden, conocido como Solariel, juez de los mortales divinos.

—Lilia Saint —tronó su voz, resonando en el valle—.

Has traicionado tu linaje.

Has juzgado y despojado a tu padre, portador de mi bendición indirecta.

Has abandonado el Imperio por un rebelde y sus demonios.

¿Te has corrompido?

Lilia palideció, flotando más bajo, manos temblando.

—No, mi señor Solariel… déjeme explicar… Antes de que pudiera continuar, el aire se enfrió con una brisa plateada.

Otra figura apareció: femenina, etérea, cabello como cascadas de plata líquida, vestido de niebla lunar, ojos profundos como la noche estrellada.

Lunaria, la Diosa de la Luna, protectora personal de Lilia desde su nacimiento.

Con un movimiento grácil pero firme, Lunaria dio un sonoro “pataso” en la nuca etérea de Solariel.

¡PLAS!

El dios mayor se tambaleó, sorprendido.

—¡¿Qué haces, Lunaria?!

¡Esto es asunto de justicia mortal!

Lunaria cruzó los brazos, aura lunar fría envolviéndolo.

—¿Justicia?

¿Metiéndote en los asuntos de MI santa?

¡Fuera de mi dominio, metiche!

Lilia es mía desde que nació bajo mi luna llena.

Tú y tus rayos ardientes no mandas aquí.

Solariel se frotó la nuca etérea, indignado.

—¡Ha abandonado su deber!

¡Apoya a portadores de Pecados!

¡Demonios!

Lunaria giró hacia Lilia, voz suave pero firme.

—Explícame, hija mía.

Con tus palabras.

Toda la verdad.

Lilia, lágrimas brillando, contó todo.

La traición descubierta a la Casa Voss.

Los Pecados: niños torturados, esclavizados, maltratados incluso en su propio ducado.

Su padre sabiéndolo y aprobándolo.

El Imperio construido sobre mentiras y cadenas.

Kain Voss, un joven que luchaba por justicia, no por poder.

Lunaria escuchó en silencio.

Sus ojos plateados se llenaron de tristeza y comprensión.

Al final, sonrió con calidez maternal.

—Has hecho bien, pequeña luz mía.

La pureza no es cerrar ojos a la oscuridad.

Es iluminarla.

Solariel intentó protestar.

—¡Pero el orden imperial…!

Lunaria lo cortó con una mirada glacial.

—El orden que esclaviza niños no es orden.

Es tiranía.

Yo, Lunaria, Diosa de la Luna, apoyo al joven Duque del Norte.

Su causa es justa.

Solariel bufó y desapareció en un destello solar, refunfuñando.

Lunaria se acercó a Lilia, acariciando su cabello rubio.

—Descansa, hija.

Mañana seguirás cantando.

Pero esta noche… haremos algo más.

Tomó la mano de Lilia.

—Ven.

Llevaremos mi bendición a quien la merece.

En la habitación de Kain, en lo alto del castillo, el duque dormía por primera vez en días.

Exhaustos por la batalla, sueños inquietos de nieve roja y fuego.

La ventana se abrió sola con brisa plateada.

Lilia y Lunaria aparecieron en la penumbra, luz lunar suave iluminando la habitación.

Lilia jadeó suavemente.

—Mi señora… ¿aquí?

Lunaria sonrió.

—Él lleva el peso de muchos.

Dale mi regalo.

Flotaron sobre la cama donde Kain dormía.

Lunaria extendió las manos.

Mana lunar puro —plata líquida, fría pero cálida— fluyó hacia Kain.

Entró en su pecho, envolviendo La Domadora en la mesita.

Aura mixta de luz y oscuridad de Kain brilló, fusionándose con poder lunar: equilibrio perfecto.

Fuerza para la noche.

Visión en sombras.

Resistencia al frío eterno.

Y un toque de sanación lunar para sus heridas futuras.

Kain se agitó en sueños, pero no despertó.

Una paz profunda lo envolvió.

Lunaria susurró: —Joven duque… lleva mi luna contigo.

En la oscuridad, serás más fuerte.

La guerra será larga… pero la noche ahora es tuya también.

Lilia, lágrimas de emoción, añadió una oración suave.

Cuando desaparecieron, la habitación quedó con aroma a flores lunares.

Kain despertó al amanecer renovado, aura más brillante, ojos dorados con un brillo plateado nuevo.

Sintió el poder.

Sonrió.

—La luna está con nosotros.

El Imperio tenía el sol.

El norte… tenía la noche.

Y ahora, la luna bendecía sus sombras.

La guerra continuaba.

Pero el equilibrio acababa de cambiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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