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el duque del norte caído - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 Sangre Bajo la Luna CarmesíEl
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37: Capítulo 37: Sangre Bajo la Luna CarmesíEl 37: Capítulo 37: Sangre Bajo la Luna CarmesíEl choque de Kain y el Emperador Augusto III reverberó como un trueno eterno, el suelo nevado partiéndose bajo sus pies.

La espada imperial, forjada en los fuegos de los dioses antiguos, cortaba el aire con un silbido mortal, buscando el cuello de Kain.

Pero La Domadora, imbuida en la luz carmesí de la luna, paraba cada golpe con una explosión de chispas que iluminaban el caos alrededor.

“¡Eres un insecto con trucos baratos!”, rugió Augusto, su aura negra expandiéndose como una sombra viva, envolviendo a Kain en tentáculos de oscuridad que intentaban asfixiarlo.

Kain giró, su espada trazando un arco de luz mixta —blanca pura, negra devoradora y carmesí profética—.

“Trucos que te matarán, viejo.

¡Mira cómo cae tu imperio!”.

Empujó hacia adelante, su aura perforando la oscuridad, cortando el hombro del Emperador.

Sangre real salpicó la nieve, tiñéndola de rojo imperial.

Augusto retrocedió un paso, ojos ardiendo con furia.

“¡Guardias!

¡A mí!”.

Pero los caballeros cercanos estaban ocupados: dragones sobrevolando escupían fuego, kitsune saltaban devorando almas con colas ilusorias.

A metros de distancia, Bork y el Duque Valerian Blade bailaban una danza de muerte.

El hacha de Bork, pesada como una montaña, descendía con fuerza bruta, agrietando el escudo de aura de Blade.

“¡Ja!

¿Eso es todo, duquecito?

¡Golpeas como una doncella asustada!”.

Blade esquivó, su espada aura cortando el aire en un remolino perfecto, rozando el brazo de Bork y dibujando una línea de sangre.

“¡Bárbaro ignorante!

Mi técnica ha felled a reyes.

¡Tu hacha es solo leña!”.

Contraatacó con una estocada relámpago, pero Bork la bloqueó con el mango, riendo a carcajadas.

“¡Leña que te partirá el cráneo!”.

El mostacho de Bork, ahora su marca de guerra, se erizaba con escarcha mientras giraba, su aura cruda —pura fuerza norteña— explotando en un golpe que envió a Blade volando diez metros, aterrizando en un montón de nieve y cadáveres.

“¡Levántate!

¡No he terminado contigo!”, bramó Bork, cargando como un toro enfurecido.

Blade se incorporó, escupiendo sangre.

“¡Caballeros del Este!

¡Formación Aura!”.

Sus hombres, elite del imperio, formaron un círculo alrededor, espadas brillando en sincronía, canalizando aura colectiva hacia su duque.

Bork paró en seco, sonriendo.

“¡Oh, ahora jugamos sucio?

¡Bien!

¡Caballeros de Dios, a mí!”.

Sus guerreros norteños, armados con hachas y escudos bendecidos por Lilia, cargaron desde los flancos, chocando contra los caballeros imperiales en un torbellino de metal y gritos.

Mientras tanto, en las líneas frontales, Draka comandaba a los Escudos Dragón con voz de trueno.

“¡Mantengan la formación!

¡Fuego concentrado en los golems!”.

Sus escamas doradas brillaban bajo el cielo gris, Ira desatada en su interior haciendo que sus llamas fueran más calientes, más letales.

Pyra, la dragona adulta líder de la manada, rugió desde el aire: “¡Hermanos, descendid!

¡Quemad sus máquinas!”.

Una docena de dragones picaron, aliento ígneo fundiendo golems de hierro en charcos humeantes.

Los magos imperiales contraatacaron con bolas de mana, pero Elara, la elfa con Codicia susurrando avaricia en su mente, tejía ilusiones: “¡Tomen su poder, idiotas!

¡Es mío!”.

Los hechizos se desviaban hacia aliados imperiales, explotando en sus propias filas.

“¡Maldita elfa!

¡Arqueros, derribadla!”, gritó un capitán imperial.

Pero los Ojos del Norte, arqueros élite del norte, respondieron primero.

Sus flechas, imbuidas en veneno arcano, perforaron armaduras y gargantas.

“¡Por Kain!

¡Por el norte libre!”, coreaban mientras recargaban.

En la retaguardia imperial, Kitsaro el kitsune descendía como un fantasma alado, Pereza murmurando perezosamente: “Duerme a estos tontos…

luego descansa”.

Sus ilusiones envolvieron a un batallón entero, haciendo que se atacaran mutuamente en visiones de traición.

“¡Ja!

¿Quién necesita esfuerzo cuando puedes hacer que se maten solos?”.

Fang —Bella, la humana con Gula devoradora— saltaba entre las líneas como una bestia hambrienta.

“¡Más!

¡Dame más poder!”, rugía Gula en su mente mientras absorbía la esencia de soldados caídos, creciendo en tamaño y fuerza.

Agarró a un caballero por el casco, succionando su vida hasta dejarlo seco.

“¡Delicioso!

¿Quién es el siguiente?”.

Kira —Aria, con Lujuria tentadora— se movía como una sombra seductora entre oficiales imperiales.

“Mírame…

desea esto”, susurraba, sus ojos hipnotizando a un general.

El hombre se volvió contra sus propios hombres, espada danzando en traición mortal.

“¡Sí, amor mío!

¡Mátalos por mí!”.

Desde el lago congelado, Lilia la Santa cantaba himnos de luz.

Su voz, pura y resonante, tejía hilos de sanación que resucitaban a guerreros norteños caídos recientemente.

“¡Levantaos, hijos del norte!

¡La luz os reclama!”.

Un dragón herido se alzó, alas curadas, rugiendo gratitud antes de volver al cielo.

Pero el imperio no cedía.

Cientos de miles seguían avanzando, olas humanas rompiendo contra las defensas norteñas.

Magos del Ducado de la Tecnología invocaban tormentas artificiales, rayos cayendo sobre dragones.

Mercaderes del Lotto Carmesí lanzaban artefactos explosivos desde catapultas, gemas mágicas detonando en ráfagas de energía.

“¡Mantengan la presión!

¡El Emperador nos guía!”, gritaban los comandantes.

De vuelta al duelo central, Kain y Augusto intercambiaban golpes que sacudían el campo.

Kain esquivó una estocada, contraatacando con un corte que rasgó la armadura imperial.

“¡Siente el carmesí de la luna, tirano!

¡Es tu fin!”.

Augusto bloqueó, su espada cortando un mechón de cabello de Kain.

“¡Insolente!

Mi linaje ha regido por siglos.

¡Tú eres nada!”.

Expandió su aura negra, envolviendo a Kain en una esfera de oscuridad absoluta.

Dentro, Kain jadeó, visión nublada.

“No…

no caeré”.

Invocó la luna carmesí, su espada brillando rojo, rompiendo la esfera en fragmentos.

Salió cargando, clavando La Domadora en el muslo del Emperador.

Augusto gritó de dolor, cayendo de rodillas.

“¡Imposible…!”.

Kain levantó su espada para el golpe final.

“Por el norte.

Por la libertad”.

Pero un rayo de aura pura lo golpeó desde el lado: el Duque Blade, habiendo roto la formación de Bork momentáneamente, intervenía.

“¡No toques al Emperador, escoria!”.

Kain rodó, evitando lo peor.

“¡Dos contra uno?

¡Cobardes!”.

Bork, sangrando pero furioso, cargó de nuevo.

“¡Déjalo, duquecito!

¡Él es mío!”.

Golpeó a Blade por detrás, hacha chocando contra espada en una explosión que los separó a ambos.

El Emperador se levantó cojeando, aura flaqueando.

“¡Blade!

¡Cúbreme!

¡Llama a la reserva!”.

Blade asintió, espada girando en defensa.

“¡Sí, majestad!

¡Retirada táctica!”.

Pero el norte olió la debilidad.

Draka rugió: “¡Ahora!

¡Avancen, Escudos!

¡Rompan sus líneas!”.

Dragones descendieron en masa, fuego arrasando reservas imperiales.

Kitsaro ilusionó pánico, haciendo que soldados huyeran gritando fantasmas.

Fang devoró un pelotón entero, su forma hinchada como un gigante.

Kira sedujo a magos a autodestruirse en explosiones de mana.

Lilia amplificó su canción: “¡Luz eterna!

¡Sanad y luchad!”.

El campo se inclinaba.

Imperiales retrocediendo, norteños avanzando.

En el corazón, Kain y Bork flanqueaban al Emperador y Blade.

“¡Ríndete, Augusto!

¡Tu era acaba!”, gritó Kain, espada lista.

Augusto rio amargamente, aura negra surgiendo una última vez.

“¡Nunca!

¡Si caigo, el imperio cae conmigo!”.

Invocó un pulso masivo, onda de oscuridad expandiéndose, derribando a aliados y enemigos por igual.

Kain se protegió con su aura mixta, pero Bork fue golpeado, cayendo de rodillas.

“¡Maldito…!”.

Blade aprovechó, cortando hacia Bork.

“¡Muere, bárbaro!”.

Pero Elara intervino, ilusión envolviendo a Blade: visiones de riqueza infinita lo paralizaron.

“¡Tómalo todo!

¡Es tuyo!”, susurró Codicia a través de ella.

Blade vaciló, espada bajando.

Bork se levantó, hacha descendiendo.

“¡Por el norte!”.

El golpe cortó el brazo de Blade, quien gritó cayendo.

“¡No!”, rugió Augusto, cargando hacia Kain una vez más.

Sus espadas chocaron en un clímax final: auras explotando, nieve evaporándose en vapor.

Kain empujó con todo: luz, oscuridad, carmesí fusionados.

“¡Termina!”.

La espada imperial se quebró.

La Domadora perforó el pecho de Augusto.

El Emperador jadeó, ojos ampliándose.

“Imposible…

la profecía…”.

Cayó de rodillas, sangre borboteando.

“Mi…

imperio…”.

Murió allí, en la nieve, bajo la luna carmesí diurna.

Un silencio momentáneo cayó.

Luego, gritos de victoria norteños.

“¡El Emperador ha caído!

¡Victoria!”, bramó Draka.

Imperiales huyeron en pánico, formaciones rompiéndose.

Blade, herido, fue capturado por kitsune.

“¡Malditos…

esto no acaba!”.

Kain se arrodilló, exhausto, mirando el cielo.

“Lo hicimos…

pero a qué costo”.

Bork, sangrando, palmeó su hombro.

“¡Ja!

Costo de libertad, chico.

Ahora, ¡a conquistar el sur!”.

Pero en la distancia, desde las torres imperiales lejanas, un cuerno sonó.

Refuerzos?

O algo peor.

Lilia se acercó, rostro pálido.

“La profecía no termina aquí.

La luna carmesí advierte de oscuridad mayor”.

Kain asintió, espada aún goteando sangre.

“Entonces, preparemos.

El norte no se detiene”.

La guerra continuaba, pero el imperio tambaleaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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