Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

el duque del norte caído - Capítulo 38

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. el duque del norte caído
  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 El Juicio de la Luna
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

38: Capítulo 38: El Juicio de la Luna 38: Capítulo 38: El Juicio de la Luna El cuerpo del Emperador Augusto III yacía inerte en la nieve teñida de rojo, su espada quebrada a un lado, ojos vidriosos mirando al cielo gris.

Kain Voss, jadeante, con La Domadora aún goteando sangre imperial, se enderezó lentamente.

El silencio se extendió por el campo de batalla como una niebla helada, roto solo por los gemidos de los heridos y el aleteo distante de dragones.

Los norteños, atónitos al principio, estallaron en vítores ensordecedores.

“¡Victoria!

¡El tirano ha caído!”, rugió Draka desde las líneas frontales, sus escamas doradas brillando con el fuego de Ira.

Los Escudos Dragón alzaron sus armas, y los kitsune aullaron en celebración, colas danzando como llamas vivas.

Bork, sangrando profusamente pero con una sonrisa maníaca bajo su mostacho feroz, palmeó el hombro de Kain con fuerza bruta.

“¡Ja!

¡Lo hiciste, chico!

¡El sur es nuestro ahora!

¡A saquear sus palacios!”.

Kain no respondió de inmediato.

Sus ojos dorados, teñidos de carmesí lunar, escanearon el cadáver del Emperador.

Algo no encajaba.

La profecía de la luna carmesí, sutil pero visible en el cielo diurno, parecía pulsar con una advertencia no cumplida.

“Espera…

esto no termina aquí”.

De repente, un temblor sacudió el suelo.

La nieve alrededor del cuerpo de Augusto se arremolinó en un vórtice negro, y un hedor a azufre invadió el aire.

Los vítores se ahogaron en murmullos de confusión.

El pecho perforado del Emperador se infló con un aliento rasposo, y sus ojos —antes muertos— se abrieron, inyectados en un rojo demoníaco.

“¡Imposible!”, exclamó Kain, retrocediendo un paso, espada en guardia.

Augusto se levantó con un crujido de huesos, su herida cerrándose en hilos de oscuridad viscosa.

Una risa gutural, no humana, brotó de su garganta.

“¡Tontos!

¿Creísteis que un simple acero podría acabar conmigo?”.

Su voz era un eco doble: la suya propia, y otra más profunda, como un abismo susurrante.

“Hace años, en las sombras de mi trono, pacté con el Abismo.

¡El demonio primordial, Vorath, me dio su esencia!

¡Y ahora…

renazco!”.

Su aura negra explotó con renovada furia, ahora entretejida con venas rojas infernales.

El pacto se revelaba: Vorath, un demonio olvidado de las eras antiguas, había infundido al Emperador con poder ilimitado a cambio de almas imperiales.

Augusto extendió la mano, y fragmentos de su espada quebrada se reunieron en una nueva arma, una hoja curva de ébano pulsante.

Los norteños retrocedieron, horrorizados.

“¡Magia negra!

¡Es un poseído!”, gritó un Caballero de Dios, alzando su escudo.

Bork escupió sangre.

“¡Bah!

¿Un demonio?

¡Lo parto en dos igual!”.

Cargó con su hacha, pero Augusto lo apartó de un manotazo casual, enviándolo a volar contra un montón de cadáveres.

Kain enfrentó al Emperador resucitado.

“¡Tu pacto te condena, Augusto!

¡Esto no cambia nada!”.

Embistió con La Domadora, aura mixta —luz, oscuridad y carmesí— chocando contra la nueva espada.

El impacto fue devastador.

Augusto bloqueó sin esfuerzo, su fuerza demoníaca multiplicada.

“¡Ahora verás el verdadero poder, mocoso!”.

Contraatacó con una serie de golpes veloces, cada uno cargado con fuego infernal que quemaba el aire.

Kain paró el primero, el segundo…

pero el tercero lo rozó, cortando su armadura y dibujando sangre.

“¡Argh!”.

Retrocedió, pero Augusto no dio tregua.

Un puñetazo imbuido en aura demoníaca lo golpeó en el pecho, lanzándolo por el aire como una pelota rebotando en la nieve.

“¡Kain!”, gritó Lilia desde el lago, su voz quebrándose en pánico.

Los norteños intentaron intervenir: dragones escupieron fuego, pero Augusto lo desvío con una barrera negra.

Kitsune ilusionaron clones, pero el demonio los disipó con un rugido.

Augusto rio, agarrando a Kain por el cuello en pleno vuelo y estrellándolo contra el suelo.

“¡Ja ja ja!

¡Mira cómo bailas, rebelde!

¡Eres una marioneta en mis manos!”.

Lo levantó y lo lanzó de nuevo, esta vez contra una formación de rocas nevadas.

Kain tosió sangre, La Domadora volando de su mano.

El Emperador avanzó, pisoteando cadáveres.

“¡Todo este imperio es mío por derecho divino…

y demoníaco!

¡Vorath me ha dado la eternidad!”.

Golpeó a Kain una vez más, enviándolo rodando por la nieve, magullado y roto.

Los golpes eran brutales: puños como martillos infernales, patadas que agrietaban costillas.

Draka cargó: “¡Deja a mi líder, monstruo!”.

Su aliento dracónico envolvió a Augusto, pero el Emperador emergió ileso, escamas de Vorath protegiéndolo.

“¡Patético lagarto!

¡Únete a él!”.

La lanzó lejos con una onda de choque.

Fang —Bella con Gula desatada— saltó sobre Augusto, intentando devorar su esencia.

“¡Dame tu poder!”.

Pero el demonio la repelió: “¡Glotona!

¡Vorath no se come…

devora!”.

La absorbió parcialmente, debilitándola.

Kira intentó seducir: “¡Mírame, Emperador…

desea la victoria eterna!”.

Sus ojos hipnóticos brillaron, pero Augusto rio.

“¡Lujuria infantil!

Mi pacto me hace inmune a tentaciones mortales”.

La apartó como a una mosca.

Elara tejía ilusiones de riqueza: “¡Toma todo, demonio!

¡Es tuyo!”.

Pero Vorath susurró a través de Augusto: “Codicia…

soy yo quien te posee ahora”.

Las ilusiones se volvieron contra Elara, confundiéndola.

Lupina aulló, Envidia copiando el aura demoníaca: “¡Tu poder será mío!”.

Embistió con garras extendidas, pero Augusto la atrapó en el aire.

“¡Bestia envidiosa!

¡Prueba el tuyo propio!”.

Le inyectó una dosis de su propia envidia, haciendo que se volviera contra aliados momentáneamente.

Kitsaro invocó pereza: “¡Duerme, tira…

descansa en el abismo!”.

Ilusiones somnolientas envolvieron al Emperador, pero Vorath las disipó.

“¡Perezoso zorro!

¡El abismo no duerme!”.

Vamir, el vampiro con Orgullo, mordió el brazo de Augusto: “¡Soy superior!

¡Tu sangre es mía!”.

Pero la sangre demoníaca lo quemó desde dentro.

“¡Orgulloso necio!

¡Vorath corrompe lo que toca!”.

El caos reinaba.

Los norteños, antes victoriosos, ahora retrocedían ante este horror resucitado.

Augusto jugaba con Kain, lanzándolo como una pelota humana, riendo maníacamente.

“¡Mira cómo rebota el héroe del norte!

¡Ja ja!

¿Cuántos golpes más aguantarás, Voss?”.

Kain, magullado y sangrando, apenas podía bloquear.

Su aura flaqueaba, opacada por el poder infernal.

“No…

acabará…

así”.

Intentó alcanzar La Domadora, pero Augusto lo pisoteó.

“¡Oh, sí que acabará!

¡Tu rebelión muere conmigo…

no, conmigo renacido!”.

La diversión del Emperador duró poco.

Desde el lago congelado, Lilia —la Gran Santa, huésped de la luz divina— observaba horrorizada.

Su conexión con la diosa de la luna, Selene, pulsaba en su interior.

La luna carmesí en el cielo diurno brillaba más intensa, como una llamada.

“¡No más!”, murmuró Lilia, lágrimas congelándose en sus mejillas.

Alzó las manos al cielo, su voz elevándose en un cántico ancestral.

“¡Oh, Selene, diosa de la luna eterna!

¡Mira este pacto profano!

¡Juzga al tirano que ha mancillado el equilibrio!

¡Desciende tu luz y neutraliza esta oscuridad!”.

El cielo se oscureció abruptamente, nubes girando en un vórtice.

La luna carmesí se hizo plena, visible incluso en el día, proyectando rayos rojos que convergieron en Lilia.

Una figura etérea descendió: Selene, diosa encarnada, con forma de mujer lunar, vestida en velos plateados y carmesí, ojos como eclipses.

“¡¿Qué es esto?!”, rugió Augusto, deteniendo su asalto a Kain.

Vorath siseó en su mente: “¡La diosa!

¡Mátala antes de que…!”.

Pero era tarde.

Selene extendió una mano, su voz resonando como un coro celestial: “Augusto III, emperador caído.

Has pactado con Vorath, demonio del abismo, vendiendo almas por poder.

Has roto el pacto cósmico.

¡Yo, Selene, te juzgo!”.

Una cadena de luz lunar se enroscó alrededor de Augusto, inmovilizándolo.

Vorath gritó desde dentro: “¡No!

¡Este huésped es mío!”.

Selene ignoró al demonio.

“Por tu codicia, pierdes tu aura.

Por tu ira, pierdes tu fuerza.

Por tu orgullo, pierdes tu corona.

¡Todo poder te es arrebatado!”.

Augusto convulsionó, su cuerpo expulsando humo negro mientras Vorath era extraído a la fuerza.

El demonio se materializó brevemente —una sombra con cuernos y alas rotas— antes de ser desintegrado por un rayo lunar.

“¡Nooooo!”.

El Emperador cayó de rodillas, su piel arrugándose, ojos opacos.

Quedó como un cascarón vacío: un hombre viejo, frágil, sin aura, sin fuerza, sin demonio.

“Qué…

me has hecho…”, balbuceó, voz temblorosa.

Selene miró a Lilia con aprobación.

“Hija mía, has invocado justicia.

La profecía se cumple: la luna carmesí purga la oscuridad”.

Luego, ascendió, disipándose en rayos que sanaron a los norteños heridos.

Kain se levantó tambaleante, recuperando La Domadora.

“Lilia…

gracias”.

Se acercó al cascarón que era Augusto, ahora un prisionero patético.

“¡Misericordia…

por favor…”, suplicó el ex-emperador, lágrimas rodando.

Kain lo miró con desprecio.

“La misericordia que diste a mi pueblo?

No.

Llévenlo.

Que viva para ver su imperio caer”.

Bork, recuperándose, rio.

“¡Ja!

¡De tirano a mendigo!

¡Bien hecho, santa!”.

Lilia se acercó, exhausta pero radiante.

“La diosa nos ha salvado.

Pero la guerra no acaba.

El sur aún resiste”.

Draka nodded: “Refuerzos imperiales vienen.

Preparémonos”.

El norte, revitalizado, avanzó.

La luna carmesí palideció, pero su promesa perduraba: libertad o muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo