el duque del norte caído - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 39 Semillas de Duda
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39: Capítulo 39: Semillas de Duda 39: Capítulo 39: Semillas de Duda La marcha al sur fue un torbellino de victoria y venganza.
Con el Emperador Augusto III reducido a un cascarón vacío, despojado de su poder demoníaco por el juicio de Selene, las fuerzas imperiales se desmoronaron como un castillo de arena ante la marea.
Las grandes casas nobles —el Ducado del Este, el Lotto Carmesí, el de la Tecnología y el Saint— se rindieron una tras otra, sus duques arrodillados ante los estandartes norteños.
Eldoria, la capital reluciente, cayó en una semana: dragones sobrevolando sus torres, kitsune infiltrándose en sus murallas, y los Escudos Dragón rompiendo sus puertas con rugidos de ira.
“¡El sur es nuestro!”, bramó Bork desde el trono imperial capturado, su mostacho feroz cubierto de polvo de batalla.
Los Caballeros de Dios coreaban su nombre, hachas alzadas en triunfo.
Draka, la dragona con Ira bullendo en su interior, escupió una llama celebratoria que iluminó el salón del palacio.
“Por fin, estos bastardos pagan por sus crímenes”.
Elara, la elfa ahora portadora de Envidia, observaba desde las sombras, sus ojos verdes escaneando las riquezas saqueadas.
“Mira todo esto…
podría ser mío, si no fuera por estos idiotas compartiendo”.
Pero reprimió el susurro del Pecado, enfocándose en la victoria.
Fang, la chica lobo con Gluttony devoradora, mordisqueaba un banquete imperial robado.
“¡Más!
¡Esto sabe a libertad!”, gruñó, colmillos goteando jugo.
Kira, el kitsune varón con Lujuria tentadora, danzaba entre prisioneros nobles, sus colas ilusorias hipnotizando confesiones.
“Confiesa tus secretos, duque…
o siente el deseo que te consume”.
Liora, la humana astuta con Codicia susurrando avaricia, contaba gemas mágicas del Lotto Carmesí.
“Estas minas serán mías…
digo, nuestras.
Sí, del norte”.
Aria, la otra humana con Pereza murmurando flojera eterna, bostezaba en un rincón.
“Victoria…
genial.
¿Podemos dormir ahora?
Todo este luchar cansa”.
Vlad, el vampiro con Orgullo hinchado, se erguía alto, colmillos brillando.
“Naturalmente, yo lideré la carga final.
Sin mi superioridad, hubiéramos fallado”.
Lilia, la Gran Santa, sanaba a los heridos con toques luminosos, su canción elevándose en gratitud a Selene.
“La diosa nos ha bendecido.
Pero recordad: la paz es frágil”.
En medio de la euforia, Kain Voss se apartaba, su mente un torbellino.
La humillación ardía en su pecho como una brasa.
Había sido lanzado como una pelota por el Emperador poseído, opacado por su fuerza demoníaca.
Solo la intervención de Lilia y Selene lo había salvado.
“¿Esto es lo que quería para mi gente?
¿Un líder que necesita ser rescatado?
¿Débil ante amenazas mayores?”.
La semilla de la duda se implantó profunda, regada por recuerdos de golpes que lo habían hecho sangrar.
Esa noche, en las cámaras privadas del palacio conquistado, Kain convocó a Bork y a Lyria, la comandante feroz de los Escudos Dragón —una dragona híbrida, leal y estratégica, con escamas plateadas que contrastaban con las doradas de Draka.
No era Draka, sino su segunda al mando, elevada por méritos en batalla.
“Escuchadme bien, amigos”, dijo Kain, voz baja para evitar oídos indiscretos.
La habitación estaba iluminada por velas mágicas, sombras danzando en las paredes adornadas con tapices imperiales rasgados.
Bork cruzó los brazos, hacha apoyada en la pared.
“¡Habla, chico!
¿Qué mosca te picó?
¡Deberíamos estar bebiendo el vino de estos snobs!”.
Lyria, más seria, inclinó la cabeza.
“Líder Voss, tu aura parece…
turbia.
¿Qué pasa?”.
Kain suspiró, ojos dorados teñidos de carmesí lunar reflejando su conflicto interno.
“El Emperador me humilló.
Me usó como juguete antes de que Lilia invocara a Selene.
Fui salvado, no vencedor.
¿Es esto liderazgo?
¿Depender de dioses y aliados para no caer?
El norte merece un duque fuerte, capaz de enfrentar cualquier amenaza solo”.
Bork frunció el ceño.
“¡Bah!
Todos necesitamos ayuda a veces.
¡Yo te cubrí la espalda mil veces!”.
“Pero yo soy el elegido de la profecía”, replicó Kain, golpeando la mesa.
“La luna carmesí me marcó para guiar, no para ser guiado.
Hay amenazas mayores allá: imperios vecinos, demonios antiguos como Vorath.
Debo ser más fuerte.
Por eso…
os dejo a cargo”.
Lyria jadeó.
“¿Qué?
¡No puedes abandonarnos ahora!”.
Kain levantó la mano.
“En secreto.
Bork, tú manejarás las tropas y la defensa.
Tu bruteza es legendaria.
Lyria, tú el ducado y la administración —tu mente estratégica mantendrá el orden.
Decid al pueblo que estoy en misión diplomática o algo.
Regresaré cuando sea digno”.
Bork rio, pero con preocupación.
“¡Loco!
¿Adónde irás?
¿A pelear osos en la tundra?”.
“Lilia me señaló un lugar”, confesó Kain.
“Las montañas del imperio vecino, al oeste.
Ahí, en picos eternos custodiados por guardianes antiguos, podré entrenar.
Aura pura, pruebas divinas.
Dice que Selene bendice esos sitios para forjar héroes”.
Lyria asintió lentamente.
“Si es consejo de la Santa…
pero ¿y si el sur se rebela?
¿O peor, invasores?”.
“Confío en vosotros”, dijo Kain, extendiendo la mano.
“Juradlo: mantendréis el norte unido hasta mi retorno”.
Bork agarró su mano con fuerza.
“¡Por mi mostacho!
Lo juro, chico.
Pero vuelve pronto, o te buscaré yo mismo”.
Lyria unió su garra escamosa.
“Por el norte.
Jurado”.
Al alba, Kain partió en secreto, capa oscura ocultando su figura, La Domadora envainada a su espalda.
Cabalgó solo hacia el oeste, cruzando fronteras nevadas hacia las montañas imponentes del Imperio de Valthor, rival ancestral de Tratarian.
El viento aullaba promesas de dureza.
Días después, en las faldas rocosas, Kain ascendió.
El aire se adelgazaba, aura ambiental presionando su cuerpo como un yunque.
“Aquí forjaré mi fuerza”, murmuró, recordando la humillación.
“No más debilidad”.
En el norte, Bork y Lyria asumieron el mando sutilmente.
“El Duque Voss está en viaje estratégico”, anunciaban en consejos.
Pero rumores susurraban: “¿Dónde está Kain?
¿Huyó?”.
Lilia, sabiendo la verdad, oraba en silencio.
“Selene, guíalo.
La semilla de duda puede florecer en grandeza…
o destrucción”.
Mientras, los Pecados en sus huéspedes bullían.
Elara, con Envidia, codiciaba el trono vacío.
“Mira, Kain se va…
¿por qué no yo?”.
Draka, Ira intacta, entrenaba tropas con furia.
“¡Si regresa débil, lo destronaré yo misma!”.
Kira, kitsune con Lujuria, seducía aliados para lealtades.
“Deseo…
poder.
Todo se entrelaza”.
Liora, humana de Codicia, acumulaba riquezas.
“El ducado es rico…
pero podría ser más”.
Fang, chica lobo con Gluttony, devoraba recursos.
“¡Come!
¡Crece!
¡Domina!”.
Aria, humana perezosa, evadía deberes.
“¿Por qué esforzarse?
Todo cae solo”.
Vlad, vampiro orgulloso, proclamaba: “Yo soy el verdadero heredero.
Kain es inferior”.
La paz era tenue.
En las montañas, Kain enfrentó su primera prueba: un guardián de piedra animado por aura antigua.
“¡Prueba tu valía, intruso!”, rugió la estatua viviente, puños como rocas cayendo.
Kain desenvainó La Domadora.
“¡Ven!
¡Esto es lo que busco!”.
Chocaron, aura mixta contra piedra eterna.
Golpes lo magullaron, pero no cedió.
“¡Más fuerte!
¡Debo ser más fuerte!”.
Días se volvieron semanas.
Kain meditaba en picos helados, absorbiendo aura ambiental, fusionándola con su luz, oscuridad y carmesí.
Envisió amenazas futuras: demonios, invasores.
“Regresaré invencible”.
De vuelta en Eldoria, Bork reunía a los líderes.
“¡Mantengamos el orden!
Kain confía en nosotros”.
Lyria nodded: “Pero vigilad: los Pecados susurran disensión”.
Elara se acercó: “Envidio la fuerza de Kain…
pero ¿y si no regresa?”.
Draka gruñó: “Ira me dice que luchemos por el poder”.
Kira sonrió seductor: “Lujuria por el trono…
tentador”.
Liora contó monedas: “Codicia exige más”.
Fang lamió labios: “Gluttony quiere devorarlo todo”.
Aria bostezó: “Pereza dice…
esperad sentados”.
Vlad se erguía: “Orgullo sabe que yo soy mejor”.
Bork golpeó la mesa: “¡Basta!
¡Leales a Kain o responded ante mi hacha!”.
Lyria intervino: “Unidos, o caemos”.
Lilia entró: “La diosa vela.
Kain volverá cambiado”.
En las montañas, Kain superó guardianes, forjó alianzas con ermitaños sabios.
“Tu aura es única”, dijo un anciano.
“Fusiónala con elementos: viento, hielo, fuego”.
Kain entrenó: espadas contra tormentas, meditación en abismos.
La semilla de duda se transformaba en determinación.
“Por mi gente.
Seré el escudo inquebrantable”.
Meses pasaron.
Rumores de invasión valthoriana llegaron al norte.
“¡Preparad!”, ordenó Bork.
Lyria reunió tropas: “Sin Kain, resistiremos”.
Pero en la cima más alta, Kain sintió el llamado.
“Es hora”.
Su aura ahora un vórtice equilibrado, descendió.
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