el duque del norte caído - Capítulo 4
- Inicio
- Todas las novelas
- el duque del norte caído
- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El Renacer del Castillo Helado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: Capítulo 4: El Renacer del Castillo Helado 4: Capítulo 4: El Renacer del Castillo Helado El aire de la superficie era cortante, cargado de nieve que danzaba en círculos furiosos.
Ochocientos supervivientes —elfos, humanos, dragones, caballeros y sus familias— emergieron de los túneles subterráneos por primera vez en dieciocho años.
El sol pálido del norte los cegó; muchos cayeron de rodillas, llorando al sentir el viento libre en la cara.
Kain Voss caminaba al frente, La Domadora en la mano derecha.
En la izquierda llevaba otra espada: una hoja antigua envuelta en una capa de hielo eterno que nunca se derretía.
No era la legendaria arma de su linaje, sino un regalo mucho más personal.
La sirvienta que lo sacó del castillo en llamas se la había entregado con sus últimas palabras: «Cuando llegue el momento, clávala en el corazón del castillo.
Ella te reconocerá».
Llegaron al centro de las ruinas: la gran plaza donde una vez se erigía la fuente de los dragones.
Ahora solo quedaba un pedestal de obsidiana cubierto de escarcha.
Kain se arrodilló.
Todos guardaron silencio.
—Hoy —dijo con voz que resonó en toda la plaza—, el Gran Ducado del Norte vuelve a respirar.
Clavó la espada helada en el pedestal.
Un crujido profundo sacudió la tierra.
El hielo que cubría la hoja se expandió como venas vivas, corriendo por el suelo, subiendo por las murallas derruidas.
Barreras translúcidas de mana puro se alzaron alrededor del perímetro: cúpulas iridiscentes que brillaban con runas antiguas.
Las torretas destruidas —antiguas defensas mágicas— se reconstruyeron solas, piedra por piedra, pero ahora más altas, más afiladas, con cañones de cristal que giraban buscando amenazas invisibles.
Luego vino el castillo mismo.
Torres rotas se enderezaron.
Murallas agrietadas se sellaron.
Vidrios rotos volvieron a formarse.
El Castillo Helado renació ante sus ojos, más grande, más imponente que nunca, con detalles nuevos: pináculos de hielo negro, estandartes Voss ondeando como si nunca hubieran caído.
Un rugido colectivo estalló.
Cientos de voces gritando el nombre de su duque.
Kain se puso en pie y alzó La Domadora.
—¡Escuchadme!
Hoy no solo reconstruimos piedra.
Reconstruimos nuestro futuro.
El Imperio nos declaró muertos.
Nos borró de los mapas.
Pero estamos vivos.
Y si es posible… ¡tomaremos el Imperio entero!
El griterío fue ensordecedor.
Espadas chocando contra escudos.
Dragones rugiendo fuego al cielo.
Elfos cantando himnos antiguos.
Bork Ironbeard, a un lado, soltó una carcajada profunda.
—¡Eso es hablar, jefe!
¡Por los dioses que esto sí es un ejército!
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad.
Caballeros antiguos retomaron entrenamientos olvidados.
Elfos afilaban flechas de hielo eterno.
Dragones probaban sus alas en los cielos recuperados.
Forjas volvieron a humear día y noche.
Bork, fiel a su nueva lealtad, tomó bajo su mando a un grupo selecto de guerreros jóvenes y endurecidos.
Los llamó los Caballeros de Dios.
—Vosotros no seréis caballeros comunes —les gritó el primer día, bajo una tormenta de nieve—.
¡Seréis máquinas de guerra!
Armaduras blancas como la nieve pura.
Entrenaréis hasta que vuestros cuerpos supliquen piedad… ¡y no se la daré!
Porque solo cuando el cuerpo llega al límite nace un guerrero formidable.
Los entrenamientos eran brutales.
Corridas con armadura completa bajo ventiscas.
Combates hasta el agotamiento.
Bork en persona los golpeaba con su hacha embotada, riendo cuando caían y ordenando que se levantaran.
—¡De nuevo!
¡El dolor es vuestro maestro!
¡El norte no cría débiles!
Y los Caballeros de Dios crecían.
Día a día, más fuertes, más feroces.
Una tarde, Kain observaba desde lo alto de la muralla principal.
Abajo, Bork dirigía una formación de cincuenta caballeros blancos practicando cargas coordinadas.
El castillo bullía de vida: mensajeros corriendo, herreros martilleando, niños riendo por primera vez en libertad.
Lyria Flamewing, la comandante dragona, se acercó a su lado.
Sus escamas plateadas brillaban bajo el sol frío.
—Impresionante, ¿verdad?
—dijo Kain sin mirarla—.
En una semana hemos hecho lo que otros ducados tardan años.
Lyria cruzó los brazos, expresión seria.
—Es impresionante, mi señor.
Pero… ¿tomar el Imperio?
Hay cuatro Grandes Ducados en pie.
El Este con su ejército invencible.
El Lotto Carmesí con riqueza infinita.
El Arcano con magos que podrían borrar este castillo de un hechizo.
Y Saint con su santa que cura naciones enteras.
Además del Emperador mismo.
Es… imposible.
Kain se giró hacia ella.
Por un momento, sus ojos dorados mostraron algo raro: inseguridad.
Lyria continuó.
—No me malinterpretes.
Moriré por ti y por esta causa.
Pero eres un mocoso de dieciocho años que ayer dormía en cuevas y hoy pretende conquistar un imperio.
Kain soltó un suspiro largo… y de repente la abrazó.
Lyria se quedó rígida, sorprendida.
Las alas membranosas se agitaron levemente.
—¿Q-qué haces, mi señor?
—No sé cómo lo haré —murmuró Kain contra su hombro, voz baja—.
Ni siquiera sé si puedo.
Solo… sé que tengo que intentarlo.
Pero tienes razón.
Apenas estoy aprendiendo a ser duque.
Lyria parpadeó.
Luego, una risa suave escapó de sus labios.
Primero pequeña, después fuerte, genuina.
Se apartó un poco, mirándolo con ojos ámbar llenos de cariño.
—Jajaja… te pareces tanto a tu padre.
Alaric decía exactamente lo mismo.
Grandes declaraciones impulsivas en la plaza… y luego venía a mi tienda preguntando «Lyria, ¿y ahora cómo arreglo esto?».
Jajaja.
Kain sonrió, ruborizándose ligeramente.
—¿En serio?
—Cada vez.
Era un visionario… pero también un desastre organizando detalles.
Por eso me tenía a mí.
Lyria puso una mano en el hombro de Kain.
—Escucha, mi señor.
Olvidemos por ahora conquistar el Imperio entero.
Centrémonos en lo que sí podemos hacer.
Comercio: tenemos minas de cristal de hielo eterno bajo el castillo que valen fortunas.
Podemos vender a caravanas neutrales, ganar oro, comprar armas, reclutar mercenarios.
Y mejorar el ejército: entrenar, equipar, fortalecer alianzas pequeñas.
Paso a paso.
Kain asintió lentamente.
—Tienes razón.
Siempre la tuviste, ¿verdad?
Lyria sonrió con colmillos.
—Alguien tiene que mantener al mocoso en el suelo.
Kain rio, algo raro y cálido en él.
—Entonces… ¿comercio y ejército primero?
—Comercio y ejército primero —confirmó ella—.
Y cuando estemos listos… entonces hablaremos de imperios.
Desde abajo, Bork gritó algo ininteligible a sus caballeros, haciendo que corrieran otra vuelta.
Kain miró el horizonte nevado.
—Un día, Lyria.
Un día.
Ella le apretó el hombro.
—Y yo estaré a tu lado cuando ese día llegue.
En algún lugar lejano, siete almas sintieron el castillo renacer como un faro en su mente.
El norte ya no dormía.
El Gran Ducado del Norte había vuelto.
Y el mundo pronto lo sabría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com