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el duque del norte caído - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 El Dominio de las Sombras Eternas
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40: Capítulo 40: El Dominio de las Sombras Eternas 40: Capítulo 40: El Dominio de las Sombras Eternas Los rumores de invasión desde Valthor se disiparon como niebla al amanecer.

Mensajeros exhaustos llegaron a Eldoria con noticias: el Imperio de Valthor, envuelto en guerras civiles y revueltas internas, no tenía ojos ni tropas para mirar hacia el norte conquistado.

“Falsa alarma”, anunció Bork en el gran salón, golpeando la mesa con su hacha.

“¡Los valthorianos se están comiendo entre ellos!

¡Brindemos por su estupidez!”.

Los norteños rieron, aliviados.

Lyria organizó patrullas de rutina, Draka reforzó las fronteras con dragones, y los Pecados —susurrando en sus huéspedes— encontraron formas de entretenerse en la paz temporal.

Elara envidiaba las posiciones de mando, Liora acumulaba tesoros, Fang devoraba banquetes, Kira tejía redes de deseo entre nobles rendidos, Aria dormía en salones lujosos, Vlad se pavoneaba como consejero supremo, y Draka descargaba su Ira en entrenamientos brutales.

Lilia, sola en el templo reconvertido, oraba bajo la luz lunar.

“Selene, protégelo.

Kain camina por un sendero peligroso”.

Lejos, en las montañas prohibidas del oeste de Valthor —los Picos de Eterion—, Kain Voss ascendía sin descanso.

El aire era tan puro que cortaba los pulmones, y el aura ambiental presionaba como un océano invisible.

Había dejado atrás los caminos conocidos, guiado por las palabras de Lilia: “En el corazón de esas montañas hay un dominio antiguo.

Solo los dignos emergen más fuertes”.

Durante semanas, Kain exploró grietas y cavernas, enfrentando guardianes menores: lobos de aura cristalina, aves de tormenta que lanzaban rayos, elementales de hielo que congelaban el aliento.

Cada victoria lo fortalecía.

Su aura mixta —luz purificadora, oscuridad devoradora y carmesí profético— se afinaba, respondiendo más rápido, golpeando más profundo.

Una mañana brumosa, mientras escalaba un acantilado vertical envuelto en nubes perpetuas, el pie de Kain resbaló en una losa traicionera.

El mundo giró.

Cayó.

No fue una caída común.

El vacío lo tragó durante minutos interminables, viento aullando en sus oídos, hasta que un brillo extraño lo envolvió.

Golpeó el suelo con un estruendo que debería haberlo matado, pero una barrera de aura lo amortiguó.

Se levantó dolorido, La Domadora aún en mano, y miró alrededor.

Estaba en el interior hueco de la montaña: un dominio sellado, un mundo paralelo escondido en el corazón de Eterion.

El cielo era un techo de cristal negro salpicado de estrellas falsas que nunca se movían.

El suelo, una vasta planicie de obsidiana agrietada, se extendía hasta horizontes borrosos.

En el centro, un pilar de luz blanca flotaba, inalcanzable, rodeado por siete círculos concéntricos de runas brillantes.

“Bienvenido, aspirante”, resonó una voz antigua, sin origen ni eco.

“Este es el Dominio de las Sombras Eternas.

Para salir, debes cruzar los siete círculos y tocar el Pilar de Ascensión.

Cada círculo guarda un guardián nacido de tus propias sombras.

Meses, años…

el tiempo aquí no fluye como afuera.

Sobrevive, crece, o perece”.

Kain apretó la empuñadura de La Domadora.

“Perfecto.

Esto es exactamente lo que vine a buscar”.

El primer círculo se activó al instante.

El suelo tembló, y de las grietas emergió el primer monstruo: un lobo colosal hecho de pura oscuridad líquida, ojos como lunas carmesí.

Sus aullidos eran recuerdos de la humillación ante Augusto —la voz del Emperador riendo mientras lo lanzaba como muñeco.

“¡Débil!”, gruñó la bestia, cargando con garras que cortaban el aura misma.

Kain esquivó por instinto, contraatacando con un corte de luz mixta.

La hoja atravesó al lobo, pero la oscuridad se reformó al instante.

“¡No basta con fuerza bruta!”, comprendió.

Invocó su oscuridad interna, absorbiendo parte de la sombra del monstruo.

El lobo se debilitó, y un segundo golpe carmesí lo disipó en humo negro.

Jadeante, avanzó al segundo círculo.

Allí, el aire se volvió pesado como plomo.

Surgieron tres golems de obsidiana, cada uno reflejando una faceta de su duda: uno con la forma del Emperador poseído, otro con el rostro de Bork riendo amigablemente, otro con su propio reflejo, pero con ojos vacíos.

“¿Crees que mereces liderar?”, habló el golem-Augusto, puños cayendo como meteoros.

Kain bloqueó, huesos vibrando.

“¡No soy el mismo de antes!”.

Giró, cortando piernas de obsidiana, pero los golems se regeneraban lentamente.

Tuvo que combinar elementos: hielo ambiental para ralentizarlos, fuego carmesí para fundir sus núcleos.

Horas de combate ininterrumpido lo dejaron exhausto, pero victorioso.

El tercer círculo trajo enjambres: sombras aladas que picaban como avispas, inyectando veneno de duda.

Cada picadura revivía recuerdos —el norte sufriendo bajo el imperio, él incapaz de protegerlos solo.

Kain meditó en medio del caos, canalizando luz purificadora en un domo defensivo mientras contraatacaba con ondas de oscuridad que devoraban alas.

Días se convirtieron en semanas dentro del dominio.

Kain no dormía más que breves trances meditativos.

Comía bayas de aura que crecían en grietas, bebía de fuentes etéreas que restauraban mana pero quemaban el alma.

Cada guardián lo obligaba a innovar.

En el cuarto círculo enfrentó un dragón de sombra pura, alas extendidas cubriendo medio cielo falso.

Sus llamas eran negras, devorando luz.

Kain trepó por su lomo mientras esquivaba cola y garras, clavando La Domadora en puntos débiles que solo su aura mixta podía detectar.

La batalla duró lo que parecieron días enteros; al final, absorbió parte del fuego negro, añadiéndolo a su repertorio.

“Tu aura crece”, reconoció la voz antigua, casi con aprobación.

“Pero aún hay cuatro círculos.

Los guardianes se adaptan a ti.

Se hacen más fuertes cuanto más fuerte te haces”.

Kain, cubierto de heridas que cicatrizaban lentamente con luz lunar, sonrió por primera vez desde su caída.

Sangre seca en el rostro, armadura rota, pero ojos brillantes.

“Bien.

Quiero que sean imposibles.

Quiero romper mis límites una y otra vez”.

El quinto círculo se abrió con un rugido que sacudió el dominio entero.

De las profundidades surgió una hidra de nueve cabezas, cada una escupiendo un elemento diferente: fuego, hielo, rayo, veneno, ilusión, tiempo, espacio, vida y muerte.

Kain cargó sin dudar.

La Domadora danzó en arcos carmesí, cortando cabezas que se regeneraban al doble.

Tuvo que sellarlas con oscuridad absoluta, congelarlas con hielo ambiental, desviar rayos con su propia aura eléctrica recién aprendida.

Cuando una cabeza de tiempo intentó ralentizarlo, contraatacó con velocidad carmesí que aceleraba su percepción.

Horas de danza mortal, sudor mezclándose con sangre.

Al caer la última cabeza, Kain cayó de rodillas, respirando con dificultad.

“Cinco…

solo quedan dos”.

Pero el sexto círculo no llegó de inmediato.

El dominio pareció darle respiro.

Kain se sentó en la obsidiana fría, meditó bajo las estrellas falsas.

Recordó a su gente, a Bork y Lyria sosteniendo el norte, a Lilia orando.

“No puedo fallarles.

No volveré hasta ser intocable”.

Cuando el sexto círculo finalmente se iluminó, el aire se volvió denso como melaza.

El guardián no era una bestia, sino un espejo perfecto de sí mismo: Kain Voss, pero con aura completamente dominada, ojos serenos, movimientos perfectos.

Una versión que ya había superado todas las dudas.

“Para vencerme”, habló su reflejo, voz idéntica, “debes aceptar que la debilidad pasada no define tu futuro.

Debes ser más que la suma de tus victorias”.

Kain cargó contra sí mismo.

Espada contra espada.

Aura mixta chocando en explosiones que agrietaban el suelo.

El reflejo anticipaba cada movimiento, bloqueaba cada técnica nueva.

Kain sangraba, retrocedía, avanzaba de nuevo.

Horas, días.

Aprendió en la derrota: fusionó luz y oscuridad en un nuevo equilibrio, canalizó carmesí en golpes impredecibles.

Al final, exhausto, comprendió.

No era cuestión de fuerza bruta.

Bajó La Domadora.

“No te venceré odiando mi pasado.

Te venceré aceptándolo”.

El reflejo sonrió, y se disolvió en partículas de aura que entraron en su cuerpo.

Poder nuevo fluyó: su aura mixta se estabilizó, más densa, más controlada.

Solo quedaba el séptimo círculo.

Pero el dominio no lo abrió aún.

La voz antigua resonó una vez más: “Descansa, aspirante.

El último guardián espera cuando estés listo.

Meses han pasado aquí; afuera, apenas semanas.

El tiempo te forja, pero también te prueba la paciencia”.

Kain se sentó frente al Pilar de Ascensión, aún lejano, envuelto en el séptimo círculo inactivo.

Cerró los ojos, meditó.

Su cuerpo dolía, su mente ardía, pero su voluntad era acero.

“Afuera, el norte espera.

Aquí, yo me forjo”.

El entrenamiento continuaba.

La salida…

aún no llegaría.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yujichi_yamazuki con este último capítulo cierro el primer arco, sé que fue rápido, y que no sé a de entender mucho la situación algunas veces, esque soy nuevo en esto de escribir novelas asi que demen algo de tiempo, con este capítulo termino la temporada 1 de la novela, la temporada 2 la comenzaré en 3 semanas después de tener un poco más de ideas para el nuevo arco

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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