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el duque del norte caído - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 Forjados en Hielo y Sangre
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5: Capítulo 5: Forjados en Hielo y Sangre 5: Capítulo 5: Forjados en Hielo y Sangre El Gran Ducado del Norte no perdonaba a los débiles.

Bajo el cielo gris eterno, los entrenamientos de los Caballeros de Dios comenzaron al amanecer y terminaban cuando la luna bañaba las murallas reconstruidas.

Bork Ironbeard era un demonio con forma humana.

A las cinco de la mañana, su voz retumbaba en la plaza central como un trueno.

—¡Arriba, gusanos!

¡El que duerma cinco minutos más se arrepentirá de haber nacido!

Cien reclutas —hombres y mujeres seleccionados por su potencial— se alineaban temblando en la nieve, ya vestidos con las armaduras blancas recién forjadas.

Pesadas, rígidas, diseñadas para endurecer el cuerpo antes que protegerlo.

Bork caminaba entre las filas, hacha al hombro.

—Regla uno: el cuerpo pide piedad.

Vosotros no se la dais.

Regla dos: el que se rinde, se va.

Regla tres: el que sobrevive… se convierte en dios de la guerra.

El entrenamiento tenía fases claras, y ninguna era humana.

Fase 1: Resistencia Básica Corridas de veinte leguas con armadura completa y mochilas de cincuenta kilos de mineral de hielo.

Si alguien caía, Bork lo levantaba a golpes hasta que volvía a correr.

Fase 2: La Gran Montaña del Norte Al séptimo día, Bork señaló la cumbre más alta visible desde el castillo: el Pico Dragón Primordial, una montaña que rozaba las nubes y cuya cima nunca había sido alcanzada por humanos comunes.

—Hoy subís eso.

Y no vais ligeros.

Les entregó piedras mágicas negras, cada una del tamaño de un torso humano.

Runas grabadas brillaban débilmente.

—Estas bellezas pesan lo mismo que tres dragones primordiales juntos.

Unas tres mil toneladas de presión constante en vuestros hombros.

Si las soltáis, os aplastan.

Si las lleváis hasta arriba… os hacéis más fuertes.

Los hombres gruñeron al cargarlas.

Las mujeres miraron preocupadas.

Kain, observando desde la muralla con Lyria, intervino.

—Bork.

Las mujeres no llevarán las piedras completas.

Bork giró, confundido.

—¿Jefe?

—Órdenes mías —dijo Kain con voz firme—.

El cuerpo femenino se rompe más fácil bajo esa presión extrema.

Usarán piedras al treinta por ciento del peso.

Entrenamiento duro, sí.

Pero no suicida.

Algunas mujeres protestaron.

—¡Mi señor, podemos soportar lo mismo!

—¡No nos traten como frágiles!

Kain bajó de la muralla y se plantó frente a ellas.

—No es fragilidad.

Es inteligencia.

Un guerrero roto no sirve.

Pero… la que quiera voluntariamente el entrenamiento completo de los hombres, que dé un paso al frente.

Nadie la juzgará.

Nadie la detendrá.

Siete mujeres dieron el paso.

Entre ellas, una elfa arquera llamada Sylva y una humana fornida llamada Mira.

Bork sonrió con aprobación.

—Bienvenidas al infierno completo, chicas.

La ascensión comenzó.

Los hombres avanzaban a paso de tortuga, rodillas temblando, venas hinchadas, sudor congelándose en la barba.

Cada paso era una batalla.

Las piedras mágicas no solo pesaban: absorbían calor, haciendo que el frío del norte penetrara hasta los huesos.

Las mujeres con peso reducido subían más rápido, pero aun así jadeaban.

Las siete voluntarias… sufrían igual que los hombres.

A mitad de camino, tres hombres colapsaron.

Bork los bajó personalmente, sin insultos esta vez.

—No todos nacen para ser dioses —dijo simplemente.

Al caer la noche, solo cuarenta y tres llegaron a la cima: treinta y seis hombres y las siete mujeres voluntarias.

En la cumbre, Bork les hizo arrojar las piedras al vacío.

El estruendo al caer fue como un terremoto lejano.

—Ahora bajad corriendo.

Sin peso.

Bajaron volando.

El cuerpo, liberado, se sentía ingrávido.

La euforia los embriagaba.

Fase 3: Combate con Bestias bajo Peso Dos semanas después, llegó la fase más brutal.

Bork abrió las jaulas antiguas bajo el castillo: bestias mágicas capturadas años atrás por el Duque Alaric.

Lobos de hielo de tres metros, osos cristalinos con piel impenetrable, águilas de tormenta que lanzaban rayos.

Los Caballeros de Dios fueron equipados con armaduras pesadas modificadas: placas extras que reducían movilidad a la mitad y añadían doscientos kilos más.

Espadas embotadas para no matar a las bestias, solo sobrevivir.

—Regla —gritó Bork—.

Diez minutos contra cada bestia.

Si os toca una garra, estáis muertos.

Si sobrevivís los diez minutos… pasáis a la siguiente.

Los llevaron a la arena subterránea, un coliseo de hielo reforzado.

Primera pelea: un lobo de hielo contra tres caballeros.

Los reclutas apenas podían moverse.

El lobo los olfateó, rugió y cargó.

Uno no levantó el escudo a tiempo.

La garra lo mandó contra la pared.

Fuera.

Los otros dos esquivaron por milímetros, golpeando con espadas pesadas como troncos.

—¡Movilidad cero, fuerza máxima!

—gritaba Bork—.

¡Usad el peso como ancla!

Poco a poco aprendieron.

Girar el cuerpo entero en vez de solo el brazo.

Usar el impulso de la armadura para golpes devastadores.

Las mujeres voluntarias brillaban especialmente.

Sylva, la elfa, usaba su agilidad natural para esquivar incluso con peso extremo.

Mira cargaba como un ariete, derribando bestias con puro empuje.

Una tarde, Kain y Lyria observaban desde las gradas.

—Ese entrenamiento… es inhumano —murmuró Lyria.

—Es necesario —respondió Kain—.

El Imperio vendrá con todo.

Necesitamos monstruos para enfrentarlos.

Lyria lo miró de reojo.

—¿Y tú?

¿Entrenarás con ellos?

Kain negó con la cabeza.

—Mi fuerza viene de otro lugar.

Pero respeto lo que hacen.

Al final del mes, solo quedaban sesenta Caballeros de Dios.

Sesenta guerreros que habían subido la montaña con peso imposible.

Sesenta que habían sobrevivido a bestias mágicas casi inmóviles.

Sesenta que ahora podían correr con armadura completa como si fuera ropa ligera, y golpear con fuerza suficiente para romper murallas.

La ceremonia final fue sencilla.

Bork los alineó en la plaza, bajo la nieve.

—Habéis muerto y renacido.

Ya no sois humanos.

Sois Caballeros de Dios.

Les entregó capas blancas con el emblema Voss bordado en negro.

—Y recordad: la piedad que no os di… tampoco se la daréis al enemigo.

Los sesenta alzaron sus espadas al cielo y gritaron al unísono: —¡Por Voss!

¡Por el Norte!

Kain, desde el balcón del castillo, sintió un nudo en la garganta.

Lyria a su lado sonrió.

—Ahora sí tenemos un ejército que asusta, mocoso.

Kain asintió.

—Y esto es solo el comienzo.

En la distancia, exploradores regresaron con noticias.

—Mi señor… movimientos en las fronteras.

Caravanas comerciales se acercan.

Y… rumores de una elfa esclava que escapó de las minas carmesí.

Va hacia el norte.

Kain cerró los ojos.

Sintió el tirón en su alma.

—La primera llega.

El Castillo Helado se preparaba para recibir a sus nuevos hijos.

Y el mundo, sin saberlo, ya temblaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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