el duque del norte caído - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Bautismo en las Aguas Eternas
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7: Capítulo 7: Bautismo en las Aguas Eternas 7: Capítulo 7: Bautismo en las Aguas Eternas El invierno del norte se endurecía cada día más.
Las tormentas azotaban el Castillo Helado sin piedad, y los entrenamientos de los Caballeros de Dios alcanzaban niveles que rozaban la locura.
Bork Ironbeard, parado en la orilla del Lago Espejo Negro —un cuerpo de agua alimentado directamente por glaciares milenarios—, observaba a sus sesenta caballeros alineados con una sonrisa que mostraba todos sus dientes.
—Hoy —anunció con voz de trueno— os bautizaremos de verdad.
¡Os vais a bañar en las aguas del norte!
Un silencio sepulcral cayó sobre la formación.
El Lago Espejo Negro era legendario… y temido.
Sus aguas no solo estaban a temperaturas bajo cero: el mana glacial que las impregnaba congelaba la sangre en las venas en minutos.
Se decía que incluso los dragones primordiales evitaban nadar en él más de unos segundos.
Bañarse allí era considerado suicidio puro.
Uno de los caballeros más veteranos, un hombre llamado Torak, dio un paso al frente.
—Comandante Bork… con todo respeto, eso es muerte segura.
Murmullos de acuerdo recorrieron las filas.
—Nos congelaremos antes de salir.
—Ni los osos polares se acercan a ese lago.
Lyria Flamewing, que había acompañado a Bork para “supervisar” que no matara a media caballería, cruzó los brazos y lo miró de reojo.
—Bork, ¿te has vuelto completamente loco?
Ni siquiera tu cuerpo de ogro resistiría eso más de un minuto.
Bork soltó una carcajada que retumbó contra las montañas.
—¿Loco?
¡Esto es lo que separa a los hombres de los dioses!
Las aguas del norte limpian el alma, endurecen la carne y despiertan el aura como nada más.
Los antiguos Voss lo hacían.
¿Queréis ser Caballeros de Dios o queréis seguir siendo cachorros asustados del frío?
Nadie se movió.
Los caballeros miraban el lago negro, cuya superficie reflejaba el cielo gris como un espejo roto.
Ni una onda.
El vapor de su propio aliento se congelaba al salir de sus bocas.
Bork esperó.
Diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Nadie.
El gigante bufó, claramente harto.
—Ah, ¿así que sois un atajo de gallinas con armadura blanca?
¡Pues mirad bien cómo lo hace un hombre de verdad!
Sin más ceremonia, Bork empezó a quitarse la armadura.
Pieza por pieza cayó sobre la nieve con ruido metálico: grebas, peto, hombreras, yelmo.
Quedó solo con unos calzones de lana gruesos.
Lyria abrió los ojos como platos.
—¡Bork, ni se te ocurra…!
Demasiado tarde.
El coloso corrió hacia el lago con un grito de guerra y se lanzó de cabeza.
¡SPLASH!
El agua explotó en una columna blanca.
Trozos de hielo fino volaron por los aires.
Todos contuvieron el aliento.
Bork emergió un segundo después, sacudiendo la barba ahora cubierta de escarcha.
—¡JA!
¡Venid, cobardes!
¡Es agua rica, bien pa’ los huesos!
Nadaba como si estuviera en un baño termal.
Hizo un par de brazadas, se sumergió y volvió a salir riendo.
—¡Esto quema un poco al principio, pero luego os sentís como recién nacidos!
¡El frío os abraza y os hace más fuertes!
Lyria se acercó a la orilla, incrédula.
—¿Cómo… cómo es posible?
Debería estar congelado.
Bork flotaba de espaldas, completamente relajado.
—Secreto de los Ironbeard del extremo norte, comandante.
Respiras hondo, dejas que el frío entre, y luego lo dominas desde dentro.
¡Es como pelear contra un dragón, pero el dragón es el agua!
Uno a uno, los caballeros empezaron a mirarse.
Torak fue el primero.
—Maldita sea… si el comandante lo hace… Se quitó la armadura y, gritando para darse valor, corrió y saltó.
Emergió tosiendo, con los ojos muy abiertos.
—¡Por los dioses!
¡Quema como fuego líquido!
Pero no salió.
Nadó hacia Bork.
Luego Mira, la humana que había hecho el entrenamiento completo de los hombres.
—¡Si ellos pueden, yo también!
Saltó con un grito salvaje.
Una tras otra, las figuras blancas empezaron a desvestirse y lanzarse al agua.
Gritos, maldiciones, risas nerviosas.
Lyria, aún en la orilla, negaba con la cabeza.
—Esto es una locura colectiva… Pero hasta ella sonrió al ver cómo, poco a poco, los caballeros dejaban de temblar y empezaban a nadar con más confianza.
Bork organizó juegos dentro del agua.
—¡Carrera hasta la roca del centro y vuelta!
¡El último invita cerveza toda la semana!
—¡Formación de escudo humano!
¡A ver quién aguanta más tiempo sumergido!
Kain, alertado por el ruido, llegó a la orilla envuelto en su capa negra.
Observó la escena con los brazos cruzados.
Lyria se acercó a él.
—Tu comandante ha perdido la cabeza por completo.
Kain soltó una risa baja.
—O la ha encontrado.
Mira sus auras.
Lyria entrecerró los ojos ámbar.
Era cierto: alrededor de cada caballero que salía del agua, un tenue brillo blanco plateado emanaba de su piel.
Su mana interno se había despertado, fortalecido por el shock extremo.
Uno a uno salieron, temblando pero vivos.
La piel roja por el frío, pero los ojos brillantes de euforia.
Bork fue el último en salir.
Se sacudió como un perro gigante, enviando gotas heladas en todas direcciones.
—¡Ya estáis bautizados, mis dioses!
¡Ahora el frío del norte es vuestro aliado, no vuestro enemigo!
Los caballeros, envueltos en mantas que les tendieron los ayudantes, alzaron los puños.
—¡Por Bork!
—¡Por los Caballeros de Dios!
Esa noche, alrededor de las hogueras del castillo, las historias corrieron.
—Pensé que me moría en el primer segundo… —Luego fue… liberador.
Como si el agua me lavara todos los miedos.
Lyria, sentada junto a Kain en el salón principal, negó con la cabeza mientras bebía hidromiel.
—Nunca pensé que vería a sesenta personas bañarse voluntariamente en agua que congela el acero.
Kain miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo.
—Bork entiende algo que muchos olvidan: los límites no están en el cuerpo.
Están en la mente.
Y él acaba de romper los de toda una orden.
Lyria sonrió de lado.
—Tu ejército de locos va a ser imparable.
Kain alzó su copa.
—Por los locos, entonces.
En el exterior, los Caballeros de Dios cantaban canciones roncas alrededor del fuego, con la piel aún marcada por el frío eterno.
Y en sus venas corría ahora el hielo del norte… pero ya no los quemaba.
Los había hecho más fuertes.
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