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el duque del norte caído - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 Danza de Acero y Fuego
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8: Capítulo 8: Danza de Acero y Fuego 8: Capítulo 8: Danza de Acero y Fuego arena de entrenamiento privada del Castillo Helado estaba excavada en las profundidades del patio interior: un círculo de hielo negro reforzado con runas Voss, iluminado por cristales flotantes que proyectaban una luz fría y constante.

Nadie más entraba allí sin permiso expreso del duque.

Era el lugar donde Kain Voss y Lyria Flamewing se encontraban casi todas las tardes, cuando el sol pálido del norte se hundía tras las montañas.

Ese día no fue diferente.

Kain llegó primero, ya sin capa.

Vestía una camiseta negra ajustada y pantalones de entrenamiento reforzados.

La Domadora colgaba de su cintura, pero hoy usaba una espada de práctica de acero helado —pesada, sin filo mortal, pero capaz de romper huesos si no se controlaba.

Lyria apareció minutos después, quitándose la capa militar con un movimiento fluido.

Debajo llevaba una armadura ligera de escamas plateadas que dejaba libres los brazos y parte de la espalda, permitiendo que sus alas membranosas se desplegaran parcialmente si lo necesitaba.

En la mano derecha sostenía su arma favorita: una lanza curva de doble filo, forjada con hueso de dragón y acero carmesí.

Se miraron en silencio un instante.

—No te contengas hoy —dijo Kain, voz calmada pero con ese brillo dorado intenso en los ojos.

Lyria sonrió, mostrando colmillos.

—Nunca lo hago, mocoso.

Tú eres el que a veces duda al final.

Kain soltó una risa baja.

—Veamos si hoy cambiamos eso.

Se colocaron en el centro del círculo, a diez pasos de distancia.

Sin saludo formal.

Sin reverencias.

Solo un asentimiento mutuo.

Y comenzaron.

Lyria atacó primero, como siempre.

Un paso explosivo hacia adelante, alas abriéndose ligeramente para impulsarse.

La lanza silbó en un arco descendente que podría partir una roca en dos.

Kain no retrocedió.

Giró el cuerpo a un lado, la hoja de práctica rozando su hombro por milímetros.

Respondió con un corte horizontal bajo, buscando las piernas de ella.

Lyria saltó hacia atrás, usando las alas para planear un segundo más de lo natural.

Contraatacó en el aire: la lanza giró como un tornado, tres estocadas rápidas dirigidas a pecho, cuello y hombro.

Kain bloqueó la primera con la espada, desvió la segunda con el antebrazo reforzado por aura oscura, y esquivó la tercera inclinando la cabeza apenas lo necesario.

El filo pasó tan cerca que cortó un mechón de su cabello negro.

—Demasiado lento —susurró ella, aterrizando con gracia.

—Demasiado predecible —respondió él.

Avanzó.

Sus golpes eran un borrón.

Kain combinaba cortes amplios de estilo Voss —mezcla de luz y oscuridad que dejaba estelas doradas y negras— con movimientos precisos y económicos.

Cada ataque cubría su defensa; nunca dejaba un hueco abierto.

Lyria respondía con la fluidez de un dragón en vuelo.

La lanza danzaba: estocadas, barridos, giros que usaban su cola como contrapeso.

Sus alas batían ocasionalmente para cambiar de ángulo en pleno movimiento, haciendo imposible predecir su siguiente trayectoria.

Chocaban, se separaban, volvían a chocar.

Espada contra lanza.

Acero contra hueso de dragón.

El sonido era constante: clang, clang, clang.

Eco metálico que resonaba en las paredes de hielo.

En un momento, Kain fingió un corte alto y bajó la espada en un tajo diagonal que habría abierto el torso de cualquier oponente normal.

Lyria bloqueó con el asta de la lanza, pero el impacto la hizo retroceder dos pasos.

Aprovechó el impulso para girar sobre sí misma, alas extendidas, y lanzar un barrido bajo que buscaba las rodillas de Kain.

Él saltó por encima, usando un pulso de aura oscura para impulsarse más alto de lo humanamente posible.

En el aire, giró la espada hacia abajo en un golpe descendente que obligó a Lyria a rodar a un lado.

Aterrizó donde ella había estado un segundo antes.

El hielo se agrietó bajo la fuerza.

Lyria se levantó de inmediato, sonriendo con adrenalina.

—Buen salto.

Pero sigues dejando el flanco izquierdo un milisegundo expuesto cuando aterrizas.

—Solo si tú eres lo bastante rápida para aprovecharlo.

Y lo fue.

En un parpadeo, Lyria cargó.

Alas completamente abiertas, velocidad dracónica pura.

La lanza apuntó directo al corazón.

Kain no bloqueó.

Giró el cuerpo en el último instante, dejando que la punta pasara a un dedo de su pecho.

Agarró el asta con la mano izquierda —aura oscura envolviendo su palma para soportar el calor dracónico— y tiró hacia él.

Lyria, sorprendida por la fuerza, perdió equilibrio un instante.

Kain colocó la espada de práctica en su cuello.

Silencio.

Solo el sonido de sus respiraciones agitadas.

Lyria miró la hoja en su garganta, luego los ojos dorados de Kain.

—Empate —dijo ella, voz ronca—.

Si esto fuera real, mi lanza te habría rozado el corazón al mismo tiempo que tu espada me corta el cuello.

Kain bajó el arma lentamente.

—Empate —concedió.

Se separaron.

Ambos jadeaban, sudor congelándose en la piel por el frío de la arena.

Lyria se sacudió el cabello plateado.

—Estás mejorando, mocoso.

Hace un mes habrías dejado el flanco abierto dos milisegundos.

Hoy solo uno.

Kain envainó la espada de práctica.

—Y tú ya no te confías tanto en los ataques aéreos.

Aprendes rápido.

Se sentaron en el borde del círculo, espalda contra espalda, como solían hacer después de entrenar.

Era su momento de calma.

Lyria habló primero.

—Cuando tu padre y yo entrenábamos así, él siempre terminaba con un corte en el brazo o yo con un moratón en las costillas.

Nunca empate perfecto.

Kain miró al techo de hielo.

—Tú eras su comandante.

Él confiaba en ti más que en nadie.

—Y ahora tú eres mi duque —respondió ella, voz suave—.

Y confío en ti más que en nadie.

Un silencio cómodo.

Kain añadió: —Necesito estar a la altura.

Los portadores llegarán.

El Imperio se moverá.

Y cuando llegue la guerra de verdad… no puedo tener debilidades.

Lyria giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

—No tienes debilidades, Kain.

Tienes cosas que proteger.

Eso es diferente.

Él sonrió levemente.

—¿Y tú?

Lyria se puso de pie, extendiendo una mano para ayudarlo a levantarse.

—Mi única debilidad es un mocoso impulsivo que cree que puede conquistar un imperio con sesenta locos bañándose en agua congelada y una elfa envidiosa.

Kain tomó su mano y se levantó.

—Entonces tendremos que entrenar más.

Lyria rio, un sonido cálido en el frío eterno.

—Siempre más.

Salieron de la arena juntos, hombro con hombro.

Fuera, la nieve seguía cayendo.

Dentro, dos guerreros imparables se preparaban para lo que vendría.

Porque cuando Kain y Lyria peleaban juntos, no había huecos.

Ni en la defensa.

Ni en el corazón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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