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el duque del norte caído - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 La Cascada de los Dragones Antiguos
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9: Capítulo 9: La Cascada de los Dragones Antiguos 9: Capítulo 9: La Cascada de los Dragones Antiguos Bork Ironbeard nunca se quedaba sin ideas.

Cuando los Caballeros de Dios ya dominaban el lago helado y sus cuerpos parecían tallados en hielo eterno, el gigante apareció una mañana en la plaza con una sonrisa que prometía sufrimiento nuevo.

—Hoy —rugió frente a las filas de armaduras blancas— vamos a conquistar la Cascada de los Dragones Antiguos.

Un murmullo recorrió la orden.

La cascada estaba en la cara norte del Pico Dragón Primordial, la misma montaña que ya habían subido cargando piedras infernales.

Pero esta vez no era la cima: era un saliente a media altura donde una caída de agua de cientos de metros rugía día y noche.

El agua caía tan fuerte que formaba una niebla perpetua, y el estruendo era tan grande que ahogaba cualquier grito.

Se decía que los dragones primordiales usaban esa cascada para purificar sus escamas y meditar antes de las grandes batallas.

—Allí arriba —continuó Bork— entrenaremos el cuerpo, la mente y el alma.

¡Y nadie se quejará, porque los que se quejan no son dignos de ser dioses!

Lyria, a un lado con los brazos cruzados, suspiró.

—Bork, ya los has metido en agua congelada.

¿Ahora los vas a ahogar bajo una cascada?

El gigante le guiñó un ojo.

—Ahogar, no.

Forjar.

El ascenso empezó al amanecer.

Cuatro horas de marcha brutal por senderos cubiertos de hielo traicionero.

Los Caballeros de Dios llevaban armadura completa, mochilas con cincuenta kilos y cuerdas para asegurarse en los tramos verticales.

Bork iba delante, abriendo camino con su hacha como si la montaña le debiera dinero.

Cuando llegaron al saliente, el rugido de la cascada los golpeó como un muro físico.

El agua caía en una cortina blanca y furiosa, golpeando las rocas con fuerza suficiente para pulverizar huesos.

El lugar era una plataforma natural de piedra negra, resbaladiza por la niebla constante.

Al fondo, un pequeño hueco en la roca formaba una cueva natural donde los antiguos dragones se refugiaban.

Bork alzó la voz por encima del estruendo.

—¡Formación!

¡El entrenamiento de hoy tiene cinco fases!

¡Escuchad bien!

Fase 1: Meditación bajo la cascada (1 hora) —Primero, purificaremos el alma.

¡Todos sentados en posición de loto, directamente bajo la caída principal!

Los caballeros se miraron incrédulos.

—¿Sentados… bajo esa presión?

Bork se quitó la camisa, quedando solo con pantalones.

—¡Yo primero, como siempre!

Se sentó en el centro exacto donde el agua caía con más violencia.

El impacto lo hundió medio metro en la roca al principio, pero se mantuvo firme, piernas cruzadas, manos sobre las rodillas, ojos cerrados.

El agua lo golpeaba como miles de martillos.

La presión era tan brutal que la piel se enrojecía al instante.

Uno a uno, los caballeros lo imitaron.

Sesenta figuras blancas sentadas en filas bajo la cascada.

El agua los aplastaba.

El frío penetraba hasta los huesos.

El ruido era ensordecedor.

Muchos temblaban.

Algunos sangraban por la nariz por la presión.

Pero Bork gritaba órdenes desde su posición.

—¡Respirad!

¡Dejad que el agua limpie la suciedad del alma!

¡El dolor es temporal, la pureza es eterna!

Durante una hora entera nadie se movió.

Al final, cuando Bork dio la orden de salir, los caballeros se levantaron tambaleantes… pero con los ojos diferentes.

Más claros.

Más enfocados.

Torak, el veterano, murmuró mientras escurría su capa: —Sentí… como si el agua lavara el miedo.

Fase 2: Ejercicio y carrera (3 horas) —Ahora despertamos el cuerpo —anunció Bork.

Flexiones bajo la cascada.

Sentadillas.

Saltos.

Golpes al aire.

Cada movimiento luchando contra la presión constante del agua.

Luego, carreras.

No por terreno plano: alrededor del saliente resbaladizo, con el agua golpeando de lado, amenazando con tirar a cualquiera al vacío.

—¡Diez vueltas!

¡El último limpia las letrinas una semana!

Corrieron.

Resbalaron.

Cayeron.

Se levantaron.

Mira, la humana fornida, lideraba el grupo de mujeres voluntarias.

Sylva, la elfa, usaba su agilidad para no caer nunca.

Al final de las tres horas, estaban exhaustos… pero sus movimientos eran más rápidos, más precisos.

Fase 3: Doma de dragones (4 horas) Esta fue la fase que nadie esperaba.

Bork señaló la cueva al fondo.

—Los antiguos dragones dejaban huevos aquí para que sus crías se endurecieran bajo la cascada.

Todavía quedan wyverns jóvenes en las grietas.

¡Hoy los domaréis!

De las paredes rocosas salieron una docena de wyverns adolescentes: criaturas aladas del tamaño de caballos, escamas azul hielo, garras afiladas y aliento gélido.

No eran dragones plenos, pero sí bestias feroces.

—Regla —gritó Bork—.

¡Sin armas!

¡Los domaréis con manos desnudas y voluntad!

¡Montadlos y haced que os obedezcan!

El caos estalló.

Wyverns rugiendo.

Caballeros corriendo.

Agua por todas partes.

Bork fue el primero en montar uno: saltó sobre su lomo, agarró las crestas y rugió más fuerte que la bestia.

El wyvern, intimidado, se sometió.

Los demás lo imitaron.

Caídas.

Mordiscos.

Arañazos.

Pero poco a poco, uno a uno, los Caballeros de Dios montaron a los wyverns.

Durante cuatro horas practicaron: vuelos cortos sobre el saliente, maniobras en la niebla, aterrizajes en roca resbaladiza.

Al final, cada caballero tenía su propia montura temporal.

Bork, sobre el wyvern más grande, rio a carcajadas.

—¡Ahora sí sois jinetes del norte!

Fase final: Descenso en picada Cuando el sol empezó a bajar, Bork dio la orden final.

—Bajar la montaña… ¡pero no por el camino de subida!

Señaló el acantilado vertical que caía cientos de metros hasta el valle.

—¡En picada!

¡Con vuestros wyverns!

¡El que llegue último invita cerveza un mes!

Los caballeros palidecieron.

—¿En picada… desde aquí?

Lyria, que había observado todo desde un saliente seguro, gritó: —¡Bork, esto sí es suicidio!

Pero Bork ya estaba en el borde, wyvern listo.

—¡El miedo es para los débiles!

¡Los dioses vuelan!

Saltó.

El wyvern se lanzó en picada vertical, alas plegadas, velocidad terrorífica.

Uno a uno, los caballeros lo siguieron.

Gritos de pánico al principio… que se convirtieron en rugidos de euforia.

Los wyverns abrían alas en el último momento, planeando sobre el valle nevado.

Todos aterrizaron sanos y salvos en la base del castillo.

Exhaustos.

Magullados.

Empapados.

Pero transformados.

Esa noche, alrededor de las hogueras, nadie hablaba de dolor.

Hablaban de pureza.

De fuerza.

De vuelo.

Bork, con una jarra de hidromiel en la mano, alzó la voz.

—¡Habéis meditado bajo la furia de los dioses!

¡Habéis corrido contra el agua eterna!

¡Habéis domado bestias del cielo!

¡Y habéis descendido como dragones!

Los sesenta caballeros alzaron sus jarras.

—¡Por Bork!

—¡Por los Caballeros de Dios!

Kain y Lyria observaban desde el balcón.

Lyria negó con la cabeza, pero sonreía.

—Ese hombre es un loco peligroso.

Kain asintió.

—Y por eso sus caballeros serían capaces de bajar al infierno si él se lo ordenara.

En la distancia, los wyverns rugieron en los establos nuevos.

El norte se preparaba.

Y los Caballeros de Dios ya no eran humanos.

Eran algo más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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