Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El ERMITAÑO, NO QUIERE SALIR DE LA MONTAÑA - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El ERMITAÑO, NO QUIERE SALIR DE LA MONTAÑA
  4. Capítulo 10 - 10 ERIK TREINOR
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

10: ERIK TREINOR 10: ERIK TREINOR —¡AHHH!— Mientras Mat y el caballerito caían en la boca oscura de la bestia, muy lejos, en tierras distantes, otra historia seguía.

En una torre que se alzaba orgullosa hacia el cielo, en su piso más bajo y olvidado, una habitación oscura y polvorienta cobró vida de repente.

El suelo comenzó a brillar con un diagrama circular trazado en su centro.

Resplandecía con un fulgor azulado.

Sus líneas eran sumamente detalladas, como si alguien las hubiera grabado al milímetro.

CRACK.

Un trueno retumbó desde el corazón mismo del diagrama, acompañado de una luz blanca y cegadora que llenó la habitación, ahogando las sombras.

Y cuando la luz se disipó, allí estaba, de pie en el centro del círculo, con el ceño fruncido:Tairus.

Su armadura dorada, ahora manchada de polvo y algo parecido al hollín.

Su rostro sereno mostraba grietas sutiles: una ceja levantada, señal de su fastidio.

No estaba herido, pero sí… irritado.

Con paso firme, caminó hacia una polvorienta puerta gruesa y metálica.

—Tairus Comidian, Capitán de la Guardia Real, portador del Estandarte Rojo —recitó su nombre y estatus con un protocolo frío.

Con sus palabras, la puerta brilló con diagramas azules y amarillos resplandecientes.

FUHHH.

El mecanismo se desbloqueó con un sonido metálico, y la pesada puerta se abrió lentamente.

Tairus observó aquello sin inmutarse.

Un sistema básico para evitar incursiones o atentados en los puntos de teletransporte.

Al abrirse, lo recibió un pasillo escalonado y oscuro.

Tuvo que subir.

Sus pasos pesados hicieron eco en el pasillo silencioso durante un rato, hasta quedar solo el tramo recto al final de las escaleras.

CLAP.

CLAP.

Otro ruido se le unio.

—Mmm… —Tairus observó cómo entraba corriendo al final del pasillo un joven de capa holgada y cabello rizado, desaliñado.

Corría como loco y se paró frente a él.

—¡Ahh!

Señor Tai… ¡jahh!…rus —apenas pudo pronunciar el joven, jadeando.

—Tom— asintió Tairus, retomó su camino, seguido por un agotado Tom poco después.

—¿Vino por el Maestro Erik?

—preguntó Tom, recuperando el aliento.

—Mmm… ¿Por qué lo piensas?

—gruñó Tairus sin detenerse.

Tom acomodó sus lentes antes de hablar.

—Solo lo mandan a usted cuando lo llaman—.

Tairus guardó silencio antes de hablar con una ligera molestia, pasando por la siguiente puerta.

Entraron al vestíbulo del piso más bajo de la torre.

Los novicios y aprendices pululaban libres por el lugar, murmurando sobre magia, hierbas y alquimia, mientras hacían demostraciones simples de maná.

Era un caos organizado.

Los ojos de Tairus vagaron entre la multitud.

—¿Dónde está el anciano?—.

Tom se rascó la nuca, avergonzado —De repente, un día del mes pasado… tuvo una idea y se encerró en las cuevas traseras del acantilado—.

—¿De nuevo?

—Tairus frunció el ceño.

Tom asintió en silencio, evitando la mirada molesta.

Viendo la espalda de Tairus alejarse, Tom no pudo evitar preguntar: —¿Para qué lo requieren esta vez?—.

—El Rey lo llama —respondió Tairus sin alterarse, casi como una queja.

Tairus no esperó guía.

Conocía el camino a las cuevas; no era la primera vez que tenía que sacar a Erik de su madriguera.

Dejó atrás el bullicio y tomó un pasillo lateral que salía de la torre, por un camino maltrecho.

El aire olía a tierra húmeda y era pesado, cargado con el olor del maná crudo y estático, más concentrado conforme se acercaba a la “cueva”.

Una de las contadas formaciones naturales en el reino, expandida en la roca de la montaña por los magos que erigieron la gran torre.

No tenía estalactitas; en su lugar, colgaban formaciones de maná cristalizado que desprendían luces parpadeantes de múltiples colores.

El aire era frío.

El suelo estaba cubierto de esquirlas de cristal y metal, vestigios de la extracción de los magos.

El pasillo era desigual, pero en su fondo, talladas en una pared irregular, había una serie de recámaras toscas.

Más allá de ellas se encontraban las altas recámaras, mejor talladas, en el corazón mismo del acantilado y del fenómeno natural.

CLAP.

Tairus se detuvo frente a la puerta menos ostentosa entre las altas recámaras.

—Mmm… —Su ceño fruncido se retorció en una ligera sonrisa al pensar en algo.

Dentro de la cámara, un anciano canoso de barba larga y frondosa estaba rodeado de pergaminos y una mesa desordenada, repleta de cristales y sustancias extrañas.

El anciano sostenía delicadamente con unas pinzas un cristal lechoso dentro de una formación sumamente elaborada.

—Ya casi… —habló con manos sudorosas, sus ojos resplandecían expectantes.

¡BAM!

La puerta voló de un golpe explosivo.

—¡¿Eh?!

¡¡NOOO!!

—Erik voló del susto, golpeado por el aire y el polvo.

Estaba bien, pero sus manos estaban vacías.

Soltó un grito al darse cuenta.

La pequeña esfera lechosa impactó contra el suelo, quebrándose y soltando una luz fuerte y un estruendo.

¡BOOM!

Tairus, sin darle importancia, entró entre el humo y los escombros.

—¡TREINOR!

¡EL REY TE LLAMA!— —¡Por las barbas de Rellier!

¿¡Tairus!?

¡MALDITO MOCOSO!

¿Acaso quieres matarme?

—gritó Erik, bajando la pantalla mágica que lo protegía.

Sus ojos, rojos, intensos y rodeados de arrugas de cansancio (y algo de locura), lo miraban detrás de sus gafas de aumento mientras lo señalaba con el dedo.

—El rey llama —repitió Tairus, viendo al anciano con burla apenas disimulada.

—¿Qué quiere ese mocoso de Julius ahora?

—rugió, dándose la vuelta para salvar lo que pudiera—.

¿Otro ataque demoníaco?

¿Una peste?… ¡¿No me digas que Adrialcus se movió?!—.

—Algo más… una singularidad —dijo Tairus, cruzándose de brazos.

Su armadura emitió un suave crujido— Un intruso.

En la sala del trono—.

—¿¡Por un intruso arruinaste mi investigación, mocoso mugriento!?— —Si no entraba así, bien podría esperar un mes afuera, por cómo eres —replicó Tairus— Además, este intruso no tiene rastros de maná o qi.

Llegó de la nada.

Es humano.

Escapó del calabozo… y no habla la Lengua de Lumia—.

Erik saltó, interrumpiendo a Tairus con una movilidad anormal para su viejo cuerpo.

—¡Un invocado!… Lumia invocó a un nuevo héroe —sus ojos brillaron con la idea—.

Pero, ¿por qué no habla la Lengua?… Extraño…— Erik acarició su barba, perdido en sus pensamientos.

Su suposición se basaba en que Julius no era idiota y solo lo mandaría a llamar bajo una emergencia nacional… o si Adrialcus se moviera.

—Sí… es urgente —afirmó Tairus, viendo que ya no podía fastidiarlo más.

—Sí… aunque eso no te da derecho a patear mi puerta—refunfuño Erik, señalando la puerta de metal con una gran huella de pie en el centro, mientras se quitaba su bata manchada y la lanzaba sobre una pila de papeles.

—Bien, maldito mocoso.

Llévame con este “invocado”.

Tengo… muchas preguntas.

Jejeje —la curiosidad brillaba en los ojos de Erik, que ya ignoraba por completo su destartalada habitación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo