El ERMITAÑO, NO QUIERE SALIR DE LA MONTAÑA - Capítulo 22
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Capítulo 22: AUGURIO
TIC TAC
El silencio era ensordecedor.
La enorme puerta de madera permanecía cerrada y él se quedó de pie, sin atreverse a tocar el pomo.
—¿Cuánto tiempo te quedarás parado como estúpido, mocoso? —le preguntó Erik con condescendencia.
—No es tan fácil. Dijiste que eran fanáticos… si digo algo incorrecto podría terminar colgado o… en la hoguera —se puso pálido solo de imaginarlo.
—JAJAJA, es una imagen divertida. Pero no pasará. Puede que tu estatus no valga nada… pero pesa —Erik puso su bastón en su pecho y sonrió— No te harán nada, al menos… ellos no pueden.
Meneando la cabeza, Mat posó su mano en el hombro de Erik.
—Gracias, viejo. Por poco olvido que estás loco.
—Mocoso— CLAP.— Entra de una vez. Esperaré aquí.
—Uf, está bien, está bien —se masajeó el golpe en la cabeza.
Suspiró una última vez antes de abrir la puerta.
Y ahí estaba.
Su cabello dorado brillaba con los rayos filtrados del sol, pestañas resplandecientes y ojos verdes. Tan bajita y como hermosa, tal como la primera vez que la vio.
Se quedó ahí de pie, medio embobado.
Los párpados de Irilia se entrecerraron y su ceño tembló al verlo.
Tan discreto como efímero, antes de tornarse en una sonrisa resplandeciente y amable.
Eso planto firmemente los pies de Mat.
Más allá de la fascinante vista, el cambio repentino en sus gestos levantó su alerta.
Era un ignorante social, pero no estúpido. Eran contadas las mujeres que le habían sonreído así en su vida, y eso significaba una de dos cosas.
Lo querían.
O querían algo de él.
Y ella, en definitiva, no la conocía.
No era Brad Pitt para que le sonrieran así, y menos una mujer como ella.
—Así que tú eres el Héroe —la voz de Irilia era un dulce para los oídos.
GLUP
Mat tragó saliva y calmó su agitado corazón.
—Eso me dicen… pero no creo que la palabra signifique lo mismo para mí que para ustedes —tartamudeó, sentándose en el asiento frente a ella.
—Grr…
Un gruñido sutil se oyó de fondo.
Y por primera vez Mat notó a un alto hombre de cabello bien arreglado, tan plateado como su armadura.
Pero su semblante duro y ceño endurecido saltaron a sus ojos.
“¿Me está viendo demasiado, no?”
Un silencio incómodo se instaló, y a Irilia pareció no importarle.
Ahora que lo pienso, entré y me senté como si nada.
Francamente, jamás había pedido permiso para sentarse a alguien.
—Bueno… hablemos de tu futuro —la voz dulce de Irilia lo sacó de sus pensamientos.
Y por primera vez la suavidad de su rostro al verla se evaporó, sustituida por una línea dura y vertical partiendo su entrecejo.
“¿Mi futuro?”
La mirada de Mat se oscureció.
—Oye —dijo con voz dura, mirándola a los ojos— yo…
La boca de Mat se movió sin parar, escupiendo todo lo que tenía guardado.
Irilia lo vio con los ojos cada vez más abiertos, mientras que el semblante de Kael se hundía.
Con respiración agitada, Mat la miró, dándose cuenta de todo lo que había dicho, dando una buena palmada su pantalón para quitarse los nervios.
—¡Jajajaj! ¡HAHAHA! —la risa de Erik se filtraba por detrás de la puerta.
—Creo que… eso es todo —saltó de su asiento con el rostro rojizo, saliendo huyendo lo más tranquilamente que pudo.
Irilia y Kael vieron cómo la puerta se cerraba tras la espalda de Mat.
El silencio de Irilia fue tan agobiante como su mirada.
Kael la observó con un trago amargo de indignación.
—No puedo creer que Lumia invocara a alguien así… ¡¿qué hacemos?!
Kael frunció el ceño y apretó su empuñadura.
Las delicadas cejas de Irilia temblaron.
—Si nuestro pequeño Héroe no quiere nuestra guía… tendremos que encaminarlo. Prepara el sello de devoción.
Las palabras de Irilia perdieron su dulzura y se tornaron frías.
Kael la observó un momento en silencio, asimilando lo que dijo, antes de asentir.
—Lo prepararé de inmediato.
Lejos, en la sala de entrenamiento.
Mat caminaba con el paso acelerado.
—¡JAJAJA! No puedo creer que le dijeras eso —Erik estalló en risa.
—¡CÁLLATE! ¡Maldito vejete! No lo pensé bien… no vendrán por mí, ¿o sí? —Mat palideció.
—JAJAJAJA, tranquilo. No harán nada de momento. Solo concéntrate en entrenar —se burló Erik, ignorando el insulto.
—Ahhh… solo no lo comentes. No quiero ningún fanático detrás mío —suplicó Mat.
—Ja, claro, claro. ¿Por quién me tomas, mocoso? —Erik acarició su barba.
Mat puso su mano sobre la puerta y lo miró estupefacto.
—Un lunático —dijo seriamente.
El semblante de Erik se congeló.
Dentro de la sala de entrenamiento, Sebas calentaba junto a Catherine y algunos caballeros.
—¡Maldito mocoso! ¡Te perdono una, no dos! —el grito de Erik resonó como un trueno.
BOOM
Seguido de una explosión, la puerta se rompió y se abrió de golpe.
Mat salió disparado en el aire, impactando como una bala contra el suelo de madera, rebotando.
—Ahhh… maldito decrépito —se quejó Mat.
Solo tenía unos rasguños.
—Vaya, chico. Debes dejar de entrar así… vaya, mínimo eso ya no parece mandarte a la enfermería —se burló Sebas, extendiendo la mano para levantarlo.
—Tsk… deberé empezar a usar un poco más de fuerza —escupió Erik, medio insatisfecho al ver a Mat.
—Son un par de idio… me callo —cortó su frase al ver el rostro de Erik. No parecía broma lo de empezar a usar más fuerza.
—Toma tu espada. Catherine, espera —ordenó Sebas, volteando a ver a Erik.
—Demonios —susurró Mat.
—¿Dónde está Tairus? —preguntó, sondeando los alrededores.
La expresión de Sebas cambió.
—Eso… los demonios se movieron por el sur y el suroeste —suspiró.
—Dos frentes… ¿otra fuerza desplegada? ¿Tairus se movió al ejercito?
—No —dijo Sebas con voz lúgubre—. Malkor mantiene entretenida a la espada del sur y con Alzerth sumando como cabecilla, Tairus tuvo que ir al nuevo frente.
—¿Por qué? Brior estaba más cerca —la voz de Erik pesaba.
—La espada del este… ha habido avistamientos de demonios en el sureste. Los Cambell no se arriesgarán a dejar su reino expuesto. Después de todo, consideran más seguro e inaccesible Lumen. “manden a Tairus”. Sus palabras textuales.
Erik volteó los ojos.
—Está pasando algo raro. Alzerth tampoco dejarían expuesta una entrada así.
—Lo mismo pensó Tairus… algo está pasando.
CRACK
El sonido de la madera quebrada y astillada resonó.
La espada de Mat se quebró al impactar de lleno con la de Catherine, y las astillas rasguñaron su rostro.
—Ese es un mal augurio —comentó Sebas.
—Eso es superstición… pero sí, algo apesta —escupió Erik.
Su mirada quedó fija en Mat.
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