El ERMITAÑO, NO QUIERE SALIR DE LA MONTAÑA - Capítulo 23
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Capítulo 23: LA TORMENTA
Secándose el sudor del cuerpo, se sorprendió de lo fuerte que se había puesto.
Músculos definidos y esbeltos; nunca había estado en mejor forma.
—Deja de menearlo con orgullo, mocoso.
La sonrisa de Mat desapareció al oír aquella voz.
—Ahhh… ¿ya es hora? —suspiró.
—¿No es obvio?
Erik lo miró como a un estúpido.
—¿En qué estábamos? —terminó de vestirse.
—Me decías cómo funcionaba eso de… la gravedad.
—¿Aún no dominas la técnica de condensación?
—Ya dominé tu técnica. Lo que me interesa son sus otras aplicaciones —el rostro arrugado de Erik resplandecía.
—Ja.
Habían sido días tranquilos. El ataque que su paranoia había imaginado nunca ocurrió.
—Mat, ¿ya te vas? —la voz grave de Felix llamó.
—Sí, ¿no deberías estar acosando a algún pobre enamorado?
Las risas de los caballeros hicieron eco.
—Ríanse si quieren… —Felix entrecerró los ojos, recorriéndolos a todos y centrando su vista en Mat—, pero el sargento extendió la guardia de todos.
Sebas dejó de reír y se tensó al sentir las miradas clavarse en él.
—Fue una orden de arriba. El capitán no está… era necesario —se encogió de hombros el pobre hombre.
—Deja de instigar, Matías.
Una fina voz gélida le recorrió la espalda como un escalofrío.
Su voz estaba grabada a golpes en su memoria.
—Agh, Catherine… ¿qué quieres? —giró los ojos hacia ese rostro bello y salvaje.
—Nada. Solo me sorprendí… pensé que huirías a la iglesia. No eres tan cobarde como creí —una sonrisa bonita, pequeña y efímera, cruzó su rostro.
—¿Cobarde? Si la que ataca a traición eres tú —escupió al ver esa sonrisa.
—Estabas huyendo, y quien bajó la guardia fuiste tú —entrecerró los ojos, amenazante.
—No bajé la guardia. Me criaron así: “no pegarle a una mujer ni con el pétalo de una rosa”. ¿No lo has oído? —arrugó la nariz.
—¿Y el entrenamiento y todo lo demás? —los ojos de Catherine se abrieron de forma antinatural mientras lo sujetaba del cuello de la camisa.
—Fui lo más delicado posible. Además, con lo salvaje que eres, es difícil verte como mujer —respondió con una mueca retorcida.
—¿¡Ah!?
El rostro de Catherine se ensombreció, mirándolo con ojos maníacos.
—Huy… deberías correr —susurró Felix.
—¡Carajo! —gruñó al ver el puño de Catherine acercándose.
El golpe solo encontró aire.
Catherine se congeló al ver la camisa que sostenía en su mano. Giró bruscamente el cuello y vio una figura alejándose a toda velocidad.
—¡Vuelve aquí! ¡Y no esquives! —bramó, persiguiéndolo.
—¡No! —gritó sin mirar atrás.
—¡Enfréntame como un hombre!
—¡No! ¡Y no eres un hombre!
—¡Deja de huir!
—No.
—Jajaja…
Las risas estallaron al ver la escena.
El rostro de Erik, en cambio, se oscureció.
—¡Es mi tiempo, mocosos! ¡Dejen de hacer escándalo! —levantó su bastón y apuntó al par.
BOMM
La onda de la explosión los empujó.
—¿Qué haces, viejo senil? —lo fulminó Mat con la mirada.
—Deja de lanzar hechizos, abuelito —suplicó Catherine al sentir la explosión de la bala de aire.
—¡Dejen de correr, ustedes dos! —Erik ignoró sus gritos y siguió disparando.
Sebas y Felix se miraron antes de seguir observando, entre risas, junto al resto de caballeros.
En una escena surreal.
Pero bajo tierra, otra historia se desenvolvía.
En las húmedas y calientes cloacas, un grupo cubierto en sombras pasaba desapercibido.
Silenciosos.
Se encaminaron a través de los túneles hasta encontrarse con otro grupo oculto en la oscuridad.
—¿Cómo van los preparativos? —se irguió un hombre alto, de voz grave, totalmente cubierto por su capa.
—Están listos. Solo debe dar la señal —posó su mano en el mango de su espada, tan oscura que apenas se distinguía.
—Una vez que se mande la señal, ¿cuánto esperaremos antes de atacar? —preguntó un hombre bajo, con una voz extraña, como si cargara veneno en su interior.
—No tardará. Su respuesta será rápida… es él, después de todo —respondió el otro, mostrando ojos amarillos brillantes y pupilas elípticas. Su piel grisácea se insinuaba bajo la capa.
Era Zul-t.
—Espero que Adrialcus tenga razón —gruñó el hombre bajo, cruzándose de brazos. Sus ojos rojos tenían las mismas pupilas elípticas.
Todos las tenían.
—Ten más respeto —lo miró Zul-t con ojos llameantes.
—¿Y cuándo sabremos que funcionó? —preguntó un hombre corpulento, cargando un hacha de metal puro al hombro.
—No sé bien cómo… pero lo sabremos. Eso dijo Adrialcus —respondió Zul-t observando con detenimiento un cristal negro .
Arriba, más allá de los gruesos muros de piedra…
Ajenos a todo…
Erik estaba sentado frente a Mat, con la ropa a medio chamuscar.
—¿Ya lo entendiste?
—Sí… algo así —sonrió Erik, ignorando el mal humor del chico.
Se rascó la cabeza y estudió cada concepto con detenimiento. Era como llevar luz a alguien que jamás la había visto.
En ese sentido, Erik era asombroso: no dudaba, no creía… simplemente lo tomaba.
Como si fuera la superficie del vaso.
Intentó comprenderlo a su manera, como cuando aprendió la técnica del sifón.
Sintió que rozaba algo más.
Algo diferente.
Y por segunda vez… volvió a tocarlo.
Sus ojos brillaron con un resplandor espectral.
—Gravedad… espacio —susurró.
El espacio se distorsionó, como si se plegara sobre sí mismo.
Entonces lo sintió.
A lo lejos… más allá de Lumen.
En la frontera humana.
Alguien…
dio un paso.
El espacio colapsó en su mano.
Su rostro se quedó inmóvil.
Una sensación.
Un susurro del pasado.
Un nombre.
Todo lo vivido cruzó su mente.
Y su expresión se hundió.
—¿Estás bien, anciano? —Mat alzó una ceja—. Oye, rabo verde.
Erik no respondió.
Nunca perdía la mirada.
Nunca.
—Llama a Sebas… —ordenó con tono helado.
Y desapareció.
En la frontera.
Un páramo gris, árido, marcado por la guerra.
Y ahí estaba.
El mismo rostro.
—Vaya… has envejecido, Erik.
—Es lo que hay. Han pasado cincuenta años… Adrialcus.
—Es cierto. Olvidé lo rápido que envejecen ustedes —susurró con cansancio.
—Sí… bueno… tampoco esperaba volver a verte en esta vida —chasqueó la lengua, irritado, caminando hacia él sin dejar de verlo.
Adrialcus dio un paso y luego otro, acercándose.
—Yo tampoco esperaba verte. Quería dejarte morir en paz… pero ya no parece posible —se acercó lentamente, como si flotara.
—Querías evitarte la carga… y el esfuerzo —bufó Erik.
—Quería evitar la carga que conlleva. Es cierto —los ojos de Adrialcus lo fulminaron.
Los párpados de Erik se entrecerraron.
—¿Por qué estás aquí?
—Una cosa somos tú y yo, Erik. Deberías saberlo —las pupilas de Adrialcus se contrajeron como agujas—. ¿De verdad creías que dejaría en paz a un héroe de Lumia?
Los ojos de Erik se abrieron.
Alguien había filtrado la información.
Adrialcus vio cada una de sus expresiones.
—Los dos somos iguales. Sé que no quieres mancharte las manos —gruñó, deteniéndose a un centenar de metros; su tono era pesado—. Pero los héroes que han sido invocados por esa perra no han sido como tú… y no espero que este lo sea.
—Entonces vienes por el chico… —Erik también se detuvo.
—No… pero no puedo dejar que lo protejas.
Los ojos de Erik se endurecieron.
—¿Qué hiciste? —gruñó.
—No dejaré que el equilibrio se rompa, Erik… Puede que no quiera la carga, pero tampoco permitiré que mi gente se quede sin futuro —su tono fue oscuro, lúgubre. Apretó con fuerza la varita bajo su túnica—. Y sé que tú tampoco.
“El palacio”.
La comprensión fue instantánea.
Apretó el báculo en su mano; las runas grabadas brillaron.
Un haz de luz destelló.
TRACK
Un golpe seco interrumpió su concentración.
—Como te dije, Erik… no puedo dejar que te vayas.
“Mocoso”.
—¡SEBAS!—corrió Mat frente al hombre. Congelándose —¿pero qué le digo? ¡El infeliz, no dijo nada!
Explotó, apretando los dientes. Casi se le salía un ojo.
—¡¡Viejo senil!!
Pero ya era tarde.
El reloj había comenzado a andar.
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