EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 1 — La Cápsula en el Vacío
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13: Capítulo 1 — La Cápsula en el Vacío 13: Capítulo 1 — La Cápsula en el Vacío El metal de la nave vibraba con una calma que solo existía cuando no había amenazas a la vista.
Pero para la capitana Evelyn Ardent, aquella calma nunca era real.
El silencio no era descanso.
Era una habitación cerrada donde los pensamientos regresaban siempre al mismo lugar, como si el universo insistiera en recordarle lo que le había quitado.
Evelyn estaba sola frente al ventanal de observación.
La oscuridad exterior se extendía infinita, atravesada por estrellas tan lejanas que parecían inmóviles.
La luz distante no calentaba.
No consolaba.
Solo existía.
Apoyó la frente contra el vidrio frío.
Durante unos segundos se obligó a respirar despacio, a hacer lo que siempre hacía: controlarse, sostenerse, funcionar.
A su alrededor, la nave seguía viva con el zumbido constante de los sistemas, con pasos en los pasillos, con voces de rutina y reportes que no tenían nada que ver con el vacío que ella llevaba dentro del pecho.
Ocho meses.
Ocho meses desde que la guerra le arrebató a su esposo.
Ocho meses desde que el dolor la empujó a un embarazo adelantado, como si su cuerpo hubiese intentado aferrarse a una vida nueva para no morir con la anterior.
Y al final, cuando la realidad debía compensar la pérdida, cuando debía existir un equilibrio mínimo para justificar que el mundo siguiera avanzando… Su bebé nació muerto.
Evelyn cerró los ojos con fuerza.
No porque estuviera a punto de llorar.
Ella no lloraba fácil.
Sino porque llorar habría sido aceptar que aquello era real… y aceptar lo real era permitir que la pérdida se asentara como una verdad definitiva.
Detrás de ella, la puerta automática se abrió con un sonido suave.
Pasos conocidos.
—Capitana —dijo una voz femenina, tranquila, pero demasiado atenta para ser casual.
Evelyn no se movió.
—Subcapitana.
Nira Solen se detuvo a unos pasos.
No invadió su espacio.
Era el tipo de oficial que entendía que ciertos dolores no se tocaban sin romperlos.
—¿Todo bien?
—preguntó.
Era una frase simple.
Pero el tono no lo era.
Sonaba a una amiga disfrazada de reporte.
Evelyn exhaló lentamente y se obligó a girarse, solo lo suficiente para que Nira la viera de perfil.
—Estoy bien.
Nira no respondió de inmediato.
Esa pausa era su forma de decir: no te creo.
—Llevas treinta y siete minutos en la ventana —dijo al fin.
Evelyn arqueó apenas una ceja.
—¿Me estás midiendo?
—Te estoy observando —corrigió Nira—.
Como hago siempre.
Porque si tú te rompes… el resto se rompe contigo.
Evelyn dejó escapar una risa mínima, tan pequeña que casi no existió.
—Qué dramática.
—Soy realista —dijo Nira, y su voz se ablandó—.
Eve… no tienes que fingir conmigo.
Ese nombre.
Evelyn apretó los dedos contra el borde metálico del marco de la ventana.
—No estoy fingiendo.
Nira dio un paso más cerca.
—Entonces dime la verdad.
Evelyn sostuvo su mirada.
Y por un instante, casi lo dijo.
Casi dijo que no podía respirar cuando recordaba la forma en que sus brazos habían quedado vacíos.
Casi dijo que odiaba al universo por no tener compasión.
Casi dijo que quería gritar hasta arrancarse la garganta.
Pero su boca eligió el camino que siempre elegía.
—Tengo trabajo.
Nira inclinó la cabeza.
—Lo sé.
Y por eso estoy aquí.
Porque el general volvió a sugerirte descanso.
Evelyn desvió la vista hacia el espacio, como si el vacío fuera una salida más sencilla que la conversación.
—Ya le dije que no.
—¿Por qué?
—insistió Nira—.
¿Por qué no puedes parar aunque sea un mes?
¿Una semana?
Evelyn tragó saliva.
—Porque si paro… pienso.
Nira guardó silencio.
No porque no tuviera respuesta.
Sino porque la respuesta era cruelmente simple: Evelyn ya estaba pensando incluso en movimiento.
Evelyn se apartó de la ventana y caminó hacia la mesa táctica del módulo, donde el mapa estelar flotaba con rutas marcadas en líneas brillantes.
Colonias humanas.
Corredores de salto.
Zonas peligrosas.
Cada punto era un lugar donde alguien había intentado construir una vida lejos de la Tierra.
Nira la siguió.
—El general te asignó igual —dijo—.
Aunque le pediste seguir trabajando, pudo haberte dejado en base.
Evelyn amplió un sector remoto, tan lejos que las colonias se volvían apenas señales aisladas.
—Me asignó porque me conoce.
Sabe que si me deja quieta… me vuelvo loca.
Nira exhaló por la nariz.
—¿Y la misión?
Evelyn agradeció el cambio, aunque no lo admitió.
—Pulsos de energía anormales —dijo con voz profesional—.
Detectados desde una estrella moribunda.
Nira frunció el ceño.
—¿Una estrella?
—Una estrella —repitió Evelyn—.
El sistema tiene un planeta rocoso sin vida aparente.
Sin atmósfera.
Sin biomasa.
Nada… excepto los pulsos.
Nira observó el mapa y su expresión cambió.
—Eso está… demasiado lejos.
Evelyn asintió.
—Zona remota.
Aislada.
Más de cincuenta mil años luz desde la Tierra.
Nira soltó una risa corta, incrédula.
—¿Cincuenta mil?
—Cincuenta mil —confirmó Evelyn, sin emoción.
Nira miró el vector de ruta.
—Eso significa pasar por varias colonias.
—Exacto.
Reabastecimiento, validaciones… y luego el tramo largo.
Nira apretó los labios.
—Warp 9.99.
Evelyn asintió.
—Casi al límite de lo que la nave puede sostener sin romperse.
Nira la miró con atención.
—¿Y tú?
Evelyn no respondió de inmediato.
En el reflejo del vidrio, la luz del módulo partía su rostro en dos: el lado de la capitana, firme… y el lado de la mujer que todavía imaginaba cómo habría sido cargar un bebé vivo en sus brazos.
Evelyn apretó los dientes.
—Estoy bien —repitió.
Nira caminó hasta ponerse a su lado, también mirando el mapa.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
Nira bajó la voz.
—Anoche te escuché caminar por los pasillos a las tres de la mañana.
Evelyn tragó saliva.
—No podía dormir.
—No —dijo Nira, suave—.
No puedes.
Hubo un silencio pesado.
Y en ese peso, Evelyn sintió una rabia que no era contra Nira, sino contra la realidad por permitir que una conversación así existiera.
—¿Sabes qué es lo peor?
—murmuró Evelyn, sin mirarla.
Nira no la interrumpió.
Evelyn continuó lentamente, como si cada palabra fuese un pedazo de vidrio en su garganta.
—Que en mi cabeza… todavía lo veo.
Todavía lo siento.
Todavía imagino cómo habría sido su vida conmigo.
Y luego recuerdo que nunca tuvo vida.
Que solo existió para irse.
Nira cerró los ojos un segundo.
—Lo siento… Evelyn negó con la cabeza.
—No me lo digas como si fuera un accidente.
No fue un accidente.
Fue una consecuencia.
Una cosa más que la guerra decidió cobrarme.
Nira apretó el puño.
—Si pudiera— —No puedes —la cortó Evelyn, sin dureza, solo con verdad—.
Y yo tampoco.
Evelyn deslizó el mapa estelar hacia los protocolos de aproximación: patrones de escaneo, estados de la nave, rutas de ingreso al sistema.
Quería aferrarse a la lógica.
A lo que se podía controlar.
—Vamos a llegar —dijo con voz de capitana—.
Y vamos a encontrar qué está produciendo esos pulsos.
Nira la observó.
—¿Y si es una trampa?
Evelyn alzó la mirada, fría.
—Entonces la rompemos.
Nira dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Ahí estás.
Evelyn no sonrió.
—Siempre estuve aquí.
Nira se acomodó el comunicador.
—Subcapitana Solen al puente.
Inicien revisión de sistemas para aproximación.
Quiero todos los sensores al máximo en cuanto estemos dentro del rango de la estrella.
Una voz respondió afirmativo.
Evelyn miró el mapa unos segundos más.
La estrella moribunda brillaba como una herida blanca.
Un planeta rocoso muerto.
Y aun así… pulsos.
Como latidos.
Como si algo allí abajo estuviera intentando hablar.
Nira apagó el comunicador y volvió a verla.
—Capitana.
Evelyn no apartó la vista del holograma.
—Dime.
—Prométeme algo.
Evelyn se giró.
—¿Qué cosa?
Nira respiró hondo.
—Si encontramos algo vivo… no lo mires como un objetivo.
Míralo como lo que puede ser.
Evelyn sostuvo su mirada.
Y por primera vez, algo en su rostro cambió, no hacia la tristeza, sino hacia una verdad más peligrosa: una esperanza diminuta.
—No prometo nada —dijo.
Nira sonrió apenas.
—Eso ya es más honesto.
Evelyn volvió a mirar el vacío exterior.
Y, sin saberlo, el universo ya la estaba llevando hacia una pregunta que ella había evitado desde que perdió a su bebé: ¿Qué harías… si te dieran otra oportunidad?
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