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EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 15

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15: Capítulo 3 — El Bebé en la Cápsula 15: Capítulo 3 — El Bebé en la Cápsula El cráter era una garganta abierta.

No había viento, pero aun así el silencio parecía moverse, como si el planeta estuviera conteniendo la respiración desde hace siglos, esperando el momento exacto para exhalar en el oído de alguien vivo.

Evelyn avanzó primero.

No porque fuera temeraria, sino porque era la única que podía sostener el peso de esa decisión sin dudar.

Los diez soldados élite la rodeaban en formación, armaduras de poder selladas, armas listas, sensores barrido total.

La luz que habían lanzado hacia abajo seguía clavada en el interior, iluminando el metal enterrado.

La cápsula.

Desde arriba no se veía completa.

Solo se intuía su forma como un fragmento de tecnología antigua, demasiado limpia para haber dormido bajo roca durante tanto tiempo.

Un objeto que no parecía haber sido hecho para ser encontrado… sino para ser guardado.

—Mantengan perímetro —ordenó Evelyn con voz baja.

Un soldado de Nivel 2, con la visera cubierta de datos, respondió: —Perímetro activo, capitana.

Drones en rotación.

Droides en círculo.

Sin señales de vida.

Evelyn asintió sin mirarlo.

No necesitaba que le repitieran que el planeta estaba muerto.

Ella ya lo había visto.

Lo que no le decían era lo que importaba: que algo allí abajo no necesitaba estar vivo para escucharte.

Descendieron por el borde.

Los droides habían instalado puntos de anclaje, cuerdas magnéticas y plataformas temporales.

La operación fue limpia, casi elegante.

Los humanos se habían vuelto buenos en hacer que lo peligroso pareciera rutina.

Cuando por fin tocaron el suelo del fondo, Evelyn sintió el metal bajo sus botas.

No piedra.

Metal.

La cápsula no estaba simplemente enterrada: estaba integrada en una estructura mayor, una cámara de contención.

Como si ese lugar hubiera sido un santuario… o una prisión.

El cristal frontal de la cápsula era enorme.

Pero estaba cubierto por polvo oscuro, acumulado como ceniza sobre una ventana que nadie había limpiado en milenios.

Evelyn se acercó con cuidado.

No levantó un arma.

Levantó la mano.

Los soldados tensaron sus posiciones al verla hacerlo, y uno de ellos habló sin poder contenerse: —Capitana, protocolo de contacto— —Silencio —lo cortó Evelyn, sin voltear—.

Si algo va a reaccionar… no será por mi mano.

Será por su miedo.

El soldado apretó el arma con más fuerza, pero no respondió.

Evelyn apoyó la palma en el cristal.

La superficie estaba fría.

Demasiado fría.

Como si la cápsula estuviera aislada incluso del concepto de temperatura.

Deslizó la mano lentamente… y el polvo cedió.

El vidrio se limpió en un arco.

Lo que vio al otro lado no encajaba con ninguna expectativa militar.

Era un bebé.

Flotando.

Suspendido en un líquido amniótico translúcido, con cables delgados conectados a su espalda y a su nuca, como raíces que no eran orgánicas, como venas artificiales que lo mantenían en sueño.

Su piel era clara, casi humana, pero no del todo.

Había un brillo sutil, como si su cuerpo reflejara luz incluso sin recibirla.

Sus ojos estaban cerrados.

Y aun así, Evelyn sintió algo imposible: No se sintió observada.

Se sintió reconocida.

Detrás de ella, los soldados reaccionaron como animales entrenados para matar antes de entender.

Armas arriba.

Seguros liberados.

Luces rojas en las miras.

El sonido de diez sistemas apuntando al mismo objetivo retumbó en el cráter.

Evelyn no se giró.

Su voz fue un látigo.

—¡BAJEN LAS ARMAS!

Hubo un silencio breve… y luego los rifles bajaron.

No por confianza.

Por obediencia.

Pero Evelyn lo supo: ese tipo de obediencia era frágil.

Podía romperse con una sola palabra incorrecta.

Uno de los soldados, el mismo que había intentado hablar antes, murmuró: —Es un bebé… —No —dijo otro, más áspero—.

Es algo con forma de bebé.

Evelyn finalmente se giró.

Su mirada cruzó cada visor.

—Nadie dispara mientras yo esté aquí.

Un Nivel 1 se movió hacia un costado de la estructura.

—Capitana, encontré un panel de control.

Evelyn se acercó.

Era un panel integrado a la cámara, con símbolos grabados en líneas finas y elegantes, como un idioma que parecía más geometría que escritura.

No era humano.

No era de ninguna raza enemiga conocida.

Evelyn miró a Nira a través del comunicador.

—Nira.

Tenemos panel.

Idioma desconocido.

La voz de Nira llegó con interferencia mínima.

—Recibido.

Te conecto con ATENEA.

La IA habló inmediatamente, más clara que cualquier humano.

—Aquí ATENEA.

Transmite imagen del panel.

Un soldado apuntó el visor al panel.

ATENEA tardó menos de un segundo en empezar.

—Analizando.

Cruzando datos con todos los idiomas catalogados.

Evelyn no apartó la vista del bebé.

—Hazlo rápido, ATENEA.

—En proceso.

El cráter se sintió más pequeño.

La tensión se hizo más densa.

Los soldados no dejaban de mirar al bebé como si fuera una bomba con pulso.

Uno de ellos habló con voz baja, casi como si la palabra pudiera despertar algo.

—Capitana… ¿qué demonios es esto?

Evelyn no respondió “no lo sé”.

Porque no podía decir esa frase.

La verdad era que en su pecho había una respuesta que no venía de la lógica.

Es mío.

Pero esa respuesta era peligrosa.

Así que dijo lo único que podía sostener un mando.

—Todavía no lo sabemos.

ATENEA interrumpió.

—Traducción parcial conseguida.

Evelyn alzó la mirada.

—Dilo.

—Se repite una etiqueta en el panel.

Coincide en estructura con términos de clasificación bélica en idiomas alienígenas.—Traducción aproximada: “Arma definitiva”.

El cráter explotó en tensión.

Los rifles subieron otra vez.

Diez armas apuntando a un bebé dormido.

Evelyn sintió que la sangre le bajaba de golpe por el cuerpo.

—¡BAJEN LAS ARMAS!

—ordenó, esta vez con rabia.

Dos soldados obedecieron.

Otros seis también.

Pero cuatro… no.

Un Nivel 2 dio un paso adelante, arma firme.

—Capitana… con todo respeto, no podemos dejar un ser clasificado como “arma definitiva” libre.

Evelyn lo miró.

—No está libre.

Está en una cápsula.

—Y la cápsula no durará para siempre —respondió el soldado—.

Usted no está viendo el peligro porque… Se detuvo.

Porque no se atrevió.

Evelyn dio un paso lento hacia él.

—Porque, ¿qué?

El soldado apretó la mandíbula.

—Porque usted no está bien mentalmente, capitana.

El cráter se congeló.

Evelyn sintió el impacto como si le hubieran disparado ahí mismo, en el pecho.

Pero no retrocedió.

Sus dedos se abrieron.

En su palma nació fuego.

Una esfera pequeña, perfecta, controlada.

No era una llamarada salvaje.

Era una amenaza quirúrgica.

—Repite eso —dijo Evelyn, voz baja.

El soldado se quedó rígido.

Nadie en la unidad élite había visto a su capitana usar el fuego contra un humano.

Eso no era un gesto.

Era una declaración.

El soldado tragó saliva.

—Capitana… yo… me disculpo.

Evelyn no bajó el fuego.

—Entonces obedece.

El soldado bajó el arma.

Evelyn apagó la esfera con un cierre de dedos.

Y fue entonces cuando lo vio.

En la parte posterior de la cápsula, detrás del bebé, integrado a un soporte metálico, había algo que no habían notado del todo porque la mente se negaba a aceptarlo.

Un núcleo brillante.

Un sol.

Pero no del tamaño de una estrella.

Era un sol comprimido hasta el tamaño de un balón de fútbol.

Suspendido.

Latente.

Emitiendo energía con una estabilidad imposible.

Uno de los soldados soltó un susurro: —Eso… eso es una fuente… Evelyn asintió.

—Sí.

Y si disparan como idiotas, pueden romper el contenedor y hacer estallar esto.

—¿Y qué?

—escupió otro soldado—.

¡Que explote!

¡Es un arma definitiva!

Evelyn lo miró como si lo odiara, pero no lo odiaba.

Lo que sentía era otra cosa.

Pánico.

Porque no era una misión.

Era una segunda oportunidad, y el universo le había dejado claro que no daría una tercera.

—Esa fuente de energía puede alimentar nuestra nave durante décadas —dijo Evelyn—.

Puede salvar colonias.

Puede salvar vidas humanas.

—Y el bebé puede matarlas —respondió el soldado, tenso—.

—El bebé no ha matado a nadie —dijo Evelyn con hielo en la voz.

—¡Aún!

—rugió el Nivel 2.

Evelyn dio un paso.

—¿Quieres dispararle a un bebé porque una IA tradujo dos palabras?

Los soldados no respondieron.

Porque, en el fondo, la palabra “bebé” no les gustaba.

Les hacía sentir débiles.

Y un soldado no se permitía debilidad.

Pero entonces ocurrió.

El bebé se movió.

Fue mínimo.

Un cambio sutil en su postura flotante.

Un dedo que se cerró.

Un párpado que tembló.

Y el pánico fue instantáneo.

Un soldado —solo uno— apretó el gatillo por reflejo.

—¡NO!

—gritó Evelyn.

El disparo sonó como un trueno en el vacío del cráter.

El proyectil impactó el cristal.

No lo rompió.

Pero lo golpeó con fuerza suficiente para vibrar toda la estructura.

El bebé se estremeció.

Sus ojos se abrieron.

Un azul brillante, puro, imposible.

No era el azul de un humano.

Era el azul de una estrella joven.

Y el aire cambió.

El cráter dejó de sentirse como un lugar.

Se sintió como el centro de algo que estaba despertando.

El bebé no lloró.

No gritó.

Solo… miró.

Y su cuerpo comenzó a concentrar energía.

No como un reactor.

Como un corazón.

Como una verdad que había estado dormida y ahora recordaba que existía.

Las pantallas en los cascos explotaron en alertas.

—¡Aumento de energía!—¡Subiendo!—¡Subiendo demasiado rápido!

Evelyn lo sintió en la piel.

El fuego en sus manos respondió por instinto, intentando protegerla, pero esto no era algo que se pudiera pelear.

Esto era algo que se debía sobrevivir.

Evelyn levantó el comunicador.

—¡NIRA!

¡EXTRACCIÓN YA!

¡TELETRANSPORTE!

Nira respondió sin dudar.

—¡Confirmado!

ATENEA habló al mismo tiempo.

—Teletransporte de emergencia activado.

Bloqueo energético inestable.

Ventana: tres segundos.

—¡AHORA!

—rugió Evelyn.

La luz los devoró.

Una sensación de desgarro, como si el universo hubiera intentado arrancarlos de sí mismo.

Y luego… El puente.

La nave.

El aire.

Todos de vuelta, cayendo al suelo metálico como si hubieran sido expulsados por una garganta cósmica.

Evelyn se levantó primero.

—ATENEA —dijo, sin aliento—.

¡Aleja la nave!

—Evasión inmediata en curso.

Nira apareció a su lado, ojos abiertos, respiración rápida.

—Eve… ¿Qué hiciste allá abajo?

Evelyn no la miró.

Miró el monitor principal.

Porque el planeta… explotó.

No con una explosión nuclear clásica.

Con un estallido imposible.

Como si el suelo, la roca, la cámara, el cráter… como si todo el planeta hubiera sido una caja frágil y algo dentro hubiera decidido abrirla desde adentro.

La onda se expandió y el planeta se rompió en fragmentos ardientes.

El sistema se iluminó como un amanecer artificial.

Y en el centro del caos… los sensores captaron un punto.

Uno solo.

Pequeño.

Flotando.

Vivo.

Un bebé.

En el vacío del espacio.

Los oficiales del puente quedaron en silencio absoluto.

Un técnico murmuró sin creerlo: —Eso… eso es imposible.

Nira lo miró, pálida.

—Nadie sobrevive al vacío.

Ni siquiera nosotros.

Evelyn respiró.

Y en su pecho, donde antes había un agujero, apareció algo parecido a fuego.

No su piroquinesis.

Algo más viejo.

Más humano.

—Yo sí —dijo Evelyn.

Nira la miró.

—¿Qué?

Evelyn se giró hacia la compuerta.

—Voy por él.

—Evelyn, no… Evelyn la miró por primera vez con toda la verdad encima.

—No voy por un objetivo.

—Voy por mi hijo.

Nira se quedó sin palabras.

No por desacuerdo.

Por miedo.

Porque sabía que cuando Evelyn decía “mi hijo”, no era una frase emocional.

Era un juramento.

Evelyn corrió hacia la lanzadera de inmediato.

Nira la siguió hasta el umbral del hangar.

—¡Eve!

¿A dónde vas?

Evelyn se detuvo solo un segundo, con el traje ajustándose, y la miró.

—Voy a traerlo a casa.

Nira apretó los labios.

No discutió.

Solo la miró irse.

Porque en el fondo… entendía.

El espacio exterior era un abismo sin misericordia.

La lanzadera avanzó con cuidado, ajustando su velocidad con precisión, acercándose al punto flotante que los sensores seguían marcando como “vida”.

Evelyn lo vio.

Pequeño.

Inmóvil.

Como si el universo lo hubiera dejado ahí para poner a prueba si ella realmente era capaz de sostener algo sin perderlo.

Cuando estuvo lo bastante cerca, abrió el compartimento de rescate.

Brazos mecánicos extendidos.

Campos de contención suaves.

Y el bebé… se movió.

No con miedo.

Con calma.

Como si supiera.

Como si Evelyn no fuera una amenaza.

Como si el instinto de supervivencia que había despertado en la cápsula hubiera reconocido la diferencia entre peligro… y hogar.

El bebé flotó hacia ella.

Y cuando Evelyn lo tomó en brazos, la sensación la golpeó tan fuerte que casi se le desmorona el pecho.

Era real.

Pesaba.

Estaba tibio.

Vivo.

Evelyn apretó su frente contra la del bebé, y su voz tembló por primera vez sin vergüenza.

—Tranquilo… —susurró—.

Mamá está aquí.

Ahora nadie te va a lastimar.

El bebé no lloró.

Solo se acomodó.

Como si ese lugar, el hueco exacto de sus brazos, siempre hubiera sido su destino.

Cuando regresó a la nave, el hangar estaba lleno.

Soldados.

Oficiales.

Médicos.

Todos mirando al bebé como se mira a un milagro… o a una sentencia.

Un soldado dio un paso hacia adelante, voz dura.

—Capitana, esto es un error.

Esa cosa es peligrosa.

Hay que eliminarlo.

Otros asintieron.

—No sabemos qué es.—Puede destruirnos.—El planeta explotó por él.

Evelyn sintió que su cuerpo quería incendiar el hangar completo.

Pero no lo hizo.

Porque no era fuerza lo que necesitaba.

Era autoridad.

Y antes de que pudiera hablar, la voz de Nira cortó el aire como un disparo.

—Silencio.

La Subcapitana caminó al frente, mirando a cada uno de los soldados que dudaban.

—Nadie va a lastimar a ese bebé.

Uno de los soldados intentó replicar: —Subcapitana, con respeto— Nira no le dejó terminar.

—Si alguien lo intenta… lo elimino yo.

¿Entendieron?

La palabra elimino no sonó como amenaza.

Sonó como orden irreversible.

Los soldados se quedaron quietos.

Y uno a uno bajaron la mirada.

—Sí, señora —murmuraron.

Nira se giró hacia Evelyn.

Sus ojos estaban rojos, pero no de llanto.

De rabia contenida.

—Llévalo a la enfermería.

Yo me encargo del resto.

Evelyn asintió.

Y mientras caminaba con el bebé en brazos, sintió algo que llevaba meses sin poder sentir: El mundo podía seguir siendo cruel.

El universo podía seguir siendo injusto.

Pero por primera vez… Evelyn tenía algo que proteger.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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