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EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 7

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7: CAPÍTULO 7 — LOS CHAMANES DEL UMBRAL 7: CAPÍTULO 7 — LOS CHAMANES DEL UMBRAL Los chamanes nunca formaron parte del Concilio.

No porque carecieran de utilidad, sino porque su función no era construir ni corregir, sino mirar allí donde la causalidad dejaba de ser confiable y regresaba fragmentada, incompleta, convertida en restos de futuros que aún no habían ocurrido pero ya existían como posibilidades latentes.

No veían el futuro.

Veían residuos.

Ecos de desenlaces descartados, trayectorias que el tiempo aún no había recorrido, finales que solo se sostenían mientras nadie los observaba de frente.

Cada visión erosionaba su coherencia.

Cada cruce del umbral debilitaba su identidad hasta volverla frágil, inestable y, en muchos casos, irrecuperable.

Aun así, el Concilio los convocó.

No por curiosidad ni por ambición, sino por una inquietud que comenzaba a rozar el miedo.

El proyecto había alcanzado un punto en el que las variables ya no podían reducirse a modelos confiables: el corazón aprendía, el recipiente persistía, y Praxia dejaba de ser una mediadora pasiva para convertirse en una entidad con criterio propio.

Había demasiadas incógnitas.

La pregunta que plantearon fue directa, casi brutal en su sencillez: —¿Qué ocurre si el Experimento continúa?

No preguntaron cuándo ni cómo, porque esas respuestas podían ser retrasadas o reinterpretadas.

Preguntaron si podía evitarse, buscando una confirmación que justificara cualquier medida extrema que aún estuvieran dispuestos a tomar.

El ritual del umbral fue preparado sin solemnidad.

No hubo cánticos ni símbolos visibles, porque aquello no era un acto espiritual, sino un cruce técnico hacia la incertidumbre, una exposición deliberada a realidades que no respetaban la secuencia causa–efecto.

Los chamanes fueron anclados a un espacio donde las líneas temporales se superponían, un lugar donde el futuro no avanzaba, sino que coexistía en capas.

El contacto fue inmediato.

El silencio se volvió absoluto, no como ausencia de sonido, sino como saturación total de información imposible de procesar desde un solo marco de referencia.

Algunos cuerpos fallaron antes incluso de que la visión se estabilizara, incapaces de sostener la presión conceptual de aquello que estaban percibiendo.

Algunos se disolvieron.

Otros quedaron atrapados en estados incompletos.

Solo unos pocos regresaron con fragmentos comunicables.

No hablaron en orden ni narraron una secuencia coherente; transmitieron imágenes sueltas, conceptos rotos, certezas sin contexto que, aun así, encajaban entre sí con una precisión inquietante.

Vieron a una entidad adulta, de forma humanoide intacta y arquitectura interna completamente reescrita, no como resultado de un despertar violento, sino como culminación de un proceso largo e inevitable.

Vieron el núcleo despierto.

No imponiendo poder.

Cerrando posibilidades.

Vieron al Heraldo presente… y superado.

No derrotado en combate, sino invalidado, como si las reglas que lo sostenían hubieran dejado de aplicarse.

Y más allá de eso, algo que ninguno pudo describir con precisión, pero que todos reconocieron con una claridad que los llevó al borde de la disolución: El Autor alcanzado.

No confrontado.

No destruido.

Finalizado.

Después de ese instante, no hubo explosión ni colapso visible.

El universo no se fragmentaba; simplemente dejaba de existir, sin vacío ni oscuridad, porque incluso esos conceptos requerían un marco donde sostenerse.

Uno de los chamanes, el último en conservar coherencia suficiente para articular pensamiento, dejó escapar una sola frase antes de desintegrarse en el umbral: —No hay después.

La visión terminó allí.

El Concilio no debatió interpretaciones.

La certeza era suficiente.

El Experimento #225.000.000 no era una amenaza local.

Era un evento final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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