El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 El viajero y la Dama
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1: El viajero y la Dama.
1: El viajero y la Dama.
[año 204, posteriormente a la caída de Lazarus] —¿Por qué no me dejan pasar?…
—Lo sentimos, señor.
Tenemos órdenes claras: nadie entra a la capital ―gruñó el guardia, ajustándose la armadura.
—Pero si ni siquiera quiero entrar.
Solo voy de paso, hacia la punta oeste ―replicó el viajero, rascándose la nuca y sacudiendo su cabello castaño, despeinándose más de lo que estaba.
—Órdenes son órdenes.
Ahora, márchese ―sentenció el guardia.
El compañero del soldado sonrió de lado.
—A menos… El viajero entrecerró los ojos.
— ¿“A menos” qué?
—Que pague un peaje.
La chispa de interés se le borró de golpe del rostro.
― ¿Cuánto?
—Cuatro monedas de platino.
El viajero dejó escapar una risa seca.
—Un poco caro, ¿no?
Rebuscó bajo la capa verde y sacó un saquito de cuero.
Dentro, apenas tintinearon unas monedas de plata.
Se mordió el labio, frustrado.
—¿No aceptan el peaje en cuotas?…
El guardia lo empujó con el escudo.
―Lárgate.
—¿Puedo preguntar al menos por qué la orden?
Supongo que no soy el único al que le han cerrado el paso… ―dijo el viajero, encogiéndose de hombros.
Los guardias se miraron, levantaron los hombros y encogieron la mirada hacia el camino.
—Hace unas horas un grupo rebelde atacó el reino.
Escaparon, pero uno quedó a nuestro alcance en el bosque.
Esto… es solo protocolo ―respondió uno, cruzando los brazos.
—¿Me están diciendo que el “peaje” era un soborno para dejarme pasar?
—comentó el viajero, arqueando una ceja.
—Vaya guardia que tienen en Tharvella… Uno de los soldados se inclinó hacia él, dejando entrever la punta del puñal de su espada.
—¿Quieres problemas?
―NO.
Ninguno… solo me largo ―dijo el viajero, dando media vuelta y desandando el camino, con la capa ondeando tras él.
Los guijarros del camino se encontraban con el viajero a medida que este volvía hacia atrás, pensando qué podía hacer en ese momento para pasar la guardia.
Caminó unos metros, alejándose de los caballeros.
«Santa madre… voy a tener que cruzar el bosque», pensó, girando la cabeza hacia la izquierda y contemplando el paisaje boscoso que se extendía a ambos lados del camino.
Al levantar la vista, el reino se veía a lo lejos, con su gran palacio en la altura, como si fuera el rey de la colina.
«Ni modo…», suspiró, notando que los guardias ya no estaban a sus espaldas.
Dio media vuelta y se internó en el bosque.
—Llevo ya 39 días caminando… no voy a detenerme por dos necios con armadura —murmuró, midiendo sus pasos, mientras avanzaba entre los árboles.
Se detuvo de golpe.
Algo no estaba bien.
Giró la cabeza hacia la derecha y se acercó con cuidado a un arbusto.
Allí, tendida sobre un charco de sangre, estaba una mujer.
No se movía.
—Dios mío… quién diría que me encontraría con alguien así a estas alturas… ―susurró, muy poco sorprendido.
Como si fuese algo de todos los días.
—Para la muerte no hay solución… buen viaje, señorita —dijo, dándose media vuelta y haciéndose el desentendido.
Un gruñido de dolor lo hizo detenerse de golpe.
Suspira y mira al cielo.
—Que me lleve quien me trajo… —maldijo, girando nuevamente hacia la mujer.
Intentaba incorporarse, pero cayó de nuevo al suelo.
―Leo… Leonard… ―murmuró con esfuerzo, apenas respirando.
—Bueno, parece que voy a tener que darle una pausa al viaje —se resignó el viajero, acercándose y dejando caer la mochila desde debajo de su capa.
… La tarde había caído.
La mujer abrió lentamente los ojos.
Frente a ella, los preparativos para la fogata estaban listos.
De un árbol colgaba un conejo recién cazado.
Ella se quitó el cabello verdoso de la cara, Se sentía débil, pero podía moverse.
Apoyada sobre la capa verde, colocada debajo de ella, sintió un colchón de hojas secas y se recostó, dejando que el leve crujir de la maleza amortiguara su cuerpo.
Ella levantó la muñeca, notando el vendaje que aún cubría su brazo.
Curiosa, deshizo un poco la tela para mirar la herida y se quedó paralizada al verla.
Un profundo corte que antes no dejaba de sangrar ahora apenas dejaba una cicatriz, a punto de desaparecer.
—Ah… por fin despiertas —dijo una voz masculina, cargada de alivio.
—¿Ya me puedo ir?
—preguntó él, dejando caer las ramas que había estado sujetando.
El viajero sonrió, relajado y seguro, con esa tranquilidad que hacía que todo pareciera más sencillo de lo que realmente era.
No hubo palabras.
La mujer desenfundó una daga del cinturón y se lanzó contra el viajero.
Un segundo después, una cuerda amarrada a su pie la detuvo en seco, haciendo que cayera de cara al césped.
—Uno… —contó el viajero con calma.
Junto al colchón de hojas, vio la estaca que sujetaba la soga.
Golpeó la cuerda con la daga, torpemente, sin resultados.
—Dos… —continuó él.
La chica levantó la daga para mirarla mejor: no era más que un palo con forma de hoja.
—¿Qué demonios?
—murmuró, desconcertada.
—Ya van dos… ¿vas a seguir o vas a detenerte?
—preguntó el viajero con una sonrisa confiada.
― ¡¿seguir en qué?!…
—dándome pistas… sospeché algo raro con la herida que traías en la muñeca… La mujer arrancó la estaca del suelo y con la soga usó la inercia en un lanzamiento para enredar los pies del viajero.
dio un paso atrás, la estaca apenas rozó su pantalón, antes de que se alejara.
El viajero pateó la estaca dándole más fuerza a su trayecto.
Al regresar con la mujer, la estaca se enroscó en sus pies y cayó al suelo por segunda vez.
—Y ese es el tres… —aclaró el joven.
Sacó una daga de su cinturón y la lanzó con precisión al suelo, atrapando la cuerda entre el mango y la tierra.
—¡¿Esta es mi daga?!
—exclamó la mujer, inmovilizada en el césped.
― ¿No es obvio?
—respondió él con seguridad, sentado en el suelo y sacando una fruta de su mochila—.
¿Acaso tenías un palo tallado en la funda de tu daga?
—¿Quién eres?
—preguntó ella, confundida y frustrada.
—Qué raro interrogatorio… —murmuró el viajero para sí, masticando tranquilamente—.
Dime… ¿cómo te hiciste la herida?
—Me la hice con una rama… me caí de un árbol y me corté… —respondió ella, nerviosa.
—Mentirosa —dijo él, tragando el bocado de fruta—.
Uno: tu herida estaba demasiado limpia para que una rama la causara.
Dos: no hay señales de escalada en los árboles.
Y tres: si te hubieses caído, tu cuerpo tendría moretones o una fractura.
La mujer tragó saliva, claramente acorralada.
—Además… tus reacciones no son típicas de una dama normal.
Y mirando las marcas del filo de tu daga, has estado en algunos combates… ― ¡¿Quién diablos eres?!
― —¿Otra vez con las preguntas?…
—bufó frustrado— mujeres… todas iguales… quieren respuestas incluso cuando están siendo interrogadas.
—¡Deja de ser Búfon y responde!
—Le ordena desde el suelo.
―mi nombre es Mark Arminton… soy un mendigo viajero… —te di mi nombre, ya te cumpliré el capricho… ahora te dedicarás a responder TODAS mis preguntas… —¡En tus sueños!…
—bueno… como quieras, te voy a tener que entregar a los guardias del camino… tal vez te ayuden más que yo… — ¡NO!
¡No!
― se exaltó la chica, entrando en pánico.
—Mark Arminton, responderé cada pregunta, ¡pero no me entregues!
—Cuatro… —soltó en un suspiro tranquilo, Mark.
Cargando sus cosas en la mochila, se colocó su capa, se pasó la mano por su cabello café para sacarse cualquier rastro de mugre.
Para después cargar a la mujer por arriba de su hombro con total facilidad.
― ¡¿qué haces!?
― le pregunto la mujer nerviosa ante el agarre de Mark.
— Los guardias buscaban a un rebelde… te voy a entregar.
Si tienes suerte, te liberarán… si yo tengo suerte, me darán una compensación en oro… —¡Me vas a entregar?!
—exclamó la mujer, alarmada.
—Felicidades, le acertaste —respondió Mark con calma—.
Cuando te entregue, te dejaré una fruta como premio.
― ¡Espera!
¡No me entregues!
―le suplicó ella—.
¿Quieres dinero?
¡Te daré dinero!
¡Mi familia es muy adinerada!
―Perdón, pero no puedo creerle a una delincuente ―contestó él, con tono seco.
― ¡No soy una delincuente!
¡Soy una luchadora contra la opresión del reino!
—gritó ella.
—Dile eso a la ley… —replicó Mark.
—¿Siquiera me estás escuchando?
—insistió la mujer.
—No… —dijo cortante.
La mujer observó la mano que la retenía sobre el hombro de Mark, notando los dos anillos de oro, cada uno con una perla rojiza.
—Lindos anillos… —murmuró.
―Gracias.
No los toques, y no te soltaré ―respondió él, firme.
—¡¿Por qué eres tan necio?!
—exclamó ella.
—Porque soy un fiel defensor de la ley —contestó Mark, serio.
—Si me entregas… ¡la ley me matará!
—dijo ella, con temor.
—Tampoco exageres… no lo permitirá —replicó él, con calma.
—Sí, ajá… —murmuró ella, dubitativa.
Ella permaneció en silencio por un momento, pensando en la herida que había tenido antes.
—Mi herida era profunda… ¿cómo lograste reducirla a una cicatriz casi a punto de desaparecer?
—preguntó con curiosidad y cierta incredulidad.
—¿Sigues necia?
—respondió él, con un tono de ligero reproche.
— ¡Respóndeme!
—exclamó ella.
—Qué gruñona… de seguro ni novio tienes —comentó Mark con humor seco.
—¡Mi vida privada no es de tu incumbencia!
¡Y responde la maldita pregunta!
—clamó la chica, pataleando frustrada.
—Tengo conocimientos básicos en magia curativa… pero pocas reservas de maná.
Si hubiera tenido un poco más, no tendrías cicatriz… la venda era solo para que no se infectara ―explicó él, con calma y precisión.
Mark llegó al camino otra vez, al ver en la dirección de su propia ruta.
Allí, en pocos metros se encontraban los mismos guardias de antes.
—no lo hagas… por favor… te lo digo en serio… vas a hacer que me maten… — ¡oigan!…
—les gritó Mark a los guardias.
—Es el mismo viajero de antes… —dice un guardia a su compañero.
― ¿se les perdió algo?
― les preguntó Mark señalando a la chica colgando en su hombro —¡La fugitiva!
—clamó el guardia, corriendo acompañado de su compañero hacia Mark.
—¡Mátala antes de que ella actúe!
—ordenó a su compañero, desenvainando su espada.
Mark abrió los ojos como platos al ver a ambos aproximarse con espadas en mano.
—Ignisgreif Tenuis— salió de la boca de Mark mientras ponía los pies de la chica en el suelo.
Cubriéndola con su espalda ante los ataques de los guardias.
La chica se separó de Mark libre, percatándose de que las cuerdas estaban quemadas.
Ambas espadas chocaron en seco en la espalda del viajero; el ruido de madera resonó ante el impacto.
Tras dar medio giro, Mark dejó caer su mochila con dos notorios cortes.
La chica ve su daga caer al suelo, no tarda en sujetarla y se lanza a uno de los guardias, provocando un violento choque contra la espada.
Es apartada brutalmente con el escudo y ella se ve obligada a evadir el contrataque.
Mark agacha su cabeza evadiendo un corte.
—¿Por qué me atacan a mí?
¡yo iba a entregarla!
—reclama, sintiéndose ofendido.
― ¡defiéndete o te matarán!… ― le ordena la mujer —¡Te lo encargo, lo haces bien!
—grita Mark, empujando al otro guardia hacia la mujer.
Ella rápidamente evade al sujeto y seguido el tajo que lanzó el otro.
—¡idiota cobarde!
¿Cómo te atreves?!
—¡Pelea tú!
¡yo te hago festejo desde aquí!
― le avisa Mark alejándose del enfrentamiento.
—¡estúpido!…
—grita la mujer, tropezando y cayendo con una rodilla en el suelo.
Bloqueando al instante un espadazo del guardia.
—me estoy comenzando a sentir débil… — murmura con nervios.
―que me lleve la que me trajo… ― se quejó Mark, sacando de su bolsillo un puñal de espada sin hoja, mientras corría hacia la chica.
En un movimiento rápido, el brazo de Mark abrazó el torso de la mujer y la arrastró unos centímetros atrás.
Con un fuerte giro, la capa del viajero ondeó detrás de él.
La mujer vio cómo Mark tenía una vara de metal delgada detrás de su cinturón.
El viajero la tomó, la boca del puñal de espada se abrió y permitió la entrada de un extremo de la varilla.
En ese momento, Mark empuñó el artículo como si se tratase de una espada.
―les presento a “la espada de larga vida” … ― les dice Mark, mostrando una sonrisa burlona, pero una mirada seria.
—Es solo una vara de hierro con mango de espada… ¿acaso te burlas de nosotros?
Sin previo aviso.
Mark pateó una piedra que el guardia bloqueó con su escudo.
Al bajar la defensa, esperaban un repentino ataque.
Pero Mark había retrocedido unos pasos, haciendo maniobras con su arma.
Uno de los guardias se lanzó al ataque, Mark, como respuesta, lanzó con fuerza su arma al suelo, el cual, gracias a la flexibilidad de la varilla, rebotó subiendo un par de metros.
El guardia levantó la mirada apreciando la subida de arma, Mark se deslizó entre las piernas de este, dio un giro en el cielo y empujó con ambos pies en el trasero al guardia.
Quien se tambaleó unos pasos delante y el arma cayó con fuerza sobre su casco, y cayendo sobre el pie del viajero, quien realizó otra maniobra para lanzar el arma a la cabeza del 2.º guardia.
Atrapó el arma en el aire y rodó hasta ponerse junto a la chica, quien le miraba, a la vez impresionada y decepcionada.
Fueron maniobras impresionantes pero inútiles debido a los cascos de los guardias.
—¿Es una broma?
—le pregunta juzgándolo.
― ¿qué quieres que haga?… ― se queja Mark — ¡Que pelees bien!…
Mark comienza a esquivar sin complejidades cada ataque de los guardias.
El filo de la espada de uno de ellos chocó brutalmente contra la vara de hierro de la espada de Mark.
En ningún momento bloqueó, simplemente se dedicaba a esquivar las arremetidas de los guardias.
La chica vio cómo el guardia quedó de espaldas ante ella, quien no dudó en lanzarse empuñando su daga.
Mark se cruzó en medio del ataque, atrapando a la chica del brazo, con el filo de la daga quedando a centímetros de su pecho, apretó con fuerza en un punto especifico de su ante brazo provocando que ella abra la mano y la daga caiga, al instante le acierta una patada en el aire a la daga, lanzándola al interior del bosque.
― ¡¿qué haces?!
― le reclama la mujer.
Mark lleva la varilla a su espalda, bloqueando un tajo.
Todo sin apartar sus ojos de los de la chica.
—Sin muertes… —le dijo con un tono serio.
Dándose la vuelta y alejando de una patada en el escudo al guardia.
«Este idiota… va a hacer que nos maten…», pensó la mujer, pero sus ideas se frenaron de golpe al escuchar la voz de Mark.
—¿Acaso nunca pensaste antes de actuar?
—dijo, con rabia contenida en cada palabra—.
Me enferma la gente como tú, que lo primero que hace para defenderse es matar al adversario.
Giró la mirada hacia los guardias y gruñó: —Y ustedes tampoco se salvan… par de imbéciles.
Aquí nadie va a matar mientras yo esté presente.
Cuando me largue, hagan lo que quieran… mátense entre todos si les da la gana.
— ¡No me hagas reír!
—Se burló uno de los guardias, alzando la espada contra él.
Mark ni se inmutó.
Extendió la mano y la apoyó sobre el peto de hierro del enemigo en un gesto casi casual.
— Aerokanon Viento ―susurró.
Una runa brilló entre su palma y la placa metálica.
El aire explotó como un rugido contenido, y sin previo aviso, el guardia salió disparado como un muñeco, rodando por el suelo más de veinte metros mientras su compañero lo miraba, atónito.
El guardia restante lanzó un zarpazo con su espada, pero Mark lo detuvo con un chasquido seco al interceptarlo con su espada-varilla.
En un solo movimiento encadenó: ― una patada en la rodilla, que lo hizo tambalear; ― un puñetazo ascendente bajo el casco, que salió volando; ― un piquete directo a los ojos, que lo dejó ciego de dolor; — y, agarrándolo de la nariz, lo arrastró hacia abajo para recibir de lleno un rodillazo en la cara.
El golpe lo mandó al suelo, inconsciente.
Mark se sacudió las manos como si nada, con esa tranquilidad irritante que lo caracterizaba.
Los miro con frialdad, pero rápidamente se desarma al saber que la chica lo está mirando.
—Ay… se me pasó la mano… —comenta con inocencia, dando la vuelta para mirar la cara de sorpresa de la chica.
Mark tragó saliva al ver su rostro, solo agarró su mochila, se la puso ocultándola debajo de la capa.
Desarmó la espada-varilla, la empacó y se sacudió la ropa.
—bueno… yo ya acabé aquí… —dice soltando una sonrisa nerviosa.
Y dándose la vuelta para seguir su camino.
—¡espera un momento!
¡¿Quién diablos eres?!
—no exageres… ¿nunca viste a un sujeto vencer a 2 a la vez?…
—pero no con movimientos así… lo tenías todo calculado, ¿no es así?…
no soy estúpida, me tirabas a los tipos para ver cómo atacaban… —de hecho, no… te los tiraba porque no quería pelear… y reconozco que te metí en peligro… olvidé que estabas a nada de tener anemia… Ella lo miró con dudas, intentando descifrarlo.
Mark sostuvo la mirada, pero con gesto incómodo; la rodilla le temblaba y todo en él gritaba que quería darse la vuelta e irse.
«¿Y si la noqueo y salgo corriendo?» pensó, apretando los dientes sin apartar la vista.
«Debo llevarlo con el grupo… tienen que verlo», resolvió la chica, en silencio.
Finalmente, ella habló con un tono suave: — Me llamo Leynian Linus… y… muchas gracias.
Mark se rascó el cuello, incómodo.
— No me las merezco… — murmuró.
—Ey… —le llamó Leynian, levantándose con esfuerzo.
—¿Sí?…
—respondió Mark sin entusiasmo.
— Dime… ¿Dónde aprendiste a combatir así?
Mark guardó silencio un instante, desviando la mirada como si buscara la mejor mentira.
— Aprendí solo.
—Por favor… —insistió ella, la voz quebrada, sin saber cómo pedirle lo que quería.
— Ayúdame a mí y a mi grupo a librar nuestro… —No.
—cortó él en seco, dándole la espalda.
—¡Un momento!
¡Al menos escucha hasta el final!
― suplicó Leynian.
—¿Para qué?
Este ni siquiera es mi reino… y no pienso quedarme en esta región.
Así que no tengo obligación alguna.
— ¡Entonces acompáñame!
Te daré una recompensa en oro.
Mark se detuvo en seco.
Una sonrisa contenida se asomó en su rostro.
— Ibas a entregarme a cambio de oro… — se dio la vuelta con ironía.
— Eso significa que eres un pobre infeliz.
― Ey… tampoco hacía falta que tocaras un nervio sensible… ― masculló él, con orgullo herido.
—Acompáñame y escucha la historia.
Te pago y te vas… y, si tu corazón lo permite, nos ayudas.
― dijo Leynian, colocando una mano sobre el pecho.
«Un truco barato… pero veamos hasta dónde llega.
Tal vez sí consiga mi oro.» Mark sonrió, acercándose.
—Bueno… —murmuró, fingiendo indiferencia.
—Pero solo voy porque el viaje es caro.
Leynian soltó una sonrisa satisfecha al verlo ceder.
Lo guió hacia el interior del bosque, por un sendero oculto que conducía al reino.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Dicher Espero que el capítulo sea de tu agrado, porque esto recién está empezando.
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