El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 el estratega de la rebelión
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10: el estratega de la rebelión.
10: el estratega de la rebelión.
Kreever se encontraban escarbando entre suciedad y porquería, buscando comida.
Cuando una llamarada de fuego arrasó el lugar y pulverizó toda plaga.
Al poco tiempo, Mark pasa por el lugar desactivando la runa de su mano.
Se encontraba en las cloacas del reino, buscando aquel lugar donde lo guió Leynian la primera vez.
Repentinamente, a su lado, comienza a abrirse la pared, ladrillos reacomodándose mágicamente para encontrar la puerta del cuarto mágico Zarmáso.
La entrada se abre y justo en frente se encontraba Leonard, de brazos —¿Y bien?
—preguntó Leonard, serio, aunque no pudo evitar sentirse impresionado por la frialdad de Mark.
El viajero lo miró en silencio unos segundos, meditando qué decir.
—¿Quién lo diría?
Me quedé sin dinero y necesito más… —bromeó, con una sonrisa ladeada.
—¿¡Treinta monedas de platino en tres días!?
¡Desgraciado!
¡Ni yo gasto tanto en una semana!
—le gritó Leonard, entre sorprendido e indignado.
—Tranquilo… estoy bromeando —aclaró Mark, antes de entrar al cuarto mágico Zarmáso.
Leonard guió a Mark hasta el salón principal, donde el grupo rebelde lo esperaba, impaciente por una respuesta.
La atmósfera estaba cargada: todos querían entender por qué habían tenido que retirarse tan repentinamente… solo por la aparición de un solo hombre en el lugar equivocado.
En una mesa larga, los rebeldes se sentaban enfrentados en dos hileras.
Leonard ocupaba la cabecera, mientras que Mark, en el extremo opuesto, soportaba todas las miradas.
—Entonces… ¿se unirá al grupo?
—preguntó Jioro, aún confundido—.
¿Por qué volvió?
—Leonard, ¿estás seguro de esto?
—intervino Marcus, observando con desconfianza al viajero.
—No… siendo sincero, estoy completamente fuera de lugar —admitió Leonard—.
Pero el señor Linus lo protegió de mí.
Si un hombre tan prestigioso como él confía en alguien como Mark, dudo que nuestra opinión cambie algo.
—Le estás tirando muchas flores al padre de Leynian —dijo Zayrra con ironía—.
Hasta un guerrero como Altharion puede equivocarse.
¿Y si ni siquiera se llama Mark este tipo?
No sabemos si dijo la verdad en el interrogatorio.
—¿Cómo les gusta complicar todo…?
¡Mark!
—Llamó Joiro.
—¿Sí?
—respondió Mark, con voz indiferente.
—¿Qué hacías en el palacio hoy?
—Recolectaba información —contestó sin titubear.
El silencio se apoderó de la mesa.
—¿Para qué?
—preguntaron los líderes al unísono.
—Cuando me liberaron, recorrí el pueblo.
Estaba hecho un desastre, así que me aseé y busqué hospedaje.
Soy de Narzu, conozco al Estratega de Plata: una figura mítica en mi nación.
Ese tal Armand Nohier… no es él.
—Es cierto —asintió Marcus—.
El estratega del rey Kantaro se hace llamar el Estratega de Plata.
—¿Y eso qué te importa?
—preguntó Leonard.
—Lazarus Nova fue una figura amada en su región —explicó Mark con calma—.
Si el estratega de otro reino roba su título y su nombre, eso podría despertar el enojo de Narzu.
Y con tu tratado de paz con Notumheim en juego… eso sería un doble conflicto para Tharvella.
—Yo… yo no había tenido eso en cuenta… —comentó Marcus.
—Ese estratega apenas apareció ayer… aún falta para un problema con Narzu.
La prioridad es Notumheim, es mi tratado, mi primer paso como rey.
No puedo permitir que todo se derrumbe así como así… ―respondió Leonard, serio.
—¿Cuántos días quedan?
—interrumpió Mark, llevándose la mano al mentón, pensativo.
―¿Eh?
—balbuceó Leonard.
—¿Cuántos días faltan para la llegada de la princesa a Tharvella?
—Nos quedan ocho días…—respondió Leonard, observando cómo Mark mostraba una sonrisa confiada, casi irritante a sus ojos.
―¿¡De qué mierda te ríes!?
—le gritó, enfurecido.
—No me río de ti, tranquilízate… —dijo Mark con calma, levantando la mano y mostrando los cinco dedos.
— Cinco días.
Dame cinco días… y recuperarás el trono con una victoria total.
Jioro y Marcus soltaron risas incrédulas, Zayrra solo giró su mirada a Leonard, quien se mostraba confundido ante tal afirmación.
― ¿no estás exagerando, Mark?
― le pregunto curiosa Leynian.
― 5 días es mucho tiempo, si fracasas, solo nos quedarán 3 días para recuperar el trono.
―son 3 días para que preparen la boda… —asume Mark con calma.
—ni siquiera eres del grupo ¿¡y quieres que te regale 5 días para recuperar un trono que ni te importa?!
Mark rebuscó en su mochila, sacó una navaja y se dio un corte en la palma de la mano.
—¿Desconfías, Leonard?…
un pacto de sangre solucionará las cosas… si no te ayudo a conseguir el trono en 5 días, mi corazón se detendrá y moriré… —le respondió Mark con total confianza, apretando su puño para dejar ver cómo gotea su sangre.
—¿Es broma, verdad?
—Sí, claro… soy tan idiota que me corto la mano como chiste… ¡obvio que no, imbécil!
―bufó Mark.
—No pierdes nada aceptando —comentó Zayrra.
—Traigan un plato —ordenó Leonard, suspirando resignado.
En un momento, Mark y Leonard estaban frente a frente, el plato entre ellos.
A un lado, Zayrra observaba con atención.
—¿Qué se necesita para un pacto de sangre?
—preguntó Jioro, curioso ante el ritual.
—Según tengo entendido… se necesitan los pactantes, un testigo, un plato, polvo de cobre, una cadena… y fuego —explicó Leynian.
—¿Estás seguro de esto, Mark?
—preguntó Zayrra, por última vez.
―Sí.
—Empecemos —dijo Leonard, con seriedad.
Fue Leonard quien primero se cortó la mano, dejando que su sangre cayera en el plato.
—Este juramento: yo, Leonard Eldwood, te obligo a ayudarme a recuperar el trono de mi reino en menos de 6 días, sin traicionarme en el camino.
De no cumplirse, morirás de un paro cardíaco.
—¿Aceptas las condiciones?
—preguntó Zayrra al viajero.
Mark asintió y apretó su herida, dejando que las gotas se mezclaran con las de Leonard.
―En este juramento: yo, Mark Arminton, te obligo a aceptarme en tu equipo y darme libre movilidad para ayudarte.
De no cumplirse, el pacto se anulará por sí solo.
—¿Aceptas las condiciones?
—repitió la maga, ahora hacia Leonard.
Él asintió.
—Dense la mano —ordenó ella.
Las manos heridas se unieron.
Zayrra envolvió ambas con la cadena, mezcló la sangre con el polvo de cobre y acercó el fuego.
Una llama verde se encendió de golpe, envolviendo las manos.
El calor era insoportable, pero ninguno soltó.
Poco a poco, la cadena comenzó a brillar y a volverse transparente, hasta dividirse en dos partes etéreas que se enroscaron en los brazos de ambos hombres antes de desvanecerse como una premonición.
—El pacto de sangre ha concluido —anunció Zayrra, apagando la flama verde.
—¿Por qué era verde?
¿Magia?
¿La sangre se quema verde o algo así?
—preguntó Jioro, rascándose el cuello.
—La sangre no se quema, Pavote —le respondió Leynian, lanzándole una mirada de costado.
—Fue una reacción química ―aclaró Mark, observando el plato aún humeante―.
Lo que quemaron no era polvo de cobre, llamarlo así es un error… era óxido de cobre.
El fuego se tiñe de verde con la combustión.
—¿Ciencia?…
—preguntó Jioro, confundido.
—Ay, no puede ser… —Mark se llevó la mano a la cara, frustrado—.
¡El mundo no es solo magia!
¡La pólvora es ciencia, y la usan todo el tiempo en los cañones!
―exclamó―.
¡El pan, la levadura, la manteca… todo es ciencia!
Jioro se rascó el cuello, incómodo, justo antes de recibir un manotazo de Leynian.
— ¡Perdón!
—Chilló él, sobándose.
—Mark… —irrumpió Leonard, caminando hasta el otro extremo de la mesa y apoyando las manos sobre ella—.
El pacto de sangre te declara parte de nuestro grupo… y, como tal, debes decirnos todo lo que sabes… y todo sobre ti.
Tenemos que conocerte bien.
¿Cómo te llamas?
—¿Todavía dudan de mi nombre?
—preguntó Mark, frotándose la nuca—.
Para ustedes y mi nombre real: soy Mark Arminton.
Para el rey y su red de bufones me hice pasar por Soid Idotha, mensajero de Notumheim.
—Suena a “soy idiota” —se rió Marcus.
—Y ante el pueblo me hice llamar Lazarus Nova.
—¿Eso no choca con lo que nos dijiste?
¿No va a crear problemas con Narzu?
—preguntó Zayrra.
—Es cierto… también asumo ese riesgo —respondió Mark—.
Pero igual debilita la identidad y el prestigio que Armand Nohier está acumulando.
—¿El estratega… qué sabes de él?
—interrumpió Marcus.
—Muy poco, la verdad.
Se mostró inteligente y sé que maneja magia «animus», orientada al acero.
—Un material bastante versátil —analizó Zayrra—.
Hablando de magia: la barrera del castillo y el guante que le diste a Armand… —A eso iba —dijo Mark—.
La barrera del castillo anula todo tipo de magia que no esté cubierta por una extensión de la runa.
El guante es la prueba.
Con la pluma arcana que les di, copien la runa en sus ropas y podrán usar magia libremente dentro del castillo.
—¿A Zarmáso podemos dibujarle la runa?
—preguntó Jioro—.
Si puede entrar al castillo, no se vería afectado por la barrera.
—Pensé que eras el tonto del grupo, pero tu idea no está tan mal —se rió Mark—.
Dije ropa, no tatuarse la runa.
Dibújenla en un anillo o en un accesorio que puedan quitarse rápido.
—¿Por qué eso?
—preguntó Marcus, dudoso.
—Oh, ya entendí —interrumpió Zayrra, dándose un golpe en la frente—.
Es una extensión: ponerte el accesorio con la runa te anula la magia fuera y te permite usarla dentro de la barrera.
—Se colocó el guante de Altharion y trató de lanzar un hechizo; era imposible.
—Zarmáso es un plano mágico.
Dibujar la runa sobre él aquí adentro sería como matarlo… y nosotros estaríamos dentro —asumió Leynian, perturbada.
—La extensión nos hace parte de la barrera, por eso podremos usar magia dentro y no fuera —cortó Leonard—.
—Ahora, hablando de Zarmáso —continuó Mark—.
El señor Altharion distribuyó quince runas dentro de la barrera.
Si una recibe maná y transmite a la siguiente, provocará una reacción en cadena que anula la barrera hasta que se corte el suministro de maná.
Podríamos entrar y salir del castillo con Zarmáso… el problema es cuándo y dónde hacerlo.
—Increíble —murmuró Leonard, pensativo—.
El calabozo… aprovecharemos la entrada para liberar al señor Pharagus —dijo, mirando a Zayrra, que sonrió aliviada—.
Y a nuestra madre —añadió, mirando a Marcus, que asintió con determinación.
—¿Por qué pidió cinco días?
Esto ya está casi ganado… —comentó confiado Jioro.
—No, todavía no —replicó Mark—.
Quiero cinco días para recolectar información.
Yo traje recursos a la mesa, no un plan.
Aún no tengo en cuenta el número de enemigos, el tiempo que durará la caída de la barrera, ni el clima.
¿Cómo avanzamos sin matar?
—¿Sin matar?
—repitió Leonard, dudoso.
—Leonard —siguió Mark, con tono severo—, sé que suena estúpido plantear una guerra sin considerar la opción de matar, pero son tus soldados, tu gente.
Traidores, sí, pero siguen siendo de Tharvella.
Eres un rey que cree en la paz; por eso firmaste un tratado.
¿Vas a matar a tu pueblo por control, o vas a buscar otra salida?
¿Has pensado si muchos de esos “traidores” actúan por miedo a los que sí apoyan el régimen?
Leonard bajó la mirada, pensativo.
—Tienes razón.
Traidores o no… son mi gente.
Tal vez tenga aliados asustados y no lo pensé —murmuró, dejándose caer en la silla—.
Mierda… 19 años y todavía no estoy listo para esto.
—No te tortures, Leonard —lo consoló Zayrra—.
Nadie esperaría que tu padre enfermara de repente.
—Díganme todos los avances que tuvieron… así los sumo a nuestros recursos —pidió Mark, sacando una hoja y una pluma.
—Tenemos 160 kg de pólvora en el almacén —confesó Leonard.
Mark sintió un golpe en la garganta; se atragantó con su propia saliva.
—¿Tanta?
—preguntó, inquieto y nervioso.
—Robamos toda la reserva del castillo —explicó Leynian—.
Leonard sabía que Tharvella sería útil en una guerra por su artillería.
—¿Le vas a dar un uso?
—preguntó Jioro, curioso.
—No lo sé… tal vez se me ocurra algo —respondió Mark, encogiéndose de hombros—.
¿Algo más?
—Además de las armas que nos da Zarmáso… no mucho que yo recuerde —agregó Marcus.
—Hablando de armas… —susurró Mark, rebuscando bajo su capa.
Colgada de su mochila, estaba la espada de Leynian.
El arma regresó a su dueña.
—Mi espada… —murmuró impresionada—.
¿De dónde la sacaste?
—Armand la dejó en la herrería de Héctor… después de matarlo —respondió Mark con serenidad gélida.
El silencio se apoderó del grupo.
—Mierda… —soltó Marcus, fastidiado.
Mark bajó la mirada hacia su brazo izquierdo.
En el brazalete del escudo de engranaje había un gancho retráctil, uno que recordaba haber encontrado tirado bajo una mesa.
Héctor, antes de morir, había ocultado la última invención de Mark y quemado los planos para evitar que cayeran en manos equivocadas.
Una jugada brillante del viejo herrero.
Mark había firmado los planos —una muestra de arrogancia fingida—, y aquella firma lo habría delatado si Nohier los hubiese encontrado.
—¿Hay que decir algo más?…
—pregunta Mark, dirigiendo su mirada al grupo.
—ya no tenemos nada que decir… ― le responde Leonard, poniéndose de pie.
― ¿qué hora es?…
—Las seis de la tarde… —responde Zayrra.
—¿Quién cocina la cena?…
—preguntó Jioro.
―tu abuela… —le molesta Marcus.
—¿Ven cómo me ofenden?
¿Cómo no querer salir a dar una vuelta por la noche para despejarse…?
—estoy bromeando… tranquilo… — le aclara con una sonrisa Marcus.
—bueno… me iré a seguir trabajando— les avisa Mark… —Zarmáso… haz un cuarto nuevo… —ordenó Leonard al aire.
Al instante, se materializó una puerta delante de Mark.
—Qué buen servicio… —comentó, entrando al cuarto.
… [Pasaron unas dos horas.] Mark estaba sentado frente a la mesa, copiando líneas y rayones de su cuaderno sobre una hoja más grande.
La irrupción repentina de Leynian hizo que se le escapara un trazo torcido.
—Me lleva la… —aldijo, soltando la pluma y girando hacia ella—.
¿Sucede algo?
—No, no pasa nada —respondió con una sonrisa—.
Solo vine a ver qué hacías… y a preguntarte si podíamos conocernos mejor.
Después de todo, somos compañeros.
—Estoy haciendo un plano del castillo —explicó, ignorando por completo lo último que dijo—.
Había garabateado trozos en varias hojas y ahora intento unirlas como un rompecabezas… pero olvidé el orden de alineamiento ―rió con resignación.
—Grosero… —refunfuñó Leynian.
Mark la miró, desconcertado.
― ¿Perdón?
—Ignorar las palabras de una dama es grosero.
—¿Dónde está la dama?
Un rato después, Mark seguía dibujando con un ojo golpeado, mientras Leynian se había apoderado de su cama, hojeando el cuaderno del viajero.
—Qué aburrido eres… todos tus cuadernos son apuntes y recetas.
¿Por qué haces un plano del castillo?
Somos de la realeza, lo conocemos de memoria.
Mark dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—¡No puede ser!
—bufó, agarrando todas las hojas, arrugándolas en un bollo y lanzándolas contra la pared.
La carcajada de Leynian llenó el cuarto.
Leynian se cubrió la boca para contener la risa, aunque sus ojos no se apartaron de él.
Mark fingió ignorarla, pero el rubor en sus mejillas lo traicionó.
—Los genios también nos equivocamos… es nuestra forma de recordar que somos humanos —se excusó con falsa solemnidad.
—Claro… —respondió Leynian entre risas.
Mark se dejó caer en la silla, se restregó los ojos y soltó un descarado bostezo.
—Sabes, es casi imposible creer todo lo que sabes —comentó ella, revisando la mochila de Mark, que tenía sobre las piernas—.
¿En serio anotas todo lo que aprendes?
Él giró la cabeza para mirarla, con la voz arrastrada por el sueño.
—No… solo registro lo que no vale la pena memorizar.
Lo importante ya está en mi cabeza.
—Aunque me ofende que no tengas un diario personal… —bromeó ella.
—¿Un diario personal no es cosa de chicas?
—Hasta suenas bruto diciendo eso… —le reprochó con una sonrisa, logrando una leve carcajada de Mark.
—¿Para qué querría yo un diario personal?
―dijo―.
No pienso escribirme una autobiografía.
—Eres muy cerrado para ser tan charlatán… ¿tanto te cuesta hablar de ti?
—Qué fastidio… —bufó—.
¿Qué quieres saber de mí?
No soy alguien tan interesante, ¿sabes?
—¿Quién eras antes de empezar a viajar?
—Un ratón de biblioteca… me la pasaba estudiando.
Estuve en una escuela prestigiosa.
—Pero tienes veinticuatro años… te gradúas de las academias a los dieciséis.
¿Quién eras antes de ser viajero?
—wow… ―balbuceó él, encogiéndose de hombros.
Permaneció en silencio unos segundos.
Después fui maestro de escuela por un par de años… pero me di cuenta de que no era mi vida.
Escuché que en Punta Norte había buenas oportunidades de trabajo.
Leynian lo miró con el ceño fruncido, acercando su rostro al de él.
Mark retrocedió, confundido.
Sus ojos somnolientos se abrieron apenas, justo antes de que ella le diera un golpecito en la frente con los dedos.
—Esa es la historia más falsa que escuché en mi vida —ijo, con una mezcla de fastidio y decepción—.
Es molesto que evades cada pregunta… pero suponiendo que te escondes tanto, debe haber algo mucho más pesado detrás.
Mark suspiró, desviando la mirada, incómodo.
―Escúchame ―le dijo ella, tomándole el rostro con ambas manos y obligándolo a mirarla―.
Es preocupante que seas tan evasivo con tu vida.
Está bien, no nos conocemos del todo, no puedo pedirte que me cuentes todo en una frase… pero si hay algo que te pesa, guárdalo, solo va a hacerte peor.
Ella se apartó de él y volvió a sentarse en la cama.
Sin decir una palabra, se dio un par de palmadas sobre las piernas.
—¿Hay polvo?
—Bromeó Mark, arqueando una ceja al verla.
—¡¿Qué?!
—se exaltó Leynian, poniéndose colorada.
― ¿Eh?
—exhaló, dándose cuenta al instante— ¡No!
¡no me refería a eso!
¡de eso no hablaba!
―dijo, tapándose la cara con la capa, rojo como un tomate― ¡ese no era el chiste!
¡Dios!
― ¡No hagas esos chistes!
—le recriminó ella, todavía avergonzada.
—No fue con esa intención… —se defendió él, asomando apenas los ojos por encima de la capa—.
La pregunta era… “¿hay polvo en ese pantalón?”.
—No puedo creer que, siendo increíblemente inteligente, seas también increíblemente idiota… —comentó ella, dejando escapar una risilla mientras giraba la mirada.
—Hay un balance, al parecer… ―replicó Mark con calma, logrando que Leynian terminara de soltar la risa.
Leynian se puso de pie, todavía riéndose.
Dio unos pasos hasta la puerta y la abrió.
―Es mejor que vaya a dormir ―dijo con una sonrisa.
― Que descanses.
—Igualmente… —respondió él, viéndola cerrar la puerta.
Pasaron unos segundos de silencio antes de que caminara hasta la cama y se dejara caer de cara contra la almohada.
—Estos de la realeza… sí que saben cómo pedir una almohada… —murmuró, con la voz ahogada por el cansancio.
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