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El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 un corazón de doble capa
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11: un corazón de doble capa 11: un corazón de doble capa — ¡BASTARDO!

—rugió Mark, con el cuerpo de Héctor colgando de su hombro, mientras Armand se alejaba del lugar.

La gente se apartaba de su camino, y algunos curiosos se acercaban, horrorizados por la escena.

El estratega rojo solo siguió caminando, con una sonrisa satisfecha en los labios.

Avanzó unos pasos y, sin prisa, compró un pan azucarado a un panadero.

Mientras comía, se encaminó hacia el palacio.

El bullicio del pueblo al verlo acercarse no le importó.

Era una reacción natural ante una reputación tan grande y temida como la del estratega de plata, Lazarus Nova.

O eso pensaba él.

—Disculpe, señor… —le llamó una voz joven, al tiempo que una mano se posaba sobre su hombro.

― ¿Sí?

—preguntó Armand, girando.

Frente a él había un joven bien vestido, cargando una enorme mochila.

—Me llamo Lionol.

Soy mensajero, vengo de Notumheim… más específicamente.

¿Es usted guardia o alguien de la realeza?

—Me llamo Armand Nohier —respondió con serenidad—.

Soy el estratega.

¿Qué sucede?

—Oh, fenomenal… —dijo aliviado—.

Necesito un permiso para acceder al palacio.

Debo entregar una carta al rey.

—¿Es sobre la boda de la princesa con el príncipe?

―Exacto.

Tengo la orden de entregarla personalmente.

—Pero hoy ya vino un mensajero del rey a revisar el palacio… para confirmar los preparativos de la boda.

—Debe haber un error —replicó el joven—.

No se envió a nadie del reino… salvo por mí.

La mirada de Armand se abrió de par en par.

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué…?

—soltó con la voz entrecortada.

—Soy el único enviado por el rey —repitió el mensajero—.

Se supone que no hay nadie más.

— ¡Señor Lazarus!

—gritó un soldado que corría hacia ellos.

—¿Qué pasa?

—respondió Armand, con un tono en el que el temple empezaba a resquebrajarse.

—atacaron al palacio… pudimos lograr una retirada… pero quedamos expuestos con su visita a la ciudad… —¿Por qué le llamo, Lazarus?…

—interrumpió confundido Lionol, mientras se rascó la nuca.

—Mi nombre real es Lazarus Nova… pero me lo cambié a Armand Nohier —le explicó el estratega al mensajero.

—Respeta al estratega de plata, plebeyo —ordenó el guardia, intentando espantar al joven con un gesto de la mano.

― ¿Plebeyo?

Soy mensajero de la realeza ―replicó, llevándose la mano al pecho.

Luego, mirando fijamente a Armand, agregó: Y es imposible que tú seas el estratega de plata.

Murió hace más de un mes… En Notumheim todos conocemos su rostro y su reputación.

No encajas ni siquiera físicamente.

La vena en la frente de Armand se hinchó de pura rabia.

—Eso da igual.

Vete ―ordenó el guardia.

—No —interrumpió Armand, con la voz tensa—.

Síganme.

Los dos.

Armand los guió con calma hasta un callejón.

«Pude ser Armand Nohier… pero no.

El estúpido rey quería intimidar al estratega de plata.

En este reino nadie conoce al mito en persona —incluyéndome—, salvo este imbécil…» pensó, caminando con el mensajero y el guardia detrás.

De repente, una hoja de acero apareció de la nada, atravesando con precisión el cuello del guardia, decapitándolo.

La sangre salpicó el rostro del mensajero, que retrocedió aterrorizado hasta quedar contra el muro.

― ¡Nos atacan!

—gritó, temblando.

—No te muevas —le ordenó Nohier con tono helado—.

Fui yo.

No puede haber testigos en nuestra charla.

—¡Mataste a uno de tus hombres!

—balbuceó el joven.

—Un simple conjuro hablado.

Mi magia Animus y Naturaleza Animus están orientadas al acero.

A cambio, no puedo usar otros elementos: ni fuego ni tierra.

Pero a cambio… puedo ejecutar hechizos metálicos de forma automática, sin importar su complejidad.

—¿Y eso qué tiene que ver con el hombre muerto?

—preguntó, con la voz quebrada.

—Que me diste información útil, pero también sabes demasiado —replicó el estratega—.

No puedo dejarte libre… pero tampoco desperdiciarte.

—¿Qué… qué quieres decir?

—Mira arriba.

Lionol levantó la vista: el tubo de un cañón flotaba, apuntándole directo al rostro.

—Tranquilo… será como una siesta —susurró Nohier, observando su expresión de terror.

El cañonazo resonó.

Luego, silencio.

Nohier se limpió las gotas de sangre de la armadura y observó el cráter: carne y tela destrozadas cubrían el callejón.

Se acercó a los restos y, de entre la masa sangrienta, extrajo un ojo dañado.

—Esto me va a servir… ―murmuró, dibujando una runa luminosa sobre la pupila— Reliquasana Revitalizante.

El ojo se regeneró por completo.

—Y ahora… ―susurró ―Residuumvore Transformador.

Una runa oscura brilló mientras incrustaba el ojo en la palma de su mano.

—Con la información de tu ojo… ya tengo todo lo que necesito.

… —¡Usted acaba de cagarla… y muy fuerte!

—clamó Nohier, irrumpiendo en el salón del trono.

— ¡Nohier!

¿Qué es esa forma de dirigirte a mí?

¡Soy tu rey!

―rugió Kantaro, pero sus palabras se cortaron en seco cuando el filo de una espada flotante se posó a centímetros de su cuello.

Los guardias reaccionaron instintivamente, pero antes de que pudieran alzar sus armas, doce lanzas flotantes surgieron a su alrededor, apuntando a cada uno de ellos.

El aire del salón se volvió denso, cargado de una presión casi física.

Nadie se movió.

Nadie respiró.

Nohier avanzó con calma, las manos a la espalda, su sombra proyectándose bajo el brillo de los aceros suspendidos.

—Como dije, mi rey… usted acaba de cagarla muy fuerte.

―Su tono era tan tranquilo que resultaba insultante.

― Me ausento dos segundos… y ya está más cerca de destruir todo lo que usted construyó que de consolidarse como el rey absoluto de Tharvella.

—¿Qué fue lo que arruiné!?

—rugió Kantaro, golpeando el brazo del trono.

—Le mencioné anteriormente que un extranjero llamado Mark Arminton estaba dando charlas de política en una posada.

—La voz de Nohier sonaba gélida, controlada, como quien ya perdió la paciencia.

—Pues resulta que ese bufón se infiltró en el palacio bajo el nombre de Soid Idotha.

Dio un paso adelante, su sombra cubriendo los pies del trono.

—Un nombre tan estúpido.

que, con solo pararse aquí, frente a usted, ¡ya se estaba burlando en su cara!

—Yo… yo… —balbuceó el rey, temblando.

—Ahora déjeme preguntar… ¿Altharion Linus sigue entre sus tropas?

—susurró Nohier, la amenaza goteando en cada palabra.

—Él me juró lealtad… —confesó el rey, con voz temblorosa.

—¡Es el mejor espadachín del reino!

¿Cómo iba a desaprovecharlo?

Al escuchar la verdad, las puntas de lanza se dispararon hacia una puerta, destrozándola al atravesarla.

Fragmentos afilados volaron en todas direcciones, explorando cada rincón del castillo… hasta encontrarlo a él.

Con reflejos felinos, el señor Linus reaccionó a tiempo.

Su espada cortó cada punta de lanza con precisión mortal, rebanando el aire y el acero como si fuera una danza sincronizada.

—No puede ser… —balbuceó agitado el hombre, sin poder creer lo que acababa de ocurrir.

Los fragmentos de lanza se unificaron y se moldearon en un cono de acero afilado, que se disparó directo al abdomen del hombre, atravesándole por la espalda.

― ¡Mierda…!

―jadeó con dolor el padre de Leynian― ¿qué está pasando?

¿Cómo me descubrieron?

—¿Qué demonios le pasa a Altharion?

—preguntó el rey, confundido y tembloroso.

— ¡Estoy rodeado de incompetentes!

—bramó Armand con desprecio— ¡Tenían una espada con el nombre de la propietaria de Leynian Linus, una figura clave de la rebelión!

—¿Por qué demonios tendríamos al padre de la mocosa libre en nuestras tropas!?

—rugió— ¿No se te pasó ni por un segundo cuestionar su lealtad?

Volteó hacia los guardias; sus miradas furiosas lo decían todo.

― ¡Busquen a Altharion y ejecútenlo al instante!

¡Imposible que lo haya matado con ataques ciegos!

—gritó el rey, pero no hubo respuesta, solo movimiento: los soldados obedecieron sin dudar.

Armand soltó un largo suspiro y desenfundó la espada, levantándola desde debajo del cuello de Kantaro.

―Acabas de permitir que un desconocido tenga acceso al castillo… ―dijo con voz fría― La culpa también es mía; no lo consideré peligroso hasta encontrarme con el verdadero mensajero de Notumheim.

— ¿¡Lo de Notumheim es real?!

―se exaltó Kantaro.

—Sí —respondió Armand con precisión—.

Leonard Eldwood buscaba un tratado de paz con aquel reino.

Para asegurarlo, debía convertir en reina a la segunda hija del monarca.

Elegiste el momento equivocado para usurpar el trono; eso no cabe duda.

Terminó y dejó caer la carta del mensajero en el regazo del rey: la hoja estaba manchada con la sangre de Lionol.

Kantaro la tomó con asco y la repasó; las palabras confirmaban todo.

Mark se había infiltrado en el palacio usando información real de los rebeldes.

Había entrado anunciando una tormenta que no era falsa: había sido información verídica, y la puerta se le abrió.

—¿Cuál es el plan?

—preguntó el rey, furioso—.

Ese desgraciado se ofreció a cazar al grupo rebelde.

—Me ofende el grado de estupidez de tu pregunta —contestó Armand, mirándole fijo—.

No le harás caso.

Su captura y ejecución serán iguales a la de los demás.

En ese instante, un guardia irrumpió en el salón del trono, jadeando: anunciaba haber encontrado sangre de Altharion, pero no su cadáver; en su lugar, una ventana rota.

El supuesto señor Linus había huido.

—Mierda… —balbuceó Armand.

A lo lejos se oyó una puerta abrir de golpe.

Armand y el rey se volvieron: tres guardias entraban con pasos inseguros, el rostro pálido.

—Señor Armand, mi rey —dijo uno, jadeando—.

Empieza a correr un rumor: que hay dos Lazarus Nova en la ciudad… La gente está confundida, y falta poco para que el respeto se convierta en pánico.

—¿¡Qué!?

¿Cómo que hay dos Novas en la ciudad?

¿Quién es ese segundo?

—explotó Kantaro, la voz le temblaba.

—Estamos ante un rival inteligente, Kantaro —murmuró Armand, soltando un largo suspiro.

—¡Tienes que pensar en algo, Armand!

—le suplicó el rey—.

No podemos permitir que arruine lo que hemos construido.

—Lo que tú has construido, maldito farsante… apenas llevo 3 días como tu estratega y trato de cumplir mi deber—respondió Armand, con desprecio—.

Trabajo contigo por la medicina que me prometiste.

¡Consíguela y yo aseguraré tu trono!

—dicho esto, se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

¡Tienes que trabajar!

—exigió Kantaro.

—Cállate… trabajaré desde mi casa —replicó Armand sin mirarlo.

—¡Otra vez con “tu casa”!

No puedes vivir fuera del palacio —se quejó el rey—.

¡Eso daña tu imagen como estratega!

Una aguja de acero atravesó entonces el hombro de Kantaro.

El dolor fue inmediato; el rey contuvo el alarido.

La punta había cruzado de lado a lado con precisión clínica, sin causar una hemorragia espectacular, solo el mensaje.

—Un comentario más… y seré yo quien acabe con tu mandato —dijo Armand en voz baja, letal.

—Está bien… tranquilo.

No hablaré más… —respondió Kantaro entre jadeos, la cara marcada por el miedo.

No dijo nada más.

Armand salió del palacio, dejando atrás su advertencia como si fuera un corte limpio.

—Mark Arminton… —musitó, descendiendo las largas escaleras hacia la ciudad—.

Está claro que eres tú el que mueve todo esto.

¿Ahora quieres ponerte el nombre de Lazarus Nova?

Sus pasos resonaban en la piedra.

—Tuviste que morir junto al herrero… ¿por qué diablos pensé que eras un parlanchín?

Llegaste hace dos días y ya eres un peligro latente para mi trabajo reciente.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

—Es como si el mundo gritara “enfréntense” … qué entretenido.

Has sido mi primer desafío real.

Fascinante.

El estratega descendió hasta la ciudad.

Caminó un buen tramo hasta detenerse frente a una casa de fachada prolija, cuidada con esmero.

Giró el picaporte y entró.

El interior lo recibió con calidez.

—Mamá… ya estoy en casa… —dijo en voz alta.

El silencio fue su única respuesta.

Su mirada se endureció, y el cuerpo se le tensó ante un miedo que no estaba acostumbrado a sentir.

—¿Mamá?

—repitió, con voz temblorosa.

No esperó más.

Subió las escaleras a toda prisa y empujó la puerta del segundo piso con el hombro.

—¡Mamá!

—balbuceó, casi con pánico.

—Armand, ¿ya llegaste?

¿Eres tú?

¿Por qué golpeas mis muebles?

—preguntó una mujer anciana, recostada en la cama.

Armand soltó un largo suspiro de alivio.

—¿Por qué demonios no respondiste cuando hablé?

—le reclamó, aún agitado.

—¿Me hablaste?…

Perdóname, hijo.

Creo que mis oídos empezaron a fallar también… —¿También tus oídos?

—repitió, con la voz quebrada—.

Maldita sea… —¿Todo bien?

Te escucho tenso… ―preguntó la madre, extendiendo la mano hacia el aire, en dirección equivocada, pero buscando el contacto.

—Estoy a tu izquierda, mamá.

El armario no puede acercarse a ti… ―rió Armand.

—Acércate entonces, mocoso malcriado.

Ríéndote de una mujer ciega… ¿Dónde quedó la educación que te di?

—Ya, perdón ―rió con una calidez que hacía tiempo no sentía.

Se sentó en la silla junto a la cama.

Nada importante… El trabajo nuevo se complicó, y el rey sigue sin darme información sobre la medicina.

—La medicina… te dije que no te esfuerces en vano.

No puedes curar la vejez, hijo.

—El hiperflujo de maná no es vejez, es una enfermedad —corrigió Armand, frunciendo el ceño—.

Tu maná te está envejeciendo demasiado rápido, mamá.

Apenas tienes cuarenta y dos años y luces de setenta.

Debo solucionar esto.

—El daño es irreparable, hijo.

Aunque detengas el flujo, ¿cómo repararás lo que ya se perdió?

—No vamos a tener esa charla.

No ahora… ―dijo, endureciendo el gesto.

—Armand… eres un muchacho brillante.

El primero de tu clase, un gran talento académico… y lo desperdicias en una anciana como yo.

—La academia militar de Tharvella es la segunda peor de este ―replicó él con ironía―.

Tal vez solo le gane a la recién fundada Porthual.

Fui a una escuela incompetente, llamarme brillante es una exageración, mamá.

―Deja de torturarte, hijo ―dijo ella, sonriendo débilmente―.

Hiciste lo que pudiste.

Estoy tan orgullosa… pude vivir tu crecimiento, verte graduarte, verte alcanzar la cima de la colina.

Morir hoy no sería un desperdicio.

Ya sé que eres capaz de escalar una montaña.

—Cállate… no digas eso —murmuró Armand, con la voz quebrada—.

No eres una anciana.

Eres una mujer con una vida por delante.

Aún no puedes perecer, no así.

Vamos a curar esa enfermedad, vamos a reparar tu cuerpo… vas a volver a ser la mujer que eras antes.

Las manos de la mujer tantearon el aire, temblorosas, buscando las de su hijo.

Armand fue quien se inclinó para que pudiera alcanzarlo.

—¿Cómo planeas tratar mi ceguera?

—preguntó ella con dulzura—.

¿Y mis piernas?

Ya no puedo caminar… ¿recuerdas?

¿Y mis oídos?

Te necesito cerca para poder oírte.

Hasta donde sé, los magos no pueden curar deformidades provocadas por su propio maná… Armand sujetó las manos de su madre con firmeza.

La mandíbula tensa, las palabras que no quería oír resonando todavía en su cabeza.

—Por favor, Armand… sigue adelante —pidió ella, con la voz apenas un suspiro—.

Haz lo mismo que tus hermanos.

Ve a un reino mejor desarrollado, crece como persona… en economía, en experiencia.

Abre un negocio, gana respeto… haz tu vida, ten hijos.

No te relaciones con ese patético usurpador… —¿Quieres que sea como esos hijos que te dejaron aquí, pudriéndote sola?

—replicó con rencor—.

Papá murió y todos desaparecieron… Haré lo que me pides, mamá, pero tú vas a estar conmigo.

Caminando, viéndote joven otra vez.

Quiero que veas mis logros… y a tus nietos crecer.

Tal vez adoptados… porque si no es con una linda chica, no los tendré ―terminó, poniéndose de pie.

La mujer sonrió, con una dulzura que dolía.

—¿Por qué eres tan terco?

—Irónico, ¿no?

Soy tu hijo.

¿Por qué eres tan terca tú?

Ella río, suave, sincera.

—Te quiero, hijo… —Yo también…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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