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El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 12

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12: inicio de reloj.

12: inicio de reloj.

[Presente.

Casi las seis de la mañana] Mark abrió los ojos con dificultad, despegando la cabeza de la almohada.

Se quitó la manta con pereza y comenzó a vestirse apurado; el frío de la mañana, sin las sábanas, pegaba como una vara helada.

Ya abrigado, cerró los ojos unos segundos, rogando que el sueño abandonara su cuerpo.

Estiró las piernas y se colocó la capa: la lana de chivo le cubría el cuello con tanta suavidad que parecía tener una almohada pegada todo el tiempo.

Tan abrigada, que casi se duerme de pie otra vez.

Salió de su cuarto.

El silencio era absoluto.

Todos dormían todavía.

—Qué productivo el grupo… —murmuró con ironía, inflando el pecho, listo para soltar un grito que despertara a todo el edificio.

Pero una hoja sobre la mesa lo detuvo.

Una carta de Leynian.

“Como nos pediste cinco días de paz, déjanos dormir.

Nos gustaría reponer el sueño.” —Mira qué descaro… —resopló Mark, dejando caer la hoja con una media sonrisa.

—¿Todos duermen, ¿eh?…

—dijo una voz femenina.

Zayrra estaba en la cocina de la base, con un libro en una mano y una taza de té en la otra.

―Te atrapó la rutina, ¿eh?…

―contestó Mark, con media sonrisa.

—No acostumbro a dormir tan tarde.

Mi maestro me hacía levantarme a esta hora.

—Te entiendo… a mí también me tiene preso la rutina.

Cinco días de vida son complicados… perdí seis horas durmiendo ―bromeó, estirándose.

—Yo no bromearía con eso —replicó ella, arqueando una ceja.

—¿Quieres un té?

—¿Tiene leche?

—¿Quién le pone leche al té?

—¿Y quién desayuna agua a la mañana?

—Remató Mark con seriedad teatral.

Zayrra lo observó en silencio, con una mezcla de confusión y resignación.

—Me conformo con un vaso de leche, entonces.

—No tenemos leche aquí.

—Tomaré agua, entonces… —se resignó Mark, aceptando el té con una mueca.

Mark se sentó frente a Zayrra; ella le alcanzó una taza de té recién servida.

Mientras el viajero sacaba de su mochila varios cuadernos.

Comenzaba a tomar apuntes, pensar y darle tragos al té, que se enfriaba de a poco con cada espera del siguiente.

—¿Dónde aprendiste magia?

—interrumpe el silencio, Zayrra, levantando la mirada de su libro.

—Ya empezamos con las preguntas personales… —se ríe Mark, sin apartar la vista de sus cuadernos.

―en la escuela… también en casa… fui muy curioso respecto a la magia ―supongo que, en una militar.

Porque las escuelas normales no enseñan magia… —que lista eres… y sí, es verdad.

Pero te corrijo en un punto.

Las escuelas normales, o al menos en Narzu.

Sí enseñan magia, pero son cursos especiales y de pago.

Con hechizos que no superan el nivel dos de potencia… país de guerra, su gente debe saber defenderse ― le explica, para finalmente levantar la cabeza.

― ¿y tú?

Eres la maga del grupo… escuche que eras la aprendiz de mago real, pero nadie llega a ese punto, así como así… Zayrra suelta una risa divertida y le responde: —Aprendí en mi casa, había libros de teoría mágica en mi casa y practiqué.

Tuve la fortuna de compartir colegio con Marcus, él me llevó a conocer a Leynian y Leonard, y los 3 hicieron ver mi talento al señor Pharagus, quien me instruyó… —Tharvella no destaca por la guerra, eso perjudica los colegios.

No ponen las mismas exigencias o necesidades.

—¿Cuáles son tus objetivos con la magia?…

—preguntó Mark con una pizca de interés.

—Primero, tenía interés en la magia, se me hacía divertido poder crear agua o fuego a partir de la nada… pero luego quise poder innovar algo nuevo.

Hacer algo que todavía no existe… cada hechizo solo alcanza los 15 niveles de potencia.

Me gustaría llegar al 16 o hacer un concepto de la magia diferente.

—como has hecho tú… ¿qué fue eso que usaste en tu duelo contra Leonard?

El suelo se tornó blanco y luego usaste hechizos rápidos… —Te seré sincero —le dice Mark—.

Le llamo conjuro territorial.

Todo depende de las condiciones que establezca y del maná que tenga disponible.

Puede variar.

—¡Eso es genial!

—clamó Zayrra, fascinada—.

Es justo eso a lo que aspiro… ¡lograr algo nuevo!

—¿Ya registraste tu desarrollo en un libro o lo presentaste al Ministerio de la Magia?

—Nah… el mundo no sabrá del conjuro territorial, a menos que sepan cómo realizarlo —responde con naturalidad.

—¿Por qué no?…

ganarías prestigio como mago.

—La magia… aunque fue descubierta hace más de cien años, sigue siendo algo nuevo en la vida humana.

Lo único que hemos hecho con ella es replicar lo que ya existe: fuego, aire, madera… cosas que la naturaleza ya tenía.

—Las curaciones, las ilusiones, los inventarios… ―añade Zayrra, entendiendo—.

Son solo versiones mágicas de cosas comunes.

―Exacto.

Curación como la medicina, inventario como una mochila, ilusión como un espejo o una alucinación.

―Entonces… —Aprobaste —sonríe Mark—.

Mi consejo: estudia fuera del mundo de la magia.

Explora tu mente.

Piensa más allá de lo terrenal.

Sé imaginativa.

—Por eso sentimos que eres alguien molesto… —dijo entre risas, aunque con una mirada llena de admiración.

― ¿Perdona?

—preguntó Mark, confundido ante el repentino cambio de tono.

—Te la pasas explicando todo, como si fueras una enciclopedia.

Es muy molesto a veces… y ahí está tu poder.

Tu inteligencia.

Apuesto a que te la pasas estudiando o investigando… —Mi padre solía decir que “el conocimiento es poder” —respondió Mark—.

Y tenía razón.

Siempre me gustó estudiar, entrenar, inventar cosas… quería ser grande, alguien importante.

No morir en el olvido.

Pero luego abandoné ese sueño.

Mi meta era llegar a Punta Norte… ―hizo una pausa― hasta que me topé con ustedes.

Los maldijo ―bromeó, entre risas.

Zayrra también río, cerrando su libro y dejándolo a un lado.

—Gracias por tu consejo… y por la charla.

Resultaste alguien interesante y admirable.

Pero tengo una última pregunta.

―Dime.

—¿Por qué mientes respecto a tu maná?

Las runas de detección registraron una cantidad enorme de poder, pero tú finges lo contrario… Mark frunció el ceño, pensativo.

Había previsto esa pregunta antes, pero nunca encontró una mentira lo bastante coherente para encubrir la verdad.

Levantó las manos, mostrando los dos anillos dorados que llevaba en cada una.

—Tengo cuatro sellos en mi maná.

Por alguna razón, mi producción es demasiado alta… desborda constantemente.

Eso me genera dolor físico, problemas en la vista… y una pesadez constante.

―… —Nadie es capaz de controlar el maná puro —continuó él, con voz baja—.

Es imposible.

Por eso recurrí a los sellos: drenan mi energía y me mantienen en un nivel más… terrenal.

—Nunca escuché un caso así… es… wow, ya no sé qué decir.

—Zayrra se quedó mirándolo con asombro—.

Creí que solo querías hacerte el interesante escondiendo tu poder.

Pensé que serías el típico tipo que lee ficción y se cree protagonista.

—Ja, querida… si pudiera presumir de mi enorme poder, lo haría constantemente.

¿Sabes los problemas que me ahorraría?

—Bromeó Mark, soltando una risa despreocupada.

Bajó la mirada hacia sus cuadernos y frunció los labios, pensativo.

—¿Cómo puedo darle órdenes a Zarmáso?

Ayer intenté hablarle, pero no me prestaba atención… —Debes dejar una huella de sangre en los registros de Zarmáso.

Así te reconocerá y obedecerá ―le explicó Zayrra, poniéndose de pie.

Mark la siguió hasta la sala principal.

Ella se detuvo frente a un enorme retrato de un anciano de barba blanca.

Una placa dorada al pie revelaba su identidad: Pharagus Nolan, el Mago Real.

Zayrra presionó un punto del marco y el cuadro giró lentamente, revelando un pergamino cubierto de huellas de sangre.

En una esquina, una fina aguja descansaba sobre un soporte.

Sin dudar, Mark se pinchó el dedo y estampó su huella sobre el pergamino.

—Bienvenido, Mark Arminton… —saludó una voz profunda.

—Increíble… —murmuró Mark, impresionado.

―Ok… ―soltó poniéndose de pie ― tengo un trono que recuperar y una vida que salvar.

Un placer hablar, pero debo volver a lo mío.

—¿Necesitas ayuda en algo?

—preguntó Zayrra, dándole un segundo para pensar.

… Ambos estaban a las afueras del reino.

El sol de la mañana les pegaba de frente en la espalda.

El filo del hacha chocaba con la corteza en un ritmo monótono.

—¿Por qué talas árboles?

—preguntó Zayrra, girando para mirar la muralla de la capital a lo lejos, y luego bajando la vista hacia la pesada capa y la mochila de Mark—.

¿Por qué pesa tanto esto?

El árbol cayó.

Mark se secó la frente con el dorso de la mano.

—Voy a apilar un montón de troncos en el claro del bosque que vimos antes.

Debería provocar una llama lo bastante grande como para generar un resplandor.

—¿Con el objetivo de…?

—preguntó Zayrra.

Una voz femenina los interrumpió: Leynian había llegado.

—Ahora entiendo por qué la última entrada de Zarmáso se abrió cerca de aquí… ¡Buenos días!

—exclamó alegre.

—Buenos días… —dijo una voz por lo bajo.

Una niña de cabello rosado estaba detrás de Leynian.

—Leynian, qué irresponsable… ¡te siguió una niña!

—la regañó Mark—.

¡Devuélvela, no es un perrito!

—Bufón, ella es Nim —aclaró Zayrra.

—Ah… —soltó, confundido.

—Esta niña es nuestra curandera.

Es hija de un amigo de mi padre… y sí, otro aliado entre las tropas del rey ―explicó Leynian con total tranquilidad.

—¡Pero esta niña no tiene más de doce años!

¡No me digan que la tuvieron en medio de los conflictos!

¡¿Verdad?!

―dijo, indignado.

― ¡¿Estás loco?!

¡Tampoco somos simples de juicio!

¡La mantenemos dentro de Zarmáso!

—le respondió Zayrra, algo molesta.

—¡Organizábamos retiradas para que Nim nos curara y luego volviéramos al conflicto!

—agregó Leynian, igual de irritada con Mark.

—¡No me griten las dos a la vez!

—pidió, tapándose las orejas—.

¡Me van a dejar sordo!

La niña levantó la mano, esperando a que le dejen hablar.

Todos se le quedaron mirando.

—Tengo 14 años, Patán.

— corrigió dirigiéndose a Mark.

Palabras como un cruel flechazo al pecho.

—En mi vida me llamaron “Patán”… —comentó anonadado, al mismo tiempo que giraba para incrustar el filo en la corteza del árbol.

Pateó el tronco, esperando a que cayera, pero nada: el tronco seguía firme.

—Que me lleve la que me trajo… ¡no se cae más este árbol de…!

—Vocabulario… —le interrumpió Zayrra, llamándole la atención frente a Nim.

—Lo siento… —bufó, pateando otra vez el árbol.

—¿No hay ningún hechizo que te ayude a cortar madera?

—Quería una excusa para fortalecer mis brazos… pero no puedo perder tiempo… ―comentó Mark, rascándose la nuca.―Khralix ―balbuceó, tocando la madera con una runa oscura.

Un corte se manifestó en el árbol.

Rápidamente, Mark empujó para controlar la caída de este.

― ¡Fuera abajo!…

― gritó con satisfacción de verlo caer.

Levantó el árbol del extremo recién cortado y, con mucho esfuerzo, comenzó a arrastrarlo hasta un punto despejado del bosque.

Un lugar donde se podía tener una excelente vista de la muralla de Tharvella.

Una planicie tan hermosa que incluso dolía tener que encender una llama en ella.

—Todavía no mencionaste para qué tanta leña… —le dijo Zayrra a Mark.

Este giró al ver a Leynian, vestida con su capa.

Se le quedó mirando, algo desconcertado, pero sacudió la cabeza y volvió la vista a Zayrra.

—El día del asalto… encender una flama aquí debería llamar la atención.

Al menos nos daría unos minutos de ventaja ―explicó Mark, pero guardó silencio cuando se escuchó el crujir de madera.

A la distancia, un árbol cayó.

Mark levantó la mano y señaló a Zayrra mientras vigilaba el bosque.

—Zayrra, Leynian… vuelvan a Zarmáso.

No se olviden de Nim.

—¿Tú qué harás?

—preguntó, dudosa, la hechicera.

Mientras le daba la mochila a Mark.

—Iré a ver… contemplar eso no me gustó nada.

—Ni hablar, yo te acompaño —avisó Leynian, iniciando el camino hacia el bosque.

Zayrra dudó, pero aceptó seguir la orden de Mark.

—Llevaré a Nim y volveré.

—Como quieras… —dijo Mark, mientras seguía a Leynian.

Mientras ambos caminaban con cautela, Mark observaba cómo la capa ondeaba con el viento en la espalda de Leynian.

—¿Me devuelves mi capa?

—Pero es muy cómoda… —dijo ella, haciendo un puchero—.

Tiene un cuello muy suave y… ¿crees que se me ve bien?

—preguntó, realmente interesada en la respuesta.

—Se te ve genial —respondió Mark sin darle demasiada importancia—.

Solo júrame que te protegerás con ella si algo sale mal.

—No puede ser… ¡papá!

—clamó Leynian con terror, echándose a correr hacia un grupo de arbustos.

Ante el grito, Mark la siguió.

Entre las ramas, encontró a Altharion en muy mal estado, casi moribundo.

Tenía un agujero en el abdomen y la ropa empapada en sangre.

—No quiero sonar grosero, pero me preocupa que sea algo de familia encontrar a un Linus herido en el bosque —comentó Mark, dejando caer la mochila y sacando una pócima de curación.

Se detuvo en seco al ver bien la herida.

No era un simple agujero.

Era un hoyo de lado a lado.

A través del costado del hombre se veía el césped, teñido de rojo.

—Me suministré pócimas de curación mientras escapaba de Nohier… pero me quedé sin, y ahora esa cosa me está buscando… — ¿“Cosa”?

—preguntaron Mark y Leynian al unísono.

Entonces giraron la cabeza… un ojo metálico los observaba desde la corteza del árbol.

Un resplandor morado brotó del ojo y ambos quedaron paralizados por el miedo.

Se trataba de un hechizo.

La situación se complicó demasiado rápido.

Tanto Leynian como Mark no podían moverse.

Zayrra aún estaba lejos.

Mark era consciente de ello.

Era una única jugada para salvar a dos personas… incluyéndose.

O descartándose.

—Khralik ―susurró, apuntándose al antebrazo con la runa.

El corte fue ligero, pero lo bastante doloroso para distraerlo del hechizo paralizante.

Sin perder tiempo, corrió hacia un ángulo donde nadie más sería alcanzado, salvo él.

La criatura metálica desvió su ojo para seguirlo.

En un instante, el viajero desplegó su escudo de engranaje y resistió el devastador golpe del ser.

Fue lanzado varios metros hacia atrás.

El escudo absorbió todo el golpe… junto con el brazo.

Cuando su cuerpo tocó el suelo, la inercia lo arrastró sin piedad.

Una punzada de dolor lo atravesó.

El grito fue inmediato; se retorció en el suelo, sujetándose el brazo roto.

— ¡Mark!

—gritó Leynian, preocupada.

Grave error.

La criatura giró su ojo en su dirección.

—¡Sal de aquí, Leynian!

—rugió Altharion.

El ser metálico se preparó para atacar de nuevo, pero una bola de fuego lo azotó, dejando su estructura al rojo vivo tras la dispersión de las llamas.

—¡Comiencen a moverse, con un demonio!

—Chilló Mark desde el suelo, apuntando al metálico con su brazo sano.

El ser se puso erguido.

Una especie de humanoide de acero era el autor de todo aquel ataque.

—¿Un engendro de acero…?

—soltó Leynian, confundida, mientras arrastraba a su padre lejos del monstruo.

—No… es demasiado limpio y perfecto para ser un engendro.

― ¿Un Artornach?… No, no hay núcleo que le dé vida… ―analizó Mark, incorporándose con mucho esfuerzo.

Se llevó la mano a la cabeza y notó que sangraba.

Al alzar la mirada, la criatura avanzaba a toda velocidad, sin buenas intenciones en su vacía mirada.

―Mierda… ―murmuró Mark, saltando y rodando a la izquierda para evitar la embestida.

— ¡Mark!

¡Eso es un Golem de acero!

¡Hay que destruirlo por completo!

—clamó Leynian, corriendo a ayudar.

La mente de Mark estaba nublada; le costaba pensar.

¿Cómo podían acabar del todo con una criatura de ese porte?

—Zhilakzin —pronunció una voz esperanzadora.

Un latigazo eléctrico quemó parte de la estructura del Golem.

Zayrra había regresado.

Mark sonrió aliviado y se giró para darle una orden a Leynian, pero alguien lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó hacia atrás; cayó de trasero al suelo.

― ¿Eh?

—balbuceó, viendo cómo Leonard se incorporaba frente a él.

—Vuelve a Zarmáso y que Nim te revise ese brazo —ordenó el príncipe con calma.

Giró la cabeza y vio a Altharion recostado contra un árbol, casi al borde de la muerte.

—Jioro, lleva al señor Linus a Zarmáso para que Nim lo cure también.

—Enseguida… —asintió uno de los compañeros y salió corriendo a socorrer al espadachín.

—Yo puedo ayudar… —ofreció Mark, poniéndose en pie.

—Me da igual… vete.

—Mark… por favor… —suplicó Leynian.

El estratega parpadeó, encogió los hombros y caminó hasta un árbol alejado del desastre.

En cuestión de palabras, el brazo le quedó como nuevo y la hemorragia cesó.

Rebuscó en la mochila y sacó una bolsa de maní salado.

—Dije que podía pelear; si no me dejan, ¿qué voy a hacer?

—murmuró para sí, sentándose contra la corteza.

—¿Qué descubriste, Leynian?

—preguntó Leonard, soltando un descarado bostezo frente al Golem, que mantenía una postura amenazante.

—Es un Golem… Hay que destruirlo por completo ―respondió Leynian, alzando su espada.

La capa de Mark ondeaba detrás de ella.

—Intentemos cortarle la cabeza.

Si sigue de pie, aplicamos el plan de Leynian ―propuso Marcus, situado detrás del príncipe.

―Inventarium… ―pronunció Leonard.

Una runa se encendió sobre su cabeza mientras su espada se materializaba.

—Azuralumbre… ven a mi mano.

—La empuñadura apareció flotando y se posó en su palma.

Tres espejismos de Leonard surgieron a su alrededor, moviéndose en distintas direcciones.

El monstruo cayó en el engaño y atacó a una de las ilusiones.

La figura real de Leonard se desvaneció para ocupar el lugar de otra réplica, y sin previo aviso, un corte abrasador fundió el metal de la pierna del Golem.

El contrataque fue inmediato, pero un latigazo eléctrico lo alcanzó de lleno, haciéndolo tambalear.

El ser metálico intentó reincorporarse, y en ese instante la hoja de Leynian le atravesó el ojo como si perforara tela.

Con un movimiento rápido y preciso, la noble rebanó la cabeza del Golem en dos.

—Fanfarrones… —bufó la voz de Jioro.

Mark bajó la mirada y vio la mano del tipo metida en su bolsa de maníes.

Él solo soltó una carcajada y estiró el brazo, dándole más espacio para que siguiera robando.

—¿Ya terminó?…

—preguntó Jioro con la boca llena de maní.

—no.

—dijo Mark relajado.

Tras esa breve palabra, los trozos mutilados del Golem se hicieron líquidos que regresaron al cuerpo original, reconstruyéndolo en su estado original.

―yo hubiera hecho caso a Leynian desde el principio… un Golem invocado estará vigente hasta que su cuerpo sea destruido, su invocador lo desactive o se quede sin maná — le explica a Jioro mientras traga.

—Creo que las últimas 2 están muy lejos de suceder… ― ¿Tú podrías destruirlo solo?

― —No sé… estoy algo oxidado para pelear… si tuviera la suerte, sí.

— ¿oxidado?

—balbuceó dudoso— vi la paliza que diste a Leonard la primera vez… ―dije oxidado, no inválido.

― le respondió en seco.

—Voy a ayudar… —soltó Jioro, mostrándole a Mark una botella de cristal con un líquido fluorescente mientras se ponía de pie.

Mark le miró confundido, rápidamente rebuscó en su mochila.

—¿Cuándo me la quitaste?…

El chico solo sacó una flecha de su carcaj, enroscó la botella en la punta con una cuerda y apuntó con su arco.

Al tensar la cuerda, cerró su ojo izquierdo y soltó.

La flecha surcó el aire hasta chocar con el pecho del Golem, un estallido que dejó una cortina de fuego impregnada en el ser metálico.

El ardor abrazador comenzó a teñir los metales al rojo vivo.

Marcus lanzó su hacha con fuerza, atravesando el tórax del Golem.

El ser metálico buscó darle un puñetazo, pero Leonard se metió en medio con su espada, partiendo en dos el puño del Golem con su poderoso filo.

—Ignispiral Torrente Ígneo— pronunció Zayrra a las espaldas del Golem, lanzando una contundente llamarada que comenzó a corroer aún más al Golem.

Con un rápido movimiento, Leynian parte en dos al torso del Golem, provocando que este caiga desmantelado otra vez.

— ¡Zayrra!

¡destrúyelo!

― ¡astreus impacto!

― gritó la maga.

Creando una bola de fuego descendente que acabo de degradar al Golem.

—Qué Golem decepcionante… — murmuró Mark escupiendo la cáscara de un maní.

Camino hasta donde habían dejado el árbol talado.

—Con uno es suficiente… — mencionó sin ganas de volver a tomar un hacha.

—¿Ya termino?…

—preguntó Marcus.

—Sí… —soltó Zayrra, apagando los restos de fuego con hechizos bajos de agua.

―volvamos a Zarmáso… esto fue un desastre lo bastante grande como para no ser ignorado por la guardia… —ordenó Leonard.

Giro y vio a Mark como si nada.

― ¿y tu brazo?…

―Yo dije que podía pelear… me curé solo… ―le responde Mark con calma —Leonard, él se curó de una apuñalada que le diste… un brazo roto sería casi lo mismo… —asume Zayrra.

—y ni siquiera estaba tan roto… —agrego Mark.

—pero el grito de niña no te lo quita nadie… —se le burla Leynian con un tono juguetón, mientras depositaba la capa en los hombros de su correspondiente dueño.

Las carcajadas del grupo no tardaron en llegar, mientras la cara de Mark se sonrojaba.

—ni siquiera fue grito de niña… ― se quejó ante ella.

Pero solo podía verla burlarse de él de forma juguetona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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