El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 La prueba del viajero
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3: La prueba del viajero 3: La prueba del viajero —Len, explícame… ¿por qué tengo los ojos vendados?
¿Y por qué estoy en tu habitación?
—preguntó Mark, aún atado a la silla.
—Para empezar, ¿por qué cada uno de ustedes tiene su propio cuarto?
—añadió con ironía—.
Son rebeldes, sí… pero con bastante lujo.
―Me estoy cambiando de ropa… tengo que reparar mi uniforme o cambiarlo―respondió ella con un hilo de voz.
Mark bufó, moviéndose inquieto en la silla.
—El grupo tuvo un conflicto difícil, ¿no?
Lidiar conmigo es lo último que quieren ahora… Leynian bajó la mirada.
Sin saber qué responderle.
—No debí venir… ya sabía que pasaría esto… —continuó él, más serio.
—Tomaré mi pago y me largo.
—Por favor… no seas así —le suplicó Leynian, con los ojos brillando.
Las manos de Leynian tocaron los hombros de Mark, quien se estremeció.
Rápidamente se sacudió para sacarse las manos de encima.
— ¡quítate!…
¡no me toques!
¡y más cuando no sé si estás desnuda o no!…
―nunca te tocaría desnuda…― le aclara la chica, pero se queda pensando ―¡nunca me desnude!
¿¡por quién me tomas!?
… ― le cuestiona Leynian.
— ¡me da igual!…
no me toques… Mark gira la cabeza donde se supone que debe estar la puerta —Hey… ¿me pueden interrogar de una vez?…
me quiero ir… —dices todo como si fuera muy fácil… — le dice Leynian, con un tono medio burlón.
… Mark seguía sentado en el cuarto de Leynian, la cabeza colgando sin fuerzas, ya ni intentaba mantenerse recto.
La noche estaba avanzada y el silencio llenaba la habitación.
De repente, un plato de comida resonó al apoyarse cerca de él.
El vapor del estofado le bañó la cara con un aroma intenso y reconfortante.
—Leynian me contó su versión de la historia… me gustaría escuchar la tuya —dijo una voz masculina, calmada.
—zzz… —respondió Mark con un ronquido largo y suave, completamente entregado al sueño.
De pronto, una abofeteada le sacudió la cara.
Mark, sin poder abrir los ojos debido a la venda, quedó completamente desorientado.
― ¡Mierda!
—exclamó, sobresaltado—.
¡¿Ahora no dejan dormir?!
—Leonard… ―lo regañó Zayrra—.
—Debía despabilarlo… —respondió Leonard con calma.
Mark, mientras tanteaba el estofado con la lengua, interrumpió: —A este estofado le falta sal… Mark escuchó cómo le alejaban el plato de comida.
—¿Para qué me lo dan entonces?… —preguntó con molestia.
—¿Cómo curaste la herida de Leynian?
—inquirió Leonard.
—Un hechizo de curación básico… de nivel 4… a ese nivel y—Si vas a mirarme… —gruñó Mark, masticando un trozo de carne con la boca medio llena—ad.
—Manos sanadoras… —acotó Zayrra, traduciendo lo que Mark dijo.
—¿Es verdad que la salvaste de esos guardias?
—continuó Leonard.
—No sé si “salvar” es la palabra… yo pensé que había recompensa.
Casi la entrego a cambio de oro… ―comentó Mark encogiéndose de hombros.
—¡¿Entregar?!
—se exaltó Leonard.
—¡Eres un estúpido, Mark!
—gritó Leynian desde la puerta.
La única información que te comprometía, ¡la mencionas!
—¿Cómo iba a saber que le mentirías a tu líder?
—replicó Mark, ladeando la cabeza con gesto despreocupado.
Zayrra vio cómo Leonard encorvó la espalda, se llevó la mano al mentón y miró a Mark con curiosidad.
—¿De dónde eres…?
Mark… —Otra vez con las preguntas de Origen… ¿acaso eso importa?
—preguntó Mark.
—El hechizo que mencionó es alemán.
El lenguaje mágico de Narzu… ― le menciona Zayrra a Leonard.
Ambos escucharon a Mark silbar impresionado.
— ¿reconoces “Geros Mágicos” …?
Genial, te aplaudiría si no estuviera atado… —Manuschura Tenuis… ― murmuró Mark, tonteando con las palabras —apreciamos el esfuerzo, Mark, pero está mal pronunciado… — le dice Zayrra, algo fastidiada, pero también impresionada.
—casi imita al Gero Frances.
—¿El lenguaje mágico de Notumheim?…
—pregunta Leonard, viendo cómo Zayrra asiente con la cabeza.
Leynian seguía en la puerta, observando todo en silencio.
Apenas entendía lo que se discutía sobre magia.
Sabía que el idioma era de Narzu, pero no alcanzaba a comprender qué había hecho mal Mark al pronunciarlo.
—¿Ya despertó?… ¿ya puedo curarle la pierna para irme a dormir?
—preguntó de pronto una vocecita, acercándose a la Noble.
Zayrra giró y se encontró con una niña de cabello despeinado, frotándose los ojos: Nim.
—¿Todavía sigues despierta, Nim?… —Me dijeron que debía curarle la pierna al prisionero —respondió con total naturalidad—, pero no me dejaron verlo aún… —No creo que te dejen ahora… —replicó Zayrra, con tono más dulce, aunque firme.
… Leonard comenzó a bombardearlo con preguntas, una tras otra.
Mark contestaba con frases cortas, vacías.
Lo que escuchaba se volvía distante, como un murmullo.
Su mente rugía más fuerte que cualquier voz en la habitación.
«Un elefante, se balanceaba sobre la tela de una araña…» cantaba en su cabeza, mientras respondía preguntas con respuestas estúpidas en automático.
Hasta que la paciencia de Leonard culminó en un puñetazo directo en el estómago del viajero.
—¿Este es un nuevo tipo de Gero?…
no se siente tan mágico… —bromea con la voz ronca por el dolor.
—ya me tiene arto… —admite Leonard, girando a la puerta, viendo cómo Leynian y Zayrra se aguantaban las risillas burlonas.
―no se toma en serio ninguna pregunta… ― menciona Arto Leonard.
― ¿Para quién trabajas?¡¿Por qué evades tanto las preguntas?!
—¡Qué pesado eres!
No trabajo para nadie, estaba de pasada cuando encontré a Leynian casi en la otra vida… —lo que dice, está más cercano a ser verdad que mentira… —comenta Leynian.
—Agradezco tu comentario, Leynian… pero ya sabemos que estás del lado de él… —Es que él me salvó de los guardias… —¡Pero quería entregarte!
― ¡pensé que había recompensa!, ¡nada más!2 ― se defiende Mark.
—¿Ya despertó?… ¿ya puedo curarle la pierna para irme a dormir?
—preguntó de pronto una vocecita, acercándose a la Noble.
Zayrra giró y se encontró con una niña de cabello despeinado, frotándose los ojos: Nim.
—¿Todavía sigues despierta, Nim?… —Me dijeron que debía curarle la pierna al prisionero —respondió con total naturalidad—, pero no me dejaron verlo aún… —No creo que te dejen ahora… —replicó Zayrra, con tono más dulce, aunque firme.
Viendo cómo la niña se daba la vuelta y se alejaba.
―Escúchenme de una vez… ―interrumpió Mark ― ¡No soy un soldado de ningún bando!¡No tengo intenciones de ayudar, o perjudicarlos!¡Soy únicamente un miserable viajero que ayudó a su compañera!
¿¡Y así me lo agradecen?!
Atándome y golpeándome… ¡Qué excelente servicio!
― les grito muy molesto a todos.
Todos guardaron un silencio incómodo.
Mark tenía la razón.
Con mucho esfuerzo, el viajero contuvo la risa.
Una carcajada podía romper toda la incomodidad que les daba la culpa.
Él tenía la razón, pero entendía los motivos del comportamiento rebelde.
Y sabía que querían prevenir, lo que lo estaba perjudicando —¿Ya me puedo ir…?
—preguntó Mark, con un tono áspero.
Esperando una respuesta favorable Leonard suspiró y se inclinó hacia él, retirando con cuidado la venda de su rostro y desatando sus ataduras.
―Sí… ya.
Déjame pensarlo… Zayrra arqueó una ceja, sorprendida.
—¿Lo vas a soltar?… —Que haga lo que quiera —respondió Leonard, con una calma forzada—.
De todos modos, no puede salir hasta que alguien le abra la puerta.
—Sinceramente… sus payasadas me están hartando.
Es como interrogar a un niño.
Un gruñido sonoro interrumpió el momento.
El estómago de Mark rugió como un reclamo.
Leonard chasqueó la lengua y esbozó una media sonrisa.
—Denle algo de comer.
Se le notan más las tripas que las palabras.
Mark suspiró aliviado.
Había logrado manipular la situación a su favor; se relajó.
Frente a él, un plato de estofado algo frío, pero con la sal justa para su gusto.
Se inclinó sobre la mesa y comenzó a comer con ansiedad contenida; la carne estaba dura, pero nada de eso importaba.
Leynian lo observaba en silencio, con esa mirada compasiva que a él lo incomodaba más que los grilletes.
—Si vas a mirarme… —gruñó Mark, masticando un trozo de carne con la boca medio llena— no me mires con ojos de cachorro.
No te voy a invitar.
Leynian arqueó una ceja, llevándose la mano al mentón.
—Búfon… yo ya comí.
—¿Por qué eres tan reservado?…
te la pasas evadiendo preguntas… ―uno, ni siquiera los conozco.
Dos, no confió en ustedes y tres, me tenían atado en una silla…― le respondió Mark, con calma.
―no es mi obligación responder, no soy enemigo y amigo, fui un civil en interrogatorio.
—y cuatro… por seguirte a ti, ya no sé cuándo me podré ir… —agrego a la lista después, mientras se metía la cuchara cargada en la boca.
—Sonando así, puede que tengas tus razones… —Qué poco razonamiento tienen aquí… —criticó Mark, con media sonrisa burlona.
—Mark… ―dijo Leynian, cambiando el tono, más seria.
― Todo el reino sabe quiénes somos.
Todos saben dónde nos escondemos.
Él arqueó una ceja.
― ¿Sí?
¿Y cómo es que nunca los atraparon?
Leynian suspiró, como si soltara un secreto que le pesaba.
—El mago real nos dio este cuarto antes de ser encarcelado.
No es un simple escondite… ―tocó la pared con suavidad— es un plano mágico que se desplaza por todo el reino.
Puede crear habitaciones nuevas y darnos el equipo que necesitamos.
Mark dejó de comer por un segundo.
—¿Un plano… mágico?
Vaya.
¿Y entonces por qué demonios nos hiciste caminar por las cloacas?
La chica se encogió de hombros, con una sonrisa pícara.
―Protocolo.
Hacemos creer que nuestro refugio está en las cloacas, pero en realidad… puede estar en cualquier parte del reino… Mark se llevó la mano al mentón, como si atara cabos.
—Entonces… este cuarto está vivo.
—Sí —respondió Leynian, breve.
—¿Y el mago se los dio antes de que lo encarcelen?
―Exacto.
Y si es lo que piensas, no, ya no puede ayudarnos.
El castillo tiene una barrera: prohíbe usar magia a cualquiera que no tenga una marca de admisión.
Eso incluye al mago real… y corta cualquier paso de la habitación hacia el castillo.
De pronto, Leonard irrumpió en la charla, cargando las pertenencias de Mark.
Las dejó sobre la mesa con un golpe seco.
—Hablé con los muchachos… ―dijo con voz firme— y Mark parece estar limpio.
No representa un peligro para el grupo… o eso creemos.
—Por fin… ―suspiró Mark, mientras Leynian tragaba saliva, claramente disgustada con la decisión.
Leonard lo miró de frente.
—Una cosa antes… ― ¿Sí?
—respondió Mark, arqueando una ceja.
—Nos dan curiosidad tus habilidades —confesó el hombre, con un leve brillo competitivo en los ojos—.
Quiero un enfrentamiento contra ti.
Mark lo observó en silencio por un segundo.
Y soltó una carcajada seca.
— ¡JAJAJA!
No.
—Río, como si la propuesta fuera el mejor chiste que había escuchado en el día.
—La única forma de que abra la puerta de salida es que aceptes el duelo.
—Qué fastidio… —se quejó Mark—.
Está bien, acepto.
—Una última cosa… —dijo Leonard, serio.
Mark lo miró, expectante.
—Si gano, harás un pacto de sangre con Leynian.
Si pierdo, te pago el triple que ella te ofreció.
― ¡¿Eh?!
―exclamó Leynian, sorprendida―.
¿Por qué un pacto conmigo?
—Hace tiempo que no te veo depositar fe en alguien en concreto… Si gano, este sujeto hará todo lo que le pidas.
Mark observó a Leynian, y ella bajó la mirada, tapándose la cara, sonrojada.
—Qué humillante… —Veo que aquí todos son unos tramposos —soltó Mark, con una sonrisa torcida.
… Sin perder tiempo, el refugio mágico llamado “Zarmáso” creó un cuarto con armas y una arena de combate.
—Toma la que más te guste —le indicó Leonard, señalando un mueble repleto de espadas, hachas y lanzas.
—No, gracias… ―respondió Mark con desgano—.
¿Dónde está mi espada?
― ¿Espada?
—Leonard arqueó una ceja.
―Sí.
El mango y la varilla flexible de metal… la hice con un amigo.
Se llama Espada de Larga Vida.
Vienen por separado y se encastran entre sí.
—La tengo yo —dijo Marcus, un joven corpulento, cruzado de brazos.
Con una sonrisa burlona, la arrojó a los pies de Mark.
Pero a eso no se le puede llamar espada.
Mark se agachó, recogiendo el arma sin inmutarse.
—Se identifica como espada —bromeó, sacudiéndole el polvo con total seriedad.
—Qué coraje tienes… me dejaste guardar todo en mis bolsillos, incluso mi capa —comentó Mark, confiado, casi desafiando con la mirada.
—No me intimidas en lo más mínimo —replicó Leonard, serio.
Mark giró la cabeza y recorrió con la vista a todos los miembros del grupo rebelde.
—Ese tipo está perdido… ―murmuró Marcus con una sonrisa torcida—.
Prepárense para el pacto… es imposible que le gane a mi hermano.
—Leonard puede ser cruel con sus apuestas… ―rio Zayrra, con un dejo de compasión por Mark—.
Pero al menos tuvo la gentileza de darle la esperanza de que pueda irse sin problemas.
—Un momento… —interrumpió Jioro, el arquero del grupo—.
Leyn dijo que el tipo tiene habilidades mágicas… si las maneja bien, podría poner en aprietos a Leonard.
—Chicos… no lo sé —respondió Leynian con cierto titubeo—.
Yo fui la única que lo vio pelear… —¿Insinúas que puede ser mejor que Leonard con la espada?
—preguntó Marcus, frunciendo el ceño.
—No, claro que no… —negó rápido Leynian—.
Mark es muy acrobático, no creo que supere a Leonard con la espada, pero tampoco deberíamos subestimarlo en el cuerpo a cuerpo… —¿Qué es lo que les da curiosidad de mí?
—preguntó Mark, arrastrando la punta de su espada por el suelo sin levantar la guardia, con aire despreocupado.
—¿Mi… sensual cuerpo te interesa?
—Bromeó alguien, provocando un breve silencio.
—No cabe duda… es un viajero inepto —dijo Jioro, observando cómo Leonard mantenía la guardia lista—.
Obviamente, solo un viajero común.
Todos volvieron la mirada hacia él.
—¿Eso es lo que pensabas?
—intervino Leynian, con una mezcla de reproche y curiosidad, haciendo que Jioro se sonrojara visiblemente.
—Tenía la fachada de un líder militar… o algo así —murmuró Jioro, intentando justificarse.
—Sus ropas aparentan nobleza —añadió Marcus, cruzando los brazos y evaluando a Mark con atención—.
Qué tipo tan raro… —Silencio… está por iniciar —interrumpió Zayrra, con voz firme.
… Leonard Eldwood soltó un largo suspiro, mientras Mark levantaba rápidamente su guardia.
Un brillo intenso emanó desde la guarda de su espada.
El viajero frunció el ceño, observando con atención.
«El arma está encantada», pensó.
Tres figuras translúcidas de Leonard aparecieron simultáneamente, simulando posibles ataques.
Eran intangibles, meras ilusiones incapaces de herirlo.
—Un encantamiento ilusorio… —reconoció Mark, evaluando al Leonard real que aún se mantenía frente a él, firme y alerta.
De repente, el Leonard real desapareció momentáneamente y dos ilusiones se desvanecieron.
La tercera fue reemplazada por él mismo, quien lanzó una potente patada contra las costillas de Mark, derribándolo hacia un lado de la arena.
Mark se incorporó rápidamente, observando cómo Leonard se abalanzaba sobre él.
Instintivamente bloqueó con su vara de metal, pero la runa de su espada volvió a brillar con intensidad.
El filo recorrió la varilla, fundiendo el metal y partiéndola en dos con un crujido metálico.
El ataque era preciso y devastador, alcanzando el hombro de Mark y abriendo una herida profunda.
— ¡Argh!
—gruñó, mientras la sangre salpicaba la arena.
—Qué suerte tuvo… un corte así pudo haberle mutilado el brazo —murmuró Marcus, conteniendo la respiración ante la escena.
Recibió una patada en el estómago, alejándolo mientras se arrastraba en un giro por el suelo.
Mark se agarró el hombro con fuerza.
Piso fuerte, pero la herida de su pierna resonó por toda la pierna, impidiéndole moverse.
Mark se quitó la capa, instintivamente logró envolver el filo de la espada de Leonard y dio un fuerte tirón.
Casi logrando que suelte la espada, pero la runa brilló nuevamente, y la capa se deshizo en tela quemada.
El viajero cayó al suelo ridículamente, rodando hacia atrás… Levanto la mirada, pero Leonard no esperaba, rápidamente le propino una patada debajo de la mandíbula.
Provocando que caiga de espaldas, casi al borde del desmayo.
―Mierda… ― murmuró con el mareo del golpe.
Leonard observó los restos de tela y metal quemados sobre el filo de su espada.
—¿Su capa estaba blindada?
—preguntó, sorprendido.
—No puede hacer nada… —comentó Joiro, algo decepcionado.
―Era obvio… Leonard es el más hábil de todos aquí… ―agregó otro, con respeto.
Mark se incorporó, contemplando el puñado de tela chamuscada en su mano y luego su espada destruida.
Soltó un suspiro molesto.
Leonard no cedía un instante; un estoque atravesó un punto no vital del estómago de Mark.
― ¡Leonard!
¡Esto ya es demasiado!
―gritó Leynian, molesta por la agresividad del ataque.
—Son heridas que Nim puede curar… —respondió Leonard con calma, implacable.
Mark vio el acero incrustado en su abdomen y, por un instante, fijó la mirada en Leonard.
Algo pareció estremecer al príncipe.
Con determinación, Mark dio un paso al frente, profundizando el movimiento y ensartándose más la espada en su abdomen.
La sangre empezó a brotar en débiles chorros sobre la arena.
Acercó sus labios al oído de Leonard: —Rompiste mi espada y quemaste mi capa… dos artículos importantes en mi vida… —Me gusta andar de Búfon, pero te pasaste de la raya, “su majestad” … ―musitó Mark, dejando de lado la mueca de humor.
El circo había terminado.
Se lanzó hacia atrás, arrancándose la hoja del abdomen.
Leonard abrió los ojos con sorpresa: Mark, aun sangrando, lo miraba con una determinación intensa.
Ya no había gestos chistosos ni calma fingida; su mirada era fría, evaluadora.
El príncipe no perdió tiempo y se lanzó al ataque.
Mark respondió pateando un montón de arena hacia la cara de Leonard y esquivó, lo golpeó en la mejilla izquierda, obligándolo a retroceder.
—Cambio repentinamente… —vaciló Zayrra, observando a Mark con desconfianza.
Leonard se limpió la cara y levantó su espada, desprendiendo fuego desde el filo hasta la guarda.
—La espada de Leonard tiene tres encantamientos: “Filo Constante”, “Llama Naciente” y “Ataque Sorpresa” ―murmuró Zayrra―.
Un arma encantada consume maná de su usuario para activar sus habilidades.
― ¿Está abusando… no?
―interrumpió Leynian.
—Sí… —mencionó Marcus—.
Está jugando a intimidar, pero no es un problema.
Con o sin maná, Leonard sigue siendo hábil… y con Mark así de herido, la ventaja es clara.
Mark recogió su espada partida del suelo y miró a Leonard con una mueca de disgusto.
Caminaba lentamente en círculos, mientras Leonard lo seguía en sentido contrario.
Sus huellas dibujaban un círculo perfecto en la arena.
Mark se tronó los nudillos, provocando que Zayrra se estremeciera.
—¡¿Qué sucede?!
—preguntaron los tres, alarmados.
—¡Su maná incrementó de forma repentina!
—exclamó ella.
—Guarda esa magia… ―dijo Mark, serio, dirigiéndose a Leonard—, porque la vas a necesitar.
Susurró algo inaudible y una runa blanca apareció en su mano izquierda.
Con la derecha sostuvo la espada de larga vida, rota.
La luz de la runa le bañó el rostro: había determinación donde antes había gesto burlón.
La runa viró a verde; las heridas se cerraron en segundos.
Luego volvió al blanco.
Los tres espejismos de Leonard se desplegaron, ensayando las rutas de ataque.
Mark no se movió.
Leonard frunció el ceño.
Canceló el encantamiento, desconcertado por la falta de reacción.
El príncipe intentó leer los símbolos de la runa.
Mark se agachó con deliberación y apoyó la palma en el suelo.
El trazo blanco brotó, expandiéndose en un círculo que cubrió toda la arena.
—Pero ¿qué…?
—estallaron varias voces.
—¡Zayrra, ¿qué diablos es esto?!
—No lo sé.
Nunca vi un conjuro así.
Ni mi maestro habría podido… —balbuceó la hechicera.
Mark siguió susurrando, demasiado bajo para entenderse.
—¡Es un truco ilusorio!
—le lanzó Leonard, alzando su espada.
—No.
Esto no es una ilusión —respondió Mark sin subir la voz.
Entonces el efecto espejo ocurrió: el patrón de “Ataque Sorpresa” pareció reflejarse en Mark.
Doce proyecciones suyas emergieron a su alrededor, cada una con un ángulo de entrada distinto.
A diferencia de las de Leonard, estas proyecciones cobraban cuerpo por un parpadeo cuando Mark intercambiaba posición con ellas.
Leonard reaccionó contra una.
Fue su error.
La segunda proyección golpeó su muñeca, desviando la hoja.
La tercera le mordió el hombro con un impacto seco; la cuarta barrió su talón; la quinta le hundió aire en las costillas; la sexta cortó el paso con un choque en el escudo; la séptima picó hacia la cadera.
Las restantes entraron como una ráfaga, once impactos en total, medidos para incapacitar, mientras Mark se reemplazaba con cada espejismo y volvía al plano real en otra posición.
El círculo blanco se apagó de golpe.
Mark respiró hondo, firme, aunque pálido.
Leonard, aún en pie, trastabilló con la guardia alta: estaba aturdido, pero no derrotado.
Soltó una tos áspera mientras ajustaba uno de sus anillos.
—Mi dinero… —exigió Mark, con un tono frío y cargado de repudio.
Zayrra observó con asombro.
—Su maná se desplomó de golpe… —Se habrá quedado sin reservas —añadió Leynian, preocupada—.
Mark dijo que no tenía mucho… un conjuro de esa magnitud debe dejarlo exhausto.
Leonard golpeó con furia el suelo, incapaz de aceptar la humillación.
Se levantó y empuñó la espada nuevamente.
Pero Mark ya no dio tregua: una patada seca a la muñeca lo desarmó, y en un giro veloz le estampó un talonazo en la mejilla.
Leonard cayó al suelo una vez más, con el orgullo hecho pedazos.
―Leonard… ya está… déjalo… ―le pidió Leynian con un dejo de súplica.
El silencio era tan denso que parecía que la sala se había vaciado de aire.
Mark recogió el trozo faltante de su espada rota, con una calma casi antinatural.
—Ya me da igual lo que piensen de mí… páguenme y me largo —soltó, cargando su mochila.
El ambiente se congeló.
Nadie se atrevió a responder, y aun así todos lo observaban, con la piel erizada, como si presenciaran algo más grande que un simple mercenario reclamando su paga.
Mark intentó ondear su capa al girar, pero el recuerdo de que había ardido lo hizo detenerse, mordiéndose los labios con fastidio y un leve sonrojo.
Leonard, con un moretón extendiéndose por su mejilla, se acercó acompañado de Leynian.
Ella llevaba un pequeño saco de cuero, pesado y lleno.
Se lo entregó.
Mark lo abrió… y se atragantó con su propia saliva: treinta monedas de platino.
Una suma tan desproporcionada que no supo qué decir.
Se limitó a cerrarlo sin mirarlos.
―Ábrete, Zarmáso ―ordenó Leonard.
—Nos veremos pronto, Leonard Eldwood —respondió la criatura mientras la salida se formaba en los ladrillos.
Mark caminó hacia la oscuridad de la cloaca, la espalda recta, aunque algo temblorosa.
La puerta comenzó a cerrarse detrás de él.
Leonard y Leynian fueron lo último que sus ojos retuvieron.
―Adiós… Mark… buen viaje ―murmuró Leynian con una voz cálida, casi fraterna.
Esa palabra lo atravesó.
Mark se tensó, apretando los dientes con rabia contenida.
Se llevó un puño a la frente.
—¿Por qué “adiós”?… ―susurró, apenas audible— vaya… si al final me encariñé con ella… qué lástima.
En ese instante, una voz del pasado resonó en su interior: —Adiós, hermano… continúa tu viaje… El recuerdo lo golpeó como una lanza en el pecho.
Mark Arminton, cargando con un peso invisible en el alma, giró sobre sus pasos y se internó en la oscuridad de las cloacas.
Solo otra vez.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Dicher ¡Qué complicado se puso todo para Mark!
¿Qué hará ahora?
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