El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 30
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Capítulo 30: Kroven Vermeer
[8 años antes de la caída de Lazarus Nova…(año 196)]
—Ya desolaron la aldea de Marken… vienen para acá… —dijo un hombre, con arrepentimiento en la voz, sosteniendo el vendaje manchado de sangre que cubría su brazo.
—Solo es cuestión de tiempo… llegarán a Volendam… —añadió uno de sus compañeros, con el ceño fruncido.
Nueve hombres regresaron a la aldea, sus heridas leves apenas visibles. Mujeres y niños salieron de sus casas, ansiosos por ver quiénes habían sobrevivido. Tres aldeanos más, encargados de proteger lo poco que quedaba de Volendam, corrieron a ayudar. Llantos y lamentos comenzaron a llenar el aire.
Desde Marken, veintitrés hombres habían acudido a la ayuda. Un error fatal. Los pocos defensores de la aldea se lanzaron al combate, sabiendo que morirían antes de que la batalla los alcanzara.
Entre los sobrevivientes, un joven recorrió los rostros, buscando a su padre. El cabecilla de la aldea había caído en la batalla.
―Kroven… ¿Dónde está papá? —preguntó Kont desde atrás, la voz temblando. Observó a su hermano contener el dolor con una furia que se le hacía grande.
―Ve adentro, Kont.
―Pero…
—Ve adentro. —Kroven lo ordenó con autoridad, sin siquiera mirarlo.
La madre tomó al niño por los hombros y lo guió hacia la casa. Kroven se plantó frente a los sobrevivientes: brazos cruzados, postura rígida, mirada desde arriba.
—¿Y…? —les interrogó.
Un hombre tragó saliva.
—Kroven… tu padre…
—Ya lo sé. No está entre ustedes. ¿Cuál es el plan ahora? —replicó Kroven, seco.
—Son treinta soldados entrenados contra nosotros; doce campesinos. No podemos… Nos ganaron fácilmente cuando atacaron a Marken; sesenta y dos contra ellos fue lo mismo. —confesó uno, bajo.
—Ya no hay nada que hacer. Solo entregarnos y rogar que no lastimen a nadie.
Kroven escupió una risa amarga.
—No bajo mi liderazgo.
Lo miraron, incrédulos. Tenía catorce años, pero hablaba como si fuera el jefe.
—Mi padre era el jefe de esta aldea. Está muerto; eso me obliga a asumir la responsabilidad. Nos enfrentaremos a ellos… pero no de frente. ¡Treinta hombres nos exigen pelear con estrategia!
—¡Este mocoso perdió el juicio! —gruñó uno.
—¡El juicio antes que mi libertad! —respondió Kroven, retando con la mirada—. Levántate y sé el hombre que deberías ser.
La plaza quedó en silencio; los lamentos lejos se mezclaban con el viento. Kroven sabía que decir palabras no bastaba. Tenía que convertir la rabia en algo que funcionara.
—Papá decía que desde Marken hay diez kilómetros. Con un viaje tranquilo, tres horas y media. Yo calculo que tenemos apenas hora y media para pensar en algo… ―comentó Kroven, arrancando del tronco un hacha de leñador.
—Kroven, vamos a cavar nuestras tumbas. Es mejor rendirnos… ―protestó uno de los hombres, dando un paso al frente.
—Nos harán esclavos si cedemos. Rendirse no es negocio… que nos obliguen ―respondió Kroven con frialdad, apartando con los dedos su cabello blanco de la vista.
Se detuvo un segundo, respiró hondo y miró alrededor. El viento movía el pastizal. Las colinas hacían vibrar las aguas del lago. Sus ojos carmesí brillaron.
—Dejen de llorar. El terreno nos favorece, al menos en parte ―añadió, con voz firme―. No necesitamos un enfrentamiento directo para ganar. Podemos enseñarles quién manda incluso escondidos entre rocas y hierba.
Hubo un silencio. Uno de los adultos soltó una risa nerviosa.
—Un momento… tiene coherencia lo que dice… hasta da miedo…
Otro lo miró y sonrió, levantando su espada del suelo.
—Olvidan que Kroven piensa rápido bajo presión. Recuerden quién cazó al lobo que mataba a nuestro rebaño.
El grupo entero sintió un escalofrío. El hijo del jefe hablaba como alguien que ya había visto la guerra.
—Esto es lo que haremos… —soltó Kroven con seguridad, mirando a sus hombres.
A lo lejos, una tropa de treinta hombres se recortaba contra el horizonte. La confusión no tardó en llegar. Los guardias esperaban encontrar a gente aturdida o un grupo que los atacara de frente. Pero lo que hallaron fue una aldea casi vacía; las casas mostraban señales de haber sido deshabitadas hacía poco.
—¿Qué rayos está pasando aquí? —preguntó el capitán, girando la mirada hacia cada puerta vacía.
—Señor… gran parte de los hombres que vimos antes pertenecían a esta aldea. Debieron escapar… ―informó un subalterno.
—Tal vez… —dijo el capitán, pero no terminó: de repente un hacha surcó el aire e incrustó su filo oxidado en la cara del oficial.
—¡Den la vuelta o les irá mal! —exclamó la voz de Kroven desde la distancia. En ese instante una carreta tirada por un buey, con dos hoces fijadas a sus costados, pasó atropellando a dos guardias y destrozando a otros tres que no tuvieron la misma suerte.
—¿Qué está pasando? —clamó un soldado al ver la carreta alejarse dejando cuerpos en la tierra.
—¡Nos hicieron bajar la guardia! —bramó el Subcapitán, alzando la espada en defensa.
—La voz que gritó era… —comenzó un guardia, refugiándose detrás de una pared, pero no terminó: un derrumbe de rocas lo golpeó desde arriba junto a dos compañeros más.
— ¡Trampas! Nos han preparado emboscadas… ¡Estamos ante un enemigo inteligente! No bajen la guardia. —ordenó ahora el que quedaba como líder de la tropa, mientras trataba de recomponer las filas.
La aldea había dejado de ser presa fácil; Kroven la había convertido en trampa.
Se oyó un ruido húmedo, la carne desgarrándose. El capitán alzó la vista y alcanzó a ver a un niño de cabello blanco y mirada carmesí retirar el hacha del cráneo de su superior, para luego extenderla hacia él, listo para atacar.
El soldado desenfundó de inmediato su espada. El aire entre ambos se tensó; la distancia, la postura, la furia en los ojos… quien atacara primero definiría la muerte del otro.
Ellos lo habían dicho: aquel enemigo era inteligente. Y ahora lo veían… también era rápido.
Kroven clavó el hacha en el suelo con un golpe seco y en un solo movimiento la usó como gancho para impulsarse hacia atrás. El filo de la espada rozó el aire frente a su pecho, cortando apenas unos cabellos blancos.
El hacha de leñador se calzó en su espalda mientras corría, con varios soldados tras él blandiendo sus espadas. Kroven zigzagueó hasta perderse entre el alto pastizal.
—¡Ahora! —clamó con fuerza.
Una espada voló entre la hierba y aterrizó en sus manos. En ese mismo instante, cinco hombres surgieron del escondite, armados con horquillas, y embistieron sin piedad, atravesando a los primeros guardias que se habían lanzado a la persecución.
Los rezagados alcanzaron a Kroven, quien los recibió con un feroz choque de acero. La diferencia de fuerzas era brutal; el impacto lo obligó a retroceder varios pasos, los talones hundiéndose en la tierra.
Antes de que el golpe enemigo terminara con él, una horquilla se clavó en el costado del soldado atacante. Kroven levantó la vista: uno de sus compañeros lo había cubierto en el último instante.
—la avalancha solo mató a uno… — le avisa un compañero a Kroven.
—¡Les quedan 17 hombres! ¡les dije que podíamos hacerlo! —grita Kroven con determinación.
—Tratan al chico como a un líder… esto es… es… fascinante… ―murmuró el Subcapitán desde la distancia. Agarró del brazo a uno de sus hombres y lo detuvo, impidiéndole unirse a la lucha.
Ambos observaron cómo el muchacho de cabello blanco asestaba un corte limpio en el cuello de su enemigo, esquivando por completo la defensa que ofrecía la armadura de hierro.
—¿Qué ves? —preguntó el Subcapitán, entre admiración y miedo.
—Un monstruo… —respondió su subordinado, con voz temblorosa.
—Nah… es una oportunidad —replicó el Subcapitán, ordenando a su soldado retirarse mientras los demás trataban de mantener algo de dignidad en la batalla.
Tres soldados se acercaban al chico, obligándolo a retroceder mientras sus compañeros contenían al resto. Kroven, junto con tres guardias, llegó a la plaza central.
Un majestuoso árbol, plantado en un masetero de piedra, brillaba bajo el sol. Kroven se detuvo, calculando cada movimiento. Con un salto colocó ambos pies sobre la corteza y con un segundo impulso alcanzó la rama más alta.
Un guardia intentó seguirle el paso. Saltó, impulsándose con la corteza. Cuando su mano agarró la rama… el hacha de leñador se incrustó en su palma y en la madera. Un agudo grito de dolor resonó por la plaza, mientras el soldado colgaba del hacha, atrapado entre carne y corteza.
Los ojos del hombre se abrieron en agonía. Frente a él, la mirada de Kroven era fría, calmada, implacable. No era un muchacho; era un fenómeno.
—Ustedes dos… —llamó Kroven por encima del grito del tercer guardia—. Les doy la oportunidad de marcharse… y no volver.
El silencio que siguió estaba cargado de miedo y respeto. La plaza ya no era un terreno neutral; Kroven la había reclamado.
Un guardia alzó la espada, listo para desafiarlo con un grito de furia, pero antes de que pudiera reaccionar, una roquilla lo atravesó por la espalda con violencia.
—¡Nosotros te cubrimos, jefe! —clamó uno de los hombres de la aldea, con orgullo y determinación.
El segundo guardia miró la escena junto a su compañero asesinado. Solo tuvo tiempo de alzar la mirada antes de ver al chico caer desde la altura, la espada lista para asestar el golpe final. Lo último que percibió fue su propia sangre salpicando el suelo, un metro frente a su garganta.
Los quejidos de dolor del hombre seguían escuchándose. Se logró escuchar cómo su cuerpo caía en el suelo. Su mano seguía colgada en el árbol junto al hacha, tanto tiempo colgada lo dejó manco.
—¿Qué hacemos?… —le preguntan a Kroven mientras le miran impactados.
Con la misma mirada calmada, Kroven dijo:
—Cúrenlo y mándenlo al diablo.
…
—Me cuesta creerte —dijo una voz, sus pasos resonando en el largo y elegante pasillo—. “Un muchacho menor de dieciséis años y doce adultos humillaron por completo a una tropa de treinta hombres” … suena a cuento, Dirk.
—Yo lo vi con mis propios ojos, Kees —respondió el Subcapitán—. Un muchacho talentoso que no se estremece al matar… verlo me puso la piel de gallina.
—¿Qué te hace pensar que un chico de catorce pueda mandar a un grupo de hombres? —replicó Kees, incrédulo—. Hay algo más seguro detrás de esto…
—No descartes la posibilidad —intervino Dirk, con cierta ambición en la voz—. Tenemos talento en nuestro reino. Cultivémoslo: hagámoslo estratega de la corona.
—Vas a poner la logística militar en manos de un niño; solo vas a cavar la tumba del ejército Mantra Naranja —resopló Kees.
—¡Lazarus Nova, el Estratega de Plata… ese desgraciado tiene dieciséis años y ya es capitán/estratega del Ejército de Plata! Siete victorias, sin derrotas ni bajas aliadas. ¡Estamos ante el surgimiento de un fenómeno! —exclamó Dirk, desde atrás, exaltado—. ¡Enfrentémoslo con otro fenómeno!
—Qué pesado eres —murmuró Kees—. Preséntale tu idea al rey. Si acepta, ayudaré sin chistar. Pero no me molestes más.
El coronel terminó su camino por el pasillo y se encerró en su cuarto, cerrando la puerta en la cara de Dirk.
—Maldita sea… ¿tan difícil es de creer? —murmuró para sí, mientras la sombra de la sala le tragaba la voz.
…
—¿Estás seguro de lo que dices, Dirk? —preguntó el rey desde su sillón, la luz de las antorchas recortándole la silueta.
—Al cien por ciento, mi señor —respondió Dirk con voz firme—. Un chico de catorce años fue responsable de la derrota de mi tropa… veintiocho de mis hombres asesinados por él y por los campesinos de su aldea.
—Sé honesto —insistió Khorvus Thane, clavando los ojos en Dirk—. ¿Crees que, si le damos el empujón, será como el fenómeno de Lazarus Nova?
—Mi señor Khorvus, nada asegura que él quiera colaborar —confesó Dirk, con la boca seca—. Muchos de los hombres de esa aldea murieron en el combate contra Marken. No creemos que venga por voluntad propia.
—Entonces lo forzaremos. —Khorvus se incorporó, frío y decidido—. Oblíguenlo a venir; tráiganlo ante mí, acompañado de su gente. Yo sé cómo conseguir que coopere.
—Sí, mi rey. —Dirk y Kees hicieron una reverencia en sincronía, luego dieron media vuelta y salieron de la sala del trono.
…
—¡Yo te mataré, dragón! —clamó una voz al aire, y el filo de la espada de madera golpeó la corteza del árbol—. ¡Soy Kont! ¡El legendario héroe!
—Kont, cuidado… no te vayas a lastimar —dijo la madre, la mano apoyada en su mejilla, preocupada.
—Sí, mamá —respondió el pequeñín, mientras azotaba la madera con su espada de juguete.
[Pasaron seis días desde que Kroven lideró la defensa de emergencia de Volendam.]
La azada chocaba con la tierra una y otra vez; el surco se abría y el sudor corría por la frente de los trabajadores.
—Todas las aldeas de los alrededores fueron tomadas por el rey… Holganä es ya territorio de dictadura. El comercio está bloqueado para nosotros… ¿por qué seguimos laburando? —preguntó un hombre, limpiándose la tierra de la cara.
—¿En serio me preguntas eso a mí? —replicó Kroven, incrédulo—. ¿Pretendes vivir solo de cordero?
—Podemos cazar conejos… —sugirió otro.
—Persíguelos tú —le espetó Kroven—. No voy a montar una trampa para que pilles conejitos.
Los hombres volvieron a hincarse, resignados; la ocupación se notaba en las manos, en las miradas y en el silencio después de cada surco.
―¡Jefe! —Lo llamó una mujer, irrumpiendo en el huerto y acercándose al joven.
—Ya les dije que no hace falta llamarme jefe… pueden decirme por mi nombre —aclaró el chico, serio—. ¿Qué sucede?
—Un hombre lo busca… lleva armadura imperial, como los soldados de antes… y pregunta por usted —respondió ella, nerviosa. El rostro de Kroven cambió en ese instante.
—¿Cuántos son?
―Uno solo…
—O eso quieren que pensemos… ―replicó Kroven con frialdad—. Vacíen la aldea poco a poco, no se queden bajo techo. —Comenzó a caminar hacia el pueblo—. Si atacan con fuego, no quiero a nadie atrapado.
Kroven avanzó por el sendero que llevaba a la plaza. Allí lo esperaba Dirk, sentado con calma sobre el macetero del gran árbol. La tranquilidad de su mirada se quebró apenas vio al chico acercarse, con el hacha de leñador cruzada en la espalda y la espada ceñida a la cintura.
—El líder… —murmuró con una sonrisa fingida, tratando de mantener la calma.
—Te recuerdo… —respondió Kroven sin apartar su fría mirada—. Estabas detrás del capitán de la tropa. Nunca te volví a ver después… Veo que escapaste. ―Avanzó un paso más, la tensión creciendo―. ¿Qué te hace volver a la aldea? ¿Dónde están tus hombres?… ya sé que no viniste solo.
Dirk ladeó una sonrisa.
—Tienes razón, no estoy solo. Pero tranquilo, solo traje un seguro para volver con vida. Mira… sígueme, te daré una indicación de dónde están. Se pueden ver desde aquí…
Lo siguió con dudas. Ambos se detuvieron en un camino que daba vista directa a un sendero. Allí estaban todas las mujeres, los niños y los pocos hombres que aún sobrevivían: rendidos ante los soldados de la realeza.
―Carajo… ―maldijo el chico, la mandíbula tensa.
—Esto va a pasar ahora, chico… —dijo Dirk, señalando con el mentón—. Ahí ves veinticinco soldados. Alrededor de la aldea hay otros veinticinco hombres. Cooperas y nos acompañarás al castillo de la capital, o aniquilamos a toda la aldea y te tomamos como esclavo.
—Si voy, nos tratarán como esclavos a mí y a mi gente… ¿qué sentido tiene? —replicó Kroven, con rabia contenida.
—Casi le aciertas… —respondió Dirk, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Pero hay condiciones que estamos dispuestos a aceptar… si cooperás en venir, claro.
Kroven contempló a su gente: caras asustadas, manos temblorosas, miradas clavadas en él. Las manos de los soldados brillaban junto a las vainas de sus espadas, listas para desenvainar si algo se salía de control.
El chico cerró los ojos y maldijo en silencio. Aceptó cooperar, pero impuso un único trato: durante el viaje, no maltratarían a los aldeanos.
Dirk aceptó, más que complacido.
El viaje fue largo y agotador. La caminata resultaba insoportable con las manos atadas a la espalda, cada paso un recordatorio de su impotencia.
Al llegar a la entrada de la capital, le cubrieron el rostro con un saco de arpillera, sumiéndolo en la oscuridad. Solo escuchaba el murmullo de la multitud, los cascos sobre la piedra y los pasos de sus aldeanos siendo guiados en otra dirección.
A él lo apartaron, conduciéndolo por pasillos que resonaban fríos y ajenos. Cuando finalmente le arrancaron el saco, lo primero que vio fue al rey: sentado en su trono, con una mirada confiada, casi soberbia.
De inmediato lo obligaron a arrodillarse, forzando su frente hacia la piedra pulida del suelo.
—Por fin conozco al autor de la muerte de veintiocho de mis hombres… —comentó el rey, con voz cortante.
—Veintisiete… ―lo corrigió Kroven—. Uno de tus hombres escapó manco de la aldea. —Le levantó la cabeza, y sus ojos carmesí clavaron al soberano como un clavo en la frente.
—Por fin conozco al causante indirecto de la muerte de mi padre y de los hombres de mi aldea… creo que ya estamos a mano… ¿Cuándo nos van a dejar ir? —dijo Kroven, desafiante.
El rey frunció el ceño, dejando escapar una mueca de disgusto.
—Tienes coraje, mocoso engreído… ―murmuró, poniéndose en pie y dando dos pasos al frente—. Qué lástima que pienses que puedes irte, así como si nada… Debes pagar por tus crímenes contra esta nación.
—¿ Defenderse es crimen?
—en tu caso… sí… y pagarás por todo ello… — le respondió, llevándose las manos a la espalda, mientras comenzaba a caminar a la vuelta de Kroven, inspeccionando cada ángulo de su físico. —Pero tranquilo… no estoy dispuesto a cobrar tu crimen con más sangre…
Kroven giró la cabeza, mirando al rey a sus espaldas, por arriba del hombro.
—¿Hasta dónde quieres llegar?
—Te daremos casa, educación… según tengo entendido. Tu madre y tu hermano están entre los prisioneros… les permitiré tener una vida decente.
Kroven frunció el ceño ante las palabras.
—¿Y el resto de la aldea? —preguntó, clavando la mirada.
—Trabajarán para el reino como esclavos. —La voz del rey era fría.
―Maldito… —escupió Kroven.
—No termines de hablar. —El rey interrumpió y le dio una patada en la espalda, derribándolo de cara contra la piedra—. Que no reciban un trato miserable dependerá de ti.
—¿De qué hablas? —balbuceó Kroven, despejando la boca del suelo.
—Será simple… estudiarás en la mejor academia militar del reino. Todo pagado; serás un becado. Todo con el propósito de convertirte en estratega de mi ejército.
—Sigo sin entender… —dijo Kroven, con la furia mezclada con la incertidumbre.
—Hace poco surgió un fenómeno de la guerra: Lazarus Nova. Es capitán y estratega del Ejército de Plata. —El rey lo miró con intensidad—. Tú demostraste estar a su altura a tu corta edad… ambos son rivales naturales.
—¿Y eso qué tiene que ver con mi gente? —Se escandalizó Kroven.
—Mi trato hacia tu gente dependerá de tu desempeño académico. Quiero notas altas y buen rendimiento. Si las mantienes, las trataré como personas. Flaqueas, y serán mulas de carga… Fracasa, y los mataré uno por uno.
—Tu familia será libre, solo estarán obligados a hacer su vida aquí en la capital… en cambio, tú: estarás obligado a ser estratega del ejército hasta que logres matar a Lazarus. Después de su muerte, serás libre junto con tu gente.
Kroven sintió el peso de la frase clavándose en el pecho. Están pintando toda esta opresión como un trato justo. ¿Esto hacen los que tienen el poder? ¿Hacen lo que quieren? ¿Qué otra opción me queda?
—Acepto… no me queda otra opción —dijo al fin—. Estudiaré, entrenaré y seré tu estúpido estratega hasta que maten a Lazarus Nova… todo con las condiciones que dijiste: mis notas altas a cambio del buen trato a mi gente.
El rey sonrió, complacido ante el “sí”.
«Esa aceptación… cambió mi vida.
Mi aldea fue quemada; borraron todo rastro que teníamos de hogar. Si escapábamos de la capital, no teníamos dónde ir.
Nos dieron una casa en el centro: un lugar privilegiado que sabía a amargura. Mamá empezó a trabajar en una panadería para ganar dinero. No nos cobraban alquiler ni impuestos; la comida era nuestro único problema.
Solíamos comer el pan de anteayer que sobraba de la panadería. El dinero que mamá ganaba se gastaba en carne.
Comencé a estudiar. Nunca había tocado un libro en mi vida. Leer y aprender no era difícil, pero la presión de saber que mis calificaciones y mi desempeño influían en el trato que recibiría mi gente… eso sí era insoportable. No sabía si me esforzaba lo suficiente.
Estudiaba, entrenaba el cuerpo y ayudaba en casa. Kont también ponía de su parte. Nunca lo había visto tan decidido en algo.
En los exámenes, la escala era de diez puntos. Con cuatro, aprobabas colgando de una soga. En el primer examen del año todos subestimamos al sistema educativo: lo hicieron parecer fácil, pero los exámenes planteaban otra cosa —“Entrenar no es lo mismo que estar en guerra”—, esa fue la consigna. Éramos todos primerizos.
El ochenta por ciento de la clase reprobó ese primer examen. La nota más alta fue un seis —y me pertenecía. El rey me perdonó ese resultado, pero exigió que, a partir de ese momento, solo podría sacar notas superiores a ocho. Un siete complicaría todo para mi gente; un seis significaría la muerte de uno de mis hombres.
«“Mis hombres”… hablo como si fuera un líder militar…» Me gustó la escuela: aprender a luchar, a pensar, a formarme fue atractivo para alguien que venía del campo. Pero el reino asqueaba ese progreso.
Era cuestión de tiempo para que mis compañeros supieran que yo no pagaba los estudios. El colegio no daba becas; yo era el único que estudiaba gratis. Me llamaban “el privilegiado”… ¿privilegiado de qué?
Si fuera por mí, se podían ir todos a la mierda. No pedí estudiar aquí. Llegó el segundo examen y les cerré la boca a todos: saqué un diez, la segunda nota fue un siete.
A la salida, tres tipos me detuvieron. No esperaba un ataque: me cortaron la cara con un cuchillo. La cicatriz va desde debajo del ojo derecho hasta la mandíbula. La tengo hasta el día de hoy.
Nadie me dijo que me tomarían exámenes personales. El rey mandó al comandante Kees a que me enfrentara. Me dio una paliza y me puso un dos. No lo esperaba. Fue peor ver cómo colgaban a uno de mis hombres: quedó claro que mis tropiezos no se perdonarían.
Dejé de ayudar en casa para poder dedicarme al estudio y al entrenamiento; mamá y Kont entendían por qué y me apoyaban.
Los que me dieron la paliza aquella vez volvieron. Me atacaron y tomé venganza: les di una paliza y, por accidente, maté a uno de ellos. No sufrí castigo alguno; el rey no esperaba menos de mí. Fui aplaudido por haber matado a un compañero de clase. No me sentía orgulloso, pero tampoco me arrepiento. ¿Quién me quita ahora la cicatriz de la cara?
El tercer examen llegó y lo pasé con un ocho. Me cuesta mantener el ritmo, pero soy más fuerte físicamente. En mi siguiente combate contra Kees mantuve la línea y me puso un siete. Los aldeanos empezaron a ser tratados como animales de trabajo. Tenía que mejorar mis resultados cuanto antes.
Cumplí quince años. Comimos carne y papas; de postre hubo pan de ayer con azúcar, pero aun así todo sabía amargo.
Kont comenzó a acompañarme en los entrenamientos y en el estudio: corría conmigo, practicaba y después leía los libros que ya no usaba. Llegaba tarde del trabajo; la mitad de su paga se la daba a mamá y la otra la guardaba. Estaba ahorrando para pagar su ingreso a la misma academia. Mi propio hermano está esforzándose para acompañarme en la guerra. «No quiero dejarte solo», me dijo una vez. Esas palabras me movieron.
Poco a poco fui acumulando victorias: mis exámenes ya no bajaban de nueve, y Kees me puntuaba con ochos para arriba. Aprendí magia; descubrí que tenía pocas reservas de maná, pero las fui mejorando. Adelanté temas antes de tiempo; todo se volvió más fácil y pude mantener bien a mi gente.
Volví a trabajar; si Kont realmente quería estudiar, lo ayudaría. Le daba mi dinero para que lo guardara.
Me adapté a la vida que me impusieron. Ya no sentía los sabores y los colores estaban difusos, pero todo era más sencillo… y eso me tranquilizaba. Creo… ¿así ven todos los soldados? ¿O solo yo soy el amargado?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com