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El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 rumbo propio
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4: rumbo propio 4: rumbo propio Los pasos resonaban en las cloacas, mezclados con el goteo y el chapoteo del agua estancada.

Mark avanzaba sin miedo ni prisa, envuelto en la oscuridad, buscando una salida.

A lo lejos, casi al final del túnel, tres flamas levitando se acercaban hacia él.

Recordó lo que había escuchado: todos creían que la fachada del escondite se mantenía en las cloacas.

No había salida para él, no si los guardias bloqueaban el camino.

― ¡Eh!

¿Quién eres tú?

—gritó una voz, acompañada por el brillo tembloroso de las antorchas.

Ellos apenas distinguieron la silueta oscura de Mark, pero cuando se acercó al fuego y reveló su rostro, ya no hubo palabras ni dudas: los tres desenvainaron sus espadas.

El primero lanzó un tajo.

Mark atrapó su antebrazo con firmeza, le hundió la rodilla en la ingle y, aprovechando el impulso, le estrelló la cabeza contra la pared húmeda.

Giró con fluidez, impactando una patada en el rostro del segundo guardia.

El casco salió volando antes de que Mark le soltara un puñetazo seco en la nariz, derribándolo de espaldas.

El tercero arremetió de inmediato, pero Mark bloqueó el corte usando el casco caído del guardia anterior.

Con esa misma pieza metálica le devolvió un golpe brutal en el cráneo, lanzándolo contra el muro de piedra.

Sin un movimiento de más, sin mirar atrás, Mark continuó su camino hacia la salida de las cloacas.

La ligera luz del amanecer da indicios de dónde está la salida.

Y ahí estaba, el sol asomándose entre las hojas del bosque.

―mierda… ¿estuve toda la noche ahí dentro?

—comento, contemplando al sol asomándose entre las hojas de los árboles.

Soltó una ligera sonrisa y continuó el camino.

El circo había vuelto a abrir… Mark había bordeado toda la muralla que separaba al reino del bosque, hasta que por fin encontró el camino y, a un costado, la imponente entrada a la capital de Tharvella.

Se detuvo un instante.

Los guardias pasaban a su lado sin siquiera mirarlo; no lo reconocían.

No era un fugitivo… al menos, todavía no.

Bajó la vista hacia sus ropas.

Un desastre: manchas de sangre ocultas bajo capas de suciedad, rastros de humedad pegados a la tela… era la imagen de alguien que venía de sobrevivir al infierno.

Respiró hondo y dio un paso hacia la capital.

Por primera vez, Mark Arminton se permitió un momento de turismo.

… Las calles eran amplias y elegantes, impecablemente limpias.

La arquitectura, majestuosa, hablaba de una ciudad orgullosa de su historia.

La multitud se movía en todas direcciones, transmitiendo la imagen de una civilización pacífica y próspera.

Mark se detuvo ante una fuente: el agua brotaba de una runa inscripta en la punta de un obelisco, para desvanecerse al tocar otra runa tallada en el suelo.

Un espectáculo tan simple como mágico.

Los sonidos de la ciudad se mezclaban en una sinfonía cotidiana: el chirriar de las piedras de afilar contra el acero en las herrerías, los martillazos rítmicos sobre el metal incandescente, los pregones de comerciantes ofreciendo mercancías exóticas de tierras lejanas.

A primera vista, Tharvella parecía estable, casi ajena a la sombra de un traidor tirano.

Mark sacó de su mochila los restos de su espada y se acercó con cautela a un herrero.

—Disculpe… —lo llamó en voz baja.

El hombre, con un tono amable, se dio la vuelta.

―Diga.

Mark colocó las piezas sobre la mesa.

—¿Existe alguna forma de reparar esto?

El herrero arqueó una ceja y tomó las partes entre sus manos.

—¿Qué es esto?… ¿un bastón?

—las giró, desconcertado—.

No, ¿por qué tiene mango de espada?

—Es una espada —respondió Mark, con cierta seriedad—.

Está hecha para no matar.

—Oh… ―murmuró el herrero, intrigado.

Pasó los dedos sobre la varilla partida.

—Es un artículo peculiar… y claramente trabajado con cuidado.

De pronto, soltó una carcajada.

— ¡JAJA!

Casi te mando al diablo.

Creí que me estabas mostrando una simple vara de metal.

Pero no, son varios alambres de acero pulidos y unidos, con un espacio entre las conexiones para darle flexibilidad… —La hizo un amigo.

Es artesano.

Para mí es muy importante… ¿podrá repararla?

¡Le pagaré lo que sea!

El herrero negó lentamente, examinando las zonas dañadas.

—Es una pieza única.

Repararla requeriría una dedicación enorme… y mira aquí ―señaló la grieta fundida―, está ligeramente derretida.

No sé qué hiciste para romperla, pero, aunque sea versátil, si se cruza con algo caliente, se quiebra.

Es como cortar hilos uno a uno, no un rollo entero.

Con un suspiro, le devolvió los fragmentos.

—Me temo que no tengo los recursos necesarios para repararla ahora mismo.

Mark bajó la mirada, apretando la mandíbula.

—Qué pena… Hizo una breve pausa hasta que sacó su bolsa de monedas.

—¿Y si pago los materiales?…

El herrero pegó un salto al ver la bolsa y, con ojos desorbitados, miró alrededor.

Luego, sin previo aviso, agarró a Mark de la ropa y lo arrastró por encima del mostrador.

—¡Ay!

—chilló Mark al caer de cabeza en el suelo.

El herrero bajó la persiana con rapidez, cerrando el local.

— ¡Muchacho!

¡No muestres ese dinero así nomás!

¡Encima traes monedas de platino!

—Sí… la moneda de platino es la más cara que… pero ¿qué tiene?

Estoy comprando… — ¡El problema no soy yo, son las autoridades!

—le susurró el herrero con seriedad.

—¿Los guardias?…

―Exacto.

Los impuestos subieron una locura.

Antes pagábamos entre cuarenta y setenta monedas de plata… ahora entre cinco y diez de oro.

«El mundo se maneja con cuatro monedas: cobre, plata, oro y platino.

Cada una vale cien de la anterior», recapituló Mark mentalmente.

—¿Y la gente aguanta eso?

—preguntó con el ceño fruncido.

― ¡Demasiado!

—resopló el herrero—.

A Katán, la mejor sastre de la capital, ya la multaron tres veces este mes.

Y las sanciones aparecen de la nada… El rey murió, y el sirviente que tomó el poder gobierna para el carajo.

Mark se cruzó de brazos.

—Vaya… fea situación.

―No muestres tu dinero afuera, ni menos con guardias cerca ―insistió el herrero―, te dejan seco en segundos.

—¿Y usted?

¿Cómo la lleva?

—Mejor que otros, soy el herrero de la guardia.

Pero igual me aplastan los impuestos… Mark bajó la mirada hacia sus ropas miserables.

—Para tener tanto dinero, tu facha es un asco —le soltó el herrero, poniéndose de pie.

―Sí… —Mark sonrió apenas—.

Iré a visitar a esa tal Katán.

Tal vez pueda ayudarla con los impuestos.

—Dejó la espada sobre la mesa junto a siete monedas de platino—.

Te dejo esto.

El herrero abrió grandes los ojos.

—¡Esto es demasiado!

Con cincuenta monedas de oro sobre… —Considéralo caridad… o una oportunidad para lucirte, lo que prefieras.

—Mark se encogió de hombros—.

Si querés darme cambio, acepto sin problema.

—De verdad… es mucho dinero… Mark lo miró con serenidad.

—Señor, esta espada es importante para mí.

El valor no me importa… y sinceramente, tampoco siento merecer el dinero que cargo.

Tras una breve caminata por la ciudad, ahora libre de peso, Mark notaba cómo cada paso se sentía más ligero.

El herrero había aceptado cuidar también de su mochila, y eso le permitió relajarse, recorrer las calles sin la carga física ni mental.

En ese paseo, se topó con un grupo de guardias.

Ellos lo miraron de arriba abajo y, al ver sus harapos manchados de sangre y mugre, soltaron carcajadas.

—Miren al mendigo… —se burló uno de ellos.

Mark se detuvo y arqueó una ceja, con esa calma insolente que lo caracterizaba.

—Señores… ¿no tendrán un trozo de pan para donarme?

No desayuné esta mañana… ―preguntó, exagerando la voz como un actor de teatro barato.

El chiste no les causó gracia.

Uno de los guardias lo empujó con una patada que lo mandó al suelo.

Mark rodó apenas, riendo por lo bajo mientras los veía alejarse.

Al levantar la mirada, justo frente a él, se encontró con la tienda de ropas de la famosa Katán.

Pasó por la puerta del local, Mark presenció toda la habitación llena de exhibiciones de telas y ropas hechas a mano.

No pudo evitar balbucear de asombro.

—¡No puede ser!

¡qué horror!…

― gritó una voz femenina.

Una mujer se aparece ante Mark, sin que se dé cuenta, ya le estaba revisando cada ángulo del cuerpo, presenciando la mugre que llevaba encima.

― ¡¿qué rayos te pasó, Joven!?

― le pregunto la mujer, mientras le agarraba de apachurraba las majillas.

Mark se vio cara a cara con la hermosa dama a la cual llaman Katán.

Una mujer madura, rubia y muy atractiva.

En ese momento, Mark recordó las batallas que tuvo, las cuales la llevaron a tener esa mugre encima.

—Yo… me caí… — le responde, siendo soltado por la mujer.

—¡Pobrecito!

—clamó la mujer, tomando una cinta para tomar sus medidas.

Katán anotó con rapidez las medidas de Mark en un papel y lo miró fijamente.

—¿Alguna preferencia en especial?

—preguntó con naturalidad.

Mark la observó, incrédulo.

«Ni siquiera me preguntó si venía a comprar o a mirar…», pensó, desconcertado.

—Ropa cómoda, para la movilidad… —respondió, dudando un poco—.

Ah, y una capa verde.

La mujer se inclinó para medirle los brazos.

Sus manos se cerraron con firmeza alrededor del bíceps, arrancándole un sobresalto.

― ¡Vaya!

—exclamó Katán con entusiasmo—.

Además de lindo, ¡apuesto!

¡Mira este brazo!

―señaló con deleite, como si hubiera descubierto un tesoro escondido―.

¡Ya sé exactamente qué te vendría bien!

De pronto, Katán frunció la nariz y dio un paso atrás.

—Aunque… apestas a humedad y a pocos amigos —soltó con naturalidad.

El rostro de Mark se encendió de inmediato.

— ¿Perdón?…

— ¡Masha!

—Llamó Katán con voz firme.

Desde las escaleras bajó una chica de cabello oscuro, con expresión curiosa.

—¿Sí, mamá?…

—Guía a este joven hasta el baño de clientes —ordenó la mujer, sin dejar espacio para protestas.

Mark apenas alcanzó a procesar la frase mientras la muchacha lo tomaba del brazo y lo arrastraba.

«¿¡Baño de clientes!?

¡Ya entiendo por qué es la mejor sastre de la ciudad… y por qué se abusa de los impuestos con ella!» pensó con amargura, mientras era empujado sin remedio hacia el pasillo.

«¡Este lugar es una mina de oro para los que carecen de afecto femenino!» Mark fue empujado hasta un cuarto con un fogón encendido y una enorme caldera llena de agua burbujeante.

Antes de que pudiera reaccionar, Masha lo empujó dentro con ropa y todo.

—¡Perdón, señor!

—Se disculpó la chica, mientras se dirigía a un mueble y sacaba unas tijeras.

Mark se sobresaltó al ver cómo sus prendas comenzaban a deshacerse y a desintegrarse en el agua, como si fueran polvo atrapado en un remolino.

—Las aguas están encantadas —explicó Masha con naturalidad—.

El hechizo elimina cualquier suciedad… y lo que lleve encima.

—¡Te juro que lavo mi ropa!

—protestó Mark, hundiéndose con vergüenza dentro del agua mientras intentaba cubrirse a toda prisa.

—¿Siempre son así?…

—preguntó el viajero.

—Mamá sí, se niega a que toquen sus telas con los cuerpos sucios… —ya veo… —¿Desea un corte de cabello?

—le pregunta Masha con gentileza, mostrándole las tijeras.

—No, gracias… Masha se acerca a la caldera y agarro a Mark del pelo, dando un tirón a su cabello.

Sintiendo con sus dedos los nudos de su pelo.

—al menos permítame quitarle los nudos del pelo… mi madre me regañará… —bueno… ― suspiro derrotado Mark… … El baño fue rápido, el agua desintegraba todo tipo de mugre del cuerpo.

Masha le dio un ligero corte de pelo a Mark.

Katán entró al baño y le dio ropa provisoria a su cliente y lo llevó a ponerse la ropa recién fabricada.

—que rápido… — comentó Mark viendo la pila de ropa doblada… Se puso el pantalón, una pieza café de tela con varios bolsillos y zonas de cuero que lo endurecían como una defensa, pero para nada limitaban su movilidad.

Una camisa blanca superior que tenía dos botones cerca del cuello, y los antebrazos también endurecidos con cuero, a simple vista parecía que tenía las mangas arremangadas.

Un chaleco que también era cuerpo, perfecto para combinar con una corbata, pero no se le dio una, porque sabía que Mark no la usaría.

Finalmente, una capa gruesa color verde con lana de chivo en la zona del cuello.

Todo estaba hecho a la medida y a la perfección para ser complementado con armadura.

Mark solo permaneció con la boca abierta.

Se sentía como otra persona.

—tus pintas, físico y aspecto delataban que eres alguien importante… ―le confiesa la sastre.

—No sé exactamente a qué te dedicas… pero esto queda de acuerdo a tu personalidad… te puede ayudar en batalla… Mark dejó de un golpe en la mesa unas 3 monedas de platino.

― ¡¿qué?!

¡esperé!

¡Esto es demasiado para lo que vale el trabajo!

—¡Gracias por todo el servicio!…

¡me encantó!…

el baño, el recorte de cabello… la ropa… —comenta Mark mirándose en el espejo.

Voltea para ver a la mujer a los ojos ― además… me enteré de que se están abusando con sus impuestos… considérelo como un regalo más que un pago —¡Muchas gracias, señor!

—exclamaron madre e hija, haciendo un gesto de gratitud hacia Mark.

—No, por favor… levanten la cabeza, no es nada —respondió él, devolviendo el gesto de agradecimiento con naturalidad.

… ― ¡Señor!

¡Regrese cuando quiera!

—Le llamó la mujer, agitando la mano mientras Mark abandonaba la tienda con su nueva vestimenta.

Ya en la calle, Mark se sentía diferente, como si su peso interior y exterior se hubiera aligerado.

La caldera no solo había eliminado la suciedad; había sido una especie de terapia, una liberación silenciosa que lo hacía sentirse renovado.

—Ya no me siento como aquella persona del pasado… ¿será una señal?

¡Tal vez sí pueda empezar de cero!

―comentó Mark al aire, con una sonrisa genuina.

―Mírame, hermano… ¡a que no me reconoces!

―bromeó, pero se mordió el labio, dejando escapar un dejo de dolor.

—No… no es divertido… Mark regresó a la herrería, encontrándose de nuevo con el dueño.

— ¡Bienvenido!

—dijo el herrero, cerrando la tienda detrás de él.

― ¡Ja, ja!

¡Ahora sí luces como alguien a respetar!

―se rió el hombre mientras colocaba las pertenencias de Mark sobre la mesa: la mochila, reforzada con placas de metal, y la varilla de acero reparada.

Mark miró la mochila, desconcertado.

—Estaba dañada… la usaste como escudo en algún momento, ¿verdad?

—preguntó el herrero.

—Sí… en algunas ocasiones… —respondió Mark.

―Lo imaginé… La cosí y le coloqué algunas placas de hierro por fuera.

Son delgadas, pero te protegerán de impactos por la espalda.

—La varilla… fue complicada, eh… Tal vez llegué a quebrarme de nuevo, pero hice lo que pude.

Deberías considerar llevársela a tu amigo… tal vez él sí pueda devolverla a su estado original.

—Ya veo… no se preocupe —respondió Mark, con calma.

—Un momento… —le pidió el herrero, rebuscando bajo su mostrador, para luego sacar y colocar encima una armadura de cuero y acero.

—el dinero que me diste, sobra un 90%…

¿quieres la armadura?…

Mark sujetó la armadura en sus manos, a pesar de las placas de acero, se mantenía ligera.

—pensé en algo… ― comentó el herrero con curiosidad.

― te venías manejando con una artesanía como esa… ―señaló la espada de Mark.

—La espada tiene la firma de un tal Mark y Will… ¿Quién es quién?…

—Mi nombre es Mark… Will es el artesano que diseñó la varilla de la espada…

yo diseñé el puñal de encaje… —también eres artesano… —Me gustaba inventar idioteces con mi amigo… ―Eso me basta… si quieres inventar algo aquí en mi taller, a cambio quiero los planos… vender artículos de ese tipo me traerá un dineral… los materiales te los regalaré…― —suena a estafa… —comenta Mark con una risa— bueno… podemos negociar… El viajero se saca la capa y se la entrega al herrero.

―yo diseñaré tres artículos, y les dejaré los planos… mientras tanto, usted blinde mi capa.

― ¿blindar?…

― ―mi capa anterior tenía alambres de acero tejidos dentro de la tela, eso me daba una protección sin necesidad de usar armadura… —¿Qué le pasó?…

—Se quemo… —Veo que tienen un problema con los alambres… deberías buscar un arcano y que te encante las cosas con resistencia al fuego, o te van a durar poco… —no es una mala idea… —comenta Mark… … Pasó un momento.

Mark se encontraba inclinado sobre la mesa, dibujando con precisión los planos que le dejaría al herrero.

Mientras tanto, Héctor —ahora con nombre revelado— trabajaba en silencio, tejiendo alambres de acero en la tela de la capa.

—¿Qué le pasó?

—preguntó el herrero de pronto.

—¿Qué le pasó a qué?

—replicó Mark, sin levantar la vista.

—Al tal Will.

Mark se detuvo.

La pluma tembló apenas entre sus dedos.

—Nada… —respondió con un suspiro contenido—.

Sigue en su taller en Narzu, encerrado en su sótano, inventando cosas como siempre.

Héctor levantó una ceja, curioso.

—¿Y por qué entonces te importa tanto esa espada?

Mark apoyó la mano sobre el arma, como si acariciara un recuerdo.

—Porque fue la última cosa que fabricamos juntos… antes de que yo me fuera.

Hubo un breve silencio.

El chisporroteo del metal contra el fuego llenaba el taller.

—Es talentoso, sin duda —dijo Héctor, observando la pieza con genuina admiración—.

Nunca imaginé que alguien inventara una espada sin filo, pero tan eficaz.

Mark sonrió, nostálgico.

—Sí… ese es mi amigo.

… Pasó otro breve momento, Héctor terminó con la capa y Mark dejó los planos en la mesa.

―termine… ― dice Mark.

―yo igual… —avisa el herrero, dejando la capa sobre la mesa.

El viajero agarró su capa y silbó impresionado al ver que ni se notaba el acero en la capa.

—¿No vas a fabricar los arti…?

Madre mía… —balbuceo al ver los planos.

―Fabrique el primero, pero los otros 2 son más complejos… te los dejo a ti… prueba y error, si puedes, mejóralos, son tuyos… ― le explica Mark, levantando un gancho de hierro con un pequeño tambor de madera y metal.

—¿Qué es?…

— una ranura carrusel… ― ¿qué?

¿qué?…

―no soy creativo con los nombres…― responde Mark, mientras mete la varilla de Metal en la ranura, efectuando como funda de espada.

Héctor tomó el aparato y lo inspeccionó con detenimiento.

El artículo estaba hecho específicamente para Mark, pero podía ser editable, además de la varilla, tenía un orificio para almacenar una espada, una daga y alguna que otra cosa.

—Combina con el puñal de encastre que ya tenías… —exacto… podría cambiar entre mi espada y otras armas, rápidamente… y gira como rueda, para mayor rapidez de cambio… — ingenioso… — gracias… —Bueno, estudiaré y construiré los planos que me dejaste.

Pásate más tarde para ver cómo quedaron.

— ¡Con mucho gusto!

—Quería darme una vuelta para seguir viendo la ciudad.

Es lindo aquí… lástima los guardias.

—Sí, la ciudad tiene sus contras.

Héctor sonrió.

— ¡Buen paseo!

Mark salió del taller, ajustando la nueva capa sobre sus hombros.

Una sensación extraña de ligereza y seguridad lo acompañó mientras se mezclaba con el bullicio de la ciudad.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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