El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 la planta el sol y el agua
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6: la planta, el sol y el agua.
6: la planta, el sol y el agua.
Leynian avanzaba por un pasillo revestido de piedra.
El eco de sus pasos se perdía en la profundidad del corredor, solitario y solemne.
Finalmente, se detuvo frente a una puerta de madera.
Golpeó tres veces.
—Puede pasar… —respondió una voz masculina.
Leynian empujó la puerta y encontró a Leonard sentado en su escritorio.
Sostenía un trozo de hielo envuelto en un trapo contra su mejilla hinchada.
—Te dio una paliza —rio Leynian, cruzado de brazos.
Leonard soltó un suspiro entre dientes.
―Literalmente.
Y eso que se contuvo desde el inicio… —Es una pena que no se haya quedado… parecía un buen partido.
― ¿Buen qué?
—Aliado… —corrigió rápidamente.
Leonard miró a la mujer con extrañeza, arqueando una ceja.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar?
Leynian apenas se ruborizó, desviando la mirada.
—No empieces… —sacudió la cabeza—.
No vine a hablar de Mark, vine a preguntarte sobre tu próximo plan.
Leonard dejó caer el hielo sobre la mesa con un suspiro cansado.
―Ya… ya no lo sé.
De las cinco operaciones que organicé… solo una salió bien.
—Ey… logramos robar toda la pólvora de la guardia… eso ya es un logro.
Les quitamos su mayor arma —dijo Leynian con entusiasmo.
—Soy un fracaso como futuro rey… ―murmuró Leonard, dejando escapar un suspiro amargo—.
Me dio una paliza un simple viajero.
—Aun así… eres nuestro líder, y como líder, vas a buscar la forma de sacarnos adelante —le recordó Leynian con firmeza.
—Desearía que cayese un milagro del cielo… a este punto, lo único que se me ocurre es evacuar a los ciudadanos fuera y esperar que Notumheim nos declare la guerra —confesó Leonard con resignación.
—Si tenemos suerte… Kantaro y el resto morirán aquí… ―agregó Leonard, la voz quebrada por la pena.
—Pero a costa del control de tu reino, Leonard… es una locura lo que dices —cuestionó Leynian—.
¿Así vas a desperdiciar el sacrificio de tu padre?
—No, no quiero que acabe así… pero… ¿qué otra opción me queda?
—susurró Leonard, con la mirada perdida en el vacío.
Leonard bajó la mirada pensativo.
Luego miró a Leynian a los ojos.
—Voy a pensar en algo… pero el riesgo que tomamos ayer… no se puede repetir… ― le dice en voz baja ― casi mueres por mi culpa… —Leonard, te preocupas demasiado… — le dice Leynian — lo vamos a lograr, tengo fe… venceremos a Kantaro… … —con que viste a lo que nos enfrentamos… ―murmuró Héctor, sin orgullo ―así es todos los días… son personas codiciosas… —lo que vi me dieron ganas de vomitar… ― le responde Mark ―no imaginé ver a una niña de 7 años en la horca… El viajero permanece callado por un periodo breve, reflexionando.
—¿Ustedes apoyaban al reino antes del cambio de poder?…
—¿A qué te refieres con “apoyar”?
—preguntó el herrero mientras ajustaba unos tornillos.
—¿Qué opinas del reinado del rey Eldwood?
Y… ¿qué opinas de la rebelión?
—especificó Mark.
—¿Qué puedo decir?
—respondió Héctor, con un suspiro—.
El rey Eldwood claramente fue mil veces mejor gobernante que este circo de inadaptados.
Por otro lado… la rebelión del príncipe Leonard me parece una lucha noble, pero no está llevando a nada.
De todos sus ataques, solo tuvieron éxito una vez.
—¿Una sola vez?
—repetió Mark, sorprendido—.
Qué pena… Hizo una breve pausa, midiendo sus palabras para no sonar rudo.
—Aquí falta la voz del pueblo.
― ¿Eh?
—preguntó Héctor, intrigado.
—Ya hay un grupo luchando por el cambio… pero falta la gente que abrace ese cambio… que lo pida a gritos… —un momento — le pide Héctor, dándose la vuelta para verle a Mark sentado en su silla con los pies en el mostrador, así como lo vio, un casco surco el cielo, tirándolo al suelo de un golpe — ¡mi mostrador no es para que apoyes los pies!
― ¡creí que estábamos hablando de política!
― le reprende Mark, con el chichón en la frente —¡De eso te iba a hablar, pero te vi usando mi mostrador de pupitre!
—¡Entonces deja de gritarme y dime lo que ibas a decir!
― ¡yo dejo de gritar si yo quiero!
― hace una pausa repentina, toma un vaso y bebe un poco de agua ― ¿¡me escuchaste!?
—Te iba a decir que vayas a la posada esta noche… es viernes, solemos hacer reunión vecinal…
escuchas la opinión de la gente y les dices lo que piensas… —¡No es mala idea!
¡por fin das una idea brillante!
—le dice con una sonrisa Mark, levantando el pulgar.
En ese momento, el vaso de Héctor golpeó la cara de Mark, dándole otro chichón.
Pasan las horas, y por fin Héctor se apartó de su trabajo.
Se vio la vuelta, viendo cómo Mark estaba durmiendo una siesta en el suelo, con la mochila como almohada y capa como frazada.
El herrero dejó salir una mueca de fastidio y soltó el invento sobre la cabeza del viajero.
― ¡puta madre no dejan dormir a gusto!
― grita de un salto Mark.
― no dormí en toda la maldita noche por culpa del príncipe de mier… ― Se calla al ver el artilugio tirado en el suelo y lo levanta con las manos… —bien… — suelta impresionado — solo te tomó… ―son las 5 de la tarde… —7 horas…eres lento… —¿Tú cuánto habrías tardado?
—le pregunto incrédulo.
―13… —Tienes que estar bromeando… —Para nada.
Sin mi amigo Will, soy lento para los inventos… ―respondió Mark.
Era una especie de brazalete de cuero con un engranaje en el centro.
Encima, varios tablones de madera se extendían en dirección al antebrazo.
Mark dio una sacudida brusca hacia abajo.
Los tablones se desplegaron y giraron en torno al engranaje, encajando unos con otros hasta formar un círculo sólido de madera y acero, unido a su brazo.
—Escudo de engranaje… —murmuró Héctor, orgulloso.
—¿No había un mejor nombre?
—No lo sé… tú lo inventaste, ponle nombre tú, infeliz.
Mark pensó por un momento, miró a Héctor, luego al escudo, y de vuelta a Héctor… ― ¿y…?
—espera un momento, estoy pensando… —escudo de engranaje… suena genial… —tiene que ser una broma… —siéndote sincero… ¿Cómo rayos nombras a un escudo que gira para armar?
… Las horas continuaban, y la noche caía mientras Mark recorría la ciudad con ojo crítico.
Notaba cómo la gente se tensaba y se ponía nerviosa al ver a los guardias pasar por la misma calle.
Claro, corrían el riesgo de multas innecesarias… El cielo nocturno era un lienzo de estrellas, con manchas azules y negras extendiéndose sobre la ciudad.
Fue en ese momento cuando tomó rumbo hacia la posada mencionada por Héctor.
Al llegar, sus ojos se detuvieron en el cartel: “Posada: El Inepto”.
—Lindo nombre… me siento identificado —soltó con una risita, mientras se adentraba.
El interior lo recibió con un bar abarrotado de gente, todos hablando con indignación.
Mark se acercó a la barra y notó un cartel giratorio con letras grandes: “Reunión de vecinos: por favor, evitemos estar ebrios.” Lo giró apenas… y del otro lado aparecía un menú completo de tragos alcohólicos.
Al levantar la cabeza, el cantinero ya lo observaba.
—Protocolo de cuidado… —explicó—.
Hay vecinos a quienes no les agrada la posada, pero quieren un lugar seguro para conversar.
—Ya veo… —asintió Mark con tono comprensivo.
— Un vaso de leche.
―Enseguida.
El cantinero sacó una botella de cerámica, tomó un plato de madera y se lo dio a Mark, quien miró el vaso indignado.
—espero que no me estén tratando como gato… ―disculpe… pero me quedé sin vasos normales… Mark volteó a ver, notando cómo las mujeres y hombres ocupaban los vasos de madera tallada.
Mark volteó a ver al cantinero y le miró fijamente.
—¿Y si te pago la leche como si fuera alcohol y me das una taza de cerveza?…
― hecho… ― sonrió el cantinero, vertiendo la leche del plato a la taza La taza se arrastró por la superficie de madera hasta las manos de Mark; el bullicio bajo de las personas provocaba un ruido molesto pero necesario para ellas.
dio la vuelta, girando el banco y mirando la reunión.
Todos los ciudadanos de las calles cercanas a la posada se reunían ahí para quejarse de la tiranía y de la ineficiencia de la rebelión… ― ¡2 meses van de este gobierno de mierda!¡la segunda vez en el mes que me cobran impuestos!
― se queja un hombre de gran panza y barba larga.
― ¡a este ritmo, No podré comprar sal para conservar la carne de mi tienda!
—A mí me cobraron una multa de 32 monedas de plata, el motivo: ir descalzo… ¡esto es insensato!
¡solo pude comer pan ese día!
—comentó un hombre.
―Y la rebelión que supuestamente busca recuperar el reino… por Dios… que Dios los bendiga, pero son unos inútiles… ―comentó una señora de mediana edad.
—¿Cómo pretende el príncipe Eldwood gobernar así?…
—comentó un viejo con una joroba notoria— el rey Eldwood pudo mantener el orden toda su vida… ¿Cómo pudo el hijo perder al rey en su primer día?…
—¡Se supone que Marcus, Leonard y Leynian son los mejores guerreros de este reino!
¿Cómo es posible que pierdan tan fácil estando juntos los tres?…
Mark bajó la mirada, escuchando cada queja con atención, analizándola al detalle.
Su mandíbula se tensó al ver cómo criticaban la rebelión.
Giró la cabeza y encontró a Héctor apoyado contra la pared, brazos cruzados y mirada gacha: gente que supuestamente estaba para ayudar.
En ese instante recordó cómo Leynian insistía en que él debía apoyarles.
Soltó un suspiro lleno de bronca.
—Mucha charla, pocas nueces… —dijo en voz alta Mark, con un tono tranquilo pero lo suficientemente fuerte para imponerse sobre los más gruñones.
— ¿Disculpa?
—cuestionó un carnicero—.
¿Y tú quién eres para hablar así?
—Escúchenlo… —irrumpió Héctor—.
Tal vez lo que diga tenga algo de sentido.
—¿Qué necesita una planta para crecer?
—preguntó Mark, sacando una libreta y una pluma.
Héctor se llevó la mano a la cara, avergonzado de haberle dado la palabra.
—¿Para qué le di la palabra?
―susurró.
—¿Es broma, verdad?
―se quejó un hombre robusto.
—Por favor… respondan… —insistió Mark.
—Una planta necesita sol y agua para crecer… ¿por qué la pregunta estúpida?
—replicó un vecino.
—Nada… tenía un examen de agricultura y me faltaba la última pregunta —dijo Mark con una media sonrisa.
—¡Lo mató!
—exclamó el carnicero poniéndose de pie.
—Es broma —aclaró Mark, calmándolo con la mano—.
Pongámoslo así: la rebelión es una planta, y ustedes son el sol y el agua.
Ustedes pueden ayudarla a crecer o impedirlo.
La gente quedó en silencio, escuchando atentamente.
—¿Cuántos de ustedes han intentado recuperar el reino en estos dos meses?
—preguntó Mark, y el silencio se apoderó de la taberna.
—Exacto… si fuera tan fácil, no estarían quejándose aquí.
Estarían en sus hogares, comiendo carne de calidad y despreocupados por multas e impuestos abusivos.
—Es más difícil de lo que parece… se quejan, pero no ayudan a quienes sí están recorriendo el sendero de espinas… —¡Claro que apoyamos a nuestros rebeldes!
¡Queremos que ganen!
—gritó un ciudadano.
—¿Salieron a protestar a favor de ellos?
—preguntó Mark, y el silencio volvió a llenar la sala.
—¿Al menos salían a venerar al rey o a pedir por su recuperación?
—insistió, y el silencio continuó.
Mark gruñó entre dientes, con frustración.
—¿Qué se puede esperar de un gobierno cuyo pueblo está vacío de alma?
—dijo Mark, con repudio hacia la multitud.
—¿Quién te crees para hablar así de nosotros?
¡Ni siquiera perteneces aquí!
―exclamó un vecino indignado.
—Es cierto… soy de los reinos involucrados en guerras constantes.
¿Y saben por qué, aun estando en medio de batallas, esos reinos tienen un pueblo próspero?
—dijo Mark, elevando la voz con intensidad—.
¡Porque tienen un pueblo vivo, que se identifica con las luchas que enfrentan!
¡Allá afuera!
La guerra es como un deporte, y cada batalla es un partido.
La gente grita con pasión por su bandera, esperando la victoria y el regreso seguro de sus familias… —Estás comparando dos pueblos completamente diferentes —respondió la señora, con el ceño fruncido.
― ¿Y…?
―replicó Mark, elevando la voz con un dejo de impaciencia―.
¿No puedes estar agradecida por la paz que te da el rey?
Gracias a él, tus hijos no van a la guerra a morir ni a traer victorias vacías… —Da igual cuáles sean las circunstancias de ambos reinos ―insistió Mark, mirando a los presentes con firmeza―.
Un pueblo es próspero cuando su gente abraza su bandera, pase lo que pase, y los cambios surgen solo si la gente apoya activamente el cambio… Alguien, entre la multitud, levantó la mano esperando que le dieran la palabra.
Mark lo señaló con la mirada y todos voltearon hacia él.
—No… no hablo con el fin de atacar ni nada… pero… ¿usted sugiere que nos lancemos a morir contra dos mil soldados?
—preguntó un joven, casi un niño.
—Tu voz me resulta familiar… —comentó Mark antes de responder.
—Me compraste pociones hoy en la mañana.
—Ah… ya entendí.
Mark hizo una breve pausa, mirando al resto.
—Aquí el amigo tiene un punto —continuó—.
Son ciudadanos que tal vez nunca estuvieron en una pelea a muerte.
Y no les digo que salgan ahora mismo a las calles a dar vuelta al gobierno a la fuerza… Chasqueó los dedos.
Un retumbar fuerte recorrió la sala, como si la atención misma se condensara en el eco de aquel gesto.
Todos se quedaron expectantes ante el hombre de capa verde.
—Vamos a desglosar mi metáfora —dijo, con voz firme—.
La rebelión es una planta.
Ustedes son el sol y el agua que la hacen crecer… ¿cierto?
—Según tú, sí… —respondió el viejo jorobado, desconfiado.
―Bien.
Vamos a definir qué son el sol y el agua ―explicó Mark―.
El sol es el aliento que damos al cambio, porque puede darse siempre y nunca perjudica.
Y el agua es nuestra intervención: si le damos demasiada, la planta se ahoga; pero si damos lo necesario, la fortalecemos… —¡Yo llegué a una conclusión!
—gritó un hombre poniéndose de pie, señalando a Mark con el dedo índice, mientras todos giraban a mirarlo.
—¡Es un demente!
¡Quiere dar clases de política con metáforas de agricultura sin siquiera ser de Tharvella!
—¿Clases de política con metáforas de agricultura…?
Qué interesante… dime más —pronunció una voz desde la entrada.
Todos giraron a ver al emisor de aquellas palabras, y un escalofrío recorrió la sala.
Armand Nohier estaba de pie en el umbral de la posada.
—¿Un extranjero dando lecciones de política?
Suena interesante… dime más ―repitió con calma, avanzando a paso lento, atravesando la multitud que se abría a su alrededor.
Caminó sin apuro hasta el mostrador y tomó asiento en un banco, justo al lado de Mark.
—Espero que no estés despreciando el maravilloso mandato que rige este reino… es, sin duda, el más admirable que he visto en mis viajes.
—¿Más admirable que el mandato de Narzu, el “Estratega de Plata”?
—preguntó Mark con un dejo de ironía, girándose apenas para darle un sorbo a su taza de leche.
—Diez mil veces más maravilloso —respondió Armand, con firmeza.
Mark volvió a mirar de frente, pero el ambiente había cambiado.
Escuchó el rechinar de sillas arrastrándose, pasos apresurados y un murmullo inquieto.
En menos de veinte segundos, la posada estaba casi vacía.
Solo quedaron Héctor, el cantinero y, frente a frente, Mark y Armand.
—¿Cómo te llamas, extranjero?
—preguntó Armand con una sonrisa medida.
—Mark Arminton —respondió con voz firme.
—Armand Nohier —se presentó el estratega, inclinando apenas la cabeza.
—Ya sé quién eres, vi tu espectáculo en la mañana… espero que hubiera buenos motivos para colgar a niños en una horca.
—Antes que dejar huérfanos… prefiero que estén en el infierno junto a su familia.
—Armand lo dijo con calma, como quien justifica lo imperdonable—.
¿A qué te dedicas, Arminton?
Mark pensó un instante, esbozando una mueca divertida.
—Soy sirviente del rey de Notumheim.
Vine a comprobar si el reino cumple las condiciones para la boda… ― ¿Boda?
¿Qué boda?…
—Armand arqueó una ceja, desconcertado.
—¡La boda!
—repitió Mark, disfrutando su propia ironía—.
La segunda princesa de Notumheim se casará con el príncipe Eldwood, para sellar un tratado de paz entre reinos… El silencio que siguió fue corto pero pesado.
Mark alcanzó a escuchar cómo Armand tragaba saliva.
En su mente, estallaba una carcajada invisible.
—Aunque me resulta curioso… ―añadió Mark, con falsa ingenuidad—, que el príncipe de este reino se llame Toid y se apellide Canvil.
¿Se habrá equivocado mi rey?
¿O lo habrán engañado?
Qué tragedia sería que estallara una guerra entre naciones por un simple malentendido.
—Habrá sido un error —respondió Armand con una calma inquietante—.
Hace poco, la familia Eldwood cedió el reinado a los Canvil.
El tratado de paz se habrá confundido… quizás tu rey estaba acostumbrado a escuchar el apellido Eldwood.
Mark apretó la mandíbula.
«Sabe jugar con las palabras… no parece un charlatán cualquiera.» —¿Quién firmó el tratado?
—preguntó, tanteando terreno.
—El príncipe Leonard Eldwood, en persona.
—Quizás lo hizo en nombre de los Canvil, antes de ceder el trono… Mark calló un instante.
«Mierda, me ganó.
Si hablo de más, descubrirá mi mentira.» —Tal vez exista esa posibilidad —cedió al fin—.
Haré el control del lugar y luego informaré al rey sobre las condiciones del reino.
Armand sonrió con un brillo astuto en los ojos.
—Asegúrate de hablar de lo fabuloso que soy… y dile a tu rey que Tharvella incluso tiene al Estratega de Plata en sus filas.
«Así, por más que algo salga mal, no se atreverán a meterse con el reino», pensó Armand, satisfecho.
«Idiota… solo vas a lograr que Narzu también se meta al conflicto», pensó Mark, dándole un trago tranquilo a su taza de leche.
—¿Bebes leche?
—Sí… ¿por qué?
—¿Tienes complejo de bebé?… Los hombres de verdad beben alcohol.
—Prefiero huesos fuertes antes que problemas de hígado, gracias.
Además… ¿el “estratega de plata” me llama bebé?
Muy maduro de su parte.
—Al parecer, no conoces a tus superiores… —gruñó el estratega sin perder el orgullo.
—¿A mi rey?
Claro que lo conozco… un gran sujeto.
Él nunca permitiría que me arrodille ante un plebeyo como tú ―bromeó Mark, con más orgullo del que mostraba Armand.
―Ja, ja, ja… me caes bien, Arminton ―comentó Armand poniéndose de pie―.
No vayas a arruinar esta bella amistad; no quisiera verte en la horca por insolente.
—Una amenaza romántica, me gusta… —respondió Mark con sarcasmo.
Armand chasqueó la lengua, se dio la vuelta y salió de la posada, dejando a Mark con una sonrisa de satisfacción.
—Una partida pareja, pero gané yo… uno a cero —murmuró, apurándose la taza de leche.
—Te acabas de enemistar con el estratega del reino… ¿qué vas a hacer?
—preguntó Héctor, acercándose.
—Si tengo suerte, se habrá creído el cuento del sirviente.
Y yo iré a darle una revisada al castillo… —¿Pero para qué todo esto?
¿Quién eres?
¿Por qué te vas a involucrar en esto?
—Un mendigo viajero… uno que se preocupa por la vida inocente.
Mark se levantó despacio, todavía con esa chispa desafiante en los ojos.
—Festeja conmigo, Héctor: haber conocido al estratega de la bandera roja solo me da más ganas de bajarlo de su pedestal.
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