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El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 falsa inspección
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7: falsa inspección.

7: falsa inspección.

—¿Qué planeas hacer ahora?

—preguntó un joven, sentado frente a una mesa llena de piezas de metal y madera tallada.

—Tendré que largarme de Narzu.

Todo el mundo conoce mi cara… incluso quizás tenga que irme de Punta Este ―respondió Mark, recostado en un banco, con la sombra de su capucha cubriéndole el rostro.

—¿Por qué Naga intentaría eso…?

¿Ella no era tu aliada…?

—preguntó el joven, con una mueca de confusión.

—Yo también lo creía… La puñalada aún me duele… aunque la herida esté sanada ―murmuró Mark.

—Bueno… larguémonos entonces —dijo el joven, poniéndose de pie y caminando hacia su mochila.

—No, no… ―murmuró Mark, deteniéndole—.

Solo puedo irme yo.

Si Naga se entera de que te fuiste con alguien, enseguida sabrá que sobreviví.

—Vaya problema… Lazarus sí que trajo problemas con su muerte ―murmuró el joven con fastidio, rascándose el cuello.

Su mirada se centró en Mark, notando cómo le temblaban las manos.

― ¿Estás bien?

—Me cuesta pensar… —respondió Mark, sentándose en un banco y agarrándose la cabeza con frustración—.

Es la primera vez en años que no puedo pensar correctamente.

―Es normal… Mark.

Murió tu hermano… ¿acaso has llorado?

—No, Will… aún no lo he hecho —confesó Mark, con los ojos brillosos.

… Sus ojos se abrieron.

Levantó la cabeza de la almohada y se restregó los ojos.

Miró a su alrededor, contemplando el pequeño cuarto de la posada.

Observó sus dedos, húmedos.

Se tocó la cara nuevamente y se dio cuenta de que había estado llorando dormido.

―Sueño de mierda… ―balbuceó, soltando un bostezo.

— ¡Buenos días!

—gritó, bajando por las escaleras con una sonrisa fingida, encontrándose con el cantinero que limpiaba vasos.

Antes de que pudiera decir algo, el hombre señaló un cartel que decía: “No servimos desayunos”.

—¡Del negocio que te estás perdiendo!

—Se quejó Mark, cargando sus cosas al hombro mientras pasaba por la puerta y salía a la calle iluminada por la luz de la mañana.

Mark chasqueó la lengua con fastidio, mientras las tripas le gruñían con toda su furia.

—Ni siquiera cené… qué irresponsable… —murmuró, caminando por la calle.

Un pensamiento cruzó fugaz por su mente.

Se quitó la mochila y rebuscó dentro, sacando una manzana, que estaba extrañamente blanda.

Sacó un cuchillo y le dio un corte, dándose cuenta de que más de la mitad estaba golpeada y podrida.

Con un respiro cargado de bronca que decía más de mil palabras, simplemente aplastó la manzana y dejó los restos sobre la tierra de un macetero que estaba por ahí en su camino.

Aún tenía mucho dinero.

Mark se acercó al puesto de un panadero y compró un pan y una botella de leche.

Caminó unos pasos, tratando de sacar el corcho de la botella mientras retenía el pan bajo el brazo.

¡Plof!

Sonó la botella al destaparla.

Sin pensarlo, dio un primer trago.

Sus ojos se abrieron de golpe y escupió, sacándose una masa blanca de entre los dientes.

― ¡Maldito!

¡¿Cómo te atreves a dejarle la nata a la leche?!

¿Acaso no sabes colar?

—Se quejó, limpiándose la boca y estremeciéndose del asco.

—¿Cómo algo tan asqueroso puede venir de un delicioso néctar?

—murmuró, incrédulo.

Volcó un poco de la leche hasta que vio caer todo el rejunte de nata: más de media botella.

—Desgraciado… —bufó—.

Hubieras hecho manteca o crema con esto… ¡ojalá te multen, maldito!

—gritó Mark, bebiéndose lo poco rescatable de la botella antes de darle una mordida al pan.

No estaba duro, pero no le faltaba mucho.

—¡Ni siquiera es pan de ayer!

―se quejó, aunque luego recapacitó, bajando la voz―.

Tal vez no hay dinero para ingredientes… y yo quedándome… Se interrumpió a sí mismo, suspirando.

―…Lo siento… Mark llegó a la herrería de Héctor y entró como si fuera su propia casa, dejando la mochila bajo el mostrador.

Al ponerse recto, estiró la espalda y miró hacia un costado: Héctor estaba concentrado en el último invento basado en los planos de Mark.

—¿Cómo va?

—preguntó Mark mientras se desperezaba.

—Bastante bien… después del escudo, todo parece más sencillo… ―Me alegro.

Oye… dejo mis cosas aquí… —Con confianza —murmuró Héctor, sin apartar la vista de su trabajo.

Mark lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Ni me das los buenos días?

¡Qué mal aprendido!

—¿No se dice “mal educado”?

—replicó Héctor, girando apenas la cabeza.

— ¡No!

Porque tu madre es quien te educa, y no creo que una mujer tan noble te enseñe tan horriblemente.

Héctor se quedó en silencio, sin saber qué contestar.

—¿Sabes que tú fuiste el que entró callado?

—Sí, ya sé… quería ver cómo reaccionabas.

—Eres molesto, ¿no te lo dijeron?

—Mi mamá me decía “idiota de gran cerebro” … decía que soy tan inteligente que gasto más en estupideces que en coherencias.

—Sabía mujer… ―Amén.

Héctor soltó unas carcajadas y, con el dedo, señaló un rincón donde descansaba una cesta.

Mark se acercó curioso y encontró dentro una hoja de espada con mango.

Al levantarla, notó de inmediato que estaba hecha exclusivamente para su puñal de encastre.

—¿Cómo…?

—preguntó, girándose sorprendido.

Sobre la mesa reconoció su propio mango.

—Ayer lo dejaste aquí ―respondió Héctor sin darle importancia―.

Tu varilla es buena, pero a veces necesitas un poco de filo.

—Oww, qué tierno… el nene me cuida —se burló Mark, poniendo cara de derretido—.

¡Eres un amor!

—Sigue hablando y te meto ese filo en el… ― ¡Hou!

¡Wow!

¡Tranquilo!

—saltó Mark, levantando las manos en señal de paz.

—Te lo agradezco, pero no uso filos… yo no mato —dijo con seriedad inesperada.

—Tener una espada no es sinónimo de ser un asesino —replicó Héctor, frunciendo el ceño mientras lo miraba de frente.

—Buen punto… —admitió Mark, guardando el filo en la ranura carrusel de su mango.

Pero entonces, una chispa de idea se encendió en su cabeza.

De golpe, corrió hacia su mochila y comenzó a hurgar con desesperación.

—¿Qué pasa ahora?

—bufó Héctor, sin entender.

Mark no contestó.

Rebuscó en un bolsillo oculto hasta sacar un plumón de punta brillante: un fragmento de diamante resplandecía en su extremo.

—Un momento… eso es… —Héctor se quedó pasmado, incrédulo.

—Una pluma arcana —anunció Mark, con una sonrisa traviesa.

—No me dijiste que sabías magia… ―musitó Héctor, con mezcla de sospecha y sorpresa.

—Saber magia te da sus ventajas… ―respondió Mark, como si nada, pero en sus ojos brillaba algo más que simple picardía.

Mark apoyó el filo sobre el mostrador y, sin perder tiempo, comenzó a trazar símbolos en el hierro de la hoja.

—¿Por qué diablos te recomendé un arcano si ya sabías hacerlo tú?

—bufó Héctor, cruzándose de brazos.

—Porque nunca te dije que sabía encantar objetos —contestó Mark, sin siquiera levantar la vista.

—Tengo curiosidad… explícame sobre la magia.

Quizá algún día pueda vender objetos encantados como negocio ―insistió Héctor.

—Ya tendría que empezar a cobrarte por mis conocimientos.

Bastante gratis estoy siendo… ―sonrió de medio lado.

—Largo de mi tienda —masculló Héctor.

Mark soltó una carcajada y, con aire de profesor improvisado, levantó la pluma arcana.

—Cuando nacemos, podemos tener un talento natural en uno o dos campos de la magia.

A eso lo llamamos Naturalezas.

—¿Y cuáles son?

—preguntó Héctor, arqueando una ceja.

―Cálmate, ya voy… mira: Flux: mejor conocida como magia negra.

Especializada en el daño general.

Luminus: la contraria, magia blanca.

Todo lo que cura, bendice y protege.

Animus: magia neutral.

Todo lo que no encaja en dañar/beneficiar directo.

Algunos la asocian solo a los elementos naturales… ¡PAR DE LOCOS!

—Mark revoló los ojos.

Y, por último… ―su voz bajó un tono— la Prisma, la representación física del triángulo.

El balance perfecto entre las tres naturalezas.

Casi nadie nace con ella.

Es tan rara que muchos creen que es un mito.

—Claro… son las naturalezas.

¿Cómo funcionan los hechizos?

—preguntó Héctor.

—Los humanos tenemos maná en diferentes cantidades.

El tamaño no importa, eso luego se entrena.

Con runas dibujadas y los lenguajes mágicos, transformamos el maná en magia.

La magia es el resultado de un proceso.

Hasta ahora, un hechizo desarrollado solo puede tener quince variaciones de potencia… —Espera… me estoy mareando… —confesó Héctor.

—¿Qué pasa?

—preguntó Mark.

—¿Cómo que quince niveles?… —Ejemplo: un hechizo de fuego.

En el nivel uno es apenas una vela, y en el nivel quince, un incendio forestal… —Ya entendí… ¿y los encantamientos?

—Aguanta, estás muy ansioso ―lo calmó Mark, continuando con los símbolos sobre la hoja—.

Encantar un objeto no se basa en tu naturaleza ni en tu propia magia.

Solo depende de la runa dibujada y del diseño del hechizo.

—¿Me estás diciendo que para encantar una espada no necesito magia?

—Para encantarle, no.

Para usarla, sí.

Tú te vuelves la alimentación de la espada.

Para aprovechar el encantamiento, debes prestarle tu maná.

Por eso presta atención cuando dibujes la runa.

Hubo un caso de un arcano que encantaba armas y no consideraba el uso de maná en las runas… las drenaba hasta matarlas.

—¿Por qué?

—preguntó Héctor, incrédulo.

—Un hechizo sin maná para consumir drena la vida.

Estás forzando un proceso sin recursos… es como querer hacer una espada sin metal: ¿qué mierda haces?

Golpear el yunque con las manos vacías.

—termine… —Soltó Mark, despegando la pluma del metal de la espada.

—¿Qué le metiste a la espada?…

—Magia curativa… —dijo Mark, realizando un movimiento rápido, como si tratase de cortarse la mano, la hoja atravesó toda su mano.

Pero a medida que avanzaba, la herida detrás se cerraba.

El filo rebano la mano de Mark sin hacer que pierda la mano.

El viajero soltó todo y se agarró la mano con mucho dolor.

― ¡me lleva la mierda!

¡¿Por qué hice eso?!

―curar y cortar… interesante… ― murmuró impresionado Héctor, escuchando los gritos de dolor de Mark a sus espaldas Mark se puso de pie, gruñendo por el dolor.

—Ya terminé mi labor aquí… me voy a ocupar de lo mío… ―—ijo Mark—.

Tengo un castillo que inspeccionar.

—¿En serio te vas a meter al castillo simulando ser el sirviente de un rey?

—preguntó Héctor, incrédulo.

—¿Algún problema?

—respondió Mark, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué meterte en un conflicto que no te involucra?

¿Por qué no irte antes de que algo salga mal y arruine tu vida?

—Le quiero dar la vuelta a mi vida… ―dijo Mark, con un tono suave, girándose hacia Héctor y esbozando una sonrisa relajada—.

Quiero cambiar de página en mi historia, y me gustaría empezar sintiéndome bien conmigo mismo… sabiendo que aquí ya no mueren niños ni personas de forma injusta.

… —¡Mi rey!

¡Le traemos noticias de último momento!

—gritaron dos guardias, atravesando la entrada principal del palacio y llegando al salón del trono en cuestión de segundos.

—Ahora no, no molesten… —respondió el rey con soberbia, sacudiendo la mano para despedirlos.

—¡Pero es urgente!

—insistieron los guardias.

—¡Qué diablos sucede?!

—exclamó el rey, incorporándose en su trono.

—Un sirviente del rey de Notumheim ha llegado para hacer un chequeo al palacio, asegurando las condiciones de la boda… —informó uno de los guardias.

― ¿Boda?

¿Cuál boda?

—preguntó el rey, confuso.

—¡Eso le preguntamos!

—dijo el otro guardia—.

¡Y dijo que todo había sido acordado por el príncipe Eldwood!

― ¡MALDITA SEA!

―vociferó el rey―.

¡Háganlo pasar!

¿Cómo es posible que no supiera nada de esto?

—No lo sabemos, mi rey —respondió uno de los guardias, bajando la mirada.

«esta guardia es bien mensa… ni siquiera dudaron con lo que les dije… o tal vez sea buen mentiroso…» pensó Mark «ahora que lo pienso… conocí a la mujer que amé a base de una mentira… y eso me llevó a caer de un risco para salvar mi vida… el karma, supongo…» Los guardias regresaron, abriendo paso a Mark hacia el interior del palacio.

Justo cuando estaban por atravesar la gran puerta, se cruzaron con Armand, que salía con paso decidido.

—Oh… eres tú… ―murmuró el estratega, deteniéndose un segundo.

—Buen día —respondió Mark con una sonrisa tranquila—.

¿Ya te vas?

—Sí… ―replicó Armand con voz baja, mostrando entre sus manos una espada de diseño inusual—.

Tengo que visitar a un herrero.

Mark ladeó la cabeza, intrigado por la hoja.

—Qué pena… quería que fueras tú quien me diera el tour.

No todos los días se pasea con el Estratega de Plata.

Armand ni siquiera esbozó gesto alguno.

—Quédate con las ganas… —soltó seco, antes de reanudar el paso y perderse por el pasillo.

Mark lo siguió con la mirada apenas un instante y luego continuó tras los guardias hacia el corazón del palacio.

Atravesaron un pasillo interminable, vestido por una alfombra roja que ya no brillaba como antaño.

A cada lado, colgaban los estandartes de la familia Eldwood: desgastados, rasgados por cortes que parecían hechos con furia, casi como un insulto a lo que alguna vez representaron.

Las paredes de piedra, reforzadas con vigas de madera, mostraban rectángulos más claros donde cuadros habían colgado durante años, dejando tras de sí manchas de suciedad que parecían cicatrices.

El palacio no se sentía como un lugar de poder, sino como un recuerdo corroído.

Tras pasar frente a varias puertas silenciosas, Mark llegó finalmente al salón donde lo aguardaba el Rey.

Un hombre alto y delgado lo esperaba en el trono.

Su barba, negra con destellos canosos, le caía larga hasta el pecho.

Sus ojos cargaban la duda, aunque intentaban esconderla tras una postura rígida y majestuosa.

Era la imagen de alguien que se esforzaba demasiado en parecer inquebrantable.

Mark se plantó firme frente al rey, con una calma imperturbable que parecía más un desafío que respeto.

El monarca lo observaba con indiferencia, esperando algún gesto, una señal de protocolo.

—Ejem… — carraspeó el rey, levantando apenas el mentón, como reclamando reverencia.

Mark ladeó la cabeza, fingiendo confusión.

—¿Qué le pasa?…

El rey parpadeó, incómodo.

—No lo sé… esperaba… una reverencia, supongo.

—¿A usted?

—replicó Mark, con un tono tan inocente que sonaba a burla.

—¿Dónde está el príncipe heredero al trono?…

Los cargos de la boda están a su nombre… —Aquí estoy… —respondió una voz insegura.

Era Toid Canvil.

Llevaba el cabello negro de siempre, pero ahora intentaba ocultarlo con un peluquín rojo chillón.

Un rojo tan falso que ni de cerca se parecía al tono del verdadero príncipe.

Mark abrió los ojos con fingida sorpresa, llevándose una mano al pecho.

—¡Madre mía!

¡Su majestad!

― exclamó, conteniendo la risa.

― ¡¿Qué le pasó?!…

¡perdió un par de centímetros!

El falso príncipe se puso rígido, el sudor resbalando por su frente.

El tono carmín de su cara rivalizaba con el peluquín ridículo que llevaba.

—Me… me caí… — tartamudeó, tragando saliva.

—Bueno… hace un mes que no nos vemos, señor, así que supongo que le estudié mal el aspecto… — murmuró Mark, caminando hasta el supuesto príncipe y dándole una palmada en el hombro.

Luego pasó de largo como si nada y comenzó a internarse en el castillo, caminando con total naturalidad, como si fuera su propia casa.

—¡Un momento!

—tronó la voz del rey.

—¿Qué diablos crees que haces?

¡Ni siquiera te presentaste ni mostraste el documento que permite tu exploración!

Mark se detuvo en seco y se dio un toque en la frente, como si recién recordara algo.

—Oh, claro… los modales… —suspiró.

—Mi nombre es Soid Idotha.

Y el documento que avisa de mi llegada… lo tiene el príncipe.

¿No es así?

― dijo, abrazando con firmeza al falso príncipe, rodeándole el cuello como un viejo amigo.

Se inclinó hacia su oído, sonriendo con una perversidad que helaba la sangre.

― ¿Cierto?…

Recuerde que la pérdida del documento causaría una guerra entre dos naciones… y su mandato se vería relegado a la mediocridad… ― susurró, como si estuviera contando un secreto delicioso.

—¡S-Sí!

—exclamó Toid, alzando la voz de más.

—¡Claro que tengo el documento!

Está entre mis demás documentos importantes… porque… claro, soy un príncipe responsable… ― dijo, con la cara desencajada y el sudor a punto de delatarlo.

—Ya lo escuchó… —declaró Mark, encaminándose hacia el castillo.

—Si no les molesta… iré a trabajar… —avisó, alejándose con paso seguro, dejando atrás al rey, al príncipe y a los guardias.

El rey frunció el ceño y murmuró para sí, con frustración: —Soy idiota… —Papá… —intervino Toid, arqueando una ceja.

—Se llama Soid Idotha, no “soy idiota” … El silencio que siguió fue roto únicamente por los guardias que apenas pudieron contener la risa mientras el rostro del rey se tornaba rojo, no de ira… sino de pura vergüenza.

«No entiendo a Leonard y a Leynian, ese rey y el príncipe en serio son idiotas… es como poner al mando a 2 bufones…» pensó Mark revisando cada detalle de las habitaciones importantes.

De pronto, un destello le atravesó la mente: recordó que el castillo estaba protegido por una barrera que anulaba cualquier contacto mágico en su interior.

Se miró la mano y trató de dibujar una runa con su energía… pero nada.

El maná permanecía estático, muerto.

Giró apenas el rostro hacia los guardias que lo escoltaban.

Sus pupilas, entrenadas para no dejar escapar nada, se pasearon por cada detalle de sus cuerpos y armas.

—¿Qué sucede?

—preguntó uno de ellos, al notar su pausa.

Mark ya había visto lo que necesitaba: una runa grabada en la vaina de la espada del guardia.

Un encantamiento.

Eso significaba que algunos objetos podían escapar a la jurisdicción de la barrera.

Con toda naturalidad, sacó un libro y, con un plumón de tinta, empezó a trazar runas en las páginas.

A ojos de cualquiera, parecía que registraba observaciones aburridas sobre la arquitectura del castillo.

En realidad, copiaba los símbolos que acababa de detectar en la vaina del guardia.

Enlazó un encantamiento de viento con una runa de anulación de barreras.

Apenas apoyó los dedos sobre el dibujo, sintió cómo el maná circulaba hacia la hoja.

Un soplo leve, casi imperceptible, se deslizó desde el papel como un suspiro que confirmaba: funcionaba.

Una sonrisa victoriosa se dibujó en el rostro de Mark.

Si podía colar su poder a través de simples trazos, entonces el castillo no era tan impenetrable como presumían.

Estaba listo para continuar con su investigación… y, tal vez, para jugar un poco con las debilidades de ese reino de “genios”.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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