Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 8

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El estratega de Plata: Arco de Tharvella
  4. Capítulo 8 - 8 invasión rebelde
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

8: invasión rebelde.

8: invasión rebelde.

«Han pasado dos horas desde que vengo recorriendo este palacio… Es fácil de memorizar, pero por si acaso fui dejando marcas discretas, líneas al azar que siguen las paredes.

Cuando llegue a la herrería, podré jugar al rompecabezas y armar el mapa completo», pensó Mark, avanzando por los pasillos bajo la mirada de los guardias.

«La cocina… grande, abarrotada de comida y utensilios.

Nada fuera de lo común… salvo por esa boca de cloaca.

Seguro la usan de tiradero de basura.

Es lo suficientemente ancha para que un niño se cuele… pero yo no estoy en esa liga.

No pienso andar gateando entre ratas».

«El cuarto de Kantaro tampoco guarda secretos, pero sus ventanas dan a un balcón de difícil acceso.

Una posible ruta de escape… si no me parten la cabeza antes».

«El cuarto de Toid… madre mía.

Apesta a pubertad.

Ese olor a queso podría usarse como arma química.

Seguro tiene un brazo derecho más desarrollado que el izquierdo… necesita una novia con urgencia».

Mark mantuvo la compostura, serio por fuera, pero por dentro no podía evitar la ironía que le nacía a cada paso.

Y mientras su mente afilaba cada observación, la idea de que el castillo no era tan inexpugnable como parecía se le clavaba con más fuerza.

«La runa que desarrollé solo sirve para liberar objetos del anulado de maná.

Para derrumbar la barrera por completo, bastará con unas quince… sí, quince serán suficientes.

Una vez listas, el cuarto mágico Zarmáso podrá irrumpir sin que nadie lo note».

Mark lo pensó sin prisa, como quien resuelve un rompecabezas ya aprendido.

Sus planes nunca quedaban a medias: si tenía tiempo, alcanzaban el 100% de efectividad.

Pero el tiempo, casi nunca suele ser aliado de un plan… «El calabozo y la armería me fueron negados… al menos ahí demostraron cierto mérito.

El resto, sin embargo, lo caminé como si me abrieran las puertas de su propia casa».

«Nadie en este lugar es un reto verdadero… aunque Armand, ese sujeto… tiene algo.

Tal vez peligro, tal vez solo humo.

Veremos».

―debo buscar una forma de dibujar las runas… pero no me van a dejar rayar paredes…― murmuró, ―podría dibujarlas en papel y clavarlas en lugares estratégicos… esos servirían, pero si las condiciones del ambiente… o algo las rompen o mueven… me tira el plan al diablo… Campanazos resuenan desde afuera, los guardias que escoltaban a Mark corren a ver a través del ventanal, viendo cómo en los patios que bajaban por una colina se llenaban de guardias.

—¿Están atacando el palacio?…

―mierda, justo cuando Armand esta fuera de aquí… —Es el grupo rebelde… vamos… «que oportuno…» pensó Mark «¡¿qué?!

¡no!

¡Oportuno nada!

Si el grupo rebelde me ve aquí… ¡estoy en problemas!» —Ve tú… yo me encargaré de resguardar al visitante —ordenó el guardia.

Su compañero asintió y se perdió por el pasillo.

Cuando Mark quedó a solas, un chirrido metálico lo hizo tensarse.

Era el sonido inequívoco de una espada deslizándose de su vaina.

El viajero tragó saliva y giró.

El guardia se había quitado el casco.

Era un hombre mayor, rostro curtido, la mirada como un filo de hielo.

La espada en su mano relucía bajo la luz del ventanal.

—¿Se le perdió algo?

—preguntó con voz grave.

Mark apenas tuvo tiempo de abrir la boca.

Un impacto brutal lo golpeó en el pecho, lanzándolo hacia atrás.

Se arrastró por la alfombra, aturdido, mientras el hombre avanzaba con calma.

—Sí, se le perdió… una patada.

El hombre no bajó la espada mientras hablaba.

—Se reportó a un viajero que ayudó a escapar a una rebelde.

Lo vieron cargándola en el hombro… y cuando los guardias intentaron ejecutar, él se entrometió y los dejó en el suelo.

Mark se incorporó con torpeza, sobándose el pecho.

—Eh… hay mucho loco suelto por ahí —replicó con una media sonrisa.

El guardia no pestañeó.

—Después, en las cloacas de la ciudad, un mendigo harapiento destrozó a tres guardias… a mano limpia.

Horas más tarde, el mismo mendigo fue visto pidiendo pan en la plaza.

—Pues denle pan al mendigo —ironizó Mark, elevando los brazos en guardia—.

Tal vez el hambre lo pone violento.

El hombre avanzó un paso, su sombra alargándose sobre la alfombra.

—Y ahora apareces tú.

Un supuesto sirviente real, sorprendido hablando de política en una posada.

No se sabe qué decías… pero sí se sabe de tus acciones.

Todas desconocidas.

Todas sospechosas.

Mark no dijo nada más.

Alzó los puños, con una sonrisa ladeada.

—Bueno… ya veo cómo tratan a los invitados aquí.

Venga, sin miedo ni pena.

El guardia levantó la espada con calma mortal, preparado para descargar el primer golpe.

Mark bajó apenas la vista, rozando con los dedos el cinturón.

Allí estaba la pequeña manivela que hacía girar el carrusel.

«No tengo artículos… la mochila se quedó con Héctor.

La espada está restringida; usarla acá podría provocar daños innecesarios.

Mi magia es inútil.

¿Por qué no dibujé la runa en la mano?

Habría solucionado esa debilidad…» Inspiró hondo, la mandíbula tensa.

«Solo me queda la Longlife, el escudo… y lo que pueda arrancarle a mi entorno.» El guardia avanzó con pasos firmes, y Mark retrocedió en el espejo, fijando la mirada en su adversario.

Con un gesto burlesco, sacó la lengua y, al instante, esquivó el primer tajo dirigido a su cabeza, agachándose y rodando hacia la derecha.

Su espalda chocó con la pared, pero Mark no perdió la iniciativa: estiró la mano, agarró la pata de una mesita cercana y golpeó la rodilla del guardia.

La maceta que decoraba la mesa cayó al suelo, partiéndose en mil pedazos y esparciendo tierra y cerámica por todas partes.

― ¡Traick!

—tronó el carrusel.

Mark arrastró los dedos por la tierra esparcida y levantó una nube al aire; el guardia se cubrió los ojos, aunque la tierra no era más que un señuelo.

La ruleta giró con precisión, liberando la espada Longlife, y en ese instante, la varilla impactó contra la coraza metálica del guardia.

Chispas saltaron con fuerza, empujándolo hacia atrás.

—Si eras tú… —soltó el guardia entre un exhalar de dolor, justo cuando el pie de Mark giraba en el aire y le conectaba una patada en el costado izquierdo, lanzándolo por el largo pasillo.

—Sí… soy yo… —respondió Mark, con una mirada seria.

—Gracias… —murmuró el guardia.

― ¿Eh?

—balbuceó Mark, confundido, sin estar seguro de haber escuchado bien.

—¿De dónde eres?

¿Y quién eres?

—preguntó el hombre, incorporándose mientras levantaba su espada una vez más.

Mark no respondió.

Alzó la varilla, frunciendo el ceño, dispuesto a acabar con el combate.

De repente, sus ojos se abrieron con sorpresa.

Había algo en el aire… lo sentía.

Maná.

En la punta del dedo central de la mano libre del guardia brillaba una runa blanca.

—Nubilumbra Difusa —susurró el guardia, manteniendo su mirada implacable sobre Mark.

«¿Un hechizo en español?… ¿Cuál es su efecto?…

Suena como de nivel cinco…» Una ligera inclinación a la derecha puso a Mark en guardia, pero ni siquiera alcanzó a reaccionar: un filo le abrió el costado derecho en un destello invisible.

—¡Ni siquiera lo vi!

No… ¡el maná!

—gritaron mientras retrocedían de un salto, sujetándose la herida en el cuello.

<< No era el maná >> El movimiento había sido tan exacto, tan calculado, que su ojo nunca captó la extensión de la espada.

Cuando giró la vista hacia atrás, la hoja ya había sido lanzada con una precisión aterradora.

Salvarse no fue suerte.

El guardia simplemente había decidido no matarlo con ese ataque.

Las manos metálicas tintinearon al golpear el suelo y, en ese mismo instante, la planta del pie del guardia impactó contra la nariz de Mark, estampándolo contra la pared con un golpe seco.

― ¡Mierda…!

― gruñó, levantándose otra vez.

Soltó una carcajada breve, luego río con calma.

Con una mano presionaba su cuello para contener la sangre; con la otra se limpiaba el chorro que le bajaba por la nariz.

—Fue increíble… ¿qué fue ese hechizo?

Pude sentir el maná en el aire… ¿cómo usan magia aquí adentro?

Es asombroso… —copian la runa que crea la barrera en un accesorio de nuestra armadura… así nos dejan usar magia… no sé bien la lógica detrás del truco… —explicó el guardia sin dudar.

—¿Te llamas Mark Arminton, verdad?

—añadió enseguida.

—¿Cómo?…

—balbuceó Mark, sorprendido.

—Quería escuchar la respuesta de tu propia boca… pero mi hija y sus amigos ya me hablaron de ti —le confesó.

Inventarium: clarus ―dijo mientras una runa se manifestaba sobre su hombro.

Desde la runa, una espada ropera se materializó, cayendo de punta al suelo.

El hombre soltó un resoplido y recogió la espada por el puñal, dando sacudidas que dejaban estelas metálicas en el aire.

La espada era casi blanca.

—Un inventario mágico… —murmuró Mark, fascinado.

—Lo que me dijeron de ti fue tan intrigante… que no puedo evitar tener un combate en serio contigo.

De repente, una ventana se quebró.

Mark giró y vio a Leonard atravesándola, quedándose parado al final del pasillo, observando a Mark y al guardia enfrentarse.

—¿Mark?…

—murmuró Leonard, frunciendo el ceño con repudio.

Pero luego miró al guardia, quien le hizo un gesto para que se calmara.

Sin decir nada más, el príncipe se retiró en un troté.

Mark volvió la vista al guardia, desconcertado.

Lo vio tranquilo, con su curiosa espada en mano.

—Curioso… —murmuró.

—Mi nombre es Altharion… mi apellido te lo revelaré después del duelo —avisó, alzando la espada.

En el protector de la hoja, Mark distinguió varias runas, tres para ser exactos, lo que significaba que la espada tenía múltiples encantamientos.

—ok… ― respondió, levantando su espada.

—algo ya me quedó claro… no te opones a la rebelión… ―no es una rebelión… es una resistencia… el trono no fue cedido aún, solo tomado tras un gesto de cobardía… ― respondió Altharion, con su filo firme.

― me parece más noble que tú hallas, a pesar de no ser por aquí… a lo que hizo Kantaro con el trono vulnerable… —ok… —repitió Mark desconcertado — me… me conoces más de lo que creí… —solo conozco lo que la gente de aquí vio en ti… tu pasado es un misterio… La curiosidad de Mark cambió a intriga, este solo se paró firme, listo para el duelo que estaría por tener… Una poderosa explosión resonó afueras del palacio, estallido que solo dio orden para el primer choque de espadas.

«¿Cuáles serán sus encantamientos?» pensó Mark mientras esquivaba un tajo al agacharse.

Rápidamente pateó el talón derecho del caballero, quien levantó el pie, pero reaccionó redirigiéndolo hacia la capa, pisándola con firmeza.

Altharion bajó el brazo en un potente tajo, y Mark apenas alcanzó a cubrirse con la tela.

El filo chocó con la capa, liberando un estallido violeta con un eco metálico.

Rodando sobre su espalda, Mark giró sobre su propio eje y encadenó dos patadas directas a la cadera del rival.

El impacto lo obligó a caer de rodillas, pero Mark no se detuvo: al apoyar los pies en el suelo, se impulsó hacia atrás con una patada regresiva que golpeó los brazos del caballero, lanzándolo de espaldas contra el suelo y liberando la capa que lo mantenía atrapado.

Altharion apareció desde lo alto, cayendo con el filo directo hacia la frente de Mark.

—¡Cuándo!?

— exclamó, rodando apenas a tiempo para esquivar la estocada.

Con un impulso de brazos se puso de pie, pero de inmediato una patada lo lanzó contra la puerta del pasillo.

La madera crujió y se abrió de par en par, arrojándolo dentro de una habitación vacía.

Al instante, dos cortes veloces descendieron sobre él.

Mark interpuso la varilla de acero y detuvo el primer embate, pero la presión del segundo lo hizo retroceder.

Altharion aprovechó para redirigir el brazo de Mark con una patada, dejándolo expuesto para un estoque directo al pecho.

En el último momento, Mark desplegó el escudo de engranaje en su brazo izquierdo: el impacto de la espada rebotó con un chispazo metálico.

Sin perder la iniciativa, giró el cuerpo y usó la fuerza de su brazo libre para lanzar un violento envío con la Longlife, que impactó contra las costillas del caballero.

Retrocedió con dolor, pero en ningún momento titubeó.

Entonces, una de las runas de la espada de Altharion comenzó a brillar, proyectando cinco siluetas idénticas que lo rodearon con movimientos de ataque.

«El mismo encantamiento que usa Leonard…», reconoció Mark, su mente trabajando a toda velocidad.

Ya sabía que bloquear al azar sería un suicidio: si respondía a una ilusión, las demás caerían sobre él sin piedad.

Se quedó inmóvil, conteniendo hasta la respiración.

Pero de pronto, un soplido helado recorrió su nuca.

—¡¿Qué?!— exclamó, agachándose de inmediato.

El filo verdadero pasó rozando su cabeza con un silbido mortal.

<<Cinco ilusiones señuelo… y una sexta, el ataque real, oculto detrás.>> Mark giró veloz sobre el suelo, barriendo las piernas de Altharion y derribándolo con un estrépito seco.

Sin darle respiro, se lanzó encima de él, descargando un puñetazo directo en la nariz.

Pero el caballero no se inmutó: sonrió con sangre en los labios y extendió la mano hacia un costado.

Sus dedos atraparon la pata de una silla rota, que estalló contra las costillas de Mark en un golpe que lo dejó sin aire.

El dolor lo distrajo apenas un segundo.

Fue suficiente.

Un destello metálico… y el filo de la espada atravesó su hombro, saliendo por detrás con un chorro de sangre caliente.

―Mierda… ― gruñó Mark, observando incrédulo la punta de la hoja atravesando su hombro.

La mano enguantada de Altharion se estrelló contra su rostro y lo hundió contra el suelo con violencia.

Aprovechando la apertura, retiró la espada del cuerpo del viajero.

Mark quedó jadeando, tumbado sobre la alfombra manchada de sangre, mientras veía al caballero incorporarse con calma.

Con un gesto solemne, Altharion hizo desaparecer la espada en una runa suspendida en el aire.

El combate había terminado.

—Fue divertido… —declaró con voz firme.

—Mi nombre es Altharion Linus.

Mark parpadeó, incrédulo.

― ¿“Linus”?…

—Soy el padre de Leynian.

—Su mirada se suavizó apenas.

—Y te agradezco por haberle salvado la vida.

Un resplandor tenue brotó de sus manos cuando posó una sobre la herida de Mark.

El filo del dolor se apagó poco a poco, reemplazado por un calor curativo.

—Mis disculpas —añadió Altharion con honestidad—, mi especialidad no es la Magia Luminus… —estoy tan confundido… — murmuró casi sin voz Mark, colocándose de pie y sintiendo la punzada en su hombro.

—sabes defenderte sin magia… — declaró Altharion — incluso si tu rival tiene magia… pero no me gustaría que el duelo acabara aquí… —¿Qué fanatismo tienen con los duelos?…

yo solo estoy para ayudar a la gente… —le respondió Mark.

—así que si estás aquí para ayudar… —Sí… vine porque me habían contado de la barrera, y buscaba una forma de debilitarla… además de otras posibles debilidades… —que inteligente eres… Ni Zayrra, siendo la aprendiz de mago real, pensó en algo así ―gracias, mi mamá me lo dice mucho… —¿No eras huérfano?… —preguntó Altharion con seriedad.

― ¿Eh?… —Mark se congeló un segundo, hasta que recordó la mentira.

Se rascó la nuca nervioso.

― ¡No se les escapa nada a esos…!

—no… no soy huérfano… —sopló Mark rendido— ¡pero no diga nada a nadie!

¡no quiero que nadie sepa de mí o me investigue!

―le dice amenazante Mark, mientras se pone de pie y le mira fijo.

—solo a cambio del suelo… — le responde sin miedo Altharion.

—Apestan con el duelo… ― bufó Mark cansado ― está bien… ― aceptó, viendo al hombre sonreír con suficiencia.

Mark dio unos pasos, acercándose a la salida de la habitación mientras se sujetaba el hombro.

«Ni en toda mi vida me enfrenté a alguien tan hábil… Claro, Tharvella y Porthual son reinos que no se involucran en guerras; no hay registro de sus soldados…» Se detuvo frente a la puerta, pensando por un instante.

«Si algún día tuviera que enfrentarme a él en condiciones reales… necesitaré más alternativas.

Mejor prevenir que lamentar…» Volteó a ver al hombre.

—Señor… —dijo, antes de explicarle todo el plan que ya rondaba en su mente.

El hombre se sorprendió al principio, pero luego asintió con la cabeza, reconociendo la brillantez de la estrategia.

… [=Horas atrás=] —Este es el plan… —dijo Leonard, dejando un mapa sobre la mesa.

—No hay plan… —bromeó Jioro con una risita, recibiendo una abofeteada en la nuca de Zayrra.

—Leynian se infiltrará por la ventana de la esquina norte del palacio, y yo por la punta este.

Mientras tanto, Zayrra, Marcus y Jioro llevarán el combate en los patios del castillo.

Se supone que la barrera no afecta los exteriores… ―continuó Leonard.

—¿Y yo?

—preguntó Nim, sosteniendo firme su báculo.

—No, Nim.

Quédate aquí por si el grupo necesita retirarse… ellos estarán en combate real.

—¿Qué harán tú y Leynian mientras?

—preguntó Marcus.

—Buscaremos a Kantaro y a Toid y los ejecutaremos… ―Es un pésimo plan, Leonard… Aunque eliminemos al inepto del rey y a Míster Pajas, no aseguramos que los guardias nos apoyen.

Además, ahora está el estratega Armand… ―se negó Jioro.

—Es cierto… corremos el riesgo de que el poder militar tome el trono, y aún no conocemos las habilidades de ese estratega… —afirmó Zayrra.

—Ni siquiera Papá o el Señor Nizian conocen sus habilidades… —agregó Leynian.

Leonard bufó con fastidio, pensando detenidamente.

—Bueno… evitemos el conflicto con Kantaro.

Liberaremos a mi madre y a Pharagus… usaremos la misma ruta que mencioné antes… —Leonard… ―susurró Zayrra—, por favor… no hagas una locura.

Recuerda que esta traición es de la guardia y de los Canvil, no de uno solo.

El príncipe tensó la mandíbula, mantuvo la mirada en el suelo y aceptó con resignación.

[=Volviendo a la actualidad=] —¿Qué rayos hace Mark aquí?…

¡Se suponía que se marcharía!

¡Por eso lo liberamos!

—murmuró Leonard mientras avanzaba a través de los pasillos del palacio—.

El desgraciado… nos mintió, escupió en nuestra confianza y ahora se pone en nuestra contra… Un grupo de guardias se postró frente a Leonard, listos para detenerlo.

El príncipe no titubeó: desenvainó y lanzó un tajo.

Repentinamente, un escudo salvó la vida del soldado.

“—¿Qué harás ahora?

—preguntó Altharion a Mark, mientras este se acomodaba la vestimenta.

—Sonará estúpido… pero tengo un ideal muy molesto para algunos —respondió Mark al soldado—.

No quiero que nadie muera, ni siquiera los guardias que llaman enemigos.

Voy a detener a Leonard antes de que cometa una locura.

—Me parece muy mala idea… sería mejor que tú te encargaras de las runas y yo hablara con Leonard.

Después de todo, es mi alumno.

—No… debo ser yo quien dé la cara.

Usted tiene más libertad aquí en el palacio.

No sería tan sospechoso que un guardia de confianza pegara papeles, a que lo hiciera un mensajero de otro reino —replicó Mark, girando listo para ponerse en marcha—.

Recuerde el plan.

Pase lo que pase, debe seguirlo.

—Ya lo dije antes: es un plan retorcido… pero también astuto.

Lo seguiré, aunque mi corazón exija otra cosa —respondió Altharion, viendo el brillo de confianza en la mirada de Mark.” Leonard reconoció al dueño del escudo de inmediato.

Ese cabello castaño no le dejaba dudas.

—¡Tú!

¡¿Cómo…?!

—Fácil, te alcancé corriendo y siguiendo las huellas de tierra que dejaste —explicó Mark con sorna—.

A ver si te lavas las patas cada tanto… Leonard lo apartó con brusquedad.

Los guardias miraban a Mark confundidos.

¿Por qué el mensajero los había defendido?

Giró hacia los guardias y sonrió con un dejo de pena.

—Lo siento, señores… pero los adultos deben hablar en privado —bromeó, colocando las manos sobre los cascos de ambos militares—.

¿Por qué no se echan una siesta?

La pregunta terminó con un violento movimiento: estampó las cabezas contra el suelo y las dejó inconscientes.

Al volverse, encontró a Leonard mirándolo con desconcierto.

—¿Qué diablos estás haciendo?

—le increpó el príncipe—.

¿Qué es todo esto?

—Leonard… entiendo tu confusión —respondió Mark, plegando su escudo y alzando ambas manos en señal de paz—.

Quiero hablar.

—No tengo nada que hablar contigo… nos hiciste creer que eras indefenso.

—Es cierto… no soy indefenso.

Soy un mentiroso.

Pero te aclaro algo: todo esto es por el bien de ustedes.

No planeo entregarlos ni matarlos.

—No… no me engañarás otra vez.

Aquí no están Leynian ni Zayrra para evitar que te mate.

—Por favor… no hagas una locura.

Leonard no respondió.

En un parpadeo, la cabeza de Mark rodaba por el suelo.

El príncipe guardó su espada, sin siquiera inmutarse.

—La locura fue de tu parte —murmuró entre dientes, observando el cadáver sin cabeza.

Pero un detalle lo perturbó: no había sangre.

De pronto, el cuerpo empezó a desvanecerse.

—Nunca había proyectado una ilusión de mí mismo decapitado… gracias a ti, no voy a dormir en semanas —dijo la voz de Mark desde el final del pasillo.

—¿Un hechizo de ilusión?

¿Cómo?

—Leonard tensó la mandíbula—.

Se supone que aquí no podemos usar magia.

Giró y lo vio salir detrás de una columna, luciendo un guante de la armadura imperial.

—¿Ese es el guante de Altharion?…

¿Qué le hiciste?

—Te mentí.

Creé una proyección física a unos metros para alcanzarte.

Ya te dije que soy un mentiroso.

Leonard apretó los dientes.

—Ustedes mismos me habían dicho que el palacio tiene una barrera que anula toda magia.

—Exacto —respondió Mark—.

Esa misma barrera impedía el ingreso de Zarmáso y cualquier hechizo dentro.

Pero todo guardia del ejército lleva una extensión de la runa en su equipo.

Esa extensión neutraliza la restricción para quien la porta.

Se quitó el guante y se lo arrojó al príncipe, junto a una pluma arcana.

—¿Qué… qué haces?

—Un regalo de tu maestro Altharion.

Vuelve a tu base y copia la runa en los demás objetos.

Yo me encargo de manipular al rey y al “puberto príncipe”.

Altharion, por su parte, está dejando runas por todo el palacio para debilitar la barrera.

—¿Qué?

¡No entiendo nada!

—Nos estamos asegurando de que Zarmáso tenga acceso al palacio.

Ahora, vete.

La mano de Leonard temblaba de impotencia.

Nada tenía sentido.

“Desearía que cayera un milagro del cielo… A estas alturas, lo único que se me ocurre es evacuar a los ciudadanos y esperar a que Notumheim nos declare la guerra.” Recordó esas palabras.

La coincidencia era tan grotesca que casi le revolvió el estómago.

—¿Un milagro del cielo?…

¡Me lleva la mierda!

—rugió, empujando el hombro de Mark al pasar, alejándose furioso.

Mark, perplejo, se tocó el hombro.

—¿Milagro?…

¿Qué rayos le picó?…

Leonard se detuvo en seco y volvió la cabeza hacia Mark.

—Leynian está aún en el palacio.

—Tú vete… yo me encargo —dijo Mark, viendo cómo Leonard asintió y se marchó a toda velocidad—.

¡No mates a nadie, desgraciado!

—le gritó, recordando las capacidades del príncipe.

… Altharion recorría el palacio, pegando los papeles con la runa de anulación.

Colocó la tercera runa entre una estantería y la pared.

En ese momento vio cómo Leynian se metía en la habitación contigua para esconderse de una estampida de guardias.

Ella estaba siendo perseguida; cuando sus miradas se cruzaron, Altharion le señaló que se metiera bajo la cama mientras él se colocaba el casco.

Con Leynian escondida, cinco guardias entraron buscando a la rebelde y se toparon con Altharion.

—Señor… estamos siguiendo a la rebelde Leynian; se infiltró en el castillo… —informó uno.

—Estoy al tanto de la situación… ¿la capturaron?

—preguntó Altharion.

—No, la perdimos de vista.

¿Usted se la cruzó o la vio?

—¿Es esto un insulto?

¡Yo la estaría persiguiendo si la hubiese encontrado!

—replicó Altharion, con tono seco.

—¡Ay, menos mal que aquí hay guardias!

—gritó una voz.

Todos se volvieron hacia la puerta: Mark se había metido en la habitación.

¡Esto es inaceptable!

¡Dejaron solo al mensajero de Notumheim!

¡Es un insulto a mi persona, a mi estatus!

― ¡no nos libramos más de este!

― se quejó un guardia mientras se largaba con todos detrás de él.

—¿Cómo que de “esté”?

—preguntó ofendido Mark.

Viendo cómo todos se alejaban de él.

—Ya basta… ¿qué sucede?

¿Por qué me buscabas?…

—No te buscaba… busco a Leynian… Leonard me dijo que ella entró al castillo también… tengo que encontrarla y hacer que se largue del castillo antes de que… Altharion interrumpió a Mark mientras le daba una patadita a la cama.

—ya lo escuchaste… te tienes que ir… Mark se quedó callado, contemplando cómo Leynian salía de debajo de la cama.

—Qué agradable coincidencia… —necesito muchas explicaciones… — menciona Leynian con seriedad fingida, le resultaba esconder su sonrisa.

—luego les cuento el cuento… tienes que marcharte… —pero… ¿y el rescate?…

Leonard quería rescatar a su madre y a Pharagus… ―preguntó ella, sacudiéndose polvo de la ropa.

—no sé… simplemente se largó… — Mark hizo una breve pausa — ¿me habrá hecho creer que se largó?…

—Creo que estás equivocado… Leonard podrá ser algo imprudente en sus estrategias, pero jamás sería capaz de arruinar algo si sabe que puede funcionar… ¿le explicaste tu plan?…

Mark pensó por un momento.

—en parte… —dice sinceramente.

—dependemos del factor sorpresa para que funcione… —¿Cuál plan?

—preguntó Leynian desorientada, girando a ver a Mark— un momento, ¿serás nuestro estratega?

—preguntó con un destello de alegría y una mirada brillante.

Mark alejó su cabeza apenas de Leynian sin apartarle la mirada: — Hice turismo… conocí gente… me caen bien, creo que tengo motivos un tanto personales para ayudar… —¿No pensaste en mí para cambiar de opinión?

—le interrogó Leynian, un tanto molesta.

—Leynian… no es el momento… —la regañó su padre.

Él y Mark notaron cómo ella se ponía derecha y firme, con un leve rubor en sus mejillas.

El viajero y el padre se cruzaron una mirada silenciosa.

—¿Se puede saber qué hiciste?

—preguntó Altharion, con voz grave.

—¿Qué hice qué?

—replicó Mark, sin entender.

Luego giró hacia Leynian.

¿Y tú?

¿Por qué ahora estás roja?

¿Qué te pasa?

—No es el momento… —interrumpió Altharion, cortante—.

Leynian, ya sabes qué hacer: largo.

Luego señaló a Mark con dureza.

—Y tú… termina tu misión y vete de una buena vez.

—Sí, sí… tampoco es necesario que me mandoneen tanto —bufó Mark, alejándose de ambos.

… Mark paseó por todo el castillo buscando al rey.

Mientras recorrió pasillos y cámaras, el aviso de la retirada rebelde se propagó por el palacio, lo que facilitó dar con Kantaro.

El rey se había reubicado en la sala del trono.

Con los guardias cubriéndole frente a un posible ataque sorpresa, supervisaban que la retirada enemiga fuera real.

Mark entró en la estancia y suspiro de alivio.

—Uf, ¡por fin!

Pasé dos veces por aquí y no encontraba a nadie… —dijo Mark, sacudiéndose las manos con una elegancia exagerada—.

Como dice el lema: “la tercera vuelta es la vencida”.

—Oh… soy idiota… seguías aquí, creí que te habías marchado —dijo el rey con amabilidad fingida.

—Que usted sea idiota no me importa, pero mi nombre es Soid Idotha —corrigió Mark, disfrutando cómo el rey se sonrojaba de rabia—.

Venía a despedirme… —Es una lástima lo del ataque reciente… me alegra que todo haya salido bien —continuó Mark—.

El palacio está en condiciones para una boda, salvo las ventanas recién rotas y los muebles.

—Sí, eso lo arreglaremos enseguida —asintió el rey con la mandíbula apretada —Pero el tema de los rebeldes debe solucionarse pronto.

No se puede celebrar una boda si existe el riesgo de un ataque contra la princesa o el futuro rey.

― aclaró Mark.

—¿Tú crees que no me doy cuenta?

¿Por quién me tomas, jodido mensajero?

—Estalló el rey.

—Tranquilo… aquí entra mi oferta —dijo Mark—.

Me ofrezco para darles caza: yo los atraparé y se los entregaré para la ejecución.

A cambio, quiero 800 monedas de platino.

—¿¡Esa es una cantidad exagerada!?

—Rugió el rey.

—¿Acaso la paz de su mandato no lo vale?

—replicó Mark, cínico.

El rey guardó silencio, miró a Mark un instante, dudoso.

—Si lo vale… —admitió finalmente—.

Pero solo te daré el dinero si me entregas a los rebeldes.

—No esperaba más… me parece una condición perfecta —respondió Mark, dándose la vuelta y cruzando la puerta rumbo a la salida.

—Esto de actuar de cínico… me da un mal sabor de boca… nunca más jugaré así— dijo por lo bajo, mientras abandonaba el territorio del palacio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Dicher ——————————————– SÉGUIME EN MIS REDES, HERMANO/A.

¡Motívame a seguir escribiendo y creando!

¡Ayúdame con tu grano de arena dándome Like y siguiéndome!

(no en la calle, porfa) REDES SOCIALES: Instagram: https://www.instagram.com/the_dicher07 Facebook: https://www.facebook.com/the.dicher X (Twitter): https://x.com/The_Dicher07

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo