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El estratega de Plata: Arco de Tharvella - Capítulo 9

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9: enterrado 9: enterrado Bajando la larga escalera de piedra que descendía hacia el pueblo, iba Mark.

No pensaba en nada en particular: solo alzaba la vista al cielo celeste, viendo cómo las nubes blancas viajaban suavemente, de la mano del viento.

Levantó las suyas mientras bajaba con calma, contemplando sus anillos: cuatro joyas de oro con perlas rojizas como adorno, dos en cada mano, en los dedos índice y medio.

—Soy un flojo… creo que estoy más pachoncito… —murmuró—.

¿Desde cuándo necesito aflojar un anillo para pelear?

Pobre Leonard… no debí usar un conjuro territorial para darle una paliza.

Pero ya físicamente me estaba venciendo… ¿tendré que volver a entrenar?

Hizo una mueca pensativa.

—Zayrra se va a dar cuenta de que estoy mintiendo sobre mi maná… tendré que explicar los repentinos aumentos.

Ahora que lo pienso… la barrera anuló tanto el encantamiento de mis anillos como mi propio maná.

Qué efectiva.

Agitó la cabeza, como apartando los pensamientos.

—En fin, eso no importa ahora.

Debo pensar en cómo seguir planificando… ¿Cuántos días quedan para la llegada de la princesa?

Espero que sean varios… no soy bueno pensando bajo presión.

Llegó finalmente al pueblo y se encaminó hasta la herrería de Héctor.

—Tal vez el grandote ya tenga listo el último artículo… —dijo en voz baja, con un brillo de expectativa.

La caminata fue larga hasta el local.

Cuando llegó, entró como si fuese su propia casa.

—Llegué, grandulón… —anunció, dejando su mochila en el perchero.

Avanzó unos pasos hasta el banco de trabajo, notando trozos de papel quemado sobre la mesa.

Se rascó el mentón, intrigado, y revisó con cuidado.

Eran planos chamuscados.

Mark frunció el ceño.

Héctor no había respondido en ningún momento.

Si no estaba allí… ¿por qué la puerta estaba abierta?

—¿Qué rayos…?

—murmuró, con un presentimiento que lo apretaba por dentro—.

Héctor… Giró hacia el mostrador y se detuvo en seco: alguien estaba sentado detrás, los pies apoyados arriba con descaro.

Mark dio un salto del susto.

Armand Nohier lo miraba con desdén, jugando con una espada entre los dedos.

—Tu amiguito no está presente ahora… pero estoy yo.

¿Qué se te ofrece?

—preguntó, sin levantar del todo la vista.

—De ti, nada… —respondió Mark, desconcertado—.

Aunque deberías bajar los pies, a Héctor no le gusta que traten así su mostrador.

—No creo que le moleste… —contestó Armand con una sonrisa fría.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Mark.

Respiró entrecortado.

—¿Dónde está?…

—Estás pisando una pequeña parte de él… —dijo el estratega Rojo, aún sin apartar la vista de la espada.

Mark bajó la mirada lentamente.

Un hilo de sangre serpenteaba desde detrás del mostrador hasta sus pies.

—Cuando un herrero fabrica un arma única para un cliente, suele dejar su firma en algún sitio —explicó Nohier con calma.

Mark avanzó hacia el mostrador, con un mal presentimiento.

—Hace dos días, una rebelde perdió su espada.

Los guardias la confiscaron.

Tenía una firma en el mango… Leynian Linus.

Mark rodeó el mostrador, el corazón en la garganta.

—Héctor Hastafal, proveedor de gran parte de las armas de nuestras tropas… —prosiguió Armand, como si narrara un informe militar—.

También resultó ser el autor de esa arma enemiga.

Mark encontró el cuerpo.

Héctor yacía allí, atravesado por tres espadas en el pecho.

Sus ojos estaban vidriosos, la piel pálida.

Había muerto hacía pocas horas.

—Héctor… —susurró horrorizado, incapaz de apartar la mirada.

—Es una lástima que tu compañero haya sido un criminal… Tranquilo, esto no mancha tu reputación.

No es tu culpa que el herrero de nuestro reino trabajara para ambos bandos.

—La voz de Nohier sonó fría, casi profesional.

«Mátalo, Mark… nada te detiene, está ahí… ¡redúcelo a polvo!

¡nadie tendrá registro de esto!» «No… no puedo… no puedo…» —En fin… me tengo que ir.

Por favor, no te metas en un desastre —pidió Nohier con tono sugerente, como quien ofrece una última cortesía antes de marcharse.

—¿Cómo pudiste…?

—musitó Mark, con voz rota—.

¿Cómo pudiste matarlo así?

—dijo, contemplando las tres espadas clavadas en el pecho de su compañero.

—Un productor de armas imperiales vendiéndole a los rebeldes… los crímenes de traición no se toleran en mi reino —respondió Armand con dureza, y se marchó sin mirar atrás.

Mark lo miró alejarse.

Por un instante, permaneció inmóvil; luego, cuando reunió coraje, se arrodilló al lado del cuerpo.

Las espadas que atravesaban el torso de Héctor se desintegraron en cristales de energía, como si el acero hubiera sido tejido con maná y ese tejido se estuviera rompiendo.

Las tres armas no eran hierro común: eran acero formado por hechicería, un producto del acero de maná.

Nohier no se había molestado en desenvainar para matarlo.

—Aunque yo esté o no aquí, en Tharvella… Armand lo iba a matar.

No es culpa mía que lo hayan matado —murmuró Mark, llevándose los dedos a la cara; la humedad salada le quemó los ojos.

—Solo querías lo mejor para ti, y estaba en tu derecho… ayudando a tu causa, mientras aprovechabas la oportunidad del gobierno.

querías ampliar tu negocio, por eso quería aprender a hacer artilugios y saber encantar objetos… estaba en tu derecho… ― continuó apenado Mark, notando que Nohier había desaparecido.

Con un silencio doloroso, Mark levantó el brazo de Héctor y lo pasó por encima de su hombro.

Con esfuerzo, lo alzó, tambaleando bajo su peso.

—Perdóname… lo siento mucho, Héctor… —murmuró, saliendo de la herrería con pasos lentos.

La gente en la calle se detuvo a mirarlo.

Algunos retrocedieron, otros solo observaron, petrificados.

El cuerpo inerte del herrero colgaba de los hombros de Mark, y la sangre le manchaba la ropa.

—Ayúdenme… lo mataron… por favor, ayúdenme… —suplicó, con la voz quebrada.

Al levantar la vista, divisó la capa roja de Armand ondeando al viento, alejándose con elegancia cruel.

—¡Desgraciado!

—gritó con rabia temblorosa—.

¡Si se supone que hiciste justicia… al menos trata el cadáver con respeto!

Armand se giró apenas, le dedicó una mirada divertida… un destello de soberbia satisfecha.

Entonces, algo ardió dentro del pecho de Mark, como si su corazón se contrajera a puñaladas.

—¡BASTARDO!

—rugió desde lo más profundo de su alma, un grito que rasgó la calma del pueblo.

El eco quedó flotando entre las calles, mezclado con el murmullo de la multitud y el silencio de un cuerpo que ya no respiraba.

Sus ojos giraron hacia la gente de la calle.

Le miraban sin sorpresa alguna; nadie parecía impresionado por la escena.

Estaba claro: todos eran conscientes de que algo así podía pasar.

Bajó la mirada y vio sus ropas manchadas con la sangre de su compañero.

—¿Qué están esperando?

¡Ayuden al joven!

Hay que guardarle respeto a nuestro vecino… —gritó un anciano, mientras dos hombres le quitaban el peso de encima a Mark, que se quedó de rodillas mirando la sangre en sus manos y su ropa.

—Maldito… —susurró con dolor—.

¿Cómo no querer bajarte de ese pedestal después de esto?…

—Llevémoslo a la iglesia, que reciba su última bendición antes del funeral —ordenó el viejo, y la multitud lo siguió rumbo al templo.

Mark estaba por seguirlos, pero una mano lo detuvo por el hombro.

—No, joven.

Vamos a limpiarte… —dijo Katán, la sastre.

El viajero dio una última mirada a la multitud que se alejaba, y luego siguió a la mujer en silencio.

Katán lo metió en un baño de agua encantada para limpiarlo, mientras ella se encargaba de sus ropas.

Mark estaba dentro de la caldera, mirando sus manos.

Antes manchadas… ahora limpias.

Aun así, no se sentían limpias.

A diferencia del primer baño, esta vez el agua no lavaba nada, aunque su cuerpo quedara reluciente.

Cuando volvió a vestirse, Mark se miró al espejo.

Notó las ojeras hundidas bajo sus ojos.

Soltó un suspiro y salió del baño, reencontrándose con Katán y su hija.

—Me pareció interesante ver alambres de acero entre los hilos de la capa.

Te quedaron geniales… —comentó Katán, intentando desviar la atención de Mark.

—Sí, le quedó genial a Héctor… —respondió Mark, con la voz cargada de dolor.

Notó la incomodidad en el rostro de la mujer.

—Descuide… le agradezco lo que hizo —añadió, forzando una pequeña sonrisa.

Dejó una moneda de oro sobre la mesa y se marchó.

—Muchas gracias —dijo al irse.

—No era necesario… —murmuró Katán, girando hacia su hija, que observaba a Mark con una expresión de tristeza.

Mark llegó a la iglesia.

El funeral había terminado hacía apenas unos minutos.

Buscó el cementerio y encontró el entierro del herrero.

La gente alrededor mostraba rostros apesadumbrados, aunque en el fondo sabía que tarde o temprano aquello iba a ocurrir.

Desde la distancia, Mark observó la escena y bajó la mirada, guardando silencio en señal de respeto.

Un hombre obeso de entre la multitud se dio la vuelta, centrando su vista en él.

Se acercó a paso lento.

Cuando este levantó la mirada, el hombre estaba a su lado.

—No es culpa de nadie, chico… Héctor sabía en lo que se estaba metiendo… ―eres el carnicero de la posada… ¿pudiste comprar tu sal?…

—eso no importa… podré comprar toda la sal que quiera cuando la economía se restaure en el gobierno de los Eldwood… Mark levantó la cabeza y lo miró extrañado.

―estuvimos pensando en lo que dijiste en la posada… y tenías razón… si queremos un cambio, hay que dejar de quejarnos y levantar el culo de la silla… ― le dice con una voz grave el panzón.

—Me da alivio que hayan entendido… espero que se pueda dar la solución de esta tiranía… — Héctor era un buen tipo, un poco callado en las reuniones.

Pero con gestos que hablaban por él.

Él se mantenía firme económicamente, trabajar para el imperio le daba pie.

Pudo ser callado y meterse en sus asuntos, pero “prestaba” su dinero para ayudar… aun sabiendo que nunca podríamos devolvérselo… Mark abrió aún más los ojos.

—Sabía yo que no era un hombre gruñón… —Que lo maten, es una gota que rebalse nuestra taza.

El barrio no se quedará callado, y con nosotros gritará el pueblo… somos unos cobardes, no le asistimos cuando sabíamos que lo matarían.

Ya no más… esperamos contar contigo, extranjero… ―haré lo que pueda… —le responde Mark con seriedad.

—Me llamo Raúl… ― le dice el carnicero, levantando su mano.

—y yo me llamo Lazarus nova… ― le responde cortante Mark, dándose la vuelta, y alejándose del entierro, dejando helado al carnicero, quien quedó con la mano levantada esperando el estrecho de manos.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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