El Estudiante Más Fuerte de la Academia Más Débil - Capítulo 174
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- Capítulo 174 - 174 Academia Silverleaf 22
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174: Academia Silverleaf (22) 174: Academia Silverleaf (22) La clase era aburrida, como de costumbre.
No era nada que pudiera interesarme, pues ya conocía los temas que el profesor estaba enseñando.
La teoría del flujo de maná.
—Buaaa…
Dejé que el sonido se me escapara suavemente, sin molestarme ya en ocultarlo.
—Alguien no está prestando atención~.
susurró una voz suave a mi lado.
Giré la cabeza ligeramente y me encontré con un par de intensos ojos verdes.
María.
Su largo pelo verde estaba atado despreocupadamente a un lado, con algunos mechones cayendo libremente para enmarcar su rostro cálido y sonriente.
Tenía ese encanto relajado, casi indómito; como si su lugar fuera estar descalza en un campo bañado por el sol y el viento, no encerrada en un aula.
—Lo siento, María —mascullé con una sonrisita—, no sabía que eras fan de las clases de teoría del maná.
Se inclinó un poco más, susurrándome en un tono juguetón.
—No lo soy.
Pero verte morir lentamente de aburrimiento es bastante entretenido.
Me reí entre dientes.
—Me alegro de poder ofrecer el espectáculo.
Sus ojos chispearon.
—Siempre lo haces.
No respondí, pero podía sentir la calidez de su presencia a mi lado.
Tenía esa clase de energía natural; como el tipo de chica que te arrastraría a un río solo por diversión y luego se quejaría si no sonreías lo suficiente.
Eso me gustaba de ella.
Y sí…
lo sabía.
Yo le gustaba.
No eran solo bromas amistosas.
Sus miradas se demoraban demasiado, sus sonrisas eran demasiado suaves y diferentes cuando iban dirigidas a mí.
Y yo…
No estaba seguro de qué hacer con eso.
Porque también estaba Mia.
Realmente me importan, ambas, pero por supuesto, mis deudas amorosas son demasiado extensas.
Ya tengo tres amantes en la capital.
Incluso está Alaine en el hotel, aunque nuestra relación no está exactamente confirmada, y Christina, que debería estar de camino a otra academia justo en este momento.
Así que sí, no creo que aceptarlas a todas sea una buena elección.
Eso haría que tuviera…
siete amantes…
sin incluir mi relación falsa con Ella.
Oh…
También está Rose…
maldita sea.
Eso haría…
¿nueve en total?
Nah.
Todavía está Vivian.
Joder, esto solo empeora la situación.
¿Qué debería hacer con todas ellas?
Sinceramente, no sé qué hacer con ellas.
—Estás otra vez en las nubes —me codeó María, interrumpiendo mis pensamientos.
—Tengo derecho —susurré de vuelta—.
Mi cerebro ya va tres capítulos por delante.
—¿Ah, sí?
Entonces quizá deberías enseñarme luego —dijo ella, con sus labios curvándose ligeramente.
—En privado.
Arqueé una ceja.
—¿Intentas seducir a tu tutor?
—¿Y qué si lo hago?
—replicó con un guiño juguetón.
Resoplé en voz baja, incapaz de evitar la sonrisa que se formaba en la comisura de mis labios.
Pero antes de que pudiera responder…
—¿Señor Aestrea?
La voz del profesor rompió el momento como el tajo de una espada.
Alcé la vista con pereza.
—¿Sí?
—¿Podría decirme el propósito de estabilizar su núcleo de maná durante una técnica de paso a alta velocidad?
—Eso te pasa por ligar —susurró María, inclinándose y cubriendo su boca con la mano.
Sonreí ante sus palabras.
—Para evitar que se te hagan papilla las tripas al aterrizar mal —respondí por fin, en voz lo suficientemente alta para que me oyera toda la clase.
Algunos estudiantes se rieron.
—…Sí, pero con menos drama la próxima vez —suspiró el profesor, frunciendo el ceño, aunque no pudo ocultar del todo una pequeña sonrisa.
Me eché hacia atrás, lanzándole una mirada de reojo a María.
Ella sonrió de oreja a oreja.
El profesor siguió hablando con voz monótona y, en el momento en que se dio la vuelta para garabatear más teorías inútiles en la pizarra, María se inclinó una vez más.
—Oye —susurró, apartándose el pelo verde de la oreja—.
Sé sincero…
¿siempre respondes así a las preguntas?
¿O intentabas sonar sexy a propósito?
La miré.
—¿Acaso necesito intentarlo?
—dije con una sonrisita arrogante.
Parpadeó una vez y luego soltó una risa ahogada.
—Creído.
—Seguro de mí mismo —la corregí.
—Es lo mismo.
—No cuando puedes demostrarlo.
Sus labios se entreabrieron como si quisiera dar una respuesta ingeniosa, pero luego negó con la cabeza con una suave sonrisa.
—Uf, eres imposible.
—Muchas gracias.
Nos quedamos en silencio unos segundos antes de que me diera un ligero toque con su bolígrafo.
—Muy bien, genio.
¿Cuál es la diferencia entre una espiral de maná condensado y un canal disperso?
Ladeé la cabeza, mirándola con curiosidad.
—¿Lo preguntas en serio o solo intentas parecer interesada?
—Quizá ambas cosas.
—Entonces tal vez te responda si me invitas a almorzar.
Me lanzó una mirada astuta.
—¿Soborno?
Pensé que eras mejor que eso.
—Nunca dije que fuera bueno.
—Definitivamente no lo eres —dijo con una risita.
—Pero aun así me estás invitando a salir.
María chasqueó la lengua.
—Maldición.
Me has pillado.
Me recosté un poco, de brazos cruzados.
—¿Coqueteando conmigo en clase, intentando organizar sesiones privadas y ahora planeando un almuerzo?
Alguien es muy audaz.
Se inclinó más, su aliento casi rozando mi oreja.
—Yo no juego limpio —susurró.
Giré la cabeza un poco hacia ella, mis labios curvándose con pereza.
—Yo tampoco.
Sus ojos se abrieron un poco antes de que volviera a reírse, claramente nerviosa pero intentando ocultarlo.
Sus mejillas tenían ahora un ligero tinte rosado.
Por desgracia, antes de que pudiera soltar otra frase…
¡RIN~!
La campana resonó por la sala como un canto de liberación.
La clase había terminado.
Los estudiantes empezaron a recoger sus cosas, con un murmullo de conversaciones y risas mientras se preparaban para irse.
María se levantó a mi lado, colgándose la bolsa en un hombro, con una postura segura y su energía aún danzando en el aire.
—Bueno —dijo con naturalidad, apartándose el flequillo—, ¿quieres que almorcemos juntos?
Ya sabes…
solo nosotros dos.
Parpadeé una vez ante sus palabras antes de responder directamente.
—Lo siento, pero ya tengo planes.
Ahora bien, si no tuviera una cita con Ella, probablemente habría ido con ella.
Pero, por desgracia, ya tenía planes, así que tuve que rechazar la comida gratis.
Los labios de María se entreabrieron, claramente sorprendida, pero lo disimuló bien.
—Ah…
—Gracias por la invitación, de todas formas —dije, echándome la bolsa al hombro sin dar más explicaciones.
¿Con quién?
No preguntó.
Y yo no se lo dije.
Su mirada se detuvo en mí un segundo, y luego volvió a sonreír, esta vez más suavemente.
—De acuerdo.
La próxima vez, entonces.
—Claro.
Me guiñó un ojo, se dio la vuelta y se marchó.
Me quedé allí un momento más, mirando la puerta por la que acababa de salir.
No estaba exactamente enfadada, quizá solo un poco decepcionada.
Y eso hizo que algo se retorciera débilmente en mi pecho.
«Uno de estos días, voy a tener que dejar de actuar así.
Tendré que confrontar sus sentimientos directamente, pero espero que ese día…
aún esté muy lejos».
—Ahora…
¿dónde está Ella?
—murmuré para mí mismo.
Bip~
Sonó mi teléfono.
Lo abrí y vi un mensaje de Ella.
[Te esperaré en un banco en el centro de la Academia.]
Al ver esto, me di la vuelta y me dirigí hacia la parte central de la Academia.
Tardé unos tres minutos en llegar.
Ella ya estaba allí.
Sentada en un banco bajo la sombra de un árbol en flor, su largo pelo plateado ondeaba suavemente con la brisa, capturando la luz de la tarde como si fuera luz de luna hilada.
Se giró cuando me acerqué, sus suaves ojos azul claro clavándose en los míos.
—Ya estás aquí —dijo con una sonrisa que pareció iluminarle todo el rostro.
Me encogí de hombros con indiferencia, metiendo las manos en los bolsillos.
—Habría sido grosero no venir.
Además, tengo curiosidad por saber qué tipo de cita planea una Princesa.
Se sonrojó de inmediato, apartando la mirada.
—N-No lo digas así.
Me senté a su lado, lo bastante cerca como para rozar nuestros hombros.
—Tú eres la que me ha invitado a salir.
—¡No fue así!
—insistió, nerviosa—.
Además, ya que ahora estamos juntos, quizá…
podríamos conocernos mejor.
—¿Ah, sí?
¿Y qué te gustaría saber?
—me incliné, sonriendo suavemente.
Me miró por debajo de las pestañas.
—Cualquier cosa que estés dispuesto a compartir.
—Esa es una respuesta peligrosa, Princesa —me reí entre dientes ante sus palabras.
—Me gusta el peligro —susurró, sorprendiéndose incluso a sí misma.
Parpadeé al ver cómo sus ojos se abrían de par en par ante su propia respuesta.
Entonces sonreí.
—Estás llena de sorpresas, Princesa.
Ambos nos reímos suavemente.
Luego, un silencio incómodo se instaló por un momento.
Entonces, Ella sacó una pequeña cesta que había mantenido oculta a su lado, envuelta en una tela de color azul pálido.
—He preparado el almuerzo.
Me quedé mirando la cesta y luego a ella.
Volvió a ponerse roja.
—¡No me mires así!
Sé que probablemente no esté perfecto, pero quería…
Alargué la mano y tomé la cesta.
—Gracias —dije simplemente.
Ante mis palabras, su expresión se calmó y un pequeño suspiro se escapó de sus labios.
—De nada.
La abrimos juntos, sentados en el banco como en una escena sacada de un cuadro.
La comida no era perfecta, pero no importaba.
Sabía bien, sobre todo viniendo de una Princesa.
Entre bocados y una conversación ligera, la mano de Ella rozó la mía una vez.
Luego otra vez.
Y a la tercera, no la solté.
Y ella tampoco la apartó, permitiéndome sentir sus dedos cálidos y delicados entrelazándose con los míos.
—Ella.
Me miró con una pequeña sonrisa.
—¿Mmm?
—¿Siempre te enamoras de los hombres con caras bonitas?
Ella bajó la mirada y sonrió con timidez.
—No…
solo de ti.
Eso me llegó más de lo que esperaba.
Incluso podía imaginar una vida con ella, sin el Emperador ni las innumerables organizaciones que quieren mi cabeza.
Una vida normal.
Pero, por supuesto, la realidad nunca era tan amable.
Sin mencionar que estoy podrido hasta la médula y, aunque no quiera admitirlo, mi corazón siempre está dividido en múltiples pedazos.
Por supuesto, algunos de ellos ya están ocupados.
El único problema sería…
que se conocieran entre ellas…
Y eso va a ser un gran problema, especialmente estando Yara y Zeva en el ajo.
«Eh…
que de eso se encargue mi yo del futuro».
Dejando a un lado mis pensamientos, le besé el dorso de la mano con suavidad, de forma juguetona.
Y susurré: —Entonces me esforzaré al máximo para ser digno de eso.
Se puso roja como un tomate, escondiendo el rostro tras la otra mano.
—Aestrea…
Me levanté, sacudiéndome el abrigo.
—Bueno, Princesa.
¿Adónde ahora?
Ella parpadeó, poniéndose también de pie.
—Hay un lago cerca.
Es tranquilo y no va nadie.
—¿Ah, sí?
¿Intentando que nos quedemos a solas?
Hizo un puchero.
—¡No es lo que yo…!
Sonreí de oreja a oreja.
—Tranquila.
Solo te estoy tomando el pelo.
—Mmmf.
Hinchó las mejillas.
…Es realmente diferente cuando está enamorada; es completamente distinto de la cara fría a la que estoy habituado.
Me trae recuerdos de la primera vez que la conocí.
Parecía tan tímida como ahora.
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