El Guía X - Capítulo 4
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4: La moral 4: La moral El edificio de los espers y guías oficiales de esta zona amarilla se construyó bajo la premisa de que podría soportar el ataque de la marea de monstruos de esta zona.
Sin embargo, no contaba con el ataque de los monstruos de nivel superior que en ese momento arrasaban el exterior.
Ayen ni siquiera pensó en ir a los pisos superiores, ya que con toda seguridad ya había monstruos en la azotea, y era posible que también estuvieran destrozando el edificio desde arriba.
Este edificio podría aguantar como máximo otros diez minutos, y todos los que estaban dentro se convertirían en la comida de esos monstruos.
Y una muy nutritiva, además, pues los espers y los guías poseían el aroma y las energías que más atraían a estos monstruos venidos de la puerta del otro mundo.
—¿A-a dónde vamos?
—preguntó nerviosamente Keeran, que lo seguía por detrás.
—No lo sé —respondió Ayen con indiferencia mientras seguía a su ritmo.
Habló con calma, como si la urgencia de la situación no fuera nada para él.
Esa respuesta casi hizo que Keeran se detuviera; se desesperó todavía más.
Había pensado que Ayen tenía un plan para sacarlos de su situación.
Ayen le echó un vistazo al oír un sollozo ahogado.
La mujer estaba lloriqueando otra vez, pero al menos se contenía y parecía temerosa de molestarlo.
Se limitó a mirarla y volvió a fijar la vista al frente.
No iba a decirle ninguna palabra de consuelo.
No existían palabras tranquilizadoras que pudieran calmarlos; solo podrían suspirar de alivio cuando estuvieran a salvo.
Y él no era el tipo de persona que ofrecía palabras de consuelo, ni siquiera a sí mismo.
A medida que se alejaban del grupo de guías en el segundo piso, se hizo evidente que el ruido había disminuido y que nadie atacaba por ese lado.
—Juntarnos solo hará que nuestros aromas sean más notorios para esos monstruos.
Saben la ubicación por los olores y atacarán inmediatamente en esa dirección; los monstruos estarán ocupados un rato.
Esta es nuestra oportunidad —explicó Ayen con naturalidad, a pesar de que Keeran no había preguntado.
Mantuvo el paso antes de detenerse y abrir una puerta con su tarjeta de acceso; el interior quedó expuesto ante ellos.
Recorrió con la mirada las armas del interior; la mayoría eran para espers y solo podían usarse con su energía particular.
Por supuesto, también había equipamiento que los guías y los funcionarios autorizados podían utilizar.
Mientras buscaba armas, se fijó en Keeran, que lo miraba con expresión de horror.
Parecía que quería decir algo.
—¿Qué?
—le preguntó, enarcando una ceja, antes de concentrarse en buscar el arma en la que pensaba.
Ser el único guía siempre disponible también tenía sus ventajas.
Podía acceder a casi todos los pisos de este edificio y era el encargado del almacén.
Se habían llevado la mayoría de las armas más potentes, pero no las necesitaba, ya que no podría manejarlas aunque estuvieran allí.
—¿P-por qué no se lo dijiste?
—habló Keeran con dificultad, pero con un tono acusador—.
¿A-acaso los estamos usando como…
cebo?
—terminó, con la voz cargada de culpa.
Ayen se detuvo justo cuando metía algo de equipo ligero en una caja de almacenamiento segura.
Miró de reojo a Keeran; su expresión seguía siendo serena, y lo que ella dijo no le afectó en lo más mínimo.
—Como ya he dicho…
si todos mueren, ¿qué tengo yo que ver?
—Ladeó la cabeza y clavó la mirada en los ojos de Keeran—.
Y, ¿los estamos usando de cebo?
No.
¿Acaso les dijimos nosotros que se agruparan en un rincón?
—Las profundas pupilas negras de Ayen eran como un abismo que hizo a Keeran cambiar la impresión que tenía de él.
Se encogió de hombros, sin sentir la más mínima culpa, mientras terminaba de sacar el arma: un arma bláster.
—No es mi responsabilidad decirles lo que debería ser del conocimiento más elemental para cualquiera.
—Sosteniendo el arma, se giró hacia Keeran, que se había quedado en silencio, con la boca entreabierta—.
No los estoy usando, me estoy aprovechando de su estupidez.
—Sus ojos se entrecerraron, con un aire más siniestro que nunca.
Keeran no tuvo valor para decir nada más.
De hecho, era obvio por qué a Ayen no le importaba aquella gente y por qué se la había llevado solo a ella.
Quizá no le gustara la idea, pero lo que más deseaba era sobrevivir; la línea que separa la moralidad de la supervivencia siempre es muy fina.
Ayen no pretendía asustarla, pero no quería a su lado a alguien que estuviera allí a medias.
Usar a alguien y aprovecharse de alguien era lo mismo, pero lo segundo representaba el extremo de ambos conceptos y describía a la perfección sus intenciones.
Él siempre era de los que se fijaban en todo, y jamás se le ocurrió salvar a la gente que le hacía la vida más difícil cada día en nombre de la moralidad y la humanidad.
Así era el mundo; para empezar, él era débil y solo se tenía a sí mismo para todo.
A la gente que solo lloraba cuando surgía un problema y nunca pensaba en luchar por su vida, que se limitaba a esperar la piedad y la protección de los demás, Ayen la despreciaba todavía más.
—Vámonos —dijo, y ambos aceleraron el paso.
Ayen tenía prisa; los monstruos podían entrar en cualquier momento.
Era una carrera contrarreloj; ni siquiera sabía si lograría sobrevivir.
Y, sin embargo, su corazón estaba increíblemente tranquilo.
Años de soledad y burlas habían fortalecido su voluntad mucho más que la de la mayoría.
—Sígueme y quédate detrás de mí.
—Miró de reojo a Keeran, que empezaba a estar aún más alterada, y añadió—: Si te conviertes en una carga, no dudaré en abandonarte.
Se dio la vuelta sin mirar su expresión; solo era una verdad a medias.
Y es que quizá no tendría la oportunidad de abandonarla antes de que murieran juntos.
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