El Halo Roto - Capítulo 1
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1: 1: Luna Negra 1: 1: Luna Negra «Qué cliché.
He leído tantas novelas donde el Héroe es traicionado por sus compañeros, pero ¿me equivoco al confiar en los compañeros que han luchado conmigo durante casi seis décadas?»
«No.
No me equivoco ni soy tonto.
De ninguna manera dejaría de confiar en la gente con la que he sangrado, sudado, llorado, reído y luchado durante tanto tiempo».
«Lo que está mal es por qué eligieron traicionarme.
¿Por qué decidieron hacerme esto a pesar de haber pasado tantos años juntos?»
«¿Dónde salió todo mal?»
Seis figuras lo rodeaban en el aire.
El hombre al que una vez amaron, una vez siguieron, una vez veneraron, pero ahora caído y completamente solo.
Una vez fue un amigo, una vez un amante, una vez un mentor, una vez un rey.
Pero ahora… estaba rodeado de todos aquellos en quienes confiaba, esperando su final.
Este hombre era Simon, el renombrado Héroe de la Tierra que había salvado a toda la humanidad de los Demonios.
Un hombre que era tratado como un dios en la Tierra, pero ahora, su cuerpo estaba acribillado de heridas y quemaduras, atravesado por armas que, lenta pero inexorablemente, le estaban quitando la vida.
Simon, que estaba de rodillas, desvió la mirada del charco de sangre que lo rodeaba hacia los seis individuos que una vez creyó que eran sus amigos.
No.
Familia.
—¿Por qué?
¿Por qué arruinaríais décadas de amistad?
Derrotamos al Rey Demonio hace un mes, y planeábamos entrar en el reino demoníaco para aniquilar a cada príncipe demonio, princesa demonio, noble demonio e incluso a los demonios de bajo rango.
¿Por qué me traicionáis después de todo lo que hemos pasado juntos?
Simon miró a sus compañeros con una expresión desconcertada y absolutamente triste.
No había ni un atisbo de ira en su rostro en ese momento, ya que lo que sentía principalmente era tristeza.
—Ya no te necesitamos para derrotar a los demonios —dijo una de las figuras, y Simon ladeó la cabeza con una expresión desconcertada.
—¿Ya no me necesitáis?
¿Planeasteis traicionarme hace mucho tiempo?
¿Nuestras décadas de amistad no significaron nada para vosotros?
Miró a una de las figuras, que era una mujer.
—Francesca.
¿Nuestro amor no significó nada?
¿Todo lo que nos dijimos sobre pasar nuestras vidas juntos?
¿Fue todo una mentira?
Francesca no respondió a las palabras de Simon, y solo lo miró con una expresión impasible.
Simon soltó una risa amarga al ver aquello.
—Supongo que sí.
—Si de algo sirve, que sepas que te respetamos —dijo otro individuo, y Simon resopló con una sonrisa triste.
—Acabad con mi miserable vida, panda de hipócritas.
Las seis figuras miraron a Simon en silencio durante unos instantes, y entonces una de ellas le apuntó con una pistola.
—Adiós…, Maestro.
¡BANG!
Una bala atravesó la cabeza de Simon, y el Héroe de la Tierra, el hombre que fue el principal responsable de matar al rey demonio, el hombre de leyenda, el hombre que era considerado un dios en los corazones de muchos, cayó y dejó de existir.
Abandonado en un rincón decrépito de la Tierra, a manos de aquellos en quienes confiaba.
—–
En una tierra donde el cielo tenía dos tonalidades, rojo y negro.
Donde dos lunas, una negra y una roja, flotaban en el cielo.
El clima constantemente inestable era la norma en esta tierra.
Cuando llovía, no era agua lo que caía al suelo, sino fuego.
Cuando retumbaba un rayo, resquebrajaba el espacio a su alrededor, causando grietas que la mayoría de las veces sanaban, pero a veces no.
Las tormentas no eran solo de viento, sino de almas aullantes e insectos venenosos.
Esta tierra se llamaba el Reino Demoníaco.
Y en esta tierra, una demonio de un solo cuerno dio a luz a un niño en una pequeña casa de piedra toscamente construida.
Buaaa, buaaa, buaaa
El bebé demonio lloraba a gritos mientras agitaba las manos, y la madre miró a su hijo con una mirada que contenía lástima y agotamiento.
Tomó a su hijo de los brazos de su amiga y luego esbozó una leve sonrisa forzada.
—Qué pequeñín más guapo.
Estoy segura de que ganarías mucho dinero si lo vendieras, Lyssa.
Lyssa le lanzó una mirada fulminante a su amiga en cuanto oyó esas palabras.
—Acabo de dar a luz, ¿y me estás diciendo que venda a mi hijo?
¿Para qué?
¿Por no más de diez monedas de hueso medio?
Déjame disfrutar de mi tiempo con mi hijo, y no vuelvas a decir semejante cosa, Mira.
Mira levantó las manos con una leve sonrisa.
—Caray.
Cálmate.
Solo te ofrecía una sugerencia.
Sabes tan bien como yo que la vida es dura.
Apenas consigues para alimentarte a ti misma cada día, así que ¿cómo vas a alimentar otra boca?
Lyssa miró a Mira con el ceño fruncido, y Mira se encogió de hombros con una sonrisa irónica.
—Lo siento, lo siento.
Solo me compadezco de ti, eso es todo.
Si ese bastardo gato demonio no se hubiera propasado contigo, no estarías en esta situación.
Lyssa exhaló profundamente y luego miró a su hijo llorando, cuyos ojos eran como los de un gato a pesar de tener un solo cuerno como ella.
«Al menos se parece más a mí que a él», pensó con un poco de alivio.
—Es lo que hay, Mira.
No voy a vender a mi hijo por unas míseras monedas de hueso.
Encontraré una forma de sobrevivir y haré que se convierta en un guerrero poderoso.
Mira miró a su amiga con una sonrisa triste y, aunque quería refutar sus palabras, decidió no hacerlo, porque sabía que Lyssa también conocía la verdad.
Para las especies del escalón más bajo como ellas, su potencial estaba severamente limitado.
No estaban destinadas a la grandeza, y nacer en este nivel de la jerarquía era más una maldición que una bendición.
«En el mejor de los casos, tu hijo será un guardia de un jefe tribal o de un señor de un clan».
Mientras Mira tenía este pensamiento, Lyssa la miró con una sonrisa.
—Me acabo de dar cuenta de que no le he puesto nombre.
Mira parpadeó y luego miró al bebé.
—¿Qué nombre vas a ponerle?
Lyssa señaló la luna negra a través de la ventana de la habitación.
—Luna Negra.
Ese es su nombre —dijo con una sonrisa.
A Mira le temblaron los labios y sintió el impulso de llevarse la mano a la cara.
—Es un nombre terrible.
—No, no lo es —negó Lyssa con la cabeza y una mirada desafiante.
¡Buaaa!
¡Buaaa!
¡Buaaa!
—¿Ves?
Hasta él sabe que es un nombre terrible —comentó Mira, señalando al bebé con una expresión que parecía decir «te lo dije».
Pero Lyssa bufó.
—¿Cómo va a saber algo un bebé?
Solo tiene hambre.
—Se descubrió el pecho y empezó a amamantar a su hijo con una sonrisa.
—Se llama Luna Negra, y es definitivo.
A Mira le temblaron los labios, pero luego se encogió de hombros con indiferencia mientras miraba al bebé con una expresión de lástima.
«Supongo que ese es tu nombre, pequeñín».
Ambas mujeres sonreían mientras veían a Luna Negra beber con avidez la leche del pecho de su madre, sin saber que el niño que tenían ante ellas era el responsable de la muerte de muchos demonios.
Una leyenda que muchos demonios temían.
El Héroe.
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