El Halo Roto - Capítulo 37
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37: 37: ¿Huir a dónde?
37: 37: ¿Huir a dónde?
Cuando Simon percibió la familiar aura de divinidad, se quedó estupefacto.
No debería estar percibiendo semejante aura.
Este era el reino demoníaco, y los demonios no podían manejar la divinidad.
Cualquier cosa que poseyera un aura divina era como veneno para ellos, y si un Demonio era demasiado débil para soportar el aura, acabaría sufriendo y debilitándose al mismo tiempo.
Aunque habían pasado mil años desde su muerte, estaba seguro de que ningún Demonio querría tener nada que ver con un arma divina o cualquier cosa de naturaleza divina.
Pero cuando vio la daga en el pecho de Zaglur emitiendo un brillo dorado, los engranajes de su mente no pudieron evitar ponerse a girar a toda velocidad.
Sus oídos, mucho más agudos que los de un humano promedio, captaron la conversación entre Zaglur y el Velari.
A pesar de tener a un Velari delante, permaneció tranquilo y lo ignoró para centrarse en Zaglur.
Le preocupaba más la presencia del arma divina que el Velari que irradiaba una intención asesina.
No podía hacer nada respecto al Velari, pero al menos podía obtener un poco de información.
Escuchó todo lo que Zaglur y el Velari dijeron, hasta el punto en que Zaglur sacó el farol que suprimía con gran eficacia a los Velaris.
El farol despertó la curiosidad de Simon porque no era un artefacto divino, pero su capacidad para borrar hasta la última sombra en un radio de un kilómetro lo hacía parecer uno.
Simon sentía curiosidad por su origen.
Cuando Zaglur arrojó la cuenta de plata y el espacio se agrietó cerca de él, se quedó atónito, pues solo los Semi-Dioses podían hacer añicos el espacio.
Ellos eran los únicos que podían hacer añicos el espacio, y que Zaglur tuviera un artefacto capaz de realizar la misma proeza significaba que era un artefacto extraordinario.
Simon miró fijamente la grieta espacial con un brillo extraño en los ojos.
Ignoró por completo al Velari que se retorcía y gritaba a pocos metros de él.
—Oye, chico.
La voz de Zaglur llegó a sus oídos, y él miró al Daegrin.
—Lárgate de aquí antes de que muera.
Nunca debí hacer un trato con estos bastardos traicioneros.
Simon frunció levemente el ceño mientras miraba a Zaglur, y luego a la grieta espacial.
—¿Por qué me ayudas a escapar?
Zaglur soltó una risita.
—¿No es obvio?
No puedo ser el único que salga perdiendo.
Simon ya podía adivinar por qué Zaglur lo ayudaba a escapar, y parecía que estaba en lo cierto.
«No quiere que los Velaris me quiten la esencia de sangre del Devorador porque lo traicionaron».
Simon exhaló suavemente y luego se puso en pie con una expresión de dolor.
Echó un vistazo a su brazo derecho, roto y torcido.
Sentía un dolor insoportable con cada leve movimiento, y solo su fortaleza mental evitaba que gritara de dolor.
«Esto me recuerda un poco a mi vida de héroe.
A cómo solía sufrir heridas gravísimas en misiones peligrosas».
Simon le echó un último vistazo a Zaglur antes de volverse hacia la grieta espacial.
Pero antes de que se moviera, Zaglur habló.
—No puedo ayudarte con tu brazo, pero puedo aumentar tus probabilidades de supervivencia para que no mueras tan rápido.
Simon enarcó una ceja y entonces vio cómo Zaglur se quitaba el único anillo que llevaba en la mano izquierda.
Zaglur miró el anillo durante unos segundos antes de quitárselo y lanzárselo a Simon con un rápido gesto.
Simon lo atrapó, con los ojos como platos, y miró a Zaglur con expresión perpleja.
—A ese anillo lo llamo el Anillo del Avaro.
No conozco su verdadero nombre, pero tiene la capacidad de reducir a la mitad la energía demoníaca que consumes.
Los ojos de Simon se abrieron como platos, llenos de incredulidad.
¿El anillo podía reducir su consumo de energía demoníaca a la mitad?
¿Qué clase de anillo era ese?
—He roto mi conexión con el anillo, así que solo deja caer tu sangre sobre él y será tuyo.
Simon miró a Zaglur con recelo, y Zaglur sonrió a pesar de la sangre que goteaba por las comisuras de su boca.
—Chico, sé que probablemente tienes problemas de confianza después de lo que te hizo tu madre, pero me estoy muriendo y lo último que quiero es que esos bastardos me ganen la partida.
De verdad que intento ayudarte a seguir con vida para que esos cabrones no puedan pegar ojo por las noches.
Simon desvió la mirada hacia el Anillo del Avaro y, tras unos instantes, se colocó el anillo en su ensangrentado brazo derecho.
El anillo emitió una luz negra.
De inmediato sintió una conexión con el anillo, y nada más.
«¿Sin trampa?», pensó Simon, frunciendo levemente el ceño.
—Bien.
Ahora vete, chico.
Vete, y asegúrate de que no te atrapen esos bastardos.
Simon miró a Zaglur y luego al Anillo del Avaro.
—Gracias.
Para la inmensa sorpresa de Zaglur, Simon le dio las gracias, y lo decía de verdad.
El regalo de despedida de Zaglur iba a serle muy útil durante mucho, mucho tiempo.
—Vete —dijo Zaglur al cabo de un rato, y Simon asintió.
Se giró y dio dos pasos hacia la grieta espacial, pero entonces se detuvo y se quedó helado en el sitio.
Justo delante del portal había un hombre con capa, envuelto en vendas y con una máscara.
El hombre era un Velari, pero a diferencia de los otros, no se cubría el rostro con la capucha de su túnica.
El Velari estaba sentado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, y en el momento en que Simon vio a este Velari, todo su ser se paralizó en el acto.
Fue por pura incredulidad y por los instintos de su cuerpo frente a un depredador supremo.
—Lu- Lu- Luna Negra.
Luna Negra…
huye.
Zaglur tartamudeó, con los ojos desorbitados por el miedo, mientras miraba al hombre que estaba delante de la grieta espacial.
Pero Simon no se atrevió a mover ni un músculo.
De hecho, su respiración se volvió inconscientemente silenciosa en extremo.
«¿A dónde esperas que huya si tengo a un Señor Demonio justo delante de mí?»
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