El Harén de la Luna - Capítulo 1
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1: Prólogo 1: Prólogo —Ella…
está embarazada.
El mundo entero de Lynsandra se hizo añicos con solo dos palabras salidas de los labios del hombre por el que había apostado toda su vida.
Lentamente, se giró hacia el asiento del conductor, con el coche aparcado a la orilla del océano: donde se conocieron, su primera luna, donde se enamoraron por primera vez, su primer beso y todas las demás primeras veces que una vez le llenaron el corazón de amor.
Una lágrima rodó por su mejilla, con los labios temblorosos.
—¿Qué?
—Lo siento.
—Víctor agachó la cabeza, y luego la miró de nuevo.
Alargó la mano para coger la de ella, que descansaba sobre su regazo—.
Pero, Lizzie, eso no significa que tengamos que romper.
Solo fue…
El resto de sus palabras se interrumpieron cuando ella le apartó la mano de un manotazo.
—¿Que no significa que tengamos que romper?
—repitió ella con sorna—.
Vic, lo prometiste… Fue un error de borracho.
Un error de borracho que él no quería que ocurriera, pero que ocurrió de todos modos.
Lynsandra lo perdonó y le dio una oportunidad.
Todo porque lo amaba con locura y pensó que podrían dejar ese error atrás.
Pero de eso hacía ya un año.
Lynsandra se apartó los mechones sueltos de la cara y las gafas se le resbalaron por la nariz.
—Esto es ridículo.
—Lizzie…
—No me sigas.
—Bufó y salió del coche.
Tres años atrás, Lynsandra jamás habría pensado que Víctor le rompería el corazón de la forma en que lo hacía ahora.
Solían ser el mundo del otro y, por el profundo amor que le profesaba, ella había renunciado a todo para poder apoyarlo desde las sombras.
Pero en cuanto Víctor saboreó el éxito, su relación comenzó a torcerse.
Él estaba cambiando; al principio, lentamente.
Empezó con sus gustos, su estilo de vida y luego… las mujeres.
Aun así, Lynsandra lo soportó tras un simple «lo siento, no lo volveré a hacer».
Se sentía estúpida por haber caído en la trampa una y otra vez.
Lynsandra se secó las lágrimas mientras se alejaba de su lugar de siempre; el viento salado le enredaba los mechones sueltos de su cabello, la arena se le pegaba a los pies y las lágrimas le nublaban la vista.
Se detuvo en seco cuando una mano le rodeó la muñeca, tirando de ella hacia atrás y obligándola a mirarlo.
—¡Liz!
—gritó Víctor—.
Lo siento, ¿de acuerdo?
Lo decía en serio cuando dije que fue un error…
—¿Un error?
—rugió Lynsandra, soltándose del agarre—.
Vic, ¡¿cómo puedes llamarlo un error cuando la primera vez que ocurrió fue hace un año?!
¡Dijiste que no volvería a pasar y ahora ella está embarazada!
Su rostro se contrajo.
—¡Lo sé!
Pero…
pero tienes que entenderlo, nena —suspiró, acercándose un paso y adoptando su habitual tono persuasivo—.
El negocio va bien ahora porque ella me ha estado ayudando.
Además, está afiliada a la Manada Real.
¡Con su ayuda, nuestra manada por fin está siendo reconocida!
—¿Qué?
—Lizzie.
—Víctor la sujetó con delicadeza por los hombros, mirándola directamente a los ojos—.
Sabes que eres la única en mi corazón.
Es solo que… esto es algo que tengo que hacer.
No puedo simplemente eludir mi responsabilidad.
¡El Rey Alfa me mataría!
—¿El Rey Alfa?
—bufó ella, pensando en cómo el Rey Alfa lo haría pedazos en cuanto descubriera lo que le había hecho a su corazón.
Tres años atrás, Lynsandra se había marchado de casa para encontrar un atisbo de normalidad en su vida; algo que nunca conocería si se quedaba en la Manada Real, un linaje real de hombres lobo.
Un secreto que no sintió la necesidad de revelar a nadie.
Después de todo, quería una vida fuera de la sombra de su padre, el Rey Alfa.
Fuera de la Manada Real.
Simplemente ser Lynsandra; Lizzie, para abreviar.
—Por favor, cielo —la engatusó, apretándole suavemente los omóplatos—.
Es solo un cachorro.
No tenemos por qué romper.
Solo tendremos que averiguar cómo seguir adelante…
Antes de que pudiera soltar más sandeces, una sonora bofetada resonó en su mejilla.
La conmoción apareció al instante en su rostro; tenía los ojos como platos y la cabeza se le giró bruscamente a un lado.
—Jódete —escupió Lynsandra, retrocediendo con una risa seca—.
Vete a la mierda, Vic.
Ella bufó, cerrando las manos en puños.
Quería golpearlo, arrancarle un par de dientes, infligirle físicamente el dolor que él había grabado en su corazón.
Pero, en lugar de eso, decidió marcharse.
Por el amor y el respeto que aún le quedaban por él.
El amor que él ya no merecía.
Pero mientras se alejaba, sus pasos se detuvieron al oír su grito.
—¡No eres nada sin mí, Liz!
—gritó él, furioso—.
¡¿Crees que puedes irte así sin más?!
¡Pues bien!
¡Vete!
¡Pero te aseguro que acabarás volviendo a mí de rodillas!
Por un segundo, su corazón latió con fuerza y dolor, y sus oídos zumbaron con unas palabras que nunca pensó que él pronunciaría.
Lentamente, se volvió hacia él, incrédula.
—¿Qué has dicho?
—¡Mírate!
—Se dirigió hacia ella con grandes zancadas, moviendo la cabeza en señal de mofa.
Ante él había una mujer con unas gafas enormes y redondas, con el pelo recogido en un moño tan apretado que se le escapaban algunos mechones.
Comparada con todas las demás mujeres que lo rodeaban, parecía tan sosa.
Tan aburrida.
—Liz, cuando nos conocimos, ninguno de los dos tenía nada.
Pero yo trabajé duro y nos di una vida mejor.
Katarina me ayudó con sus contactos, pero ¿tú qué hiciste?
—¿A qué te refieres con qué hice?
—repitió Lynsandra, sin habla por la facilidad con que él borraba todo lo que ella había sacrificado—.
¿De verdad no lo sabías?
Los múltiples trabajos que había compaginado solo para financiar sus proyectos fallidos.
Las noches en vela.
La vida que podría haber elegido, pero que no eligió.
La vida que puso en pausa para que la de él pudiera florecer.
—Ja… increíble.
—Una risa vacía se le escapó de los labios mientras negaba con la cabeza—.
Vic, eres un… maldito egoísta.
Esta vez, reanudó la marcha, negándose a detenerse por nada ni por nadie.
Se dijo a sí misma que ese era el final: su último acto de amor propio, su manera de salvarse de más dolor.
Era lo mejor que podía hacer antes de que la ira la cegara.
Estaba segura de que no había nada que Víctor pudiera decir para detenerla.
Pero se equivocaba.
—¡Bien!
¡Vete!
—rugió—.
¡Pero recuerda esto, Lizzie, no encontrarás a nadie como yo!
¡Nadie va a querer a una defectuosa sin lobo como tú!
Sus pasos se detuvieron en seco y su mente se quedó en blanco.
No podía creer que se atreviera a decir eso, además de todo lo demás.
Una breve risa se escapó de sus labios mientras se giraba de nuevo hacia él.
Una sonrisa cargada de despecho se dibujó en su boca mientras hablaba.
—¿Eso crees?
—bufó—.
Pues ya verás.
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