El Harén de la Luna - Capítulo 28
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28: E…ró…ti…ca 28: E…ró…ti…ca Elias Hale.
August Benedict.
Gary Stone.
Cassian Clark.
Evander Merewyn.
Severin Crowe.
Julian Pierce.
El sonido de un dardo clavándose en la diana resonó en el salón de té de Lynsandra, donde había siete fotografías pinchadas.
Se acercó lentamente a la diana, arrancando las fotos una por una como si fueran personas a las que les estuviera poniendo precio a su cabeza.
—Siete hombres permitidos en el harén —canturreó mientras arrancaba una foto de la punta afilada del dardo—.
Siete hombres capaces.
Hizo una pausa y se encogió de hombros.
—Seis, si excluimos a Cassian.
Siete… y en algún lugar entre ellos estaba el hombre que conocía su maldición y lo que le ocurría durante la luna llena.
Por encima de todo, uno de ellos podría ser su compañero.
Aunque no creía del todo en ello, existía una conexión, y estaba ansiosa por saber de qué tipo de conexión se trataba.
—O más bien… tengo más preguntas para él —murmuró, alzando la vista hacia la diana y arrancando la última foto—.
Pero por ahora… ¿a por quién debería ir primero?
Lynsandra parpadeó una y otra vez, sumida en sus pensamientos.
—Bien —susurró, con la mirada fija en la primera foto de la pila que tenía en las manos—.
Iré a por ti primero.
*****
Gareth volvió a guardar con cuidado parte de su ropa en el armario.
—Es solo una noche —masculló—.
¿Por qué he empacado tanto?
No fue hasta hoy que se dio cuenta de que los demás ni siquiera habían traído ropa; solo él.
Como era de esperar, no se había librado de las burlas de Cassian, que le dijo que, ya que había empacado tanto, debería haberse quedado más tiempo con su familia.
Sin pensar mucho en ello, su mirada se desvió hacia la cama, donde reposaban tres libros.
Su rostro se contrajo al recordar que se había llevado incluso tres libros para pasar solo una noche fuera.
—Bueno, terminé el primero.
Debería devolverlo a la biblioteca.
Recogió el libro que había terminado de leer —del que ya no quería ni acordarse por culpa del final— y se dirigió a la biblioteca para devolverlo.
La biblioteca tenía una regla: todos los libros prestados debían ser devueltos.
Por lo que había oído de los sirvientes, era porque Lynsandra pensaba que quizá quisieran algo que leer para pasar el rato.
—Todo el mundo tiene móvil.
Preferirían jugar a videojuegos —susurró, abrazando el libro como si necesitara protegerlo—.
Pero creo que… es un bonito detalle por su parte.
Una sutil sonrisa se dibujó en sus labios hasta que recordó que todos los libros de aquí los había leído Lynsandra.
Lo que explicaba los finales crueles.
—Es una sádica —murmuró, entrando en la silenciosa biblioteca.
Como este se había convertido en su lugar habitual, Gareth fue rápidamente a la estantería para devolver el libro.
Sonrió, disfrutando del silencio… hasta que oyó que algo se caía de la misma estantería.
—¿Mmm?
—giró la cabeza y sus ojos se posaron en un libro en el suelo—.
¿No lo habrán colocado bien?
Sin darle mayor importancia, Gareth se acercó y lo recogió.
Pero cuando se enderezó y se volvió hacia la estantería, saltó del susto.
—¡¡Ah!!
Se golpeó la espalda contra la estantería que tenía detrás, casi haciendo que se tambaleara.
Abrió los ojos de par en par mientras el corazón se le aceleraba y su tez palidecía al ver el par de ojos que lo observaban por el hueco que había dejado el libro al caer.
—¿¡L-Luna!?
—jadeó, temblando mientras miraba a Lynsandra, que parecía haber pasado de los ataques con destripes a los sustos de improviso.
Lynsandra lo miró con indiferencia.
—¿Por qué te sorprendes tanto?
¿Por qué?
¡¿POR QUÉ?!, era lo que quería gritar, pero no pudo.
Ella soltó una risita y se apartó de detrás de la estantería.
Poco después, apareció al final del pasillo.
—¿Te ha gustado el libro?
—preguntó, deteniéndose frente a la estantería donde él lo había colocado.
Lo sacó, leyó el título y bufó ligeramente—.
Un final abierto.
Horrible.
Su rostro se contrajo, pero en parte estaba de acuerdo.
Aunque no era porque tuviera un final abierto.
—L-Luna —Gareth se aclaró la garganta, intentando recomponerse—.
¿Qué está usted…?
Se calló cuando ella enarcó una ceja, esperando que terminara.
Pero en lugar de eso, se encontró llorando mentalmente y apartó la vista de ella.
«Claro que está aquí.
Es su biblioteca.
Dios, por favor, ayúdame».
Lynsandra lo evaluó, mientras la comisura de sus labios se curvaba.
—¿Te gustan los finales felices?
—¿Eh?
—la miró confundido.
—Entonces estás en la sección equivocada —dijo, dándose la vuelta.
Pero antes de desaparecer de su vista, se detuvo y le echó un vistazo—.
Ven conmigo.
—¿Eh?
—Gareth parpadeó una y otra vez, con el rostro contraído.
No pudo evitar recordar cómo lo había estado aterrorizando últimamente, junto con la risa malvada imaginaria que juraría poder oír.
Pero antes de que pudiera dudar más, la voz de ella resonó:
—¡Rápido!
—¡Sí, señora!
Aunque sus pies no querían cooperar, Gareth se obligó a seguirla hasta otro pasillo, más alejado de su estantería habitual de lecturas sádicas.
Cuando llegó al final, un libro voló hacia él.
Lo atrapó justo a tiempo.
—¿Uh?
—Ese —señaló con la barbilla el libro que él tenía en los brazos y luego la estantería—.
Esta sección tiene libros ligeros con finales felices.
Son dulces… tan dulces que podrías necesitar insulina.
—¿De verdad?
—soltó, solo para entornar los ojos con desconfianza.
—Esta sección, por otro lado, es mi favorita.
La segunda después del tipo de libros que has estado leyendo —Lynsandra sonrió sutilmente, aunque para él parecía absolutamente diabólica.
—E… ró… ti… ca —silabeó, riendo entre dientes mientras a él se le sonrojaban las mejillas y se le cortaba la respiración—.
Amplían los horizontes.
—…
Gareth se quedó sin palabras.
Solo podía mirarla fijamente, desviando la mirada hacia la sección de erótica mientras tragaba saliva.
—Ahora que lo pienso —canturreó, con un brillo pícaro en los ojos—, me pregunto si podría hacer que el sacerdote leyera uno.
Entonces su mirada se posó de nuevo en él y sus hombros se tensaron.
—No te preocupes —dijo—.
Ya no te haré más destripes.
Disfruta de la lectura.
Con eso, Lynsandra se dio la vuelta y se marchó.
Pero antes de que pudiera pensar, Gareth se animó y soltó de sopetón:
—Luna, ¿es esa la única razón por la que está aquí?
Sus pasos se detuvieron.
—¿Mmm?
—Ah… —se mordió la lengua y forzó una sonrisa—.
Quiero decir… ¿gracias por la recomendación?
—…
Lo estudió de pies a cabeza, luego asintió y se marchó.
Gareth escuchó sus pasos hasta que oyó abrirse y cerrarse la puerta.
Una vez que estuvo seguro de que se había ido, suspiró aliviado y se dio unas palmaditas en el pecho.
—De verdad que tiene un don para sorprender a la gente —masculló, levantando la vista lentamente antes de apretar los labios—.
Por un segundo…
Se interrumpió, bajando la mirada mientras el miedo se apoderaba de su expresión.
—… pensé que ya me había descubierto.
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