El Harén de la Luna - Capítulo 73
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Capítulo 73: A cualquier lugar, menos aquí.
—Una cita. Dijiste que como tomé el lugar de Gary, técnicamente es mi día.
—Eh…
—No voy a desperdiciarlo viéndote dormir. A menos que —hizo una pausa, conteniendo la risa—, una cita signifique compartir la cama y hacer el amor toda la noche. Entonces, claro, encerrémonos hasta mañana. Quedémonos aquí mismo, siempre y cuando seas mía más tarde. ¿Trato hecho?
—Ni hablar. —Su respuesta fue más rápida de lo que pudo pensar.
Lentamente, Lynsandra negó con la cabeza ante el astuto hombre que tenía delante. Tras tomar aliento, apoyó las manos en la mesa y se levantó.
—Espero que valga la pena, Elias —dijo ella con frialdad—. No necesitas tener la mano extendida así. Puedo caminar.
—Sé que puedes. Pero mi mano tiene sentimientos. Se sentirá abandonada si no la tomas.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Todavía no.
—¿Todavía?
Él le guiñó un ojo, moviendo las cejas y luego los dedos. —Es una cita. Vamos.
Sus labios se apretaron en una fina línea mientras lo estudiaba. Con una profunda exhalación, Lynsandra finalmente chocó su mano contra la de él. Sus dedos se cerraron inmediatamente alrededor de los de ella.
La sonrisa de Elias se ensanchó, dejando al descubierto los pequeños caninos de las comisuras de su boca. Sujetándole la mano con firmeza, tiró de ella para sacarla de la biblioteca.
—¿A dónde me llevas? —preguntó ella, observando su espalda mientras él miraba por encima del hombro.
Su rostro estaba radiante, la emoción era evidente en su expresión.
—A cualquier parte —respondió él—. A cualquier parte menos aquí.
*****
Mientras tanto, Gareth intentaba concentrarse en el libro que tenía en las manos. Pero se descubrió releyendo el mismo párrafo una y otra vez porque nada de lo que leía tenía sentido. Estaba demasiado distraído para sumergirse en la lectura, incluso en un libro cargado de obscenidades y con apenas trama.
—Ah… —suspiró profundamente, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Cuando volvió a abrirlos, se quedó mirando al techo.
Mientras lo hacía, no pudo evitar recordar a Lynsandra en la biblioteca.
«Eso arruinaría su diversión».
La voz de ella resonó en su mente.
Lynsandra se estaba quedando dormida cuando murmuró esas palabras. Podía decirse a sí mismo que simplemente tenía sueño, que por eso su voz sonaba así. Pero por más que intentaba ignorarlo, no podía dejar de pensar que había sonado… triste.
—«Eso arruinaría su diversión» —susurró para sí—. ¿Cómo pudo hacerlo sonar tan triste?
Esas palabras le calaron más hondo de lo que deberían. Se identificaba con ellas más de lo que quería admitir. ¿Cuántas veces se había quedado a distancia, viendo a la gente arremolinarse alrededor de su hermano gemelo, Gary?
Desde la infancia hasta la Selección, Gareth siempre se había mantenido al margen. Mientras tanto, Gary estaba en el centro de todo, como si un foco lo siguiera a dondequiera que fuera. Sería mentira si dijera que no sentía una punzada de envidia. A veces, deseaba que la gente lo buscara, no porque necesitaran algo de él, sino simplemente porque disfrutaban de su compañía.
Así que, cuando Lynsandra dijo eso… fue casi como si fuera su propia voz la que hablaba.
—Eso no puede ser… ¿ella es la princesa? —murmuró—. Estoy seguro de que vivió una vida feliz.
A Lynsandra no debería faltarle atención, gente ansiosa por ganarse su favor. Debería estar rodeada de risas, de diversión. Y, desde luego, siendo una princesa, nunca la dejaron fuera de nada.
Sin embargo…
Sentía que todo lo que pensaba estaba equivocado.
—Todavía quería preguntarle algo —dijo en voz baja, solo para recordar que Elias seguía en la biblioteca.
Al pensar en eso, suspiró.
Elias entró en la biblioteca sin decir una palabra. Antes de que Gareth se diera cuenta, el hombre ya estaba de pie junto a la mesa.
No era como si Elias le hubiera dicho que se fuera. Es más, el tipo ni siquiera le dedicó una mirada. Simplemente se quedó allí, mirando a Lynsandra en completo silencio. Sus labios se curvaron ligeramente mientras estiraba el cuello, estudiando su rostro dormido.
Parecía más bien alguien admirándola.
Sin embargo, de alguna manera, la mera presencia de Elias lo intimidaba. O quizás era la idea de que el propio Gareth no tenía el valor de hacer tonterías cerca de la Luna, incluso si ella estaba dormida.
Pero, por otro lado, Elias era diferente a él.
—Él es… realmente diferente a todos. No sé si debería tenerle miedo o no —murmuró, mientras la vacilación se reflejaba en su mirada—. La Luna no se enfadará porque me fui, ¿verdad?
«Ella no me pidió que me quedara… ¿o sí?».
Una sensación de pánico se instaló en su pecho, oprimiéndolo. Intentó razonar consigo mismo, pero cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía.
—Yo solo…
Antes de que pudiera terminar la frase, Gareth ya había bajado las piernas de la cama. Tragándose sus dudas, reunió el valor para ver cómo estaba Lynsandra una vez más, aunque Elias estuviera allí. Solo se aseguraría de no meterse en problemas por dejarla a solas con Elias. No es que pensara que el hombre fuera a hacer algo inapropiado mientras ella dormía.
Pero al acercarse a la biblioteca, se detuvo.
Allí los vio.
Lynsandra y Elias. Cogidos de la mano, con Elias guiándola en la dirección opuesta a la que se encontraba Gareth.
—Lu… —dijo, con la voz desvaneciéndose, mientras los miraba como si fueran a fugarse—. ¿…na?
Gareth parpadeó, viendo cómo su cabello se mecía con cada paso que daba. Su mirada permaneció fija en su espalda, como si estuviera anclada allí. Entonces, cuando ella inclinó la cabeza ligeramente —como si apartara la vista de Elias—, él captó la sutil curva en las comisuras de sus labios y la forma en que sus ojos se suavizaron, aunque solo fuera por un instante fugaz.
A Lynsandra no le costaba sonreír, aunque su presencia a menudo tenía un aire distante. Incluso cuando estaba rodeada de gente —o sentada justo enfrente de Gareth—, seguía sintiéndose lejana.
Pero la sonrisa que Gareth acababa de ver no era como a las que estaba acostumbrado. De hecho, le hizo darse cuenta de que esta podría haber sido la primera vez que la veía sonreír de verdad. Y que las sonrisas que había visto antes… nunca habían sido realmente sinceras.
En silencio, Gareth desvió la mirada hacia el hombre que la guiaba, y sintió una ligera punzada en el pecho.
—Ellos… se ven perfectos.
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