El Harén de la Luna - Capítulo 77
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Capítulo 77: ¿Cuándo se sintió tan cerca?
Elias llevó a Lynsandra al bullicioso mercado nocturno de la ciudad, empujándola hacia los puestos para que se probara ropa de segunda mano. No fue fácil convencerla, pero con su insistencia, al final cedió.
Se probó distintos conjuntos, y todo lo que se ponía hacía que pareciera salido de boutiques de lujo. Por eso, atrajeron a bastante público, y cada vez que salía del pequeño probador, el número de personas crecía y todos aplaudían con él como si se tratara de una especie de espectáculo.
Lynsandra era como una celebridad. Por ella, algunas de las mujeres empezaron a buscar ropa en la tienda. ¿Las demás? Simplemente le echaban el ojo a la ropa que se probaba por si al final no la compraba.
—¿Qué tal si te pruebas esto, eh? —dijo Elias radiante, sosteniendo una prenda de lencería—. Estoy seguro de que te sentará genial—
Y eso fue casi —por muy poco— lo último que habría dicho en su vida.
Al final, no compraron nada y con gusto dejaron que las demás clientas se llevaran las prendas que ella tocó, se probó e incluso consideró comprar.
Salieron corriendo, mientras el dueño de la tienda les gritaba: «¡Vuelvan la próxima vez! ¡Y compren algo!».
Después de todo, su visita fue como una breve promoción, ya que entraron más compradoras pensando que todo allí se les vería tan increíble como a Lynsandra.
*
*
*
—¡Mira esto!
Lynsandra giró la cabeza, solo para encontrarse con una diadema que tenía orejas de conejo. Frunció el ceño y curvó los labios hacia abajo, pero se detuvo cuando él retiró la diadema para revelar que ya llevaba puesta una con unos extraños ojos saltones con muelles.
—… —soltó una risita—. ¿Qué llevas puesto?
—Es un ojo de rana.
—Pues no lo parece.
—¿En serio? —arrugó la nariz y entonces recordó la que sostenía—. No importa. Pruébate tú esta.
Antes de que ella pudiera negarse, él estiró el brazo y se la colocó en la cabeza. Sus ojos brillaron en cuanto ella se echó un poco hacia atrás, mientras la contemplaba con esas orejas de conejo sobre su cabeza.
—Estoy… —dijo, agarrándose el pecho de forma dramática y tambaleándose hacia atrás—. … cayendo rendido.
Ella negó con la cabeza y echó un vistazo a la ridícula diadema que él llevaba, pero entonces vio algo más por el rabillo del ojo. Al desviar la mirada hacia el puesto donde estaban mirando los accesorios, sus ojos se posaron en un par de gafas con nariz y bigote falsos.
Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa mientras las cogía y se giraba hacia él.
—Esa diadema no te queda bien —dijo, dando un paso al frente e interrumpiendo su actuación.
Las cejas de Elias se crisparon al volverse hacia ella, casi respingando cuando se paró a solo un paso de él. Ella se puso de puntillas para quitarle el accesorio de la cabeza. Mientras lo hacía, él se quedó paralizado, con la mirada fija en su cuello descubierto.
Aun distraído, instintivamente le puso ambas manos en su pequeña cintura para estabilizarla.
Cuando sus cálidas manos le tocaron las caderas, ella se tensó por un momento. Luego, lo ignoró y continuó con lo que estaba haciendo.
Él se limitó a observarla, con las manos apoyadas en sus caderas, incluso después de que ella dejara de estar de puntillas. Sabía que ella estaba a punto de ponerle algo en la cara, y se quedó quieto, atrapado en la contemplación de su radiante expresión.
—Ya está —sonrió ampliamente, arrugando las comisuras de los ojos—. Te queda bien.
Lynsandra enarcó las cejas tres veces al encontrarse con la mirada de él, pero no reaccionó. Se limitó a mirarla fijamente, tragando saliva.
Quizá fue por el ambiente. O tal vez porque esta cita había sido una montaña rusa de emociones.
Pero…
«No me había dado cuenta», pensó. «¿En qué momento la he sentido tan cerca?».
Y como el demonio que era, su lobo aprovechó el momento para susurrar en su mente.
[Ahora es el momento] —gruñó Draven—. [Bésala].
Todos los ruidos del mercado nocturno —los vendedores, la gente que pasaba— se volvieron borrosos. A sus ojos, solo estaban ella y él.
¿Qué tan maravilloso sería que esa fuera la realidad?
Solo él y ella.
—¿Qué? —dijo la voz de ella, sacándolo de su ensimismamiento—. No dejas de mirar.
Las comisuras de sus labios se alzaron mientras entrecerraba un poco los ojos. —Solo he soñado despierto por un momento.
—¿Has soñado despierto?
—Por un segundo, pensé en llevarte muy lejos de aquí —finalmente, le soltó la cintura y se ajustó las gafas de broma—. En que nos escapáramos juntos.
Luego se giró para mirarse en el espejo del puesto mientras ella lo observaba, con los labios apretados en una fina línea.
¿Escapar?
Casi se rio ante la idea.
Ya lo había hecho una vez. Y no solo se hizo daño a sí misma, sino que también hirió a las personas que de verdad la apreciaban: el Rey Alfa, su padre, Virgo, Minnie. Y los demás que se preocupaban por ella.
Cuando regresó arrastrándose a la Manada Real, ya se había cansado de huir.
Sin embargo, por alguna razón, aunque él dijera esas palabras, no le arruinaron el humor. De hecho, por algún motivo muy extraño, sonaba bastante tentador.
—¿Vas a comprar esto? —esta vez, su voz la trajo de vuelta al presente.
Ella asintió. —Tú ponte eso, y yo me pondré esto.
—¿Es nuestro primer intercambio de regalos? —exclamó él. Antes de que ella pudiera responder, se volvió hacia el dueño del puesto—. ¡Tío, nos llevamos esto! No, no. ¡Nos lo vamos a poner ya!
Pagó encantado la diadema y el disfraz sin pedir que se los envolvieran.
—¿Vas a llevar eso puesto? —le preguntó cuando él se giró hacia ella—. ¿Ahora mismo?
Él sonrió de oreja a oreja. —Es tu primer regalo para mí, así que sí. ¡Je, je!
—… —Se mordió el labio, resistiendo una risita—. Cielos. Eres como un niño.
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue a mirar los diferentes puestos. Las orejas de conejo sobre su cabeza rebotaban adorablemente con cada paso. Elias sonrió feliz antes de seguirla.
—¡Espera! —la llamó con voz lánguida—. ¡Ya me duelen los pies!
Pero ella solo lo despidió con la mano, haciéndolo reír.
Apoyó las manos en sus caderas, observándola curiosear en el siguiente puesto que vendía dijes. Su expresión se suavizó.
—Ojalá… esta noche no termine —susurró para sí mismo, dejando escapar un suspiro de impotencia—. Aunque solo sea por un momento, siento que… por fin está a mi alcance.
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