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El Harén NTR del MC Malvado - Capítulo 51

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51: Capítulo 51 Defensa 51: Capítulo 51 Defensa —No sé jugar al baloncesto, profesor.

Solo haría el ridículo —dijo Ross con el ceño muy fruncido.

Estaban en la clase de educación física, donde normalmente practicaban ejercicios sencillos, pero hoy era diferente.

El profesor había organizado que jugara un partido de práctica contra el equipo principal de la universidad, algo que nunca se habría esperado.

Sintió cómo aumentaba su nerviosismo mientras miraba al otro lado de la cancha al equipo, que botaba el balón y bromeaba despreocupadamente entre ellos, exudando una confianza relajada que lo hacía sentir aún más fuera de lugar.

Con su metro ochenta y tres de estatura, Ross no era precisamente bajo, y a veces lo habían confundido con un atleta por su altura.

Pero esos tíos eran otra cosa; los jugadores del equipo principal medían de media más de un metro ochenta y tres, superándolo un poco en altura con unas largas extremidades que parecían hechas a medida para el juego.

A pesar de su propia complexión larguirucha, que todavía necesitaba años de entrenamiento y mucha comida para desarrollar músculo de verdad, esos jugadores ya parecían fuertes y bien preparados físicamente.

Eran veteranos, con años de experiencia jugando en torneos universitarios.

Su coordinación y habilidad eran evidentes de inmediato, y Ross no pudo evitar sentirse como un espectador desinteresado en comparación.

Sencillamente, no le gustaba el juego; la idea de pelear y forcejear por la posesión de un balón le parecía absurda.

Para él, todas las carreras, la defensa y los lanzamientos parecían más caos que habilidad, y no podía entender por qué todos estaban tan ansiosos por competir por algo tan trivial.

La intensidad con la que los jugadores perseguían el balón le parecía una tontería, casi como si olvidaran que solo era un juego.

Para Ross, la idea en sí era más agotadora que emocionante, y le costaba reunir el más mínimo entusiasmo por ello.

Aun así, no podía negar el hecho de que el baloncesto entretenía a millones de personas en todo el mundo.

—¿Acaso oigo quejarse a la estrella en ascenso de esta escuela?

Levántate y sal a la cancha.

¡Quiero verte jugar…, y todo el mundo también!

—bramó el profesor, con su voz resonando por todo el gimnasio.

Esbozaba una sonrisa burlona, aunque su mirada se detuvo en Ross con algo cercano a la irritación.

La verdad era que el profesor tenía otras razones para poner a Ross en el centro de atención.

Bajo su tono despreocupado se escondía una chispa de envidia, un sentimiento que compartían muchos de los miembros masculinos del personal de la escuela.

Después de todo, Ross se las había arreglado de alguna manera para forjar una estrecha amistad con la mujer más admirada del campus: la profesora Natalie Kendall.

Natalie no era una profesora más; era la personificación de la elegancia, con una belleza que atraía la atención de todos.

Su sonrisa, su encanto, su forma de comportarse…, todo ello la convertía en objeto de admiración, e incluso de deseo, tanto de alumnos como de profesores.

Todos los hombres del campus, desde el profesorado hasta el personal, habían intentado conocerla mejor, con la esperanza de algo más que una conversación cortés.

Sin embargo, cada intento terminaba de la misma manera: con un rechazo sutil pero inconfundible por parte de Natalie.

Siempre se las arreglaba para rechazarlos con elegancia, nunca de forma grosera o fría, pero con la suficiente claridad como para que a ningún pretendiente le quedaran dudas.

Lo que más dolía era que, a pesar de todos esos intentos, fuera Ross —un simple estudiante— quien parecía haberse ganado su amistad genuina.

A menudo se les veía charlando y riendo juntos, con una naturalidad que hacía que los demás especularan.

Para la mayoría de los profesores, era impensable que un hombre pudiera ser «solo amigo» de una mujer como Natalie.

Consideraban imposible, incluso una tontería, creer en una conexión tan inocente.

Así que, mientras Ross dudaba en la cancha, el ánimo que le daba su profesor no se debía tanto al apoyo como al deseo de bajarle los humos al «estudiante afortunado».

—Vale, de acuerdo.

Supongo que es difícil ser superpopular —murmuró Ross, negando con la cabeza mientras se dirigía a regañadientes al centro de la cancha, justo como quería el profesor.

Su expresión era de leve resignación, pero podía sentir las miradas de los otros jugadores siguiéndolo.

El profesor lo asignó rápidamente a un equipo, emparejándolo con algunos de los jugadores más experimentados del equipo principal de la universidad.

Esos tíos no solo eran altos; eran corpulentos, experimentados e intimidantes por su confianza.

La mayoría llevaba años jugando juntos, y su química en la cancha era ya una segunda naturaleza, mientras que los novatos como Ross solían tener que conformarse con calentar el banquillo y mirar desde la banda.

Mientras Ross tomaba posiciones, uno de sus nuevos «compañeros» lo miró con una sonrisa burlona y se le acercó con los brazos cruzados y una ceja levantada.

—Vaya, mirad quién es, chicos.

El mismísimo Ross Oakley.

Este tío lo tiene todo, ¿a que sí?

Paseándose con dos chicas guapísimas a su lado todos los días.

Y, oh, he oído los rumores sobre ti y la profesora Natalie Kendall.

Venga, Oakley, comparte algunos secretos.

Dinos cómo consigues que todas las tías vengan en tropel a por ti y quizá —solo quizá— te pasemos el balón —dijo con sorna, su tono cargado de falso respeto.

Tras la sonrisa burlona, sin embargo, Ross pudo percibir la envidia apenas disimulada.

Sin dudarlo un instante, Ross le devolvió una sonrisa de superioridad, sosteniéndole la mirada con un brillo arrogante en los ojos.

—No sé —respondió, encogiéndose de hombros—.

Quizá cuando me miran ven a un joven encantador y prometedor.

Y, bueno, digamos que sé cómo darle un buen uso a mi «hermanito» —añadió, terminando con una risa pícara que hizo que algunos de los otros jugadores se rieran por lo bajo.

El jugador soltó un suspiro exagerado, negando con la cabeza y una sonrisa irónica.

—Cabrón con suerte —masculló, aunque la amargura persistía.

—¡Basta de cháchara!

—gritó el profesor, interrumpiendo las bromas y devolviendo la atención de todos a la cancha—.

¡El partido está a punto de empezar!

¡Quiero veros darle caña ahí fuera!

Un segundo después, el agudo sonido del silbato resonó por el gimnasio, señalando el comienzo del partido de práctica.

Los jugadores entraron en acción, y su energía competitiva se encendió de inmediato mientras corrían por la cancha.

***
¡Un enorme saludo y agradecimiento a ddecoen por los regalos!

¡Eres genial!

¡Gracias!

^_^

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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