El Hombre Olvidado por el - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Tiempos De Paz
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11: Tiempos De Paz 11: Tiempos De Paz La noche era espesa y oscura, como un manto de sombras que se extendía sobre un mundo desprovisto de esperanza.
Una densa neblina envolvía los alrededores, difuminando las formas y ocultando la realidad en una capa de incertidumbre.
El silencio, denso e impenetrable, reinaba en ese rincón apartado, donde la esperanza era un susurro apenas audible y el miedo se había convertido en la única constante.
En el centro de este vacío sombrío, una figura se erguía, alta y amenazante, como una torre de oscuridad que proyectaba una sombra aún más profunda.
Era Jack, un hombre cuyo deseo más profundo era ver el mundo sumido en el caos y la oscuridad.
Sus ojos, fríos como el acero, brillaban con una malevolencia pura, una locura que lo impulsaba a llevar a cabo los actos más atroces, actos que destruirían la débil estructura de la civilización y dejarían solo ruinas a su paso.
Jack no estaba solo.
A su lado, una mujer de aspecto aterrador lo acompañaba.
Su cuerpo era una amalgama de características humanas e insectoides, una criatura moldeada por las pesadillas más oscuras.
Era Sara, una fiel seguidora de Jack, cuya devoción hacia él solo era superada por su odio hacia todo lo que representara la vida y la esperanza.
Su cabello rosado, que caía en mechones ondulados, y su cuerpo, que recordaba a una mantis, eran símbolos de su poder letal.
Sus ojos, de un verde brillante, destellaban con una ferocidad que reflejaba el caos que anidaba en su interior.
Observaba el paisaje con una mezcla de rabia y desprecio, como si el solo hecho de existir fuera un insulto a su propia existencia.
Los recuerdos de la última batalla contra León, aquel ser que para ella era un dios caído, aún estaban frescos en su mente.
León había representado la última barrera entre ella y la destrucción que ansiaba desatar sobre el mundo.
Pero más que la batalla, lo que realmente la enfurecía era la existencia de Benjamin y su barrio, un lugar que había sobrevivido a la devastación por pura obstinación.
Para Sara, Benjamin era un simple insecto, alguien que no merecía el aire que respiraba, alguien que debía ser aplastado bajo su bota.
Su deseo de destruirlo se había vuelto una obsesión, alimentada por la manipulación constante de Jack, quien se había asegurado de que ese odio irracional creciera en su interior, alimentándose de su frustración y desesperanza.
Jack, por su parte, no compartía el odio irracional de Sara hacia Benjamin, pero veía en él un obstáculo, una piedra en el camino hacia el caos que tanto deseaba.
El barrio que Benjamin había ayudado a construir representaba una amenaza para sus planes de sumir al mundo en la oscuridad eterna.
Era un lugar donde la esperanza aún sobrevivía, y eso era algo que Jack no podía tolerar.
La esperanza era la antítesis de todo lo que él representaba, una chispa que debía ser apagada antes de que pudiera encender una llama.
Así que había decidido enviar a sus más fieles seguidores para destruirlo, para arrasar con todo lo que representara una resistencia a su visión de un mundo sumido en el caos.
Acompañando a Sara había tres seres más, todos ellos controlados por Jack.
Eran pesadillas vivientes, criaturas que habían sido moldeadas por sus propios miedos y deseos más oscuros.
Nightmare, una figura siniestra con dientes negros y una sonrisa que helaba la sangre, era la personificación del terror nocturno, una sombra que se movía con una gracia inquietante, dejando un rastro de desesperación a su paso.
Taira, una mujer musculosa cuya fuerza era solo superada por su brutalidad, era la encarnación de la violencia descontrolada, un huracán de destrucción que no conocía piedad ni compasión.
Y Sam, un joven de pelo corto que parecía inofensivo a primera vista, pero cuya destreza en combate lo hacía letal, era el asesino silencioso, el depredador que acechaba en las sombras, esperando el momento oportuno para atacar.
Estos cuatro seres eran los encargados de llevar a cabo la misión de destruir el barrio de Benjamin y arrasar con todo lo que allí encontraran, de convertir ese lugar en un montón de escombros y cenizas.
El plan era simple, en su brutalidad.
Primero, capturarían a un residente del barrio, alguien lo suficientemente joven y vulnerable como para ser manipulado y utilizado como fuente de información.
Un niño, inocente e indefenso, cuya mente sería fácil de quebrar y moldear a su voluntad.
Su objetivo fue un estudiante de apenas 14 años, alguien que, en la confusión de la noche, fue atrapado y llevado ante Jack y sus seguidores.
El muchacho, cuyo nombre había sido olvidado en el torbellino de terror en el que se había convertido su vida, temblaba de miedo, incapaz de comprender por qué le estaban haciendo esto.
Su mente, un hervidero de preguntas sin respuesta, intentaba desesperadamente encontrar una lógica en el caos que lo rodeaba, pero solo encontraba oscuridad.
Jack, con su mirada gélida y su voz suave como la seda, se inclinó hacia él, susurrando palabras que eran como cuchillas en la mente del joven.
Palabras que cortaban, que desgarraban su cordura, que lo sumían en un abismo de desesperación del que no había escape.
Cada palabra, cuidadosamente elegida, era un veneno que se filtraba en su alma, corrompiendo su esencia, transformándolo en algo que ni él mismo reconocería.
Sara, que había permanecido en silencio, no pudo contener su enojo.
El odio que sentía hacia el barrio, hacia León, hacia todo lo que representaba la vida, hervía en su interior, exigiendo una liberación.
Lanzó una mirada asesina hacia el chico, una mirada que contenía toda la furia de un ser cuyo único propósito era destruir.
Sara: “Tú…
Tú eres parte de este sucio lugar.
¡Todo lo que representa ese lugar que llaman hogar debe ser exterminado!
¡Es su culpa que el dios León esté en ese estado!” Su voz, cargada de veneno, resonó en el aire, llenando el espacio con una energía maligna que parecía succionar la misma luz del entorno.
Las palabras de Sara eran como látigos, cada una golpeando con una fuerza brutal, desgarrando cualquier esperanza que el muchacho pudiera haber tenido de escapar de esa pesadilla.
El chico sintió como si su corazón se detuviera en ese instante, como si la vida misma estuviera siendo arrancada de su pecho, dejándolo vacío, solo un cascarón de miedo y desesperación.
Pero no podía escapar, no podía hacer nada más que observar cómo las sombras lo rodeaban y lo consumían.
La oscuridad, tangible y viva, se cerraba sobre él, oprimiéndolo, sofocándolo, mientras las risas de sus captores resonaban en su mente, un eco que se repetía sin cesar, una tortura sin fin.
Mientras sus seguidores cumplían con su tarea, Jack se adentraba en sus pensamientos, en las profundidades de su mente, donde los planes más oscuros se gestaban, donde la locura se mezclaba con la genialidad.
Él sabía que Benjamin no sería un enemigo fácil de derrotar.
Había algo en él, una fuerza interna que lo hacía diferente de los demás, una chispa que lo separaba de la multitud.
Pero Jack estaba convencido de que, al igual que todos los demás, Benjamin caería ante su poder, ante el caos que él representaba.
El caos era inevitable, y él sería el arquitecto de su destrucción.
No importaba cuán fuerte fuera la luz, siempre sería devorada por la oscuridad.
Y Jack era la encarnación de esa oscuridad, un abismo que consumía todo lo que se atrevía a desafiarlo.
Jack: “Este mundo…
este mundo está podrido.
Y yo seré quien lo purgue.
Empezaré por ese maldito lugar que tanto llamas hogar..
jajajajajajaj!!…” Su risa resonó en la oscuridad, un sonido que helaba la sangre de cualquiera que lo escuchara.
Era una risa llena de locura, de un placer perverso, de un deleite en la destrucción que pocos podrían comprender.
Para él, la destrucción no era solo un medio para un fin; era un arte, una forma de expresión, una manera de imponer su visión sobre un mundo que él consideraba defectuoso.
Y el barrio de Benjamin sería su próxima obra maestra, un lienzo en blanco que llenaría con el caos y la desesperación.
lejos de allí, en el barrio que Jack tanto odiaba, León yacía en una camilla, inconsciente y atrapado en un sueño profundo.
Su cuerpo, marcado por las cicatrices de la batalla, apenas se aferraba a la vida.
El poderoso guerrero que había salvado tantas vidas ahora estaba indefenso, su alma luchando por permanecer intacta en un mundo donde el caos amenazaba con devorarlo.
Su respiración era lenta, apenas un susurro que escapaba de sus labios entreabiertos.
Cada aliento parecía una lucha, un esfuerzo titánico por mantener su conexión con el mundo de los vivos.
León había dado todo en la batalla contra las arañas humanoides, había enfrentado la oscuridad con una determinación que pocos podían igualar.
Pero ahora, estaba atrapado en un limbo entre la vida y la muerte, su mente vagando en un mar de sombras y recuerdos fragmentados.
Benjamin, el líder del barrio, estaba sentado junto a la camilla de León, observando su rostro pálido con una mezcla de tristeza y preocupación.
A su lado, Ilulu, la novia de León, luchaba por contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse de sus ojos.
Ambos sabían que el tiempo de León se estaba agotando, que cada segundo que pasaba lo acercaba más al abismo del que tal vez no pudiera regresar.
Benjamin: “No podemos perderlo, Ilulu.
No ahora.
No después de todo lo que hemos pasado.” Su voz era grave, cargada de una desesperación apenas contenida.
Sabía que León era más que un simple guerrero; era el símbolo de la resistencia, la encarnación de la esperanza que había mantenido al barrio unido en los momentos más oscuros.
Sin él, temía que todo se desmoronara, que la frágil paz que habían logrado construir se desvaneciera como un sueño al amanecer.
Ilulu asintió, pero no dijo nada.
Sus ojos, rojos e hinchados por el llanto, se fijaban en el rostro de León, buscando algún signo de mejoría, algún indicio de que su amado pudiera regresar de ese lugar oscuro en el que estaba atrapado.
Pero no encontró nada, solo la fría realidad de su estado, un recordatorio cruel de que incluso los más fuertes pueden caer.
Después de un rato de silencio junto a Leon, Benjamín salió del hospital acompañado por Ilulu.
Todos sus compañeros lo esperaban en la entrada, algunos con sonrisas forzadas, otros evitando su mirada, conscientes de que la condición de Leon no había mejorado.
Benjamín, sin embargo, sonrió con determinación, alzó la mirada y habló en voz alta para todos: Benjamin: ¿Por qué están tan callados y tristes, amigos?
¿Acaso no ven el paraíso que hemos creado gracias a él?
Benjamín caminó lentamente hacia ellos, señalando las luces que iluminaban el pueblo que habían reconstruido desde las cenizas.
Rosario había fundado un pequeño orfanato donde cuidaba de niños abandonados, heridos o cuyos padres no podían encargarse de ellos por las misiones impuestas por el cruel sistema.
Sasha y Jamal abrieron un centro de entrenamiento donde Markitos, uno de los más experimentados gracias a Leon, enseñaba la elección de dioses y la creación y entrenamiento de habilidades.
Brenda, Valentina y Victoria establecieron el hospital, con Valentina y Brenda encargadas de mantener a Leon con vida en una sala especial, que funcionaba gracias a la magia de regeneración de Victoria y la magia de alma floral de Brenda.
Benjamín había reconstruido la escuela, enseñando a los más jóvenes sobre los peligros del nuevo mundo, impartiendo conocimientos sobre fisiología de monstruos y sus debilidades para aquellos que salían en misiones de caza y conquista.
Ibarra, junto a Julián, Chino y Russo, crearon la Casa de Supervivientes, el lugar más concurrido del barrio, donde las misiones del sistema eran anotadas e investigadas, funcionando como un laboratorio de investigación de monstruos y estudio del sistema.
Por su parte, Pato había creado un edificio donde los humanos podían comunicarse con sus respectivos dioses, socializar con ellos en paz y consultar un catálogo que detallaba a cada dios, demonio, ente o ser mítico, junto con las habilidades que ofrecían y sus efectos secundarios.
Allí, los dioses podían materializarse sin sufrir castigos del sistema, permitiendo interacciones físicas entre ellos y los humanos, aunque no todos lo usaban con fines tan puros, especialmente las seguidoras del dios Apolo.
Todo esto lo habían construido en solo cinco meses, y todo gracias a ese hombre que yacía en coma, desvaneciéndose día a día en esa habitación.
Benjamin: No deberíamos estar tristes.
Debemos vivir con orgullo por el sacrificio de un hombre que ahora se ha convertido en una leyenda digna de un dios.
Y si muere…
sabemos que, en algún lugar, alguien tendrá su protección, porque así como los dioses que nos protegen, él es una historia que está en boca de todos en todo el mundo.
Con esas palabras alentadoras, todos sonrieron mientras contemplaban el pueblo que habían construido juntos.
El silencio acogedor fue armonioso y lleno de felicidad; aunque Leon no estaba físicamente junto a ellos, todos podían sentir su presencia, su aura protegiéndolos, incluso sin poder verlo.
El silencio fue interrumpido por Rosario, quien rompió la solemnidad con una propuesta: Rosario: Bueno, ya basta de tristeza y cursilerías.
¿Por qué no hacemos una pequeña fiesta en el bar que abrimos en honor a Leon?
Si no recuerdo mal, Santiago lo nombró como su juego favorito.
Todos rieron a carcajadas ante la sugerencia, rompiendo con el ambiente solemne, pero la idea de una fiesta parecía justo lo que necesitaban.
Ibarra: Yo no soy de beber, quizás tome un jugo.
Pato: Si hay comida, yo voy.
No tengo problema.
Jamal: ¡De una!
Pero no se quejen si desaparecen todas las bebidas.
Brenda: No me emborracho fácil, pero no estaría mal una primera vez entre amigos.
Benjamin: Vayamos entonces en su honor, y bebamos todos una copa por él.
Así, todos se dirigieron al bar que estaba frente al hospital, con un cartel de neón brillante sobre la entrada que decía “Devils Never Cry”.
El bartender, Santiago, un hombre de 1.90 metros que siempre vestía de negro, los recibió.
Su rostro estaba oculto por una máscara blanca con una sonrisa pintada, y llevaba un traje fino y elegante.
Con un gesto, usando magia, creó una larga mesa junto a la barra, llenándola de comida y todo tipo de bebidas.
La fiesta comenzó con risas, bromas y juegos.
Jamal, experto en el pool, presumía mientras los demás perdían, e incluso Pato bromeaba diciendo que era un hacker.
Las chicas, por otro lado, jugaban al truco, bebiendo cada vez que perdían, mientras Benjamín e Ilulu compartían un momento juntos, tomados de la mano en la barra, bebiendo vino.
Más tarde, las chicas usaron la máquina de música para iniciar un karaoke, donde algunas, ya borrachas, cantaban canciones tristes con voces angelicales, mientras los chicos, al tomar el micrófono, parecían más bien estar invocando al diablo con sus desafinadas voces.
La noche pasó entre risas, juegos y canciones hasta que, al amanecer, el bar era un desastre total.
Algunos dormían en el suelo, las chicas estaban acurrucadas en los cojines, y Pato yacía dormido sobre la mesa de pool.
Benjamín e Ilulu, abrazados, dormían en la barra, cubiertos con el saco de Santiago, quien se había retirado silenciosamente.
Santiago había saltado las murallas del barrio, sentándose en un tejado a observar la luna llena.
Lentamente, se quitó la máscara, revelando un ojo azul oscuro que brillaba bajo la luz lunar.
Recordó cómo Leon le había dado esa máscara el día que lo salvó en una cueva oscura, cuando estaba rodeado y sin esperanza, sangrando por todos lados.
Leon: No dejes que nadie sepa cómo te sientes en el interior; así nunca tendrás que temer perder.
Una máscara ayuda a apaciguar el peso de nuestras emociones.
Desde ese día, Santiago decidió que algún día le devolvería el favor a Leon.
Sabía que cuando ese momento llegara, él sonreiría y se mantendría firme por los demás, pero sentía que ese momento aún no había llegado.
Santiago volvió a ponerse la máscara y, sentado en el tejado, rogó en silencio a los dioses que salvaran a su amigo, al único que tenía, a la persona que veía más como un hermano que como un amigo.
Así pasó un día más de paz en el pueblo, pero donde reina la paz, siempre llegará el caos.
Al día siguiente, en horas de la tarde, Benjamín fue a visitar a Rosario en su orfanato.
En el camino, notó a un niño vestido con prendas negras antiguas, con la cara pintada de negro.
No hablaba y parecía apagado, sosteniendo una pequeña cajita musical.
Pensando que tal vez era un niño que había llegado solo del exterior, lo llevó al orfanato para que Rosario lo recibiera.
Ella lo aceptó amablemente y dejó al niño con los demás para que socializara.
Luego, Benjamín le pidió a Rosario hablar en privado.
Una vez en una habitación para invitados, Rosario le ofreció té, y sin rodeos, Benjamín le dio una noticia: Benjamin: Quiero casarme con Ilulu y me gustaría que fueras la madrina en la boda.
¿Qué te parece?
Rosario se sorprendió y le respondió con frialdad: Rosario: Han pasado solo cinco meses juntos, ¿no crees que es demasiado pronto en esta situación?
Benjamín miró a un lado por un momento, pero luego sonrió y la miró a los ojos.
Benjamin: Este ya no es el mundo que conocíamos.
No sabemos qué puede pasar mañana; podríamos morir todos, o tal vez no.
Por eso prefiero…
prefiero pasar mi tiempo con la mujer que amo, casado con ella, en lugar de esperar un tiempo que no sé si tengo.
Rosario suspiró resignada, pero le sonrió amablemente, tomando sus manos con suavidad.
Rosario: Tienes mi bendición.
Espero que sean felices.
Déjamelo a mí; yo organizaré todo y haré el vestido para ti.
Benjamín agradeció y se levantó para irse, pero en ese momento, ambos notaron que había un silencio inquietante.
Los niños no reían ni jugaban; lo único que se escuchaba era el sonido de una pequeña cajita musical.
Decidieron ir a ver qué sucedía, solo para encontrarse con una escena que jamás podrían olvidar: los cadáveres y partes cercenadas de los niños estaban esparcidos por toda la habitación.
Ambos quedaron en shock, temblando de impotencia y horror, mientras leían un mensaje escrito en la pared.
“Parece que tuvieron mucha paz, ¿verdad?
Espero que les guste mi arte.
Nos veremos pronto.
Firma: The Laughing Jack” uando Benjamin leyó el mensaje, el aire a su alrededor pareció detenerse.
Cada dios que observaba la escena quedó en estado de shock.
Incluso los dioses malignos, aquellos que albergaban la más pura maldad, no podían creer que alguien pudiera ser tan vil como para lastimar a niños inocentes.
Sin embargo, a pesar de su repulsión, todas sus miradas se centraron en Benjamin.
Él no se movía, no decía nada.
Era como si todo su ser hubiera quedado atrapado en ese terrible momento, congelado en un abismo de dolor.
Rosario, con el corazón apretado, decidió acercarse a él, su expresión más seria y calmada que nunca.
Sabía que tenía que estar allí para él, aunque fuera sólo para ofrecer un pequeño consuelo.
Rosario: “Benjamin, ¿estás bien?
¿Quieres…
necesitas algo?” Antes de que Benjamin pudiera responder, Rosario sintió una presencia que nunca antes había percibido.
Giró la cabeza y vio algo que la hizo estremecerse: el ojo de un dios que no conocían estaba fijamente posado en Benjamin.
Este dios, lleno de un interés oscuro, se acercó más a él, sus palabras llenas de tentación y promesas de venganza.
La figura se materializó frente a ellos, sin necesidad de pedir permiso al sistema, lo que demostraba su inmenso poder.
Su presencia era tan abrumadora que el aire se volvió denso y pesado, como si la misma esencia del mal hubiera tomado forma.
Belzebub: “Yo, el Señor de las Moscas, el dios Belzebub, te prometo que haré que todos sufran por ti.
Solo tienes que darme tu cuerpo, y yo me encargaré de que tu deseo se haga realidad.” a oferta de Belzebub era seductora, una salida tentadora para el dolor insoportable que consumía a Benjamin.
Sin embargo, con un esfuerzo que le costó más de lo que jamás habría imaginado, Benjamin negó con la cabeza, rechazando la ayuda del dios.
Belzebub sonrió con picardía, sabiendo que, aunque lo había rechazado en ese momento, el dolor y la ira en Benjamin eran como semillas que solo necesitaban tiempo para germinar.
Belzebub: “Estaré esperando, Benjamin.
Sé que en algún momento cederás.
Tu dolor, tu ira, tu sed de sangre…
son exquisitos.
Algo que deseo…
y necesito.” Con esas últimas palabras, Belzebub desapareció, dejando a Benjamin con su mente al borde del abismo.
Rosario, intentando mantener la calma, tocó suavemente el hombro de Benjamin, dándole una tarea concreta para mantenerlo enfocado.
Benjamin: “Rosario, ve a reunir a todos.
Tenemos que discutir este asunto.” Rosario asintió sin dudar y corrió a buscar a todos, sabiendo que cada segundo contaba.
Sin embargo, una vez que estuvo sola, la realidad de la situación cayó sobre ella como un golpe, pero no dejó que el pánico la consumiera.
Tenía que mantenerse fuerte.
Cuando Benjamin se quedó solo, ya sin la presencia tranquilizadora de Rosario, su cuerpo finalmente cedió al peso del dolor que lo abrumaba.
Se dejó caer de rodillas al suelo, sollozando con una intensidad que hacía eco en la oscuridad.
Su grito desgarrador resonó en la habitación, una mezcla de dolor, rabia y desesperación.
A medida que el tiempo pasaba, su llanto se transformó en una risa desesperada y caótica, su mente comenzando a resquebrajarse bajo el peso de la escena grotesca que había presenciado.
La locura comenzaba a insinuarse en su alma, como un veneno lento e implacable.
Mientras tanto, no muy lejos de allí, Jack observaba todo con una sonrisa torcida, utilizando su habilidad “Ojo de la Malicia” para ver cada detalle del sufrimiento de Benjamin.
Su risa, primero suave y contenida, pronto creció hasta convertirse en una carcajada siniestra.
Jack: “La fase 1 de nuestro plan ha comenzado.
Es hora de hacerle una visita a Benjamin…
personalmente.
¡Jajajajaja!” La risa de Jack resonaba en la oscuridad de la noche, fría y maliciosa, mientras contemplaba la devastación que había causado.
Su objetivo estaba claro: quebrar a Benjamín desde el fondo de su alma, hasta que no quedara nada más que un cascarón vacío y sediento de venganza.
Al mismo tiempo, en el orfanato, Rosario corría por las calles silenciosas del pueblo, con el corazón apretado y la mente en caos.
Los recuerdos de la masacre que acababan de presenciar la perseguían, como sombras imposibles de sacudirse.
Llegó al centro del pueblo, donde todos los demás estaban celebrando la fiesta en honor a Leon.
Sus amigos la vieron llegar, con el rostro pálido y la mirada perdida, y de inmediato supieron que algo terrible había sucedido.
Rosario, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos, les contó lo ocurrido en el orfanato.
La noticia cayó sobre ellos como una pesada losa, aplastando cualquier vestigio de alegría que había en el ambiente.
Las sonrisas se desvanecieron, reemplazadas por expresiones de horror y angustia.
No era solo la pérdida de los niños, sino el brutal y sádico mensaje que acompañaba la escena.
Un mensaje claro de que la paz que habían logrado estaba siendo amenazada por un nuevo mal.
Benjamin, después de su colapso emocional, logró levantarse del suelo.
Su cuerpo temblaba, pero había una determinación oscura en sus ojos.
La voz de Beelzebub aún resonaba en su cabeza, tentándolo con la promesa de poder y venganza.
Pero Benjamin no podía ceder, no podía permitir que esa oscuridad lo consumiera por completo.
Necesitaba ser fuerte, no solo por él, sino por aquellos que quedaban y dependían de él.
Cuando Rosario volvió con los demás, Benjamin ya había limpiado sus lágrimas y se había puesto de pie.
Su rostro estaba serio, y en su mirada había una decisión firme.
Sin decir una palabra, dirigió a todos hacia el centro del pueblo, donde decidieron convocar una reunión de emergencia en la Casa de los Supervivientes.
Era el lugar más seguro para discutir lo que debían hacer a continuación.
Una vez allí, Benjamin tomó la palabra.
Con voz grave y controlada, explicó la situación, mostrándoles el mensaje dejado por Jack.
No había tiempo que perder.
El enemigo había dado el primer golpe, y ahora debían prepararse para lo que vendría.
Benjamin: “No podemos permitir que nos quiten lo que hemos construido.
Jack ha cometido un error al subestimar nuestra determinación.
No sé quién es exactamente ni por qué está haciendo esto, pero les prometo una cosa: no dejaremos que esto quede impune.
Defenderemos nuestro hogar, y vengaremos a cada alma que él haya tomado.” La decisión estaba tomada.
No iban a esperar a ser atacados de nuevo.
Ibarra, Julián, Chino, Russo, Sasha, Jamal y los demás, todos se comprometieron a proteger el pueblo y a cazar a Jack antes de que él pudiera hacer más daño.
Mientras tanto, Rosario, Brenda y las otras mujeres se encargarían de reforzar la seguridad del hospital y el orfanato, protegiendo a los más vulnerables.
La siguiente noche, Benjamin y su equipo se prepararon para salir a buscar a Jack.
Sabían que sería una batalla difícil, pero también sabían que no podían perder.
Antes de partir, Benjamin se detuvo en la habitación de Leon.
Lo observó por unos momentos, permitiéndose sentir el dolor que había estado conteniendo.
Luego, con una última mirada de determinación, se dirigió hacia la puerta.
Benjamin: “Hermano, no sé si despertarás pronto, pero cuando lo hagas, este mundo será más seguro.
prometo que encontrare a jack..
y cuando lo haga..
lo matare…” Mientras benjamín se dirigía a la entrada del barrio, su rostro de Benjamín se recortaba contra la penumbra como una sentencia ya dictada.
Su cabello oscuro, revuelto y espeso, caía en mechones irregulares que enmarcaban una expresión tallada por la vigilia y la pérdida, como si el cansancio y la rabia se hubieran turnado para esculpir cada rasgo.
La luz apenas lograba rozarlo, dejando la mitad de su cara sumida en sombras densas, mientras la otra emergía con una claridad fría y severa, marcando un contraste que parecía dividirlo entre lo que fue y lo que estaba dispuesto a convertirse.
Sus ojos eran lo más inquietante.
No ardían con furia descontrolada, sino con una determinación lúcida, casi implacable.
Un brillo dorado y opaco se concentraba en su mirada, como brasas contenidas bajo ceniza: no gritaban, no suplicaban, no dudaban.
Miraban al frente con la certeza de alguien que ya ha aceptado el precio de la guerra.
En ellos convivían el dolor por los caídos, la culpa de seguir en pie y una promesa silenciosa de represalia.
No era la mirada de un héroe idealista, sino la de un líder que ha entendido que proteger algo amado implica mancharse las manos.
Sus labios, ligeramente entreabiertos, parecían tensarse alrededor de palabras no dichas, juramentos que no necesitaban voz para existir.
El gesto de su boca no era de odio puro, sino de contención: una ira cuidadosamente encadenada, mantenida a raya por la responsabilidad.
El rostro entero transmitía una calma peligrosa, esa que solo aparece cuando la decisión ya está tomada y no hay vuelta atrás.
Ese era el rostro de Benjamín en esa noche previa a la cacería.
El rostro de alguien que no pensaba permitir que les arrebataran lo que habían construido con sangre y sacrificio.
El de un hombre que, tras despedirse en silencio de Leon, cruzó el umbral sabiendo que, pasara lo que pasara, Jack ya había firmado su condena.
Así, mientras la luna se alzaba en el cielo nocturno, el equipo de Benjamin salió en busca de su enemigo, con la firme convicción de que, sin importar el costo, protegerían a los suyos y harían justicia por las almas inocentes que Jack había destruido….
Jack, solo observaba desde lo alto de un edificio cercano, nunca se fue del barrio, solo estaba observando su obra, mientras se relamia los labios con malicia, sus ojos brillaban en la oscuridad de la noche, sonriendo de manera macabra para dejar escapar unas palabras.
Jack: La cena estar servida..
y asi..
Inicia la cacería..
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