El Hombre Olvidado por el - Capítulo 12
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Capítulo 12: Reencuentro
Después de tres días de incertidumbre y un creciente sentimiento de desesperación, Benjamín decidió que era momento de actuar. Su juicio, nublado por la ira y el dolor, lo llevó a tomar una decisión precipitada: partir hacia el combate sin tener en cuenta las consecuencias. No quedaba rastro de la cautela que una vez lo definía; ahora, solo existía el deseo ardiente de venganza. Tomó consigo a todo su grupo, dejando atrás a Santiago, el único que, por propia voluntad, permaneció en la ciudad. Santiago sabía que sin un líder, la ciudad podría caer en el caos, pero las palabras de advertencia no llegaron a los oídos de Benjamín, quien solo ansiaba derramar la sangre de Jack, el responsable de la masacre que había destrozado su orgullo y aniquilado a su gente.
Partieron rumbo al este, hacia la ciudad donde Benjamín sabía que Jack lo estaría esperando. El viaje no sería fácil. Les tomaría catorce días de ida y vuelta, una travesía ardua, especialmente porque irían a pie, caminando lentamente para evitar toparse con bestias que podrían retrasarlos. Encontraron algunos caminos que les sirvieron de atajos, y así, llegaron a su primer destino: La Ciudad de los Niños.
Este pequeño pueblo, a trece kilómetros de distancia, era un refugio para los pocos sobrevivientes que quedaban, en su mayoría niños pequeños y adolescentes que no superaban los dieciséis años. Al llegar, fueron recibidos con hostilidad por los comandantes adolescentes, desconfiados de los extraños. Sin embargo, al ver que eran adultos y solo un pequeño grupo de trece, decidieron dejarlos pasar. Les ofrecieron comida y agua, y Benjamín fue llevado ante el jefe de la ciudad, Savitar, un joven de dieciocho años que portaba la bendición de Mefisto.
Savitar: “¿Estás pensando en atacar a Jack, el llamado sonriente por los niños?”, preguntó, con voz firme.
Benjamín: “Sí. Y si intentas detenerme, no dudaré en pelear para llegar a él.”
Las auras de ambos chocaron en ese instante, mostrando un poderío impresionante. Sin embargo, Benjamín demostró ser superior, dejando claro que cualquier intento de detenerlo sería inútil. Savitar, sin otra opción, le entregó un mapa, advirtiéndole sobre el peligro del camino.
Savitar: “Este mapa te llevará por la ruta más rápida hacia la ciudad de Córdoba. Pero para cruzar, tendrás que pasar por Barrio Norte, donde están asentados los militares y políticos sobrevivientes. El problema con ellos es que aún piensan que las leyes humanas tienen peso en este mundo. Será difícil tanto entrar como salir de ese lugar. No dudes en matar o destruir un par de cabezas para mostrar tu supremacía, porque será la única manera de pasar.”
Antes de que Benjamín pudiera partir, Savitar lo detuvo, con un tono más grave en su voz.
Savitar: “Hay algo más que debes saber, Benjamín. Todos conocen la existencia de León. Su historia se ha contado en cada rincón del mundo. Se transmitió un evento especial llamado ‘El Nacer de una Leyenda’, donde mostraron a muchos guerreros peleando en solitario. Pero el evento que más captó la atención, no solo de este país, sino del mundo entero, fue el de León, llamado ‘El Sacrificio del Fénix’. Muchos lo catalogaron como un dios, un héroe, un líder, un rival digno. Incluso aquellos que sirven a los dioses del abismo lo respetan. Y en ese mismo evento estabas tú. Todos vimos y oímos todo. Sabemos que fue por ti y por tu pueblo que León terminó en ese estado.”
Las palabras de Savitar resonaron en la mente de Benjamín, dejándolo sin aliento. Mientras salía de la habitación, una aura roja, cargada de ira, comenzó a irradiar de su cuerpo. El dolor y la culpa lo consumían, pero un sentimiento extraño comenzaba a surgir en su corazón, algo que no lograba comprender del todo.
Llamó a los demás miembros de su grupo, que estaban ayudando a los niños y adolescentes del pueblo, y les dio la orden de continuar su camino. Usando el mapa de Savitar, caminaron unos diez kilómetros por la avenida principal, llena de autos destruidos y cuerpos de aquellos que no lograron sobrevivir. Llegaron a un túnel que conectaba con Barrio Norte, y decidieron acampar allí por la noche, separándose en pequeños grupos.
Benjamín se apartó de la fogata, sus ojos perdidos en las sombras que danzaban a lo lejos. El frío de la noche era más penetrante de lo habitual, y el silencio, opresivo, parecía cargar cada susurro del viento con un peso que amenazaba con quebrar su voluntad. La realidad que lo rodeaba era tan devastadora como el dolor que lo atormentaba. Las ruinas de lo que alguna vez fueron hogares y negocios se erguían como monumentos a un tiempo mejor, ahora sepultados bajo capas de ceniza y escombros. Era como si el mundo mismo hubiese dejado de respirar, exhalando su último aliento en el momento en que la esperanza fue devorada por el caos.
Benjamín: “Me he sentido extraño desde que supe que León es conocido a nivel mundial, que es la esperanza de muchos. Incluso lo ven como alguien digno de ser un rival, mientras que nosotros somos considerados culpables de su estado, por no ser lo suficientemente fuertes. No entiendo qué es lo que siento…” Su voz apenas era un murmullo, casi inaudible, como si temiera que las palabras se volvieran más reales si las decía en voz alta.
El rostro de Rosario permaneció impasible, pero sus ojos reflejaban una mezcla de comprensión y dureza. Ella lo conocía mejor que nadie, tal vez incluso mejor que él mismo. Sin apartar la mirada de la fogata, tomó una pequeña rama del suelo, la frotó entre sus dedos y la lanzó al fuego, observando cómo se retorcía en las llamas antes de convertirse en cenizas.
Rosario: “Lo que sientes son celos y envidia, Benjamín,” dijo, su voz cargada de una fría certeza. “Aunque seas amigo de León, te sientes inferior, débil y pequeño a su lado.”
Las palabras de Rosario fueron como un látigo, desgarrando cualquier rastro de negación que Benjamín había tratado de mantener. En un arrebato de furia, tomó a Rosario por la ropa, levantándola con un solo movimiento violento. El fuego iluminaba su rostro deformado por la rabia, sus ojos chispeando con una ira que apenas podía contener. Era una imagen aterradora, la de un hombre que había sido empujado más allá de sus límites, forzado a confrontar verdades que había enterrado en lo más profundo de su ser.
Pero Rosario no era alguien que se dejara intimidar. A pesar de la amenaza palpable que representaba Benjamín en ese momento, ella permaneció inmóvil, sus ojos fijos en los de él, desafiándolo a hacer algo más que mostrar su furia.
Benjamín: “¡¿Cómo te atreves a decir semejante estupidez?! ¡Respeto a León, nunca sentiría tales cosas!” rugió, pero su voz, aunque potente, tenía un matiz de desesperación que no pudo ocultar.
El rostro de Rosario se endureció aún más, su mirada era un espejo oscuro que reflejaba una verdad incómoda. Con un movimiento rápido, apretó la muñeca de Benjamín, haciendo que su agarre sobre ella se aflojara. Sin esfuerzo, lo obligó a arrodillarse por el dolor, como si estuviera doblegando a una bestia furiosa con solo su voluntad. Entonces, con un gesto firme, tomó su barbilla, forzándolo a mirarla directamente a los ojos.
Rosario: “No vuelvas a tocarme,” su tono era glacial, cortante como el filo de un cuchillo. “Y deja de ser tan patético. Eres nuestro líder, no porque seas el más fuerte, sino porque eres el más inteligente. Y si no fuera porque León está en coma, ni siquiera serías el líder.”
El silencio que siguió fue más denso que cualquier palabra. Benjamín no pudo sostener la mirada de Rosario, sintiendo que las verdades que le había arrojado eran más pesadas de lo que podría soportar. Lo soltó, y él cayó al suelo con un gruñido, el peso de sus propias inseguridades aplastándolo más que cualquier golpe físico.
Rosario se alejó de él con un desprecio apenas disimulado, su figura desapareciendo en la penumbra, dejando a Benjamín solo con sus pensamientos y sus miedos. Su cuerpo temblaba, no de frío, sino de una furia impotente, una mezcla venenosa de orgullo herido y una autoconciencia devastadora. Sabía que Rosario tenía razón, que en el fondo, sus palabras eran una acusación que él mismo se había hecho en secreto, en lo más recóndito de su mente.
Intentando recomponerse, se levantó del suelo con dificultad, sus piernas tambaleándose como si llevaran el peso del mundo. Caminó hacia la fogata, donde los demás miembros del grupo estaban reunidos, intercambiando miradas preocupadas que se volvían hacia él. El rostro de Pato era el más elocuente, mostrando una mezcla de preocupación y miedo.
Pato: “¿Está todo bien, Benja?” preguntó, su voz cargada de una genuina inquietud.
Benjamín forzó una sonrisa, pero no pudo evitar que sus labios temblaran ligeramente. “Todo está bien, Pato. Solo… es mucho lo que tenemos encima.”
El grupo asintió, pero las miradas cargadas de duda no se desvanecieron. Sabían que algo había cambiado en Benjamín, algo que no podían nombrar, pero que todos sentían de manera casi instintiva. Era como si la oscuridad que envolvía el mundo se hubiera infiltrado en su líder, contaminando su espíritu con sombras que no podían ser disipadas.
El tiempo pasó lentamente, y el grupo intentó relajarse, compartiendo historias y risas forzadas alrededor del fuego. Pero a pesar de sus esfuerzos, la tensión era palpable, un recordatorio constante de que, en cualquier momento, la frágil calma podría romperse. Benjamín permaneció en silencio, sus pensamientos volviendo una y otra vez a las palabras de Rosario, como un veneno que se esparcía por su mente, corrompiendo cada intento de esperanza.
El silencio de la noche solo fue roto por el aullido distante de alguna bestia, un recordatorio sombrío de la realidad que los rodeaba. Y mientras Benjamín observaba las brasas incandescentes de la fogata, no pudo evitar preguntarse si alguna vez podría escapar de las sombras que ahora lo acechaban desde lo más profundo de su ser.
Perfecto. Continuaré desarrollando el texto en ese tono y nivel de detalle, asegurándome de mantener la atmósfera sombría y la tensión emocional que envuelve a los personajes en este mundo devastado. Aquí sigue la continuación:
La noche avanzaba lentamente, y la sensación de inquietud en el grupo solo se intensificaba con cada minuto que pasaba. Las sombras proyectadas por la fogata bailaban en las paredes del túnel, creando figuras fantasmales que parecían cobrar vida propia en la mente fatigada de los presentes. El sonido del viento que se filtraba por las grietas en el concreto era un susurro constante, como si la misma tierra murmurara advertencias que nadie lograba comprender.
Benjamin se había retirado a un rincón del túnel, buscando un poco de soledad en medio de la angustia que lo asfixiaba. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la fría pared de cemento, mantenía la mirada fija en el vacío, absorto en pensamientos que se retorcían como serpientes venenosas en su mente. Cada palabra de Rosario seguía resonando en sus oídos, su veneno filtrándose en cada rincón de su alma. La culpa, la vergüenza, la ira y la confusión se mezclaban en su interior, formando una tormenta que amenazaba con destruir lo poco que quedaba de su estabilidad emocional.
Pero más que nada, lo que más lo perturbaba era la realidad que Rosario había desnudado sin piedad. León, su amigo, su hermano de armas, era visto como un héroe por todos, mientras que él, Benjamin, se veía obligado a enfrentar la cruda verdad de que, en comparación, solo era una sombra, una figura sin rostro definida, caminando a la deriva en un mundo que ya no tenía lugar para él.
El eco de pasos acercándose rompió su ensimismamiento. Rosario se detuvo a su lado, su figura esbelta y musculosa destacando en la penumbra del túnel. Había algo en su postura, una mezcla de resignación y resolución que hizo que Benjamin levantara la mirada hacia ella.
Rosario: “No puedes quedarte aquí todo el tiempo, Benjamin,” dijo con una calma que no lograba ocultar la severidad de sus palabras. “Nos necesitan.”
Benjamin sintió una punzada de irritación, pero era más con él mismo que con ella. Sabía que Rosario tenía razón, que no podía permitirse el lujo de ceder a su debilidad en un momento como este. Con un esfuerzo, se puso de pie, sacudiendo el polvo de sus pantalones antes de asentir con la cabeza.
Benjamin: “Lo sé,” respondió con voz áspera, mientras sus ojos se encontraban con los de Rosario. “Solo necesitaba un momento.”
Rosario asintió, pero no dijo nada más. En lugar de ello, giró sobre sus talones y comenzó a caminar de regreso hacia la fogata, esperando que Benjamin la siguiera. Y él lo hizo, aunque su mente seguía atrapada en los oscuros pensamientos que se negaban a desaparecer.
Al llegar junto a los demás, la atmósfera ya se había enfriado. Pato estaba sentado junto a Julian, ambos en silencio, mirando la fogata con ojos perdidos. Jamal se había retirado a otro rincón del túnel, donde afilaba su espada con movimientos metódicos, cada rasguño de la piedra contra el metal era un recordatorio de que el peligro estaba siempre presente.
Benjamin observó a su equipo, a las personas que confiaban en él para guiarlos a través de este infierno, y se sintió más solo que nunca. El peso de la responsabilidad era aplastante, y la sombra de León se cernía sobre él como un espectro que lo seguía a todas partes.
Benjamin: “Vamos a descansar lo que podamos,” ordenó, intentando que su voz sonara firme, aunque incluso a sus propios oídos sonaba vacía. “Mañana tenemos un largo camino por delante.”
Los demás asintieron en silencio, acostumbrados ya a la rutina de la supervivencia. Nadie preguntó qué había ocurrido entre Rosario y Benjamin, aunque la tensión era palpable. No había espacio para confrontaciones o recriminaciones en un mundo donde el siguiente día no estaba garantizado.
La noche avanzó lentamente, y el sueño vino solo en pequeñas dosis, robado entre sobresaltos y pesadillas. Benjamin se recostó sobre el duro suelo del túnel, con su abrigo enrollado como almohada, pero el sueño lo eludía. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de León, no como lo recordaba, sino cubierto de heridas, atrapado en un estado comatoso, mientras el mundo a su alrededor lo veneraba como a un mártir.
La culpa era un peso imposible de sacudir. Sabía que las palabras de Rosario habían sido crueles, pero también sabía que no habían sido del todo falsas. León se había sacrificado por ellos, y ahora, él estaba a punto de llevar a su equipo a una misión suicida, motivado no por el deseo de salvar a su amigo, sino por una sed de venganza que lo carcomía desde dentro.
El túnel, con su atmósfera sofocante y la oscuridad que lo rodeaba, parecía un reflejo perfecto de su estado interno. Todo lo que alguna vez había conocido, todo lo que había sido, estaba siendo consumido por las sombras, dejando solo un vacío que amenazaba con devorarlo por completo.
Al final, el agotamiento físico venció al mental, y Benjamin cayó en un sueño inquieto, lleno de imágenes distorsionadas de León y el mundo en ruinas. No había descanso real en un lugar como este, solo una pausa breve antes de que el ciclo de sufrimiento y lucha comenzara de nuevo al amanecer.
El alba llegó, pero el sol no trajo consigo ninguna calidez. La luz matutina era fría, filtrándose a través de las grietas del túnel, bañando las ruinas con un resplandor pálido y enfermizo. Parecía más una burla de lo que alguna vez fue la vida en la superficie que un nuevo comienzo.
Benjamin fue el primero en levantarse, sus movimientos rígidos por el frío y el sueño interrumpido. Se pasó una mano por la cara, sintiendo la barba incipiente que había crecido en los últimos días de viaje. Cada día que pasaba, se sentía más ajeno a sí mismo, como si el hombre que había sido antes de que todo esto comenzara estuviera desapareciendo lentamente, reemplazado por un extraño que no reconocía.
Pato y Julian ya estaban en pie, revisando su equipo con la eficiencia automática de aquellos que han pasado demasiado tiempo en situaciones de vida o muerte. Rosario estaba más allá, en la entrada del túnel, mirando hacia el horizonte con una expresión que Benjamin no pudo descifrar. Jamal se mantenía en silencio, su espada ya envainada y lista para lo que vendría.
Benjamin: “Es hora de moverse,” dijo con un tono que no admitía réplica. No había necesidad de palabras adicionales; todos sabían lo que tenían que hacer.
El grupo recogió sus cosas rápidamente, dejando el fuego a medio apagar mientras salían del túnel. El aire exterior era fresco, pero estaba cargado con el olor acre de la decadencia, un recordatorio constante de que el mundo se había convertido en un lugar de muerte y desolación.
Rosario caminaba al frente, guiando al grupo con paso firme, mientras Benjamin la seguía, su mente todavía atrapada en el remolino de emociones y dudas. Julian y Pato cerraban la marcha, intercambiando palabras en voz baja, intentando mantener la moral alta, aunque sabían que era una batalla perdida.
Mientras caminaban, Benjamin no pudo evitar mirar hacia el cielo, un manto gris y plomizo que parecía presionar sobre ellos, sofocando cualquier esperanza que pudiera haber quedado. No había ni rastro del sol, solo una luz difusa que apenas lograba penetrar las nubes. Era como si el mundo mismo hubiera renunciado a cualquier pretensión de vida.
Pero en ese momento, algo cambió. Un leve destello en el horizonte, casi imperceptible, hizo que Benjamin se detuviera en seco. No era el sol; era algo más, algo que brillaba con una intensidad que no pertenecía a este mundo.
Benjamin: “¿Lo ven?” preguntó, su voz baja, pero cargada de una mezcla de asombro y precaución.
Los demás se detuvieron también, siguiendo su mirada. El destello se hizo más claro, y Rosario fue la primera en reaccionar.
Rosario: “Es… es el campamento militar de Barrio Norte,” dijo, su tono lleno de una sorpresa que rara vez mostraba. “Parece que algo ha cambiado allí.”
Benjamin frunció el ceño, su mente trabajando rápidamente para evaluar la situación. Sabía que el campamento militar era una fortaleza difícil de penetrar, llena de soldados que aún seguían las órdenes de un gobierno que ya no existía. Pero ese destello… no tenía sentido.
El grupo continuó su avance, pero la tensión en el aire era palpable. Benjamin lideraba con una mezcla de determinación y un cansancio que comenzaba a hacer mella en su espíritu. Sabía que el verdadero objetivo de esta misión era matar a Jack.
Sin embargo, mientras cruzaban las desoladas calles hacia Barrio Norte, algo más comenzaba a consumir la mente de Pato. Desde que habían vislumbrado el destello proveniente del pequeño pueblo, su preocupación había crecido, y aunque no lo mostraba de manera evidente, estaba inquieto. Sabía que el pueblo era solo una parada en su ruta hacia la ciudad, pero algo en su interior le decía que no debían ignorar lo que estaba ocurriendo allí.
Rosario lideraba el grupo con su usual firmeza, aunque sus pensamientos también vagaban. Estaba preocupada por Benjamin; lo conocía lo suficiente como para saber que la reciente conversación que habían tenido lo había afectado más de lo que él dejaba ver. Pero ahora no había tiempo para consolarse ni para resolver conflictos internos. Había una misión que cumplir, y cualquier distracción podía costarles la vida.
A medida que se acercaban a Barrio Norte, Pato se adelantó, activando su traje de invisibilidad. El dispositivo lo cubrió con un suave zumbido, haciendo que su figura desapareciera ante los ojos de los demás. Benjamin le dio un asentimiento breve, entendiendo que era mejor que Pato explorara la situación antes de que el grupo se expusiera al peligro.
Pato avanzó con pasos sigilosos, su figura completamente oculta por el traje. El pequeño pueblo de Barrio Norte se extendía ante él, una colección de edificios medio derruidos y calles llenas de escombros. El silencio era ensordecedor, roto solo por el viento que arrastraba polvo y hojas muertas. Pato se movía con agilidad entre las sombras, su vista aguda registrando cada detalle.
A medida que se adentraba más en el pueblo, comenzó a notar cosas que le hicieron fruncir el ceño bajo su máscara. Las casas, aunque aparentemente vacías, mostraban signos de lucha reciente: puertas rotas, ventanas destrozadas, sangre seca manchando las paredes. Parecía como si el pueblo hubiera sido atacado, pero no había ni rastro de los responsables ni de las víctimas.
El misterio se hizo más inquietante cuando Pato encontró un callejón que conducía a una pequeña plaza central. Allí, lo que vio lo dejó helado. Cuerpos. Decenas de cuerpos yacían en el suelo, algunos de ellos claramente víctimas de una muerte violenta. Pato se arrodilló junto a uno de ellos, examinando las heridas. Eran cortes limpios, precisos, como si hubieran sido hechos por alguien con una habilidad excepcional para matar.
Entonces lo vio. Un símbolo grabado en el suelo, justo en el centro de la plaza. Era el mismo símbolo que habían visto antes, en otros lugares devastados por Jack y sus seguidores. Era una marca de muerte, un recordatorio macabro de que su enemigo no solo era brutal, sino también metódico.
Pato: “Mierda,” murmuró para sí mismo, apretando los dientes. Sabía que no podían quedarse allí por mucho tiempo, pero al mismo tiempo, no podía simplemente ignorar lo que había visto. Tenía que volver y contárselo a Benjamin y a los demás.
Con el corazón acelerado, Pato retrocedió rápidamente, asegurándose de no dejar ningún rastro de su presencia. Cuando finalmente llegó de vuelta al grupo, desactivó el traje de invisibilidad y se materializó ante ellos, su rostro tenso.
Pato: “Hay algo muy jodido en ese pueblo,” dijo sin preámbulos, mirando directamente a Benjamin. “He encontrado cuerpos, muchos cuerpos. Y el símbolo de Jack… está ahí. Él ha estado aquí, y es probable que sus seguidores aún estén cerca.”
Benjamin frunció el ceño, procesando la información mientras intentaba mantener la calma. Sabía lo que esto significaba: Jack estaba cerca, y con él, la posibilidad de poner fin a su reinado de terror. Pero al mismo tiempo, no podían permitirse desviarse de su objetivo principal.
Benjamin: “Tenemos que seguir adelante,” dijo finalmente, su voz firme. “No podemos detenernos aquí. León nos necesita, y matar a Jack es la única manera de asegurar que no pueda hacer más daño.”
Pero Pato no estaba dispuesto a dejarlo pasar tan fácilmente. Había visto demasiado, y la indiferencia de Benjamin hacia la situación lo estaba molestando más de lo que quería admitir.
Pato: “¿Y qué hay de la gente en Barrio Norte?” replicó, su tono lleno de frustración contenida. “No podemos simplemente ignorar lo que está pasando aquí. Esa gente necesita ayuda, Benjamin. No podemos seguir adelante como si nada.”
Benjamin se giró hacia Pato, su expresión endurecida por la presión del momento. Sabía que Pato tenía razón, pero también sabía que su misión principal no podía esperar.
Benjamin: “No podemos salvar a todos,” respondió con un tono frío que hizo que Pato apretara los puños. “Lo sé, es una mierda, pero tenemos que enfocarnos en lo que realmente importa ahora. Si perdemos a Jack, León podría estar perdido para siempre, y no solo él, sino también todos los que amamos.”
El silencio cayó entre ellos, pesado y lleno de tensión. Rosario observó la escena, su mente trabajando para encontrar una manera de mediar entre ambos. Sabía que ambos tenían razón a su manera, pero este no era el momento de dividirse.
Rosario: “Podemos hacer ambas cosas,” dijo finalmente, su voz firme pero conciliadora. “Revisamos el pueblo, pero no nos desviamos de nuestro objetivo. Pato puede guiarnos a través de una ruta segura, como mencionó, y al mismo tiempo, verificamos si hay alguien que pueda necesitar nuestra ayuda.”
Benjamin miró a Rosario, luego a Pato, y asintió con la cabeza. Sabía que no podía permitirse perder a Pato como aliado en este momento. La misión era lo primero, pero también necesitaban mantener su humanidad en medio de este infierno.
Benjamin: “De acuerdo,” cedió finalmente, aunque su voz seguía cargada de una dureza que reflejaba la tensión interna. “Hagámoslo rápido. No tenemos tiempo que perder.”
Pato asintió, aunque su expresión mostraba que no estaba completamente satisfecho. Sin embargo, activó su traje de invisibilidad una vez más, liderando al grupo a través del pueblo mientras seguía la ruta que había trazado en su mente.
El grupo se movió con cautela, sus sentidos agudizados por el peligro latente en cada esquina. A medida que avanzaban, Benjamin no podía evitar sentir que el peso de la misión se volvía cada vez más aplastante. Cada paso que daban los acercaba más a Jack, pero también los sumergía más en un abismo de desesperación y muerte.
Finalmente, Pato los guió hacia la salida del pueblo, una ruta segura que los llevó lejos de las calles principales y de cualquier posible emboscada. El grupo no encontró sobrevivientes, y aunque Pato aún sentía un nudo en el estómago por la indiferencia que se veía obligado a mostrar, sabía que no podían hacer más.
Pato: “Es por aquí,” indicó finalmente, desactivando su traje y volviendo a unirse al grupo. “La salida está despejada. Podemos continuar.”
Benjamin dio una última mirada al pueblo antes de girarse hacia Pato y los demás. Había algo profundamente perturbador en la idea de que estuvieran dejando atrás un lugar donde tantas vidas se habían perdido, pero sabía que no tenían opción. León estaba en coma, su pueblo estaba en peligro, y Jack seguía siendo una amenaza que no podían ignorar.
Benjamin: “Bien. Vámonos de aquí,” dijo finalmente, su voz cargada con la gravedad de la situación. “Tenemos un trabajo que hacer.”
Con esa última orden, el grupo salió de Barrio Norte y continuó su marcha hacia la ciudad, donde Jack los esperaba. Cada uno de ellos llevaba consigo el peso de lo que habían dejado atrás, pero sabían que no podían permitirse dudar. El mundo estaba roto, y ellos solo podían seguir adelante, un paso a la vez, en un intento desesperado por salvar lo poco que quedaba de él.
El grupo dejó atrás Barrio Norte, avanzando con cautela por el sendero que Pato había marcado como seguro. La oscuridad comenzaba a envolver el paisaje, y la fría brisa de la noche traía consigo un aire de inquietud. A medida que caminaban, el sonido de sus pasos era amortiguado por la tierra seca y agrietada bajo sus pies, un testimonio más del mundo que se desmoronaba a su alrededor.
Rosario: “¿Cuánto falta para llegar?” preguntó Rosario, rompiendo el silencio. Su voz era baja, casi un susurro, pero en la quietud de la noche, resonó con una claridad que hizo que todos se detuvieran brevemente.
Pato consultó su dispositivo, observando la pantalla que proyectaba un mapa de la zona. Pato: “No mucho. Un par de kilómetros más y llegaremos a las afueras de la ciudad. Pero… la situación ahí podría ser mucho peor que en Barrio Norte.”
Benjamin: “Peor que un pueblo lleno de cadáveres,” murmuró Benjamin, más para sí mismo que para el grupo. La idea de lo que podrían encontrar en la ciudad era un peso que presionaba sobre sus hombros, pero no había vuelta atrás. Jack debía ser detenido.
El grupo siguió avanzando, y el paisaje alrededor de ellos comenzó a cambiar. Los árboles retorcidos y muertos que bordeaban el camino se hacían cada vez más densos, proyectando sombras largas y amenazantes en la penumbra. El aire se volvía más denso, cargado de una energía oscura que parecía provenir de la ciudad hacia la que se dirigían.
Rosario observaba a Benjamin de reojo, notando la tensión en sus hombros y la rigidez de su postura. Sabía que estaba bajo una presión inmensa, pero también sabía que Pato había tocado un nervio sensible con su preocupación por la gente de Barrio Norte. Rosario: “Estamos haciendo lo correcto,” dijo finalmente, tratando de ofrecer algo de consuelo.
Benjamin soltó un suspiro, sus ojos fijos en el camino delante de ellos. Benjamin: “Lo sé. Pero a veces hacer lo correcto no se siente bien.”
Rosario asintió en silencio, entendiendo las palabras de Benjamin en un nivel profundo. Ambos compartían la carga de las decisiones difíciles que tenían que tomar en un mundo que ya no ofrecía opciones fáciles.
Finalmente, las luces distantes de la ciudad comenzaron a aparecer en el horizonte, parpadeando débilmente a través de la bruma. La ciudad se alzaba como un monolito oscuro, sus edificios altos y destrozados proyectando sombras amenazantes en el cielo nocturno. Las calles parecían vacías, pero todos sabían que las apariencias podían engañar.
Pato se detuvo y levantó una mano, indicando al grupo que se detuviera. Pato: “Vamos a proceder con cuidado,” dijo, activando de nuevo su traje de invisibilidad. “Voy a explorar el área. Ustedes esperen aquí.”
Benjamin: “Ten cuidado,” le advirtió Benjamin, aunque sabía que Pato era más que capaz de manejarse en situaciones peligrosas.
Pato asintió brevemente antes de desaparecer en la oscuridad, moviéndose como una sombra entre las ruinas de la ciudad. El resto del grupo esperó en silencio, sus sentidos en alerta máxima. Sabían que no podían permitirse un solo error; Jack había demostrado ser un enemigo implacable y astuto, y no se detendría ante nada para cumplir sus planes.
Mientras esperaban, Rosario examinó el área a su alrededor, buscando cualquier signo de movimiento. La ciudad estaba inquietantemente tranquila, un silencio casi sobrenatural que solo aumentaba la tensión en el grupo. Había algo mal en ese lugar, algo que se sentía profundamente incorrecto.
Rosario: “Este lugar… huele a muerte,” dijo en voz baja, sus palabras cargadas de una seriedad sombría. Benjamin asintió en silencio, sus ojos fijos en la distancia.
Los minutos pasaron lentamente, cada segundo estirándose en la oscuridad. Finalmente, Pato regresó, emergiendo de las sombras con un gesto rápido para indicar que todo estaba despejado, por ahora.
Pato: “La entrada está segura, pero hay guardias más adelante,” informó. “Parece que Jack ha estado ocupando esta zona durante un tiempo. Necesitamos movernos rápido y silenciosamente.”
Benjamin asintió y miró al grupo, su expresión grave. Benjamin: “Nos dividiremos. Pato, tú vas por la izquierda. Rosario y yo tomaremos la derecha. Nos encontramos en el punto de entrada principal en cinco minutos.”
Rosario y Pato asintieron, comprendiendo la importancia de la estrategia. Sin más palabras, el grupo se separó, cada uno moviéndose hacia su asignado destino para luego salir de aquel lugar, descubriendo que era solo un punto de control, el cual servia para identificar a aquellos que no fueran parte del sequito de jack, reuniéndose nuevamente para seguir su camino.
Benjamin avanzaba con paso firme por la desolada avenida principal, cada paso resonando sobre los escombros. A su alrededor, el aire era denso y frío, impregnado del hedor de la muerte que había dejado la reciente devastación. A su lado, Brenda caminaba en silencio, su mirada afilada como una hoja, analizando cada sombra que se movía entre las ruinas. Sabían que en este mundo, los monstruos acechaban, no solo en forma física, sino también en las intenciones de los hombres que todavía sobrevivían.
Después de dos días de arduo viaje, finalmente llegaron a la ciudad de los vagabundos. El horizonte estaba marcado por las siluetas de edificios en ruinas, sus estructuras derrumbadas como si fueran castillos de cartas arrasados por un viento feroz. Al entrar en la ciudad, se encontraron con un grupo de mercenarios que bloqueaban el acceso al corazón de ese lugar. Los hombres, de aspecto desaliñado pero amenazador, los miraban con ojos codiciosos.
Mercenario Líder: —Una de las mujeres será suficiente —dijo, su voz llena de desprecio, mientras acariciaba un cuchillo con insidiosa confianza.
Brenda, al escuchar esas palabras, sintió una oleada de ira recorrer su cuerpo. La indignación hervía en su interior como un volcán a punto de estallar. Sin dudarlo, se lanzó hacia el grupo de mercenarios, su pie se elevó con una fuerza imparable. Al impactar, una explosión de magia de la tierra surgió, haciendo temblar el suelo. La energía de su patada se expandió como ondas en un lago, arrojando a los mercenarios por los aires, dejándolos tendidos en el suelo, inertes. El eco del ataque resonó en las paredes de la ciudad, y un silencio pesado cayó sobre el lugar.
Pero al girarse, Brenda encontró a Benjamin mirándola con desprecio, su rostro retorcido por la frustración.
Benjamin: —¡¿Qué demonios has hecho?! —gritó, su voz cargada de una furia reprimida que apenas podía contener—. No debiste asesinarlos. Podríamos haber obtenido información útil.
La sorpresa se dibujó en el rostro de Brenda, y su asco hacia Benjamin creció como una sombra oscura. Lo que había hecho era para proteger a su grupo, y él no parecía comprender la gravedad de la situación. Sin pensar, Brenda se acercó a él, dispuesta a golpearlo. Pero antes de que pudiera llevar a cabo su impulso, Rosario la detuvo, colocando una mano firme sobre su hombro. La mirada fría de Rosario atravesó a Brenda como un rayo. En esos ojos había un mensaje claro: no era el momento para peleas internas.
Así, Brenda se contuvo, reprimiendo su rabia mientras continuaban su camino por las calles oscuras, llenas de destrucción y recuerdos de vidas que una vez florecieron en aquel lugar. Los edificios que los rodeaban estaban cubiertos de chatarra y desechos, con paredes desgastadas que contaban historias de desesperación. Los restos de seres humanos, huesos amarillentos, se apilaban en las esquinas, un recordatorio sombrío de la brutalidad del mundo que habitaban.
Finalmente, llegaron a un puente que conectaba la ciudad de Córdoba con la ciudad de los vagabundos. La estructura, aunque desgastada, se mantenía firme, como un símbolo de resistencia en medio de la ruina. Decidieron acampar allí, buscando refugio en la ilusión de seguridad que ofrecía el lugar. Sin embargo, la decisión de dormir al aire libre resultó ser un error fatal.
En la penumbra de la noche, mientras el grupo intentaba encontrar un descanso en sus improvisados refugios, fueron atacados por un grupo de vagabundos y mercenarios. Las sombras se lanzaron sobre ellos como un torrente, y el caos estalló de inmediato. Benjamin, sorprendido por la ferocidad del ataque, se vio obligado a luchar para proteger a su grupo. Las espadas y cuchillos chocaban, resonando en el aire, mientras cada miembro del grupo se defendía con desesperación.
La batalla fue brutal; el suelo se tiñó de rojo mientras las vidas se extinguían a su alrededor. Brenda, en un frenesí de furia, usó su magia para levantar trozos de escombros y arrojarlos contra sus atacantes. Rosario luchaba con una destreza admirable, moviéndose como un torbellino entre los enemigos, mientras Jamal y Sasha también se unían a la refriega, su coordinación y determinación brillando a pesar del terror que los rodeaba.
Sin embargo, a medida que la batalla se intensificaba, quedó claro que la imprudente decisión de Benjamin de dormir al aire libre había resultado en una derrota agridulce. Al amanecer, el silencio que siguió a la batalla era ensordecedor. El grupo se miraba con desconfianza; la tensión en el aire era palpable. Las miradas acusatorias se centraron en Benjamin, cuyo liderazgo ahora se veía cuestionado. No era el líder que solía ser; había puesto a todos en peligro.
Mientras el grupo cruzaba el puente, todavía aturdidos por la noche de horror, se encontraron cara a cara con Jack. Su presencia era inquietante; el hombre sonreía de manera perturbadora, como si disfrutara del sufrimiento ajeno.
Jack los esperaba de pie, inmóvil, como si el mundo a su alrededor no mereciera siquiera una reacción. Su silueta se recortaba con nitidez contra el fondo gris del amanecer, erguida y relajada a la vez, con una seguridad que no nacía de la fuerza bruta, sino de la certeza absoluta de tener el control. Apoyaba el arma sobre sus hombros con descuido, sujetándola con ambas manos como si no fuera más que un accesorio trivial, un objeto sin peso ni urgencia. No había tensión en su postura; no había prisa. Él sabía que el encuentro ocurriría exactamente así.
Su rostro era una provocación en sí mismo. El cabello oscuro caía desordenado, enmarcando una expresión torcida por una sonrisa amplia y descaradamente falsa. No era la sonrisa de alguien satisfecho, ni siquiera la de un vencedor tradicional: era la de un depredador que disfruta del momento previo al golpe, del segundo exacto en el que su presa comprende que no hay escapatoria. Sus ojos, encendidos de un rojo antinatural, brillaban con una lucidez enfermiza. No reflejaban ira ni odio, sino algo mucho peor: diversión. Observaban al grupo como quien contempla una obra que ya ha sido arruinada a propósito.
Había algo profundamente inquietante en su quietud. Mientras el grupo aún cargaba el peso del cansancio, la sangre seca y las dudas nacidas de la derrota nocturna, Jack parecía intacto, ajeno al desgaste del mundo. Su presencia no imponía miedo por amenaza directa, sino por contraste: él estaba entero, mientras ellos llegaban rotos. Cada rasgo de su rostro transmitía la certeza de que todo lo ocurrido —el ataque, la emboscada, la desconfianza sembrada entre ellos— había sido previsto, calculado, disfrutado.
Jack no necesitó moverse ni hablar. Su sonrisa bastó para dejar claro que los había estado esperando desde antes de que pusieran un pie en el puente. Y en ese silencio cargado, frente a esa mirada roja y burlona, quedó claro que la noche de horror no había sido un accidente, sino apenas el prólogo de algo mucho más cruel.
Jack: —Benjamin —dijo con un tono juguetón—, te he estado esperando. Espero que te haya gustado mi pequeña obra de arte.
Su voz sonaba casi melodiosa, pero el contenido de sus palabras era un veneno que envenenaba el ambiente. Benjamin se plantó frente a él, una oleada de furia y venganza brotando de lo más profundo de su ser.
Benjamin: —¡Eres un monstruo! —rugió, su voz resonando con una fuerza que sorprendió a los que estaban a su alrededor. La rabia se podía ver en su rostro, cada músculo tenso y preparado para el combate. Jack, por su parte, parecía alimentarse de la tensión, irradiando una aura de satisfacción mientras sus ojos brillaban con malicia.
El choque de sus energías se sentía en el aire, una tormenta inminente que amenazaba con estallar. Mientras Benjamin avanzaba un paso hacia Jack, la atmósfera se cargaba de promesas de violencia, y el eco de la venganza resonaba en cada rincón de aquel puente desolado. El destino de sus mundos estaba a punto de entrelazarse en una batalla que marcaría el inicio del arco del fin del mundo, donde la oscuridad se encontraba con la desesperación y la lucha por la supervivencia se convertía en el único camino a seguir.
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