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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 13

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Capítulo 13: La ultima esperanza de los heroes

En el umbral de un puente en ruinas que separaba el barrio de los vagabundos de la añorada ciudad de Córdoba, se desarrollaba una confrontación titánica. A un lado, el grupo de Benjamin, un guerrero decidido a vengar la tragedia que había arrasado su querido hogar, se enfrentaba al siniestro Jack. Este último, disfrutando de la ira y el anhelo de venganza de Benjamin, se erguía como una sombra amenazante en medio del caos, su larga capa oscura ondeando al viento helado. Las nubes rojas y cargadas de tormenta cubrían el cielo, como si el propio universo respondiera a la inminente catástrofe.

Benjamin, con una determinación feroz, desenfundó sus dos espadas de un rojo carmesí brillante, un regalo de Zeus tras haber sobrevivido a una batalla contra las horripilantes arañas oscuras. Su gabardina blanca, manchada de la sangre de sus enemigos y sus propias heridas, brillaba tenuemente en la penumbra. Con una máscara que ocultaba la mitad de su rostro, solo sus ojos resplandecían con una luz intensa y decidida. Mientras sus manos se aferraban con firmeza a las empuñaduras de sus espadas, un silencio ominoso se apoderó del puente, interrumpido solo por el sutil susurro del viento.

Jack, por su parte, se deleitaba con la anticipación del combate. De su gabardina surgió una guadaña negra, alzada sobre su cabeza, más alta que un hombre y afilada como obsidiana. Su sonrisa torcida revelaba la satisfacción de quien disfruta del sufrimiento ajeno. Ambos combatientes, en un instante, se lanzaron hacia el centro del puente, moviéndose a una velocidad casi invisible para los ojos humanos. Los chispazos de metal resonaban en el aire como truenos, mientras sus armas chocaban, creando una sinfonía de violencia que reverberaba en el desolado paisaje.

La batalla estalló con una ferocidad inimaginable. Benjamin se movía con gracia y precisión, esquivando cortes mortales de la guadaña de Jack con acrobacias impresionantes. Cada giro y salto que ejecutaba era una demostración de su maestría, mientras su sangre bombeaba con adrenalina. Jack, por otro lado, utilizaba la fuerza de los ataques de Benjamin para contrarrestar y devolver los golpes con aún más ímpetu. Era un baile mortal entre la vida y la muerte, donde cada error podría ser fatal.

Cuando Jack intentó un ataque directo a las caderas de Benjamin, este realizó un giro de 180 grados en el aire, aterrizando sobre el filo de la guadaña. En un movimiento audaz, lanzó una de sus espadas hacia el rostro de Jack, que, con un movimiento rápido y casi despreocupado, se dejó caer al vacío, esquivando el ataque. En un giro ingenioso, tomó la espada en su caída, girando con ella para devolvérsela a Benjamin con un impulso devastador.

La espada se incrustó en el brazo que Benjamin levantó para protegerse, la sangre manando de la herida como un río oscuro. Sin embargo, el dolor no podía detener su resolución. Con una expresión de furia desatada, concentró la energía de Zeus, cargando su espada con el poder de los rayos estelares. Al golpear la guadaña de Jack, un estallido de luz iluminó el puente, enviando a Jack volando contra un edificio cercano. Benjamin lo siguió, sin darle tregua, adentrándose en el interior de aquella estructura cubierta de sombras.

El edificio, una vez un símbolo de vida, se había convertido en un laberinto de oscuridad. Mientras Benjamin recorría los pasillos desmoronados, cada paso resonaba como un eco de su propia determinación. Sin embargo, la voz de Jack, suave y burlona, comenzó a susurrarle desde las profundidades de la penumbra.

Jack: “¿Por qué haces esto? ¿Por orgullo? ¿Por honor? Quizás por compañerismo… No, no creo que sea ninguna de esas cosas.”

Cada palabra de Jack se convertía en una flecha en el corazón de Benjamin, atravesando su coraje y llevándolo a cuestionar su propio propósito. La duda lo envolvía, como una sombra asfixiante.

Jack: “Lo haces porque tienes envidia… Tienes celos… Te sientes pequeño a su lado, ¿no es así? Él es el héroe, mientras tú solo quedaste para cuidar lo que él salvó. Un alma incomprendida, alguien que busca la atención que no recibió de quien creía ser su único amigo.”

Las palabras de Jack resonaban en su mente, mientras él intentaba aferrarse a su resolución. Pero la inseguridad empezaba a abrirse camino, creando grietas en su determinación. Aun así, no podía permitirse caer en la trampa de sus manipulaciones. Con un grito de desafío, reunió toda su energía en un golpe devastador, creando una onda de choque que partió el edificio en dos, los escombros cayendo hacia la nada.

Mientras las ruinas se desmoronaban, Jack emergió de las sombras sobre uno de los pilares cortados, su sonrisa macabra iluminada por el caos. No mostraba ni una marca de los combates, y su mirada desafiaba a Benjamin.

Benjamin: “¡No es como lo dices! ¡No puede ser! ¡Solo intentas confundirme! ¡Te mataré!”

Jack lo miró con decepción, su guadaña elevándose lentamente, lista para la próxima ronda.

Jack: “Es una lástima… Eres aburrido… y un hipócrita. No podré hacer un buen lienzo en mi pintura con tu sangre contaminada por la ignorancia.”

En ese momento, Benjamin sintió que todo se desmoronaba. La frustración y la impotencia lo inundaban, recordándole cada derrota y cada crítica que había enfrentado. Fue entonces cuando Jack, con un movimiento rápido, se lanzó hacia él, su guadaña cortando el aire como un rayo.

Benjamin fue golpeado brutalmente, regresando a la realidad del puente donde estaban sus compañeros y su amada, Ilulu. Cayó pesadamente, herido y desangrándose, mientras Jack aparecía en una nube negra, posándose majestuosamente sobre su guadaña. Ilulu, al ver a Benjamin caer, corrió hacia él, su corazón latiendo con desesperación.

Ilulu: “¡Benjamin, estás bien! ¡Estás muy herido! ¿Por qué peleaste solo?”

Con gran esfuerzo, Benjamin levantó la mirada hacia los ojos de Ilulu, y en ese instante, el brillo de su amor lo revitalizó. La llama de la esperanza resurgió en su interior, un fuego ardiente que rechazaba la oscuridad.

Benjamin: “No me pueden matar tan fácil teniendo a mi amada mirándome, ¿o sí?”

Jack, observando la escena con una sonrisa macabra, se deleitaba con el sufrimiento. Los subalternos de Jack sentían pena por lo que estaba a punto de suceder, pero estaban impotentes para intervenir. Con un suave descenso de su guadaña, Jack dio un par de pasos hacia adelante.

Benjamin: “¿Listo para una segunda ronda, maldito bastardo?”

La resolución brillaba en los ojos de Benjamin. Estaba decidido a pelear, no por él, sino por todos los que amaba. Su corazón latía con furia y su mente se llenaba de determinación, desafiando las dudas que Jack había sembrado.

Jack: “No creo que eso sea suficiente… solo falta un detalle.”

Benjamin: “¿De qué estás habl—”

No pudo terminar la frase. La sangre manchó su rostro en un instante, un movimiento rápido y casi inaudible. Sus ojos se tiñeron de rojo por el líquido vital que brotaba de su cuerpo. La realidad se congeló cuando se dio cuenta de la verdad: Ilulu había sido atravesada por la guadaña de Jack.

Ella, con una sonrisa amable y llena de amor, intentó tocar sus mejillas, incluso con la guadaña aún enterrada en su estómago, su sangre manando lentamente de su boca. Benjamin quedó paralizado, atrapado en un mar de horror y desesperación, mientras la oscuridad lo rodeaba, llevándose consigo su última esperanza.

Con la penumbra del puente envolviendo el escenario, el aire se tornó pesado por el horror que se desarrollaba. Ilulu, con sus ojos llenos de amor y tristeza, miró a Benjamin mientras las lágrimas brotaban de su rostro.

Ilulu: “Lo siento… no pude protegerlo… a nuestro bebé. Perdón si no te lo dije; era una sorpresa para nuestra boda… te amo…”

Con esas palabras, la guadaña de Jack emergió cruelmente del estómago de Ilulu. Ella se inclinó hacia adelante, sus labios encontrándose con los de Benjamin en un último y desgarrador beso, antes de retroceder, dejando un rastro de sangre. Jack, disfrutando del espectáculo macabro, comenzó a desmembrarla, cortándola en cientos de pedazos, bañando a Benjamin en la sangre de su amada. La sonrisa de Jack era una mezcla de satisfacción y éxtasis.

Jack: “Ahora sí creo que estamos listos para seguir, ya que la cena fue servida… jejejejeje…”

La mente de Benjamin se encontraba en un torbellino. Todo había sucedido tan rápido; la revelación de que iba a ser padre se desvaneció al instante que su mundo se desmoronaba. Su hijo no nacido, su amada, todo perdido ante sus ojos. No pudo hacer nada. Las lágrimas caían sin control mientras se desplomaba de rodillas, observando la cabeza cortada de Ilulu, aún con una sonrisa en su rostro, la sangre escurriendo por el suelo.

Jack no perdió tiempo y atacó a Benjamin, acercando el filo de la guadaña a su rostro. En ese momento, el tiempo se detuvo. La sangre, el viento, todo quedó congelado. Un aura oscura llenó el vacío, y cuatro alas negras, escamosas y alargadas, se proyectaron ante la luz del sol oculto tras las nubes. Aquel ser se acercó, con un rostro dulce como el de un ángel, pero con cuernos que revelaban su naturaleza demoníaca.

???: “¿Quieres poder?”

Benjamin no lo miró, atrapado en su propio dolor. La voz del ser continuó resonando en su mente.

???: “¿Quieres el poder que hará desaparecer tu dolor? ¿Quieres el poder que cumplirá tu deseo?”

Benjamin: “…….. Sí… lo quiero… por favor, dame poder…”

???: “Cancela el contrato con Zeus y te prometo que yo te daré el poder que deseas.”

Sin dudarlo, Benjamin abrió la pantalla del sistema y comenzó a eliminar el contrato con Zeus. Este, sintiendo la traición, intentó detenerlo con todas las estrategias legales a su alcance, pero fue en vano. Benjamin canceló el contrato, mirando al ser oscuro, que le extendió la mano.

Benjamin: “Rey de la Putrefacción… Astaroth.”

En el instante en que pronunció el nombre, ambos cuerpos se fusionaron en uno solo, uniendo cuerpo y alma. Para Benjamin, el tiempo se volvió extremadamente lento, cada segundo alargándose mientras miraba el cuerpo de Ilulu por última vez. La normalidad regresó, mostrando al nuevo Benjamin frente a todos. Su cabello largo y gris ondeaba al viento, y de su espalda emergían dos largas extensiones escamosas, como las colas de serpientes furiosas. El aura que lo rodeaba era tan densa que comenzó a agrietar el puente, temblando ante su poder.

Los presentes observaron atónitos cómo el cuerpo de Benjamin había cambiado radicalmente, mostrando los efectos de una fusión perfecta. Jack, sintiendo la transformación, se vio obligado a fusionarse con su dios, Loki, aunque su apariencia permaneció inalterada, solo su poder se intensificó. Sin embargo, su mirada reflejaba un atisbo de miedo ante la inesperada situación.

Sin dar tregua, Jack atacó a Benjamin al instante. La batalla que se avecinaba no solo sería un enfrentamiento de fuerza, sino un choque entre destinos, donde el dolor, la rabia y el deseo de venganza se entrelazaban en una danza mortal. Benjamin, ahora renovado, estaba preparado para liberar todo su poder, mientras las sombras del pasado amenazaban con consumirlo.

Jack: “¡Tal parece que conseguiste más poder! Pero aún así, eso no significa que no pueda jugar contigo!”

Con un alarido desafiante, las extensiones de carne que brotaban de la espalda de Benjamin se movieron como tentáculos afilados. Golpearon a Jack con una ferocidad inhumana, estrellándolo contra el pavimento. El impacto resonó en la ciudad, haciendo temblar el suelo hasta que Jack llegó a la entrada, donde Benjamin lo esperaba de pie, con una mirada llena de odio y desprecio.

Benjamin lo tomó abruptamente del rostro, levantándolo lentamente mientras Jack gritaba, su cuerpo cubierto de heridas sangrantes.

Jack: “¡Esto no es lo que desean los dioses! Ellos desean peleas, entretenimiento, algo para divertirse. ¡Esto no se supone que sea así!”

Benjamin: “Y eso a mí… no me importa.”

En un movimiento brutal, Benjamin agarró el torso de Jack y lo partió por la mitad como si fuera un simple trozo de papel. Los restos de Jack cayeron al suelo, y sus partes se arrastraron lentamente hacia la ciudad, mientras Benjamin se alejaba, dejando que el olor a sangre atrajera a los monstruos cercanos. Jack, aunque herido, observó impotente cómo su destino se sellaba mientras los seres se abalanzaban sobre él, devorándolo lenta y salvajemente.

Regresando al lugar donde estaban sus compañeros de equipo, Benjamin los miró. Rosario, en particular, llamó su atención.

Benjamin: “Desde ahora, tú eres la líder. Yo me voy del grupo. Si nos volvemos a ver… no sé qué pasará.”

Sin decir más, Benjamin miró hacia otro lado y utilizó su poder mágico para incinerar el cuerpo de Ilulu. Las cenizas de su amada quedaron atrapadas en un pequeño frasco que llevó consigo a donde fuera. Con un salto decidido, se elevó hacia el cielo, dejando a Rosario y a sus compañeros mirando con tristeza su partida. Sentían una mezcla de compasión e impotencia, sabiendo que necesitaban hacerse más fuertes.

Frente a ellos, el grupo de Jack ya había desaparecido por completo, dejando solo una nota ensangrentada que decía: “Estamos en paz.” Aquella frase resonó en sus corazones, recordándoles que su lucha no había terminado.

En el fondo, la misión aún los acechaba, con una ventana de estado que decía:

Misión: Recupera la ciudad del dominio del dios maligno.

Ese mensaje les indicaba que este infierno no había hecho más que comenzar. La tensión en el aire era palpable, y cada uno de ellos comprendió que su camino estaba lleno de peligros y desafíos. Con determinación renovada, sabían que debían prepararse, no solo para encontrar a Benjamin, sino también para enfrentar el caos que se avecinaba, dispuesto a devorarlos si no estaban listos.

Al mismo tiempo, en la otra cara de la moneda, en el barrio donde León y Santiago se encontraban, se desató un ataque de monstruos. Todo esto sucedió debido a un evento que tuvo lugar horas antes de que Benjamín asesinara a Jack. Santiago estaba alistando a los despertados del sistema, quienes poseían habilidades nuevas, cuando un informante llegó, mal herido y con varios más a cuestas, gritando en pánico que algo muy malo iba a suceder.

Santiago: “¡Rápido! Llévenlos al hospital, debemos atenderlos.”

Mientras Santiago tomaba a los investigadores y los llevaba a un lugar seguro, el único que no estaba herido fue interrogado. Este hombre, tembloroso y sudoroso, comenzó a relatar la terrible verdad.

Informante: “En una ciudad vecina, en la gran Buenos Aires, la gente sobrevivía, vivía feliz. Habían tomado la ciudad pacíficamente, aniquilando a los monstruos de la primera ola junto a sus jefes. Sin embargo, en su investigación, encontraron algo oscuro y olvidado.”

El hombre continuó, sus ojos llenos de miedo, mientras sus palabras parecían resonar con un eco antiguo.

Informante: “Descubrieron una mazmora oculta, un lugar que el sistema llamó la ‘Mazmora de las Memorias’. Aquí se guardaban tesoros antiguos y grimorios, habilidades olvidadas y artefactos de poder. Pero lo más aterrador eran los murales del tiempo, que contaban una historia antigua de un apocalipsis similar al nuestro.”

Santiago escuchó atentamente, su mente tratando de procesar la magnitud de la revelación.

Informante: “Los murales relatan que cuando un mundo alcanza un pico de paz, se convierte en blanco de la oscuridad. No somos los únicos, muchos mundos en el multiverso sufren esta maldición. La realidad se divide entre aquellos que buscan la paz y los seres oscuros, aberraciones rechazadas por el creador.”

El informante se detuvo un momento, intentando calmar su agitación.

Informante: “La humanidad, cegada por sus deseos mundanos, como el anhelo de poder y tecnología, descuidó a sus dioses. La barrera que protegía nuestra dimensión colapsó hace cinco años, dejando paso a seres oscuros, iguales a nosotros pero deformados por la oscuridad. Nacidos de nuestros propios temores y deseos reprimidos, algunos evolucionaron y se convirtieron en divinidades, buscando acabar con nuestra existencia.”

Mientras las palabras del informante se deslizaban como un río oscuro, los ojos de Santiago se llenaron de determinación. Sin embargo, el informante tenía más que contar.

Informante: “El mural finaliza de una manera inquietante. Había tres destinos posibles para nosotros…”

Santiago, con ansiedad, movió al hombre, deseando que continuara.

Informante: “El primero… habla de un rey que, forjado en el sufrimiento, toma el trono para llevar al mundo a la destrucción junto a los oscuros. El dolor se convierte en su corona, y su espada, en un símbolo de desolación.”

Informante: “El segundo… narra la historia de un joven que, tras sufrir penurias inenarrables, logra unir a algunos de los oscuros a su causa, dejando un futuro incierto, un camino sin final definido.”

Informante: “Y el último… es el más aterrador de todos. Es la llegada del creador oscuro, quien, por curiosidad, busca conocer a aquellos que desafiaron su poder. Pero su visita se convierte en una masacre, devorando todo a su paso. La tierra es tragada por su sombra, y su risa se convierte en un lamento que resuena en el vacío.”

El informante respiró profundamente, su voz quebrándose bajo el peso de lo que había revelado.

Informante: “Sin embargo, había un mural que no estaba completo. En su superficie se inscribía un solo texto: ‘Este final lo decidiremos nosotros’.”

Santiago sintió que la gravedad de la situación se cernía sobre él. Con el conocimiento adquirido, salieron de la mazmora, armados con reliquias, grimorios y armaduras, pero el destino les tenía preparado un giro fatal.

Un portal se abrió en la ciudad, una grieta dimensional tan grande que los habitantes no tuvieron tiempo de reaccionar. Miles de bestias y monstruos emergieron de ella, desatando un evento apocalíptico que ordenó a los sobrevivientes: “Sobrevive a la oleada y regresa vivo a la base”.

Mientras los demás en la ciudad se organizaban para contener a los monstruos, muchos murieron; cazadores y despertados se enfrentaron a una horda incontrolable. Desesperados, Santiago y sus compañeros tomaron un auto equipado con una metralladora grande, desatando balas mágicas en su camino hacia la salida. Sin embargo, cuando llegaron a la entrada, un sacrificio fue necesario: el quinto miembro del grupo saltó del auto, dando su vida para que los demás escaparan.

Santiago: “¡No! ¡No podemos dejarlo!”

Pero ya era demasiado tarde. La odiosa orda venía hacia ellos, y cuando llegaron al barrio, la ventana del sistema se actualizó con un mensaje ominoso.

Sistema: “Evento Provincial de emergencia en marcha. Todos los barrios cercanos deben defenderse y destruir la ola de monstruos que se aproxima.”

Los barrios, junto con la ciudad de los niños y el barrio de Benjamín, recibieron el aviso. Aunque el miedo y la duda se cernían sobre ellos, decidieron reunir a sus líderes, sabiendo que el ataque comenzaría en tres horas.

La reunión se llevó a cabo en un punto medio de la avenida principal, donde se encontraron Santiago y su ejército de 2000 miembros de diversas razas. El jefe de la ciudad de los niños, Savitar, llegó con un grupo de 400 jóvenes adolescentes. Sin embargo, el último en llegar no fue el líder de barrio norte, sino un hombre alto de cabello negro, vestido con un traje militar oscuro y rodeado por un ejército de 2000 soldados entrenados.

Alexis: “Soy Alexis, líder de la resistencia de barrio norte. He venido a ayudar, pues los militares de nuestro barrio solo nos dejarán morir a nuestra suerte.”

La primera reunión oficial de los tres líderes se llevó a cabo, donde se decidieron los roles. Santiago, Savitar y Alexis irían al frente, mientras sus tropas realizarían un rodeo alrededor de la entrada de la avenida Juárez-Celman, donde la horda de monstruos se abalanzaría.

El lado más débil sería tomado por el equipo de Savitar, que se posicionaría a la derecha, cerca de las vías del tren y el campo abierto, para evitar ser atacados por demasiados monstruos. El lado izquierdo sería defendido por los soldados de Alexis, quienes, al estar mejor entrenados, protegerían a los civiles que pudieran quedar atrapados. Santiago y su equipo irían al frente, dispuestos a luchar con todo su armamento y poderes para detener el avance de los monstruos.

Con los tres líderes en sus posiciones acordadas, se movieron con decisión. La espera se tornó tensa, un silencio aterrador les rodeaba, sabiendo que podría ser su último combate. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos, estaban listos para enfrentar el tsunami de horror que se aproximaba.

Cuando el contador del sistema llegó a cero, miles, por no decir decenas de miles de monstruos, se escucharon a lo lejos, causando que la tierra temblara bajo sus pies. La batalla por la supervivencia había comenzado, y el destino de todos pendía de un hilo.

La noche había caído sobre el barrio de Juárez-Celman, y con ella, un silencio ominoso se cernía sobre las calles. Las luces parpadeaban, reflejando la ansiedad de los soldados que se alineaban en filas, armados con espadas, lanzas, arcos y escudos gigantes. Cada guerrero sabía que esta no sería una pelea normal; era una batalla por la supervivencia.

El viento soplaba con fuerza, como si la misma naturaleza presagiara la llegada de la tormenta. En el campo frente a las vías del tren de Villa Los Llanos, la tierra temblaba bajo el peso de las hordas monstruosas que se aproximaban. Santiago, Savitar y Alexis, los tres líderes, se encontraban en el frente, observando la marea oscura que avanzaba inexorablemente hacia ellos.

Santiago: “No podemos darles la espalda, no ahora.”

Las palabras de Santiago resonaron entre los soldados, un recordatorio de que la lucha apenas comenzaba. Sin embargo, la confianza que una vez tuvieron al unir fuerzas se desvanecía con cada segundo que pasaba. Los monstruos, grotescos y deformes, parecían multiplicarse, como si la oscuridad misma les diera vida.

Los primeros gritos de batalla comenzaron a romper el silencio. Las criaturas emergieron de la oscuridad, corriendo hacia las filas humanas. Eran una mezcla de formas: algunos tenían la apariencia de humanos, pero con ojos vacíos y piel grisácea; otros eran bestias gigantes, con garras afiladas y dientes que relucían bajo la tenue luz de la luna.

Santiago levantó su espada, el brillo metálico reflejando la determinación que aún quedaba en él.

Savitar: “¡Mantengan la línea! ¡No retrocedan!”

Pero mientras las órdenes se lanzaban al aire, el pánico comenzó a infiltrarse en las filas. Los soldados, muchos de ellos jóvenes, se enfrentaron a la brutalidad de los monstruos por primera vez. Las espadas chocaban contra las garras, los arcos disparaban flechas que rara vez alcanzaban su objetivo, y los hechizos mágicos iluminaban el cielo en destellos momentáneos, solo para ser tragados por la oscuridad que los rodeaba.

En el primer enfrentamiento, un grupo de soldados de Savitar se vio rodeado. La lucha era frenética; el sonido del acero se mezclaba con los gritos desgarradores de los caídos. Uno de los jóvenes guerreros, un chico de apenas diecisiete años, fue derribado por un monstruo que se abalanzó sobre él, sus garras desgarrando carne y armadura con facilidad. Santiago vio todo desde la distancia, y la angustia se apoderó de su corazón.

Santiago: “¡Cúbranlo! ¡No dejen que caiga!”

Pero la realidad era cruel. Por cada monstruo que caía bajo el filo de sus espadas, aparecían dos más. El número de bajas humanas comenzó a aumentar, el campo de batalla se llenó de cuerpos sin vida, y el aire se tornó pesado con el olor de sangre y miedo.

A medida que la batalla se intensificaba, los soldados comenzaron a perder la esperanza. Aquella marea oscura parecía interminable. Las filas humanas se desmoronaban, sus fuerzas se debilitaban con cada ataque. Algunos soldados se refugiaban tras escudos, otros caían al suelo, exhaustos o heridos.

Alexis, con su grupo de soldados, luchaba con valentía, pero su mirada delataba la preocupación. Con cada segundo que pasaba, su confianza se desmoronaba.

Alexis: “¡Necesitamos más apoyo! ¡Esto no es suficiente!”

Las palabras de Alexis eran un eco de la desesperación que todos sentían. Sin embargo, no había tiempo para más, y la lucha continuaba. En la retaguardia, los magos lanzaban conjuros, sus manos brillando con energía mientras intentaban contener a las bestias que se abalanzaban sobre ellos. Cada hechizo parecía ser absorbido por la oscuridad que envolvía el campo, y la frustración se apoderó de ellos.

La batalla se extendía, y el sonido de la guerra resonaba en la noche. Gritos, lamentos, y el choque de acero contra carne llenaban el aire, creando una sinfonía de terror. Santiago se encontró luchando codo a codo con sus soldados, empujando hacia adelante, pero su cuerpo comenzó a cansarse. Las criaturas eran implacables, y la sangre de sus compañeros cubría el suelo.

Una criatura de gran tamaño se abalanzó sobre él, lanzando un ataque feroz con sus garras. Santiago logró esquivar, pero el monstruo continuó su embestida, y en un momento de distracción, un guerrero a su lado fue derribado. La visión de su caída desgarró el corazón de Santiago.

Mientras tanto, Savitar luchaba en el lado derecho del campo. Su equipo se estaba viendo superado, y la desesperación empezaba a calar en ellos. Uno de los soldados más valientes, que había estado a su lado desde el principio, se encontró acorralado. Las garras del monstruo lo atraparon, y Savitar solo pudo mirar con impotencia mientras su amigo era despedazado.

Savitar: “¡No! ¡No te vayas, hermano!”

Pero las palabras no alcanzaron. La sangre salpicó su rostro y la locura se apoderó de él. Sin pensar, Savitar cargó contra la criatura, dejando de lado su propia seguridad. Con cada golpe, su furia creció, pero la criatura se mantenía firme, riendo con un sonido escalofriante.

Los guerreros que quedaban comenzaron a gritar, algunos se retiraban, otros intentaban reponerse. La lucha estaba lejos de ser equilibrada. A medida que la noche avanzaba, la realidad de la batalla se hizo aún más palpable: los monstruos eran infinitos, una plaga que no se detendría.

Santiago: “¡Formen un círculo! ¡No dejen que se escapen!”

La estrategia había cambiado, pero era un esfuerzo en vano. Las criaturas se lanzaban sobre ellos, un torbellino de garras y dientes, y el suelo se empapaba de sangre. Cada movimiento se volvió una cuestión de supervivencia. Los soldados, antes unidos en su confianza, comenzaron a dudar, a cuestionar si lo que hacían tenía sentido.

Una sombra pasó volando sobre la cabeza de Santiago, y cuando miró hacia arriba, vio a una criatura alada lanzándose en picada hacia sus tropas. Con un grito, se abalanzó sobre un grupo de jóvenes, desatando el caos. Los gritos se intensificaron, y la desesperación creció en el corazón de cada guerrero. Santiago sintió que el peso de la responsabilidad se desmoronaba sobre él, como un manto oscuro que lo oprimía.

El campo de batalla se volvió un caos. Los soldados luchaban con desesperación, pero las bajas comenzaron a acumularse. Un grupo de magos, una vez lleno de confianza, fue arrasado por un ataque sorpresa. Su magia, que alguna vez brilló con poder, ahora se desvanecía bajo la presión. Uno de ellos gritó, lanzando un hechizo que estalló en un resplandor, pero fue rápidamente apagado por el rugido de las criaturas.

Mientras la lucha continuaba, la línea de defensa de Savitar se tambaleó. La marea de monstruos parecía no tener fin, y cada intento de contenerlos solo conducía a más pérdidas. Un soldado que había estado a su lado durante la mayor parte de la batalla cayó, y Savitar se sintió impotente.

Savitar: “¡Debemos retroceder! ¡No podemos seguir así!”

Los soldados, temblando de miedo, miraron a su líder en busca de dirección, pero Savitar, exhausto y desgastado, solo podía ver cómo la esperanza se desvanecía de sus ojos. La camaradería que alguna vez existió se evaporó en la incertidumbre del momento.

Los cuerpos caídos, tanto humanos como monstruosos, formaron un paisaje desolador. Cada tropiezo, cada grito, cada caída era un recordatorio del costo de la guerra. Las espadas se empapaban de sangre, y las flechas se perdían en la oscuridad.

Los momentos de luz eran breves, una explosión de magia o un grito de victoria, pero rápidamente eran ahogados por la oleada de criaturas. A medida que la batalla avanzaba, los guerreros comenzaron a perder la fe. La desconfianza entre ellos creció, y el miedo de perder a sus compañeros se convirtió en un peso insoportable.

La pelea se intensificó, y el campo de batalla se convirtió en un escenario de horror. Los monstruos, alimentados por la desesperación de sus víctimas, parecían más feroces, más implacables. Cada vez que un guerrero caía, otro se levantaba para ocupar su lugar, pero la línea de defensa se debilitaba rápidamente. Santiago, Savitar y Alexis eran ahora más que líderes; eran los últimos bastiones de la resistencia.

Santiago se enfrentó a una criatura que tenía una estatura imponente y un rostro grotesco. Con cada ataque, la espada en su mano parecía más pesada. La determinación que una vez ardió en su interior comenzaba a apagarse, y en su mente, la pregunta era cada vez más clara: ¿Cuánto tiempo más podían resistir?

Santiago: “¡No podemos rendirnos! ¡Esto es todo lo que tenemos!”

Sus palabras resonaron en el aire, pero el eco se perdió entre los gritos de batalla. Las criaturas rodearon a sus soldados, moviéndose con una rapidez aterradora, lanzando garras y mordiscos en un intento de desgastar su última línea de defensa. La visibilidad se oscureció con el polvo y la sangre, y el aire se volvió irrespirable.

Savitar lanzó un hechizo en un intento desesperado por contener a una ola de monstruos que se abalanzaba sobre su flanco derecho. La magia chisporroteó y estalló en un destello, derribando a varios de ellos. Sin embargo, el alivio fue momentáneo; más de ellos surgieron de las sombras, y la desesperación se apoderó de su grupo.

Savitar: “¡Maldita sea! ¿Cuántos son?”

Las palabras se perdieron en el estruendo. Las espadas chocaban contra garras, y los gritos de agonía y desesperación se entremezclaban con el sonido de la lucha. Un grupo de arqueros, que intentaban proporcionar cobertura desde una posición elevada, fue repentinamente atacado por un monstruo volador. Las flechas volaban en todas direcciones, y el pánico se apoderó de ellos.

El miedo había comenzado a hacer mella en las filas de los soldados. Algunos comenzaron a retroceder, el instinto de supervivencia superando el sentido del deber. Las sombras se acercaban cada vez más, como un tsunami de oscuridad que amenazaba con engullir todo a su paso.

Alexis, al ver a sus hombres desmoronarse, se sintió atrapado en una tormenta de impotencia. Con cada caída de un soldado, una parte de su confianza se desvanecía. Se encontró luchando al lado de un guerrero experimentado, un hombre mayor que había sobrevivido a innumerables batallas, pero incluso él comenzaba a mostrar signos de fatiga.

Alexis: “¡Resistan! ¡Recuerden por qué luchamos!”

Pero las palabras se sintieron vacías, como ecos de un pasado que ya no tenía relevancia. La realidad era implacable; la pérdida era inevitable. El número de caídos aumentaba, y los soldados comenzaban a mirar hacia atrás, hacia la ruta de escape que parecía alejarse más con cada monstruo que caía.

Una sombra oscura se lanzó hacia Alexis, y él tuvo que reaccionar rápidamente. Con un movimiento reflexivo, bloqueó el ataque con su escudo, pero la fuerza del impacto casi lo hizo caer. La criatura, herida, se retiró por un momento, pero otros tomaron su lugar.

Mientras la lucha continuaba, Santiago sintió el peso de sus decisiones caer sobre él. Era el líder, pero en ese momento, la verdad lo golpeó con la fuerza de un martillo. No había refuerzos. Esta era la última defensa, y si caían, no habría más esperanzas. La tierra misma parecía tragar la sangre derramada, mientras los gritos de desesperación resonaban en sus oídos.

Los monstruos continuaron su avance, implacables, como un río desbordante. Cada movimiento se volvió más difícil, y la fatiga comenzaba a apoderarse de los soldados. La confianza, que una vez había sido su mayor fortaleza, se había convertido en un peso. Santiago vio a un grupo de soldados intentar reagruparse, pero en el momento que se dieron la vuelta, fueron atacados. Los gritos de aquellos que caían hicieron eco en su mente, una sinfonía de terror que no podría olvidar.

A medida que la batalla avanzaba, la realidad de la situación se volvía más clara. Las bajas eran devastadoras. Santiago se encontraba junto a Savitar, luchando contra una ola interminable de monstruos. La fatiga se acumulaba en sus cuerpos, y cada golpe que daban era más débil que el anterior.

Savitar: “No podemos aguantar más, Santiago. Están por todas partes.”

Santiago asintió, pero en su mente, la pregunta seguía sin respuesta. ¿Cómo podrían luchar contra algo que parecía no tener fin? El sudor caía por su frente, y la sangre de sus compañeros cubría sus manos y su armadura.

En un momento de desesperación, un grito resonó en la distancia. Uno de sus magos había caído, y la chispa de esperanza que alguna vez había iluminado sus corazones comenzó a extinguirse. Los monstruos, como si olfatearan la debilidad, se lanzaron con más ferocidad, aprovechando cada pequeño instante de duda.

Las calles de Juárez se convirtieron en un campo de muerte. Las sombras se arrastraban por las paredes, y los ecos de la batalla llenaban el aire. Santiago, Savitar y Alexis sabían que no podían retroceder. Debían luchar, aunque cada segundo que pasaba parecía como un grillete alrededor de sus corazones.

Los soldados comenzaron a mirar hacia los líderes, buscando dirección, pero la desesperación se reflejaba en sus ojos. La confianza, que había sido una vez un lazo poderoso, se había fragmentado. La lucha se volvió cada vez más caótica, y las líneas se desdibujaron. Algunos, consumidos por el miedo, comenzaron a retirarse, rompiendo la formación.

Alexis: “¡No! ¡Quédense en formación! ¡No podemos permitir que se rompa la línea!”

Pero sus palabras fueron ignoradas. Varios guerreros comenzaron a caer en pánico, y la desconfianza creció como una sombra que se extendía. Las bajas continuaron acumulándose, y las criaturas parecían alimentarse del terror, cada vez más fuertes y más numerosas.

La lucha continuó, pero cada vez más guerreros se desvanecían en el caos. Santiago se dio cuenta de que estaban perdiendo no solo la batalla, sino también a sí mismos. La desolación se apoderó de su mente, y la certeza de la derrota comenzó a anidar en su corazón.

En un último esfuerzo, intentaron reagruparse. Savitar, con la voz llena de desesperación, gritó a sus hombres.

Savitar: “¡Reúnanse! ¡Juntos somos más fuertes! ¡Lucharemos hasta el final!”

Las palabras resonaron, pero la respuesta fue escasa. Algunos soldados comenzaron a unirse a él, mientras que otros, completamente consumidos por el miedo, dieron la espalda y huyeron, dejando a sus compañeros atrás.

La batalla se tornó aún más brutal. Santiago se vio obligado a luchar junto a Savitar, cada golpe era un intento desesperado por mantener la línea. La determinación de los líderes era fuerte, pero la sombra del miedo se cernía sobre ellos. Cada criatura que caía parecía ser reemplazada por dos más, y la situación se volvía cada vez más insostenible.

Santiago: “¡No se rindan! ¡Aguanten un poco más!”

Pero en lo profundo de su ser, sabía que la victoria era un sueño lejano. El sudor y la sangre cubrían el suelo, y la tierra temblaba bajo la carga de la desesperación. La confianza que alguna vez había sido su fuerza se había vuelto su mayor debilidad, y la lucha por sobrevivir se convirtió en una lucha por la desesperación.

Con el tiempo, la noche avanzó, y el paisaje de la batalla se llenó de sombras. Las bajas se convirtieron en una constante, un eco interminable de pérdidas. Los líderes luchaban, pero la realidad los alcanzaba rápidamente; el número de soldados seguía disminuyendo, y la oscuridad se tragaba todo a su paso.

Santiago se sintió atrapado, observando cómo la desesperación se convertía en caos. Las criaturas no cesaban, y cada ataque parecía hacerse más cruel y más despiadado. La lucha era cada vez más personal, y la pérdida de compañeros se sentía como una herida abierta.

El campo de batalla se llenó de susurros de agonía, y los gritos de sus compañeros se convirtieron en ecos lejanos. En medio del caos, la lucha continuaba, pero la esperanza comenzaba a desvanecerse, como el último rayo de luz en un día tormentoso. La tierra temblaba, la oscuridad se cernía, y la batalla, que una vez fue una lucha por la vida, se convirtió en un intento por sobrevivir

Los tres monstruos emergieron de entre las sombras, cada uno con una presencia que eclipsaba a cualquier otra criatura que los soldados hubieran enfrentado antes. El ambiente se tornó denso y opresivo, y una energía oscura y maligna emanaba de sus figuras, haciendo que la tierra misma temblara bajo su poder.

Skeleton King:

El primero de los tres monstruos, conocido como el “Skeleton King”, avanzó lentamente desde la penumbra, su figura descomunal compuesta de huesos retorcidos y envueltos en una armadura antigua. Su presencia era tan imponente que la misma tierra parecía ceder bajo el peso de su aura. Los huesos que lo conformaban parecían haberse fusionado con un poder oscuro, creando una figura que desafiaba toda lógica y naturaleza. Su rostro, una calavera coronada con un yelmo decorado con espinas de obsidiana, carecía de ojos, pero irradiaba una luz espectral que se clavaba en las almas de los guerreros. La energía oscura que emanaba de él parecía succionar el calor y la esperanza de todo lo que le rodeaba, dejando un rastro de desesperación pura.

The Angel of Nightmares:

A su lado, una figura envuelta en llamas infernales se elevó en el aire, desplegando alas hechas de sombras y fuego. Este ser, conocido como el “Angel of Nightmares”, era una amalgama de terror puro y belleza distorsionada. Su piel parecía ser una combinación de plumas carbonizadas y carne ardiente, que goteaba fuego líquido con cada movimiento. En su pecho, un cráneo humano fundido brillaba con un fuego demoníaco, como si las almas de los condenados fueran su núcleo. A su alrededor, el aire se distorsionaba con el calor y el sufrimiento de las pesadillas que traía consigo, haciendo que los soldados en el campo comenzaran a temblar y retroceder ante la visión del mismo infierno encarnado.

Lizard Dragonic:

Finalmente, el tercero de estos seres, conocido como “Lizard Dragonic”, emergió de las sombras, su gigantesco cuerpo cubierto de escamas oscuras que brillaban como el ónix bajo la luz del fuego. Sus ojos, dos abismos de odio rojo, observaron a sus enemigos con una malevolencia que solo una bestia primitiva podría exhibir. Su mandíbula, llena de colmillos afilados y ennegrecidos por las llamas, se curvó en una mueca cruel mientras un fuego negro surgía de su garganta. Cada paso que daba hacía temblar la tierra, como si el mundo mismo temiera su existencia. Su cola, larga y cargada de púas, azotaba el aire con furia, destruyendo todo a su paso mientras avanzaba.

Los tres monstruos se detuvieron al unísono, observando con desprecio a los líderes humanos que permanecían de pie, resistiendo a duras penas la opresiva aura de terror que estos seres emanaban.

Skeleton King: “¿Así que ustedes son los líderes que han resistido hasta ahora? Patético.”

The Angel of Nightmares: “Sus esperanzas son tan frágiles como el fuego que nos rodea. Quemense con nosotros en la oscuridad eterna.”

Lizard Draconic: “Si son tan fuertes como se ven… ¡Enfréntenos! Demuéstrenlo en este campo de muerte. Si caemos, el sistema los recompensará con la victoria que tanto desean.”

En ese momento, un frío y metálico sonido resonó en las mentes de todos los combatientes, como si el mismo sistema que regía este apocalipsis hubiese cambiado las reglas del juego.

Sistema: “Nuevo objetivo: Eliminar a los jefes provinciales. Derrota a Skeleton King, The Angel of Nightmares, y Lizard Draconic para asegurar la victoria. La supervivencia de la humanidad depende de ello.”

Los líderes se miraron entre sí, sin pronunciar una palabra, conscientes de la gravedad de la situación. Este era el último obstáculo, la última prueba. La confianza que alguna vez habían sentido comenzó a desvanecerse, reemplazada por una fría y aterradora realidad. No habría refuerzos. No habría segundas oportunidades. Si ellos caían, la humanidad caería con ellos.

La batalla final estaba a punto de comenzar, y la esperanza de la humanidad pendía de un hilo, sostenido apenas por la voluntad y la fuerza de aquellos que se atrevían a enfrentarse a los horrores de otro mundo.

El primero en dar un paso al frente, decidido a enfrentar a los tres jefes provinciales, fue Alexis. Sin decir palabra, tiró su gorra a un lado y fijó su mirada fría y calculadora en uno de los monstruos, eligiendo a su oponente: Lizard Draconic. Lo señaló con un dedo, un gesto de desafío que resonó con la promesa de destrucción.

Alexis: “Tú serás el primero en probar mi poder como berserker del Señor Ares.”

Lizard Draconic, inicialmente aburrido y confiado, comenzó a avanzar hacia Alexis con una calma calculada, convencido de que el humano frente a él sería una presa fácil. No percibía en Alexis ningún poder que pudiera representar una amenaza real.

Pero en un instante, el aire alrededor de Alexis se cargó con una energía explosiva. Un estallido de poder resonó en cada rincón de las calles asfaltadas, llenando el ambiente con una estela roja oscura. La energía divina del dios de la guerra, Ares, se fusionó con Alexis, cubriendo su cuerpo con un aura que recorría cada fibra de su ser. Sus músculos, piel y alma se hicieron uno, y una armadura que parecía ser una extensión de su propia carne se formó a su alrededor. Esta armadura, de un tono rojo oscuro, chisporroteaba con electricidad a tan altas temperaturas que se volvió peligroso estar cerca de él.

La ira de Alexis, alimentada por la muerte de tantos de sus camaradas, estalló en un grito de guerra. Sin dudarlo, se lanzó violentamente hacia Lizard Draconic. La bestia, todavía sorprendida por la repentina transformación de Alexis, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el berserker se abalanzara sobre ella con una furia implacable.

El primer impacto fue brutal. Alexis embistió a Lizard Draconic con la fuerza de un meteoro, su puño colisionando directamente contra el pecho escamoso del monstruo. El sonido de huesos fracturándose y carne desgarrándose resonó en el aire, mientras Lizard Draconic retrocedía varios metros, escupiendo sangre negra que chisporroteaba al contacto con el suelo.

El cielo, teñido de un ominoso rojo carmesí, parecía responder al combate con destellos de relámpagos que serpenteaban entre las nubes oscuras, como si el mismísimo cosmos se estuviera desmoronando.

En medio de esa tempestad caótica, otro de los líderes, un joven guerrero llamado Savitar, dio un paso adelante. Su figura pequeña pero imponente se erguía con una determinación que desafiaba su juventud. Sus ojos, fijos en la figura que se aproximaba desde la penumbra, irradiaban una confianza férrea. Frente a él, caminaba con pasos silenciosos y cargados de ominosa majestuosidad The Angel of Nightmares, un ser de oscuridad pura, cuyas alas negras se agitaban con una suavidad perturbadora, como si cortaran el aire en sílabas silenciosas.

El ángel detuvo su avance a unos metros de Savitar, inclinando ligeramente la cabeza, evaluando al joven con una mirada que parecía atravesar su alma.

The Angel of Nightmares: “Espero que este combate no sea tan decepcionante como el anterior… Humano.”

Las palabras del ángel resonaron con un eco frío, cargadas de un desprecio que helaba la sangre.

Savitar no dudó un instante. Con un movimiento fluido, activó su inventario dimensional, materializando en un abrir y cerrar de ojos un arsenal de armas y una armadura negra como la noche. Cada pieza de la armadura se ajustó a su cuerpo como una segunda piel, aumentando sus estadísticas en un 500%, otorgándole la fuerza y resistencia necesarias para enfrentar a un ser de tan colosal poder. Aún siendo joven y no cumpliendo con los requisitos para fusionarse con su dios, Savitar se preparó para la batalla con la ferocidad de un emperador que no conoce la derrota. De sus guanteletes surgieron dos cuchillas afiladas que brillaban bajo la luz parpadeante de los relámpagos, listas para desgarrar la carne del enemigo. Sus ojos, llenos de una determinación ardiente, se clavaron en el ángel con una mirada desafiante.

Savitar: “Te haré sentir lo que este humano es capaz de hacer, ángel caído…”

La tensión en el aire era palpable.

De un momento a otro, Savitar se agachó y lanzó su cuerpo hacia adelante con una velocidad que desafiaba la lógica, convirtiéndose en un borrón de pura furia que atravesó el campo de batalla. En un parpadeo, apareció frente al ángel, su puño cargado con una energía destructiva que buscaba destrozar la arrogancia del ser celestial. El impacto fue brutal, pero al instante siguiente, el ángel desapareció, dejando a Savitar golpeando el vacío.

Antes de que pudiera reaccionar, The Angel of Nightmares apareció a su espalda, como una sombra intangible, y con un movimiento tan rápido como letal, trazó un corte a lo largo de la espalda de Savitar. La armadura negra resistió el golpe, pero la fuerza fue tal que lanzó a Savitar violentamente contra el suelo, levantando una nube de polvo y escombros. El joven guerrero rodó por el terreno, levantándose con dificultad, mientras sentía un ardor intenso en su espalda. La batalla apenas comenzaba, y Savitar sabía que estaba ante un oponente cuyo poder superaba todo lo que había enfrentado antes.

Pero en sus ojos no había miedo, solo una furia creciente y una determinación implacable.

El cielo sobre ellos se oscureció aún más, como si la misma noche hubiera descendido para presenciar el choque entre la luz y la oscuridad. El viento ululaba, arrastrando consigo las cenizas del mundo que se desmoronaba a su alrededor.

Cada respiración de Savitar era un desafío al destino, cada latido de su corazón resonaba con la promesa de una venganza sangrienta. Sabía que esta sería una pelea difícil, una batalla que probaría hasta el último resquicio de su fuerza y voluntad. Pero también sabía que no podía

Mientras la batalla entre Savitar y The Angel of Nightmares rugía con una intensidad que sacudía los cielos, en otro punto del campo de batalla solo dos seres de inmenso poder permanecían en pie, observándose con miradas heladas y desafiantes. De un lado, el imponente Rey Esqueleto, una figura espectral que irradiaba una presencia tan abrumadora que hacía que el aire alrededor de él se ondulara con la pura densidad de su poder mágico. Levitar sobre el suelo no era una simple demostración de su poder, sino una declaración de su desprecio por cualquier cosa terrenal. Frente a él, Santiago, un guerrero cuyo porte imponente y expresión llena de confianza no dejaban lugar a dudas de su inquebrantable voluntad.

Sus miradas entrelazadas eran como un choque de titanes en sí mismas, un preludio a la destrucción que estaba por desatarse. Ese momento, tan cargado de tensión que parecía ralentizar el tiempo, fue el detonante. Ambos guerreros, sin pronunciar palabra alguna, dejaron que sus energías se manifestaran, liberando todo su potencial en un espectáculo de poder desmesurado.

El Rey Esqueleto fue el primero en desatar su furia. De sus cuencas vacías, una luz oscura y malévola se encendió como el brillo de estrellas moribundas. Con un rugido inaudible, que se sintió más que se escuchó, dejó escapar una oleada de energía oscura que se propagó en todas direcciones. Las vibraciones del sonido eran tan poderosas que el suelo mismo comenzó a temblar como si estuviera siendo desgarrado desde sus entrañas. La tierra crujió y se abrió en grietas profundas, y los ecos de ese rugido de otro mundo hicieron vibrar el aire, como si el mismo tejido de la realidad estuviera a punto de desgarrarse.

Pero Santiago no se dejó intimidar. Tomó una respiración profunda, invocando la voluntad indomable de Hestia, la diosa del fuego sagrado, cuyos poderes ardían dentro de él como un sol incandescente. Con una concentración férrea, reunió su energía en sus manos, y con un aplauso titánico que resonó como el trueno de mil tormentas, contrarrestó la energía oscura con una fuerza avasallante. El choque de energías fue tan colosal que el campo de batalla entero se sacudió violentamente. Ambos ejércitos, que observaban a sus campeones desde lejos, fueron empujados hacia atrás, como si una explosión invisible los hubiera arrastrado en su onda expansiva.

El suelo bajo los pies de Santiago se convirtió en un mar de llamas, el fuego sagrado de Hestia brotando con una ferocidad indomable, pintando el paisaje de un rojo infernal.

Santiago: “Parece que tendré que ser duro contigo para ganar.”

Las palabras de Santiago resonaron en medio del caos, su voz firme y decidida, cargada de una determinación que no conocía el miedo. Pero en respuesta, el Rey Esqueleto no mostró temor ni duda, sino una extraña alegría, una chispa de emoción que brillaba en sus ojos vacíos.

Rey Esqueleto: “Hazme sentir lleno de vida… como cuando caminaba entre los humanos en la tierra de los vivos.”

Sus palabras eran una macabra ironía, una declaración que contenía en sí misma un deseo de revivir lo que había perdido hace eones. Pero también eran un desafío, una invitación a un duelo que trascendía la mera batalla física, un enfrentamiento de voluntades que sacudiría los cimientos de lo que quedaba del mundo.

Y así, con la furia de dos dioses enfrentados, ambos se lanzaron al ataque.

El Rey Esqueleto desplegó su poder oscuro, materializando tentáculos luminosos que emergían de las sombras a su alrededor. Cada uno de esos tentáculos, vibrando con una energía siniestra, se movía con la velocidad de un rayo, cortando el aire en busca de la carne de Santiago. Las sombras cobraron vida, danzando en torno al esqueleto, amplificando su poder, mientras lanzaba cortes de energía oscura que silbaban en el aire como gritos de almas condenadas.

Santiago, por su parte, desplegó toda la fuerza de su cuerpo musculoso, sus manos enormes interceptando los tentáculos con una precisión casi sobrenatural. Cada vez que uno de esos látigos de energía se aproximaba, Santiago lo desviaba con un golpe rápido y certero, sus puños cruzando el aire con un poder que podría destrozar montañas. El sonido del metal resonando contra la oscuridad llenó el campo de batalla, creando una sinfonía de destrucción.

Pero entre los múltiples ataques, uno se ocultó en las sombras de los otros, un corte letal que se deslizó entre la maraña de tentáculos. Santiago lo vio un segundo demasiado tarde. El corte impactó de lleno en su pecho, rasgando su ropa y dejando al descubierto su piel endurecida por mil batallas. El impacto fue brutal, empujándolo hacia atrás varios metros, pero su cuerpo resistió. La sangre manó de la herida, pero Santiago no se tambaleó.

Una sonrisa desafiante curvó sus labios, mientras el fuego a su alrededor ardía con una intensidad aún mayor. El Rey Esqueleto había logrado marcarlo, pero no sería suficiente para detenerlo. Al contrario, la herida solo avivó la furia dentro de él.

El cielo, ahora un lienzo de rayos que danzaban en medio de la oscuridad, fue testigo de cómo estos dos titanes chocaban una y otra vez, cada golpe cargado de una fuerza que sacudía el mismo firmamento. La batalla entre Santiago y el Rey Esqueleto no era solo un enfrentamiento físico, era una lucha entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, en un mundo que se tambaleaba al borde de la aniquilación total.

Y el destino del mundo entero colgaba de un hilo en esa danza macabra de destrucción y poder.

Alexis vs. Lizard Draconic

El primer golpe de Alexis fue devastador, su puño estrellándose contra el pecho de Lizard Draconic con la fuerza de un martillo de guerra. Las escamas endurecidas de la criatura crujieron bajo el impacto, y un sonido seco resonó cuando las costillas del monstruo se fracturaron. La sangre negra que brotó de su boca dejó un reguero viscoso mientras la criatura retrocedía, tambaleándose por la intensidad del golpe. Alexis, sintiendo la resistencia que aún quedaba en la bestia, sabía que tenía que ir más allá de sus límites si quería salir vivo.

Lizard Draconic no dejó que el dolor lo detuviera. Con un rugido lleno de ira y desesperación, cargó contra Alexis, su garra derecha extendida en un intento de destrozarlo. Alexis reaccionó con rapidez, pero no fue suficiente. La garra afilada del monstruo se clavó en su costado, rasgando a través de su carne y perforando los músculos intercostales, mientras una de sus costillas se astillaba por la fuerza del ataque. El dolor lacerante atravesó el cuerpo de Alexis, quien fue lanzado hacia atrás, su cuerpo chocando contra una roca cercana. El impacto fue tan fuerte que sintió como la clavícula derecha se fracturaba, enviando una onda de dolor a través de su brazo.

El guerrero no podía permitirse el lujo de sucumbir al dolor. Gritando a través de la agonía, se levantó con dificultad, su respiración entrecortada y dolorosa. Lizard Draconic no iba a darle descanso. La criatura saltó hacia adelante, con las fauces abiertas para morder. Alexis, a pesar de su cuerpo herido, logró esquivar a duras penas, pero el golpe de la cola de la bestia lo alcanzó en el abdomen, haciéndolo doblarse por la mitad. Sintió cómo su estómago se comprimía, y el aire fue forzado fuera de sus pulmones, dejándolo momentáneamente paralizado.

Con el estómago revuelto y un dolor sordo pulsando en su abdomen, Alexis reunió todas sus fuerzas para contraatacar. Su puño izquierdo, cargado con la poca energía que le quedaba, se estrelló contra el rostro de Lizard Draconic. El cráneo del monstruo se deformó bajo la presión, y una cascada de sangre negra brotó de su hocico roto. Alexis sabía que este era el momento decisivo.

Aprovechando la debilidad momentánea de su enemigo, Alexis concentró cada gramo de su fuerza en un último golpe. Con un rugido que resonó como un trueno en la tormenta, su puño descendió sobre el cráneo del monstruo, aplastándolo contra el suelo con una fuerza tremenda. El crujido de los huesos del cráneo rompiéndose fue ensordecedor, y finalmente, Lizard Draconic quedó inerte, su cuerpo sin vida colapsando sobre sí mismo.

Alexis, jadeando y tambaleándose, se quedó de pie sobre el cadáver de la bestia, su cuerpo temblando por el esfuerzo extremo. La sangre brotaba de sus heridas, y cada respiración le causaba un dolor agudo en el pecho y el abdomen. Pero a pesar de todo, había ganado. Su mirada era fija y dura, y aunque sabía que estaba al borde de sus fuerzas, se mantuvo firme, victorioso pero gravemente herido.

Savitar vs. The Angel of Nightmares

Savitar miró al Angel of Nightmares con una mezcla de desafío y odio. Sabía que enfrentarse a una criatura de tal poder requería todo lo que tenía, incluso más allá de sus límites. Con un movimiento decidido, activó su inventario dimensional, envolviéndose en una armadura negra que amplificaba sus habilidades, preparándose para lo que sabía sería la pelea de su vida.

El ángel no se inmutó ante la transformación de Savitar, su mirada fría y calculadora no mostraba ninguna emoción. “Espero que este combate no sea decepcionante como el anterior… Humano,” dijo, sus palabras cargadas de veneno. Savitar no respondió verbalmente, pero su mirada lo decía todo. Con un grito feroz, se lanzó hacia adelante, sus cuchillas negras destellando mientras cortaban el aire.

El impacto inicial fue brutal, pero no en la forma que Savitar esperaba. The Angel of Nightmares se desvaneció justo antes de que el golpe pudiera conectarse, apareciendo detrás de Savitar en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que el joven guerrero pudiera reaccionar, sintió una explosión de dolor en su espalda. El filo de la espada del ángel atravesó su armadura, desgarrando el músculo trapecio derecho y lacerando profundamente el tejido muscular. Un chorro de sangre brotó de la herida, mientras Savitar caía al suelo, rodando por el impacto.

El dolor fue insoportable, pero Savitar no tenía tiempo para detenerse. Con un esfuerzo sobrehumano, se levantó, su espalda ardiendo con un dolor abrasador. Cada movimiento tiraba de los músculos desgarrados, y el metal de su armadura se sentía como un peso muerto. Savitar sabía que no podía permitir que el ángel lo superara en velocidad nuevamente. Concentró toda su energía, liberando una onda de poder oscuro que distorsionó el aire a su alrededor, creando una barrera momentánea que le dio unos segundos preciosos.

The Angel of Nightmares se acercó de nuevo, pero esta vez Savitar estaba listo. Esquivó a duras penas el ataque, girando su cuerpo para evitar el golpe y lanzando un contraataque con sus cuchillas. El ángel fue sorprendido por la rapidez del movimiento, y una de las cuchillas de Savitar cortó la piel etérea del ángel, enviando una ráfaga de energía oscura a través de su ser. El ángel gruñó de dolor, retrocediendo unos pasos.

Pero Savitar sabía que no podía dejar que el ángel recuperara el control. Con un grito de pura determinación, cargó de nuevo, esta vez atacando con todo lo que tenía. Cada golpe era preciso, y a pesar del dolor en su espalda, logró golpear al ángel repetidamente, haciendo que la criatura gruñera de dolor y retrocediera aún más. Pero The Angel of Nightmares no estaba acabado. Con un rugido furioso, desató un ataque de energía que golpeó a Savitar directamente en el pecho, rompiendo la placa pectoral de su armadura y enviándolo a volar hacia atrás. El impacto fue tan fuerte que una de sus costillas se fracturó, perforando ligeramente su pulmón izquierdo, lo que hizo que Savitar comenzara a toser sangre.

Sabía que estaba al límite. El dolor en su pecho era insoportable, y cada respiración era un esfuerzo titánico. Pero no podía rendirse. Con la visión nublada, se levantó una vez más, concentrando toda su energía en un último ataque. Sus cuchillas brillaron con una luz oscura, y con un grito final, cortó a través del pecho del ángel, dividiéndolo en dos con una precisión mortal.

The Angel of Nightmares soltó un grito de pura agonía antes de desintegrarse en la nada. Savitar cayó de rodillas, tosiendo sangre, pero victorioso. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo, cubierto de heridas y al borde de la muerte, pero se mantuvo firme. Apenas respiraba, cada inhalación era un recordatorio de su fragilidad humana, pero sabía que había ganado, aunque a un precio altísimo.

Santiago vs. El Rey Esqueleto

Santiago apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando las espadas de energía del Rey Esqueleto se precipitaron hacia él. Con un rápido movimiento, levantó un escudo que apareció súbitamente en su mano, materializándose a partir de su inventario dimensional. Este espacio oculto le permitía almacenar y acceder a todas sus armas en un instante, una habilidad que Santiago había perfeccionado para la batalla.

El escudo bloqueó el primer ataque, pero la fuerza detrás de la espada era tremenda. El impacto resonó a través de su brazo, y sintió cómo el húmero crujía por la presión, enviando un dolor agudo que se extendió por todo su cuerpo. Apretó los dientes, su rostro una máscara de determinación, mientras luchaba por mantenerse en pie.

El Rey Esqueleto, implacable, no dejó de atacar. Otro tentáculo se lanzó hacia él, esta vez dirigido a su pierna. Santiago intentó esquivar, pero el filo afilado del tentáculo le rozó el muslo, cortando a través de su armadura y desgarrando el músculo cuádriceps. El dolor lacerante lo hizo tambalearse, pero no cayó. Con una mezcla de furia y resistencia, lanzó un grito de batalla, y de su inventario dimensional materializó una espada pesada, levantándola con ambas manos, ignorando el dolor en su brazo.

El Rey Esqueleto se rió con una voz hueca y siniestra, como si se burlara de la desesperada resistencia de Santiago. Los tentáculos se alzaron una vez más, preparándose para el golpe final, pero Santiago estaba preparado. Con un movimiento rápido y preciso, lanzó su escudo hacia uno de los tentáculos, desviando su trayectoria y, al mismo tiempo, lanzó su espada con una fuerza brutal hacia el centro del torso del esqueleto.

La espada, cuya hoja había sido forjada especialmente para romper la defensa de sus enemigos, penetró el pecho del Rey Esqueleto, atravesando las costillas de hueso que lo protegían. El esqueleto soltó un grito de dolor, y por primera vez, la arrogancia en su risa se desvaneció. Santiago se abalanzó hacia adelante, agarrando la empuñadura de su espada con ambas manos y, con un esfuerzo titánico, la giró dentro del torso del esqueleto. El sonido de los huesos rompiéndose fue ensordecedor, y una ráfaga de energía oscura explotó hacia afuera.

La energía liberada arrojó a Santiago hacia atrás, haciéndolo chocar contra una roca con tal fuerza que sintió cómo varias vértebras de su columna se comprimían, enviando una ola de dolor a través de su espalda. Su visión se nubló por un momento, y un sabor metálico llenó su boca cuando comenzó a toser sangre. El aire se sentía pesado, cada respiración era un recordatorio del daño interno que había sufrido. Pero no estaba acabado.

Tosiendo sangre, Santiago luchó por ponerse de pie. Sabía que no podía dejar que el Rey Esqueleto se recuperara. Usando su inventario dimensional una vez más, convocó una nueva arma: una espada larga, cuyo filo relucía con un brillo oscuro, listo para el último asalto.

El Rey Esqueleto, ahora gravemente herido, intentó lanzar un último ataque desesperado. Santiago lo esquivó con dificultad, su cuerpo gritando de dolor con cada movimiento. Con un grito final, cargó hacia el esqueleto, su espada descendiendo con un arco mortal.

El filo de la espada cortó limpiamente a través del cráneo del esqueleto, partiéndolo en dos. El Rey Esqueleto emitió un último alarido antes de desplomarse, sus huesos desmoronándose en una nube de polvo oscuro.

Santiago, jadeando y cubierto de sudor y sangre, permaneció de pie sobre los restos del Rey Esqueleto. Sus músculos temblaban por el esfuerzo, y cada herida en su cuerpo ardía con un dolor abrasador. Pero, a pesar de todo, había ganado. El cansancio extremo estaba escrito en su rostro, pero sus ojos brillaban con la determinación de alguien que había superado lo imposible. Santiago permaneció de pie, triunfante, pero consciente de que esta victoria había tenido un costo alto.

Esa jornada culminó en un silencio abrumador, en el que los tres líderes, apenas de pie, se encontraron al borde de la desesperación. Sus cuerpos estaban destrozados, marcados por las heridas y el sufrimiento. Las armaduras, antes brillantes y resistentes, ahora colgaban en jirones, desgarradas y ennegrecidas por el fuego del combate. Las armas que una vez habían sido sus compañeras de batalla, estaban rotas y despojadas de su gloria. Un aire de agotamiento palpable llenó el campo de batalla mientras se miraban entre sí, compartiendo una conexión más allá de las palabras.

Con un último esfuerzo, Santiago, Savitar, y Alexis se dejaron caer al suelo, sus cuerpos cansados y doloridos tocando la tierra fría. Miraron al cielo, donde las nubes grises se disolvían lentamente, revelando un destello de luz. En ese instante, alzaron sus manos, una señal de triunfo y resistencia, y gritaron al unísono con una voz firme que resonó en el aire:

Santiago: “¡Sobrevivimos!”

Un eco de sus palabras se perdió en la brisa, pero en sus corazones, la victoria latía con fuerza. La euforia comenzó a reemplazar el dolor mientras se entrelazaban en un abrazo fraternal, celebrando el hecho de que habían enfrentado a monstruos que habrían hecho temblar a cualquier guerrero.

En ese momento de respiro, el sistema, omnipresente y siempre vigilante, reconoció sus hazañas. Una serie de luces brillantes emergieron del vacío, iluminando el campo con un destello sobrenatural. El cielo pareció responder a su esfuerzo, regalándoles recompensas dignas de héroes. Armaduras nuevas y armas relucientes se materializaron ante ellos, cada una forjada por sus dioses protectores, como un símbolo de honor y gratitud.

Sin embargo, el verdadero regalo que les aguardaba fue aún más sorprendente. El sistema, en su infinita sabiduría, había decidido otorgarles un obsequio singular. Un huevo, de una bestia divina aleatoria, apareció frente a cada uno de ellos, brillando con una luz que parecía pulsar con vida propia. Su textura era suave, casi etérea, con un diseño que reflejaba los colores de sus dioses. Pero había un misterio en cada uno de esos huevos, un secreto que permanecería oculto hasta el día de su nacimiento.

Savitar, con una sonrisa que iluminaba su rostro lleno de cicatrices, sostuvo su huevo, sintiendo la promesa de un futuro. Alexis, con su mirada intensa y decidida, hizo lo mismo, su mente ya imaginando las posibilidades de lo que podría surgir de su regalo.

El sistema habló nuevamente, su voz resonando en sus mentes:

Sistema: “Evento principal actualizado. Tomar Córdoba y liberarla del dios maligno antes de la próxima ola. Tiempo restante: 1 mes, 23 horas, 60 minutos.”

El peso de la responsabilidad se cernía sobre ellos, pero en lugar de miedo, sentían un renovado sentido de propósito. La batalla que se aproximaba no solo era una lucha por la supervivencia, sino una oportunidad de recuperar lo que una vez fue suyo. Mirando entre sí, con la determinación ardiente en sus corazones, los tres líderes sabían que no estaban solos. Juntos, enfrentarían cualquier desafío que el destino les deparara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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