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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - Capítulo 14: La Ciudad del silencio
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Capítulo 14: La Ciudad del silencio

El lugar era sombrío, envuelto en una penumbra que, a pesar de la poca luz del sol que lograba atravesar aquellas nubes rojizas, se sentía opresiva y desoladora. Los rostros de todos estaban pálidos, cargados de tristeza y frustración. Habían perdido no solo a una amiga, sino también a alguien con quien habían compartido innumerables dificultades: su líder. Benjamín, aunque carente de muchas virtudes, no era diferente a ellos en nada. Después de aquel entrañable combate en el que quedaron solos en el puente, decidieron regresar sigilosamente al pueblo de los vagabundos. El silencio y la cautela acompañaron sus pasos hasta que encontraron refugio en un edificio seguro, donde podrían pasar una noche tranquila y procesar lo sucedido.

Brenda rompió el silencio que llenaba la sala, sus palabras cargadas de arrepentimiento:

Brenda: “Deberíamos haber sido más precavidos… nos confiamos pensando que Benjamín podría solo.”

Rosario seguía apoyada contra la pared, sus pensamientos oscureciéndose cada vez más. Este mundo extraño y cruel, donde la supervivencia era lo único que importaba, los estaba cambiando. Los transformaba en algo que nunca habían sido, enfrentándolos a realidades que en sus vidas fáciles y pacíficas no habían experimentado. Sentía cómo el peso de todo lo vivido se apilaba en su pecho, cómo la desconfianza y la tristeza creaban grietas en su espíritu.

Pato, sentado en un rincón con la mirada perdida, finalmente rompió el silencio que había vuelto a asentarse en la habitación.

Pato: “Mierda… deberíamos habernos quedado atrás, en casa, donde pudiéramos alistarnos. Quizás no hubiéramos tenido tantas bajas y—”

Ibarra, que permanecía de pie con los brazos cruzados, lo interrumpió con voz firme.

Ibarra: “Si hubiéramos estado en el barrio, nos habrían atacado desde todos lados. ¿Viste la destrucción que causaron esos dos en la ciudad? Imagina lo que hubiera pasado si hubieran peleado allí.”

Russo, aunque visiblemente afectado, asintió con pesadumbre.

Russo: “Lamentablemente, aunque me cueste aceptarlo… tienes razón.”

Pato chasqueó la lengua con frustración, pero no replicó. La incertidumbre y el pesar eran evidentes en cada uno de ellos. Sus mentes estaban atrapadas en un ciclo de “¿qué hubiera pasado si…?”.

Fue entonces cuando Jamal, siempre pragmático, decidió intervenir. Se enderezó, y su voz resonó en la sala con un tono severo pero necesario.

Jamal: “Pensar en lo que hubiera pasado si hubiéramos hecho esto o aquello no va a solucionar nada. Solo estamos desperdiciando energía y llorando la muerte de alguien en vano.”

Sasha, conocida por su crudeza, añadió con una sonrisa triste:

Sasha: “Como dicen, ‘Si mi abuela no se hubiera muerto, todavía estaría viva’. No tiene sentido pensar en lo que podríamos haber hecho. Lo que importa es que seguimos aquí, vivos. Agradezcamos que no somos nosotros los que estamos muertos o destruidos.”

Sus palabras, aunque duras, tenían un núcleo de verdad que no podían ignorar. Este no era el mundo de antes, lleno de paz y tiempo para reflexionar. Este era un mundo en el que la anarquía reinaba, donde no había reglas, y la única ley era la de la supervivencia. Solo los fuertes sobreviven, y si no se adaptaban a esta realidad, se convertirían en presas o en cadáveres para algún otro sobreviviente.

Después de esa larga y pesada noche, el sistema les informó sobre el evento que se avecinaba: Tomar la Ciudad de Córdoba. El plan de regresar al barrio cambió de inmediato. Ahora, debían adentrarse en la ciudad, investigar y tomar cada punto estratégico posible, además de obtener información sobre los monstruos, los jefes, y sobre todo, sobre el dios maligno que dominaba la ciudad. Este era un evento provincial, lo que significaba que toda Córdoba tendría que participar y llegar al centro, a la capital, donde se encontraba el enemigo principal.

Sin embargo, esto no significaba que todos los grupos estuvieran unidos o que todas las intenciones fueran nobles. El grupo de Jack ya había demostrado lo contrario. Decidieron entonces dividirse en dos grupos para maximizar sus esfuerzos.

El primer grupo, Alfa, se quedaría en el edificio en el que se encontraban, que sería el punto estratégico número 1 cerca del puente que daba entrada a la ciudad. Este grupo estaba compuesto por Jamal, Markitos, y Valentina.

El segundo grupo, Omega, tendría la tarea de adentrarse en la ciudad en busca de información y tomar puntos estratégicos como centros comerciales, medios de transporte y mazmorras con materiales. Rosario sería la líder de este grupo, compuesto por Ibarra, Sasha, Russo, Pato, Chino, Victoria y Brenda.

Con el plan establecido, se despidieron del grupo Alfa y partieron rumbo a la ciudad de Córdoba. Cruzaron el puente y, una vez dentro, decidieron dividirse y explorar por su cuenta. El punto de encuentro sería el Hotel Quinto Centenario, donde montarían un campamento en el tejado.

Pero Este mundo extraño, donde la supervivencia era clave, los estaba cambiando poco a poco, obligándolos a experimentar lo que en sus vidas fáciles y pacíficas jamás habían conocido. La desconfianza en el corazón de Rosario, la tristeza en la mente de Brenda, el miedo que se arraigaba en los corazones de todos frente a un enemigo que parecía insuperable. Eran como cazadores siendo cazados por su propia presa.

Rosario y su equipo cruzaron el Puente Centenario al caer la tarde, cuando la luz del día comenzaba a desvanecerse y la penumbra se apoderaba de la ciudad de Córdoba. El río Suquía fluía oscuro y amenazante debajo de ellos, sus aguas reflejando los destellos de luces en ruinas y la sombra ominosa de los edificios parcialmente destruidos. El aire estaba cargado de humedad, y el silencio era interrumpido ocasionalmente por los crujidos de estructuras colapsadas en la distancia y el aullido lejano de alguna bestia desconocida.

Grupo Omega, compuesto por Rosario, Ibarra, Pato, Chino, Victoria y Brenda, avanzó con cautela, manteniendo sus sentidos alerta y sus armas listas. El puente los llevó directamente a la Avenida Emilio Olmos, donde las primeras señales de devastación eran ya evidentes. Los autos abandonados bloqueaban partes de la calle, algunos volcados o incendiados, dejando un rastro de destrucción que hablaba de los eventos que habían ocurrido días antes. La avenida, normalmente bulliciosa y llena de vida, ahora era un vestigio vacío y desolado de lo que alguna vez fue.

Rosario hizo un gesto con la mano, indicando a todos que se detuvieran mientras examinaba los alrededores. Sabía que necesitaban dividirse para cubrir más terreno y cumplir con su misión. El objetivo principal era recopilar la mayor cantidad de información sobre la situación en el centro de Córdoba y encontrar puntos estratégicos para establecer su base de operaciones. Además, tenían que estar atentos a cualquier señal de los jefes de zona y los cristales que habían sido mencionados en informes anteriores.

Rosario: “Nos separamos aquí. Ibarra, Pato, tomen la derecha y sigan la calle Dean Funes hasta llegar a la Plaza Colón. Chino, Victoria, ustedes tomen la izquierda y vayan por la Avenida Vélez Sársfield hasta la Plaza San Martín. Brenda y yo tomaremos la Avenida Maipú y nos dirigiremos hacia la Terminal de Ómnibus. Todos deben regresar al Hotel Quinto Centenario en tres horas, sea cual sea la situación. Manténganse en contacto constante. ¡Buena suerte!”

El grupo se dividió rápidamente, cada dúo tomando su respectiva ruta, sabiendo que el tiempo apremiaba y que cada minuto perdido podía significar un peligro mayor. Rosario y Brenda comenzaron su recorrido por la Avenida Maipú, avanzando con sigilo entre los escombros y esquivando los restos de un mundo colapsado. Los edificios en esta zona, aunque menos dañados que en otras áreas, aún mostraban signos de lucha. Vidrios rotos, fachadas agrietadas, y rastros de fuego reciente eran evidencias de los enfrentamientos que habían tenido lugar.

Mientras avanzaban, Rosario sentía una mezcla de ansiedad y determinación. Su mente estaba enfocada en la misión, pero no podía evitar que su corazón latiera más rápido ante la idea de lo que podían encontrar más adelante. Sabía que estaban entrando en territorio desconocido, y aunque confiaba en las habilidades de su equipo, la incertidumbre era una constante en esta nueva realidad.

Avenida Dean Funes – Ibarra y Pato

Ibarra y Pato tomaron la calle Dean Funes, avanzando con cautela hacia la Plaza Colón. A medida que se adentraban más en la ciudad, los edificios se volvían más altos, proyectando sombras más largas y oscuras que parecían devorar la luz restante del día. El silencio era opresivo, interrumpido solo por el sonido de sus propios pasos y el ocasional ruido distante de algo moviéndose entre los escombros.

Pato: “Esto es un maldito laberinto… cada esquina parece la misma.”

Ibarra: “Mantente enfocado. Sabemos a dónde vamos. Solo tenemos que llegar a la Plaza Colón y ver qué encontramos allí.”

La calle Dean Funes, normalmente una vía principal que conectaba con varios puntos importantes de la ciudad, ahora era un caos de vehículos abandonados y barricadas improvisadas. Ibarra lideraba el camino, con sus sentidos agudizados por la adrenalina, mientras Pato cubría su espalda, atento a cualquier amenaza.

Al acercarse a la Plaza Colón, comenzaron a notar rastros de sangre en el pavimento, así como huellas de lo que parecían ser criaturas enormes. El aire se volvió más denso, y una sensación de peligro inminente hizo que ambos aumentaran su velocidad. Cuando finalmente llegaron a la plaza, se encontraron con una visión aterradora: un minotauro gigantesco patrullaba el área, custodiando un enorme huevo que estaba siendo alimentado con cuerpos humanos. La criatura, de al menos cuatro metros de altura, estaba rodeada por lo que parecían ser cristales oscuros que pulsaban con una luz débil pero constante.

Ibarra: “Mierda… Esto es peor de lo que imaginaba. Ese huevo… lo están alimentando con gente. Debemos informar a los demás de inmediato.”

Pato, visiblemente perturbado por la escena, solo pudo asentir mientras sacaba su dispositivo de comunicación para enviar una señal de advertencia al resto del grupo. Sabían que no podían enfrentarse a esa criatura solos, y que su prioridad era recopilar información y regresar al punto de encuentro.

Avenida Vélez Sársfield – Chino y Victoria

Chino y Victoria avanzaron rápidamente por la Avenida Vélez Sársfield, uno de los ejes principales del centro de Córdoba. La avenida, que alguna vez fue una de las más transitadas de la ciudad, ahora era un corredor vacío y sombrío. Los escaparates de las tiendas estaban destrozados, y las aceras estaban cubiertas de escombros y cristales rotos. El olor a humo y la descomposición llenaban el aire, haciendo que cada respiración fuera un recordatorio de la devastación que los rodeaba.

Victoria: “Nunca pensé que llegaría a ver algo así… toda esta destrucción. ¿Cómo podemos siquiera empezar a arreglar esto?”

Chino: “No lo haremos. Este no es nuestro mundo para arreglar. Solo tenemos que sobrevivir lo suficiente como para llegar al siguiente día.”

Chino mantenía su mirada fija al frente, pero no podía evitar notar la tristeza en los ojos de Victoria. Sabía que todos estaban lidiando con sus propios demonios internos, pero en este momento, no había tiempo para la compasión o el consuelo. Tenían una misión, y cualquier distracción podía ser mortal.

Al llegar a la Plaza San Martín, ambos se detuvieron para observar su entorno. La plaza, uno de los lugares más emblemáticos de Córdoba, estaba ahora en ruinas. El monumento a San Martín estaba destrozado, su figura decapitada y los restos dispersos por el suelo. Sin embargo, lo que captó su atención fue un cristal negro en el centro de la plaza, rodeado de lo que parecían ser cadáveres reanimados que vagaban sin rumbo fijo.

Chino: “Ese cristal… debe ser uno de los que mencionaron. Está infectando a los muertos, reanimándolos.”

Victoria, aunque asustada, logró mantener la calma. Sabía que debían obtener más información, pero acercarse al cristal era demasiado peligroso en este momento. Decidieron tomar fotografías a distancia y enviar un informe preliminar al resto del equipo antes de continuar hacia el Hotel Quinto Centenario.

Avenida Maipú – Rosario y Brenda

Rosario y Brenda avanzaban con pasos rápidos pero cautelosos a través de las desoladas calles del centro de Córdoba. La ciudad que alguna vez fue bulliciosa, llena de vida y de movimiento constante, ahora se asemejaba a un escenario de pesadilla. Edificios colapsados, vehículos abandonados y en llamas, yacían dispersos a lo largo de las avenidas. Las sombras se alargaban de manera siniestra bajo la tenue luz de la luna, proyectando formas distorsionadas que parecían cobrar vida propia.

El camino hacia la Terminal de Ómnibus era largo y peligroso. Rosario lideraba, con los ojos alerta, escaneando cada rincón en busca de cualquier señal de movimiento. Sabía que en esta nueva realidad, cualquier cosa podía ser una amenaza. Desde las esquinas de las calles, criaturas deformes acechaban en las sombras, sus ojos brillando con un odio sobrenatural.

Brenda: “No puedo creer que esto sea real… Córdoba, nuestra Córdoba, convertida en esto.”

Rosario: “Tienes que enfocarte. Esto es lo que hay ahora. Y si queremos sobrevivir, debemos estar listas para enfrentarlo.”

Las dos mujeres habían logrado salir del núcleo del caos inicial en la Plaza San Martín y ahora se dirigían hacia la Terminal de Ómnibus, que se erigía como su único punto de reunión con los demás. El sonido de sus pasos era lo único que rompía el silencio inquietante de la noche, un silencio que en cualquier momento podría ser destrozado por los gritos de las bestias que infestaban la ciudad.

A medida que se acercaban, comenzaron a sentir una vibración en el suelo, como si algo colosal se moviera en la distancia. Brenda detuvo su marcha por un momento, sintiendo cómo el suelo temblaba bajo sus pies.

Rosario: “¡Rápido! ¡Hacia esa calle lateral!”

Ambas se apresuraron a doblar en una esquina, entrando en una callejuela estrecha que los altos edificios mantenían en penumbra. Desde la oscuridad, escucharon un rugido atronador que reverberó a través de las calles desiertas, un sonido profundo y gutural que les hizo estremecerse.

Brenda: “¿Qué fue eso?”

Rosario: “No sé, pero no es algo con lo que podamos enfrentarnos directamente. Tenemos que encontrar otra ruta.”

A medida que avanzaban por la estrecha calle, los edificios a su alrededor comenzaron a parecer menos familiares. El Barrio Nueva Córdoba, que en otro tiempo conocían como la palma de su mano, ahora estaba irreconocible. La arquitectura estaba plagada de grietas, algunas estructuras completamente derrumbadas, mientras que otras mostraban signos de haber sido brutalmente atacadas por algo más grande que cualquier ser humano.

Rosario: “Vamos a tomar la Avenida Vélez Sarsfield. Si seguimos por allí, podemos rodear la Plaza España y entrar a la Terminal desde el lado sur.”

La avenida se extendía ante ellas como una franja abierta, bordeada por lo que quedaba de los edificios de oficinas y locales comerciales. Las luces de neón de antaño parpadeaban esporádicamente, proyectando un espectro de colores apagados sobre las calles. El eco de sus pasos se mezclaba con el zumbido distante de la electricidad intermitente.

De repente, mientras avanzaban, un destello de luz verde iluminó el cielo nocturno. Una figura enorme apareció en el horizonte, caminando a lo lejos, cerca de la Plaza España. La criatura tenía la forma de un centauro, pero su tamaño era descomunal, con el torso humanoide coronado por cuernos retorcidos y un par de ojos que resplandecían con un brillo antinatural. Rosario y Brenda se detuvieron en seco, observando con horror cómo la bestia levantaba una mano colosal hacia el cielo y conjuraba un círculo de energía que chisporroteaba con poder destructivo.

Rosario: “¡Dios mío! No podemos enfrentarnos a eso. Necesitamos desviarnos aún más.”

Brenda: “¿Y si nos ve? ¡Es imposible que pasemos desapercibidas con algo así cerca!”

Rosario: “Tendremos que correr. Por el túnel bajo la Avenida Hipólito Yrigoyen. Nos llevará directamente al Parque Sarmiento. Desde allí, podríamos tener una oportunidad de llegar a la Terminal.”

El túnel era oscuro y húmedo, las paredes manchadas por el paso del tiempo y el abandono. Rosario y Brenda corrieron a través de él, el sonido de su respiración rápida reverberando en el espacio cerrado. Las luces parpadeaban erráticamente, creando sombras que parecían danzar en las paredes, como si el mismo túnel estuviera vivo y consciente de su presencia.

Cuando finalmente emergieron del otro lado, se encontraron en el borde del Parque Sarmiento. El parque que una vez había sido un lugar de esparcimiento y alegría, ahora se sentía ominoso. Los árboles, que solían dar sombra, se erguían como figuras fantasmales en la penumbra, y los caminos serpenteaban a través del terreno como arterias de un cuerpo moribundo.

Rosario: “Debemos cruzar el parque rápido, el borde del Parque de las Tejas está cerca. Desde allí, la Terminal está a un par de cuadras.”

Brenda: “¡Mira! ¡Allí! ¡Algo se está moviendo!”

En lo profundo del parque, vieron una figura que no tenía ninguna forma reconocible, era una masa de sombras que se desplazaba con una gracia antinatural, deslizándose entre los árboles como una niebla espesa. Los ojos de la criatura brillaban con un rojo intenso, y parecía absorber la luz a su alrededor, envolviendo todo en una oscuridad sofocante.

Rosario: “¡Cuidado! ¡Es una sombra viviente! Evítala a toda costa.”

El miedo latente en ambas se intensificó mientras intentaban atravesar el parque sin atraer la atención de la criatura. Sus corazones martilleaban en sus pechos mientras avanzaban por el terreno desigual, evitando hacer ruido. Pero entonces, el cielo nocturno se iluminó una vez más, y un estruendo sacudió la tierra. La sombra se detuvo, sus ojos rojos se fijaron en ellas por un momento que pareció eterno, y luego comenzó a moverse con una velocidad aterradora.

Brenda: “¡Está viniendo hacia nosotras!”

Rosario: “¡Corre, hacia el Puente Avellaneda! ¡No te detengas!”

Ambas salieron disparadas a través del parque, con la sombra acechante a pocos metros detrás de ellas. El puente que conectaba el parque con la zona sur del centro de la ciudad apareció ante ellas como una esperanza frágil. Rosario apretó el paso, sus piernas quemaban por el esfuerzo, pero no podía permitirse el lujo de parar.

El puente vibró bajo sus pies mientras lo cruzaban, y al llegar al otro lado, Rosario lanzó una mirada rápida hacia atrás. La sombra había cesado su persecución, deteniéndose en el borde del parque, como si no pudiera o no quisiera cruzar. Un suspiro de alivio escapó de sus labios, pero no se permitió detenerse por mucho tiempo.

Brenda: “¡Allí! ¡Es la Terminal!”

La Terminal de Ómnibus se erguía ante ellas, un edificio imponente que había sobrevivido al caos, aunque no sin daños. Las luces exteriores estaban apagadas, y las grandes ventanas habían sido destrozadas, dejando un silencio que solo se rompía por el viento que silbaba a través de las estructuras dañadas.

Rosario: “No podemos bajar la guardia. Las criaturas que vimos en el parque podrían estar aquí también.”

Entraron con cautela en la terminal, sus sentidos agudizados por la adrenalina. El vestíbulo estaba en ruinas, con escombros esparcidos por todas partes y cadáveres que yacían en posturas macabras. Pero no eran solo cuerpos humanos; entre ellos, bestias gigantescas habían caído, sus formas deformes indicando que no eran de este mundo. Algunos tenían cuernos, otros alas, y sus pieles eran tan duras como la piedra.

Rosario: “Manten los ojos abiertos. Esto podría ser una trampa.”

Brenda se movió detrás de Rosario, su respiración aún agitada por la carrera anterior. El silencio en la terminal era ensordecedor, una calma que se sentía como el preludio de un desastre inminente. De repente, un sonido agudo y metálico resonó en el espacio vacío, como si algo grande se arrastrara por el suelo.

Rosario se detuvo en seco, apuntando su arma hacia la fuente del ruido. Una figura gigantesca emergió de las sombras, una criatura mitad serpiente, mitad dragón, que se movía con la elegancia de una serpiente y la fuerza bruta de un depredador. Sus ojos brillaban con una luz azulada, y sus escamas relucían bajo la tenue iluminación de la terminal.

Brenda: “¿Qué… qué es eso?”

Rosario: “No sé, pero no estamos preparadas para luchar contra algo así. Necesitamos encontrar otra salida.”

Pero antes de que pudieran moverse, la criatura levantó la cabeza y dejó escapar un rugido que sacudió toda la estructura. Las paredes vibraron, y el techo, ya débil por el deterioro, comenzó a desmoronarse. Rosario y Brenda se lanzaron al suelo justo a tiempo para evitar ser aplastadas por los escombros que caían.

Brenda: “¡Debemos salir de aquí ahora!”

Se levantaron apresuradamente y corrieron hacia la entrada lateral de la terminal, con la criatura persiguiéndolas de cerca, su cuerpo sinuoso arrastrándose por el suelo con una rapidez aterradora. Rosario lanzó una rápida mirada hacia atrás, viendo cómo la bestia comenzaba a cargar una bola de energía en su boca, preparándose para atacar.

Rosario: “¡Sigue corriendo, no te detengas!”

El poder de la criatura explotó a pocos metros detrás de ellas, enviándolas volando por el impacto. Rosario se levantó, sintiendo un dolor agudo en su costado, pero ignoró el dolor y ayudó a Brenda a ponerse de pie.

Brenda: “No… no creo que podamos escapar.”

Rosario: “Sí podemos. Solo necesitamos llegar al otro lado de la avenida. ¡Vamos!”

Ambas cruzaron la calle corriendo, y cuando alcanzaron el otro lado, se escondieron detrás de un camión volcado. La criatura, aún dentro de la terminal, dejó escapar otro rugido de frustración, pero no las siguió.

Rosario: “¿Estás bien?”

Brenda: “Sí, sí. Solo… necesito un momento.”

Rosario: “Lo sé, pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Necesitamos encontrar un lugar seguro antes de que sea demasiado tarde.”

Ambas se miraron, compartiendo un momento de comprensión silenciosa. Sabían que el mundo al que alguna vez pertenecieron se había ido, y que ahora todo lo que quedaba era sobrevivir un día más en esta nueva realidad plagada de monstruos y sombras.

Sin más palabras, se levantaron y comenzaron a caminar por la avenida desierta, con la terminal detrás de ellas y el camino hacia lo desconocido frente a ellas. La ciudad, su ciudad, se había convertido en un campo de batalla, y no tenían más opción que seguir luchando.

Rosario y Brenda avanzaron a través de las calles destruidas, con la sombra de la muerte siempre presente a su alrededor. Sabían que el punto de reunión era el Hotel Quinto Centenario, un lugar que antaño era un símbolo de la vida moderna en Córdoba, ahora convertido en su refugio temporal. El camino hasta allí no sería fácil, y ambas lo sabían muy bien.

A medida que se acercaban a la Avenida Hipólito Yrigoyen, el ambiente se volvía cada vez más opresivo. La niebla que se cernía sobre la ciudad era densa y parecía moverse con vida propia, ocultando las figuras distorsionadas de las criaturas que acechaban en la oscuridad. Las luces de la calle, que apenas funcionaban, parpadeaban de manera intermitente, creando sombras inquietantes en los muros.

Mientras caminaban con cautela, Rosario percibió un cambio en el aire: una energía oscura y densa que parecía provenir de algún lugar cercano. Brenda también lo sintió, un escalofrío recorrió su espalda mientras avanzaban. Fue entonces cuando, al girar en la esquina de la calle Bv. San Juan, vieron algo que las dejó sin aliento.

Frente a ellas, en el corazón de la ciudad, se alzaba una enorme torre que no estaba allí la última vez que habían pasado por esa zona. La estructura se elevaba hacia el cielo como un coloso oscuro, hecha de una extraña piedra negra que parecía absorber la luz misma. La torre estaba rodeada de un aura maligna, y el suelo alrededor de su base parecía haber sido corroído por su energía. Las raíces de la torre se extendían por debajo del pavimento, como si estuviera enraizada en las entrañas mismas de la ciudad.

Rosario: “¿Qué es esto…? Esta torre… No puede ser.”

Brenda, con los ojos muy abiertos, intentó procesar lo que estaba viendo. La presencia de la torre era sofocante, como si la misma muerte emanara de sus paredes. Pero lo que más les inquietaba era la figura que se encontraba frente a la entrada de la torre.

Allí, custodiando la puerta principal, estaba un ser imponente. El protector de la torre era un demonio gigantesco, con un cuerpo que parecía hecho de obsidiana y hueso. Sus ojos eran de un rojo incandescente, y de su espalda surgían alas negras que se extendían majestuosas, cubriendo la mayor parte del cielo sobre la torre. Su armadura estaba tallada con runas antiguas, y un aura oscura lo rodeaba, distorsionando el aire a su alrededor.

El demonio portaba una espada masiva, cuyos bordes chisporroteaban con energía maligna. Cuando Rosario y Brenda se detuvieron para observar, el demonio giró lentamente su cabeza hacia ellas, sus ojos penetrantes las atravesaron como si las estuviera juzgando desde las profundidades del infierno.

Rosario: “No podemos enfrentarnos a eso… No todavía.”

Brenda asintió en silencio, completamente de acuerdo. El protector de la torre irradiaba un poder que superaba por mucho cualquier cosa que hubieran encontrado hasta ese momento. Ambas retrocedieron lentamente, intentando no atraer su atención más de lo necesario.

Mientras se alejaban, la torre parecía observarlas, su presencia siniestra haciéndoles sentir una opresión en el pecho. El camino hacia el Hotel Quinto Centenario ahora les parecía aún más urgente. Sabían que debían informar a los demás sobre lo que habían visto.

Finalmente, después de varias horas de caminar en silencio, con los sentidos alerta y evitando ser vistas por las criaturas que patrullaban las calles, Rosario y Brenda llegaron al Hotel Quinto Centenario. El edificio, aunque dañado, seguía en pie, un vestigio de lo que alguna vez fue una ciudad llena de vida. Las ventanas rotas y las paredes marcadas por el conflicto indicaban que la seguridad ya no era un lujo que el hotel podía ofrecer.

El lobby estaba destrozado, con escombros esparcidos por el suelo y muebles volcados. Aun así, parecía que era un buen lugar para reunirse con los demás. Rosario y Brenda subieron al último piso, donde el grupo había decidido establecer su base temporal. Cuando llegaron al tejado, fueron recibidas por las caras cansadas pero decididas de los demás miembros del grupo.

Ibarra, Pato, Chino, Victoria, Jamal, Sasha, Markitos, Russo y Valentina ya estaban allí, cada uno llevando consigo las cicatrices de los peligros que habían enfrentado en su camino. Rosario y Brenda se unieron al círculo, donde el silencio inicial fue roto por las respiraciones pesadas y los susurros de planes futuros.

Rosario: “Encontramos algo… algo que podría cambiar todo.”

La atención de todos se centró en Rosario mientras comenzaba a explicar lo que habían visto. Describió la torre en detalle, incluyendo al demonio protector que custodiaba la entrada. Brenda completó la historia con sus observaciones, enfatizando la energía maligna que emanaba de la estructura.

Jamal: “Entonces, esa es la fortaleza del dios maligno.”

Sasha: “Y está rodeado de jefes y cristales… No será fácil, pero al menos ahora sabemos lo que enfrentamos.”

Ibarra asintió, y luego, uno por uno, los demás comenzaron a compartir sus propias experiencias y lo que habían encontrado durante su misión de exploración en la ciudad.

Informe de Ibarra y Brenda:

Ellos habían tomado el camino de la derecha, que los llevó a la terminal de ómnibus. Lo que pensaban que podría ser un lugar para obtener vehículos y provisiones resultó ser una trampa mortal. La terminal estaba llena de sobrevivientes que intentaban escapar de la ciudad, pero habían sido emboscados por monstruos rápidos y letales. Ibarra describió la carnicería con frialdad, sus palabras eran duras y directas mientras relataba cómo los monstruos atacaron con una ferocidad indescriptible, devorando a los humanos antes de que pudieran siquiera reaccionar.

Después de huir de la terminal, Ibarra y Brenda llegaron al Parque Sarmiento, donde se encontraron con un súcubo demonio de alto rango. Este demonio los observó desde lejos, sin atacar, pero su sola presencia fue suficiente para que decidieran rodear la zona, evitando cualquier confrontación directa.

Informe de Pato y Chino:

Pato y Chino habían explorado el parque de las Naciones. En su recorrido, encontraron un cristal oscuro, similar al que Rosario había descrito. Este cristal estaba ubicado en el centro del parque, rodeado por lo que parecía ser una mazmorra especial conocida como “La Llama Carmesí”. Pato explicó que este lugar ocultaba un conjunto de armaduras pertenecientes a dos dragones antiguos, legendarios por su capacidad de derrotar a dioses de alto nivel. Chino agregó que, aunque no lograron entrar en la mazmorra, podían sentir la poderosa energía mágica que emanaba de ella.

Informe de Victoria:

Victoria había investigado dos hospitales: el Hospital Misericordia y el Policlínico Policial. Dentro de estos edificios, había encontrado supervivientes, pero los monstruos eran demasiado fuertes para que ella pudiera enfrentarlos sola. Describió cómo había intentado ayudarlos, pero la abrumadora cantidad de criaturas la obligó a huir, llevándose consigo la culpa de no haber podido hacer más.

En su huida, llegó a la Plaza de los Naranjos, donde se encontró con un caballero demonio alado. Sorprendentemente, este caballero no la atacó, alegando que no podía enfrentarse a una mujer indefensa debido a su código de honor. Victoria expresó su sorpresa al escuchar esas palabras de un ser tan temible, pero decidió no tentar su suerte y continuó su camino hacia el hotel.

Informe de Rosario:

Finalmente, Rosario explicó en detalle su recorrido por la calle General Alvear. Había utilizado su velocidad y sigilo para evitar ser detectada por las bestias que infestaban la zona. Describió cómo encontró varios cristales de bestias en distintos puntos de la ciudad, todos custodiados por jefes colosales de nivel superior. El monumento a San Martín, el Hospital San Roque, la Plaza de Cielo Tierra, el Museo de Bellas Artes, el Observatorio Gastronómico y el Sanatorio de la Cañada eran algunos de los lugares donde estos cristales habían sido erigidos, cada uno vigilado por un ser monstruoso que dificultaría cualquier intento de destrucción.

Mientras el grupo asimilaba la información compartida, Brenda sintió la urgencia de contarles lo que había experimentado en el camino. Se acercó un poco más al círculo, su mirada intensa reflejando la seriedad de lo que estaba a punto de revelar.

Brenda: “Antes de que llegáramos aquí, mientras recorría la ciudad, recibí una comunicación de mi diosa, Atenea. A través del sistema, me transmitió información crucial sobre la torre y su protector.”

La atmósfera se tornó aún más tensa mientras Brenda continuaba.

Brenda: “Atenea me explicó que el protector de la torre no es solo un demonio cualquiera. Es un antiguo ser conocido como Tartarus, un guardián de leyendas. Su propósito es proteger la puerta que da acceso a la verdadera fuente de poder dentro de la torre. Tartarus no es solo un guerrero; se dice que su esencia está ligada a las fuerzas primordiales del caos y la oscuridad. Aquellos que intenten atravesar la puerta sin su consentimiento serán condenados a enfrentar su ira.”

Rosario frunció el ceño, sintiendo que el peso de esta nueva información la oprimía.

Rosario: “Eso significa que si planeamos entrar, tendremos que lidiar con él primero. No podemos simplemente enfrentarlo con la fuerza bruta. Debemos encontrar una manera de superar su poder.”

Brenda asintió, reconociendo la validez de las palabras de Rosario.

Tártaro no solo protege el umbral de la torre, sino que también es un maestro del engaño, capaz de desorientar a cualquiera que intente acercarse. Pero eso no es todo. Dentro de la torre reside el verdadero enemigo: el Jinete de la Pestilencia.”

Rosario frunció el ceño, su mente trabajando a toda velocidad para comprender la gravedad de lo que Brenda compartía.

Brenda: “El Jinete de la Pestilencia es uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Su poder radica en las enfermedades y el sufrimiento que puede infligir a sus enemigos. Se dice que quien entra en la torre se enfrenta no solo a Tártaro, sino también a las hordas de criaturas infectadas que el Jinete ha liberado, seres que han caído en la locura y el dolor.”

Ibarra: “Eso significa que debemos ser estratégicos. No podemos simplemente enfrentarnos a Tártaro y esperar salir victoriosos. Necesitamos un plan para lidiar con ambos.”

El grupo asintió, comprendiendo que el desafío era monumental. Cada uno de ellos llevaba el peso de la esperanza y el miedo.

Con la revelación de Brenda y Rosario, el grupo comprendió que la clave para acceder a la torre no se hallaba en un ritual complicado ni en la búsqueda de objetos mágicos. En su lugar, debían destruir los cristales que se encontraban dispersos por el centro de Córdoba. Cada cristal era un obstáculo que mantenía sellada la entrada a la torre y, al mismo tiempo, un poderoso guardián los protegía.

Con una renovada determinación, el grupo decidió dividirse para buscar el diario y el amuleto. Cada uno de ellos sabía que el tiempo era esencial y que la oscuridad de la torre estaba a la espera de devorar a los incautos.

Mientras las sombras de la ciudad los envolvían, los ecos de antiguas batallas resonaban en su mente, y una nueva esperanza se encendía en sus corazones. Estaban listos para enfrentar el desafío que les esperaba, cada uno de ellos llevando consigo el deseo de sobrevivir a este nuevo mundo oscuro y lleno de dolor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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