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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 15

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Capítulo 15: La cruda realidad

El sol se había elevado en el firmamento, llenando la ciudad devastada con su luz, como un faro de esperanza en un mundo sumido en la desesperación. Las calles de Córdoba seguían envueltas en penumbra, sus ruinas infestadas por monstruos, recordando a los supervivientes la constante amenaza que los acechaba. Uno a uno, los miembros del grupo despertaron, sintiendo el calor de los primeros rayos del sol en sus rostros. Fue un despertar lento y pesado, donde la carga de lo que les esperaba ese día pesaba sobre ellos como una losa.

Ibarra, Russo, y Chino fueron los primeros en levantarse, sacudidos por la realidad del nuevo día. Pato se resistió a salir de la comodidad de su sueño, aferrándose al último vestigio de su antigua vida, aquella donde las mañanas eran más simples y las preocupaciones, mucho menores. Brenda, Sasha, Rosario, y Victoria prolongaron su descanso, saboreando los últimos momentos de paz antes de enfrentar lo que estaba por venir. Sabían que una vez que se levantaran, el día traería más combates, más sangre, y más decisiones difíciles.

Cuando finalmente todos estuvieron despiertos, se reunieron para una comida rápida, un desayuno cargado de una calma tensa. Rosario fue la primera en romper el silencio, reuniendo al grupo para una reunión estratégica en la que debían decidir cómo abordar la misión que tenían por delante.

Rosario: “Por lo que tengo entendido, hay cinco zonas principales que forman el circuito alrededor de la torre del Jinete del Apocalipsis. Nos dividiremos para cubrir más terreno y destruir los cristales.”

Su discurso fue interrumpido por Ibarra, quien se ofreció directamente para ir a la Plaza Colón solo, decidido a enfrentarse al huevo y al cristal que estaba a punto de eclosionar. Brenda lo miró con una mezcla de incredulidad y furia, y no tardó en expresar su desacuerdo de manera agresiva.

Brenda: “¿Qué demonios estás pensando? ¿Acaso crees que podrás contra un minotauro? Esa cosa es de nivel provincial. No sabemos a qué nos enfrentamos, no seas imprudente.”

Ibarra la miró con una determinación implacable. Aunque el resto del grupo compartía las preocupaciones de Brenda, Rosario decidió aceptar la decisión de Ibarra, con la condición de que si la situación se volvía demasiado peligrosa, debía retirarse. Ibarra aceptó de mala gana, aunque en su interior sabía que no cumpliría esa promesa. Recogió sus armas: un arco y unos guanteletes especiales, guardándolos en su inventario. Mientras se preparaba, miró de reojo a sus compañeros, recordando con nostalgia los tiempos en que eran simples estudiantes, antes de que el mundo se convirtiera en este infierno. “Destruiré ese cristal por ellos, aunque me cueste la vida”, pensó antes de partir.

El siguiente en ofrecerse fue Pato, quien decidió ir junto a Russo a la zona del Parque Las Heras. Su objetivo era destruir el cristal y, de paso, investigar una mazmorra que había en esa zona. Pato tenía en mente apoderarse de la armadura de los Dragones Celestiales, fusionar sus poderes, y así volverse más fuerte, aunque esto no lo compartió con el grupo.

Russo, por otro lado, mostró su reticencia. Pato notó la preocupación en los ojos de Russo y se sintió sorprendido por su leve muestra de cobardía. Russo había sido testigo de la brutalidad de las batallas, especialmente después de lo sucedido con Ilulu. Ahora, el miedo lo consumía, sabiendo que era el más débil del grupo, sin habilidades curativas excepcionales como Victoria, ni la fuerza de Brenda o el liderazgo de Rosario. Russo solo quería sobrevivir, pero no podía cargar con la culpa de ver morir a otro compañero sin poder hacer nada.

Rosario intervino en ese momento, tomando la decisión final.

Rosario: “Es mejor si van juntos. Russo, te recuerdo que la última vez que estuviste con Sasha, en lugar de ayudarla, decidiste huir en cuanto tuviste la oportunidad.”

Esa mención hizo que Russo recordara lo ocurrido anteriormente. Había llegado solo a la reunión, sin Sasha, lo que provocó que el grupo pensara lo peor hasta que Sasha apareció, pateándolo en la cabeza furiosa. Le había reprochado haberla abandonado en medio de una horda de monstruos. Russo había usado la habilidad de su dios, Hermes, para escapar, dejando a Sasha atrás. Gracias al poder de su diosa, Sasha había sobrevivido, pero esa traición pesaba en la conciencia de Russo. Finalmente, aceptó ir con Pato a la misión, decidido a no decepcionar a nadie esta vez.

Los próximos en formar equipo fueron Victoria y Chino, quienes decidieron tomar dos zonas a la vez, yendo solos a sus misiones. Ambos habían recibido la orden de sus dioses de ir en solitario para mejorar sus niveles. Victoria fue directa y confiada, mientras que Chino se sintió inseguro. Sin embargo, Chino decidió enfrentar su miedo y probar que podía ser digno del legado de sus dioses, Hércules y Heracles. Por su parte, Victoria pensaba en sobrevivir, no solo por ella, sino también por la posibilidad de reunirse con su mejor amiga, la cual amaba como a una hermana.

Finalmente, quedaron las tres más fuertes del grupo: Sasha, Brenda, y Rosario. Sasha rompió el silencio.

Sasha: “¿Qué haremos ahora? Lo único que queda es ir a la torre y derribar a ese guardia, Tartarus, o no podremos pasar aunque se abra la puerta.”

Rosario y Brenda intercambiaron miradas, sus ojos recorriendo el mapa de la ciudad. Sasha intentó, en tono burlón, molestarlas para que le respondieran, pero ambas finalmente sonrieron. Sabían que tenían un plan y, aunque no compartieron todos los detalles con Sasha, la tranquilizaron asegurándole que la misión para tomar Córdoba sería un éxito.

Mientras tanto, en el barrio, el caos reinaba. La ausencia de los líderes había llevado a la escasez de alimentos y al pánico entre los supervivientes, quienes clamaban por ayuda. Desde el tejado del hospital, Santiago, acompañado por los otros dos líderes, Savitar y Alexis, observaba la situación con una mezcla de frustración y resignación. Aunque Savitar y Alexis intentaban calmarlo, explicando que la desesperación era natural en aquellos que no habían vivido los horrores del otro lado de los muros, Santiago no podía evitar sentirse molesto. Miró al cielo, preguntándose cuándo regresarían sus compañeros, mientras una brisa suave arrastraba las hojas secas de un árbol caído.

En la sombra, una figura oscura observaba la escena con una sonrisa siniestra.

Shadow: “Vaya espectáculo has montado, Leon. Dime, ¿acaso creíste que duraría para siempre? Es hora de que despiertes y sepas la verdad…”

En ese instante, tras un simple chasquido de las oscuras manos de Shadow, el cielo se tiñó de rojo. El fenómeno fue visto por los tres líderes, que inmediatamente saltaron del techo del hospital, alarmados. Desde las alturas, contemplaron cómo entre las densas nubes carmesí se abría un círculo, semejante a un ojo gigantesco en lo más alto, como si fuera el mismo ojo del huracán observando desde lo alto. Mientras tanto, en la habitación solitaria donde Leon yacía, un hilo oscuro, como una serpiente de sombras, comenzó a rozar su piel, deslizándose lentamente. El rastro de oscuridad recorrió su cuerpo hasta llegar a su pecho, donde se hundió bruscamente en su alma rota.

El oscuro hilo viajó a través de los pliegues de sus memorias antiguas, esquivando los pensamientos más sombríos, serpenteando entre las delicadas fibras del tiempo que componían su existencia. Finalmente, descendió hasta un abismo profundo, donde la oscuridad era abrumadora y absoluta, rota únicamente por una pequeña jaula flotante. Allí, en el centro del abismo, descansaba Leon, prisionero de sus propios miedos. Shadow se acercó lentamente, sus pasos resonando como ecos huecos en el vacío. Una sonrisa extraña y perturbadora se dibujaba en su rostro mientras rodeaba la jaula, observando a Leon con una mezcla de desprecio y curiosidad.

Shadow: “Mira lo que tenemos aquí… un niño que no acepta su destino. Un hombre que creció demasiado rápido. Un ser que no entiende su propio origen.”

Leon abrió los ojos. Su mirada era fría, vacía, tan desprovista de emociones que ni siquiera Shadow pudo reconocer si aquel que lo miraba era realmente él o solo un remanente de lo que alguna vez fue. Con una expresión de molestia, Leon se rascó la cabeza lentamente, mientras Shadow lo observaba, esperando alguna reacción, alguna señal de reconocimiento. Sin embargo, al ver que nada sucedía, Shadow comprendió que Leon se había dejado caer en el abismo a propósito. Decidido, entró en la jaula, mirándolo de frente, como si ambos fueran dos caras de la misma moneda. Lentamente, levantó su mano y tomó el rostro de Leon con suavidad, aunque con un aura de autoridad.

Shadow: “Es hora de que recuerdes quién eres, Leon… No, mejor dicho, Dante. Aquel que nació en la oscuridad y ascendió entre las tinieblas para dominar la tierra. Despierta, y deja de ser tan patético.”

Con un gesto lleno de poder, Shadow desató una brillante luz que hizo estallar la jaula en mil pedazos. El abismo tembló mientras, pieza por pieza, reconstruía la conciencia de Leon, junto con su alma rota. Shadow, utilizando su propia esencia oscura como sacrificio, empezó a rearmar el alma de Leon, mostrándole la verdad de su origen, revelando la verdad que durante tanto tiempo había estado oculta.

Shadow: “Mi verdadero nombre es Dante. Soy el portador original de este cuerpo, el oscuro que ascendió. Pero tú… tú eres yo, y yo soy tú. Somos la misma entidad. Pero tú… fuiste una decisión que tomé.”

Con un movimiento de su mano, Shadow llenó el abismo con un recuerdo, materializándolo frente a los ojos de Leon: un planeta Tierra destruido, sus ecosistemas retorcidos y grotescos, como salidos de la pesadilla más profunda jamás imaginada. Los cielos ennegrecidos, las tierras devastadas y el eco de almas perdidas se extendían en todas direcciones.

Dante: “Aquí fue donde naciste… donde nacimos. Somos el trauma más profundo que nació del sufrimiento de tu mejor amigo, Benjamin. Él vio morir a Ilulu, la mujer que más amaba… pero lo que lo destrozó fue la muerte de su hijo no nacido. Fue entonces cuando nosotros nacimos.”

Mientras Dante mostraba estos recuerdos, su voz se llenaba de una sombría serenidad. Narraba el cruel destino que lo llevó a sobrevivir en un mundo donde solo el fuerte prevalece, donde fue traicionado por aquellos que decían ser como él, y donde, para sobrevivir, tuvo que matar y ascender en poder. Sus palabras resonaban en el vacío, cada una cargada de la brutal verdad de su existencia.

Dante: “Nadie vino a salvarme. Nadie me ayudó. Y aquellos que decían ser mis iguales me traicionaron por poder. Los destruí uno por uno, ascendiendo entre las sombras hasta alcanzar un poder tan vasto que pude recordar mi origen y la razón de mi existencia.”

La escena del planeta destruido fue reemplazada por otra: una batalla cósmica entre Dante y Benjamin. Un enfrentamiento brutal, lleno de violencia, donde cada golpe destrozaba el mundo a su alrededor. El poder que emanaba de ambos era tan vasto que el planeta mismo temblaba bajo su furia. Y finalmente, Dante, tras derrotar a Benjamin, desató su rabia y masacró a toda la humanidad, dejando que Benjamin viera morir a su familia.

Dante: “Pero los dioses no lo permitieron. Metatron, el dios más poderoso, rebobinó el tiempo, y aunque intenté detenerlo, su poder era superior. Volví a empezar, atrapado en un ciclo sin fin. Caí en la desesperación… hasta que un día, vi nacer a alguien nuevo en la dimensión oscura.”

Dante siguió narrando la historia de su caída, de sus intentos de escapar, de su encuentro con Bathomer, la semiángel que lo traicionaron, y de su desesperación al no poder salvarla. Todo culminó con el grito desgarrador de Dante, quien llamó la atención de Azathot, el dios exterior de la destrucción.

Azathot: “No soy bondadoso ni benevolente… pero me aburre ver solo tu sufrimiento. Mátalos a todos, y ofréceme el mundo como tributo.”

Aceptando su oferta, Dante desató el caos una vez más, pero esta vez, los dioses no lo permitieron. Su existencia fue borrada y reinsertada en una nueva línea temporal. Pero aunque lo privaron de sus poderes, su conocimiento y memoria permanecieron, llevándolo a vivir una vida normal, aprendiendo sobre la naturaleza humana.

Finalmente, Dante, ahora frente a Leon, revelando su verdadera forma: una figura celestial, con alas gloriosas que cubrían su rostro, y brazos que portaban guadañas hechas de plumas doradas que brillaban como el sol siendo rodeado por un aura dorada llena de energia divina mostrando el poder que alguna vez fue suyo ahora debilitado y casi inexistente pero que era casi algo monstruoso para los ojos de Leon.

Leon: “¿Me estás diciendo que tengo la opción de vivir?”

Dante: “Sí… o me das tu cuerpo y desapareces… o luchas, y yo desaparezco.”

Leon cerró los ojos por un instante, respirando profundamente. Entonces, sus labios se movieron, pronunciando unas palabras con determinación.

Leon: “Fénix… muéstrame el poder que puede tener alguien que ha renacido de las cenizas.”

Al abrir los ojos, seis enormes alas flameantes emergieron de su espalda, envolviéndolo en un aura ardiente de poder. Su cabello se llenó de llamas carmesi, y de sus manos brotaron dos espadas largas, forjadas de carne y sangre del propio fénix, vibrando con energía pura.

Leon: “Voy a ganar… y te prometo que el final que cree esta vez será el correcto.”

Dante sonrió sin decir una palabra, lanzándose contra Leon, mientras este, con la misma fiereza, lo enfrentaba. Ambos se abalanzaron uno contra el otro, llenos de una fuerza y un deseo inquebrantable de sobrevivir y de contar su propia historia. El combate estaba por comenzar, y solo uno de ellos escribiría el final.

El viento se agitaba con violencia en el campo de batalla, arrastrando consigo el eco de las almas caídas y los recuerdos de un mundo herido por la guerra y el sufrimiento. Las sombras se alargaban y distorsionaban a medida que las energías de ambos combatientes, Leon y Dante, comenzaban a fusionarse con el entorno, creando un aura densa y opresiva que parecía hacer vibrar hasta el mismísimo aire.

Leon se encontraba frente a Dante, su respiración pesada, pero su mirada implacable. En su mano derecha, su espada resplandecía con un brillo carmesí, forjada con el poder del fénix y las cenizas de mil batallas. Mientras tanto, Dante, con una postura cargada de una calma ominosa, levantaba su brazo, del cual emergía una hoja afilada que destellaba una oscura luz infernal. Era como si el universo mismo contuviera el aliento, a la espera del primer impacto, de ese choque colosal que haría tambalear los cimientos de la realidad.

El silencio que envolvía el ambiente duró apenas unos instantes, pero en ese breve lapso, el peso de cada palabra no dicha, de cada emoción contenida, era palpable. Un duelo que no solo enfrentaba a dos seres, sino a dos almas condenadas por sus propios pasados y decisiones. De repente, como si un trueno invisible diera la señal, ambos se lanzaron hacia adelante, moviéndose con una velocidad que desafiaba lo visible.

El primer choque fue tan brutal que el suelo bajo ellos se agrietó y la atmósfera pareció romperse como si el mundo mismo gimiera ante la magnitud de las fuerzas desatadas. Las espadas chocaron con un sonido que resonó en todo el plano, generando ondas de choque que hicieron vibrar cada partícula a su alrededor. Las energías opuestas se encontraban, pero no se repelían de inmediato. En cambio, crearon un vórtice invisible que succionaba el aire a su alrededor, haciendo que la presión aumentara a niveles insoportables. La mente de Leon sintió el golpe, como si estuviera siendo arrastrado hacia una tormenta de caos y dolor, mientras una fuerza imponente trataba de aplastarlo desde dentro.

Una energía oscura emergía de Dante, como si él mismo estuviera canalizando la esencia de un abismo que no tenía fin. Sus ojos brillaban con una intensidad feroz, reflejando no solo su odio, sino también la desesperación de un hombre que había vivido demasiado tiempo entre las sombras. Cada vez que las armas se encontraban, destellos de luz y oscuridad luchaban por dominar el campo de batalla, como si cada golpe no fuera solo físico, sino espiritual. Era una lucha de voluntades, de recuerdos y de dolor.

Leon, por su parte, sentía que con cada intercambio de golpes, una parte de su ser era destrozada. No solo era su cuerpo el que recibía el castigo; eran sus recuerdos, sus memorias, los momentos que lo habían forjado como la persona que era hoy. Los fragmentos de su vida parecían despedazarse con cada choque de espadas, como si la misma batalla le arrebatara partes de su alma. ¿Pero quién era el que sufría más? ¿Quién estaba siendo destruido en el proceso? Esa respuesta aún no estaba clara, pero el dolor, tanto físico como emocional, era innegable.

El choque incesante de sus armas continuaba, y el campo de batalla se convertía en un escenario donde cada corte y cada golpe parecía desgarrar la misma realidad. Las energías desatadas comenzaban a alterar el espacio que los rodeaba, y pequeñas grietas en el tejido del tiempo y el espacio aparecían, como si el universo mismo no pudiera soportar la magnitud del enfrentamiento. A medida que los recuerdos caían, la batalla se volvía más intensa, como si ambos combatientes estuvieran no solo enfrentándose, sino también expiando sus propios pecados a través de sus espadas.

Finalmente, en un movimiento súbito, Leon encontró una apertura. Con un giro ágil y devastador, lanzó una poderosa patada aérea que impactó brutalmente en el rostro de Dante, enviándolo contra el suelo con tal fuerza que el terreno bajo él se fracturó en una red de fisuras. El cuerpo de Dante se hundió en el suelo, pero el impacto fue solo el preludio del verdadero ataque de Leon. Elevando su mano, canalizó la energía divina del fénix que ardía en su interior, y en un instante, materializó una lanza gigantesca, forjada completamente de las llamas doradas de sus alas. La lanza brillaba con un poder indescriptible, y su tamaño desafiaba la lógica: era tan alta como un edificio de treinta pisos, un símbolo de la descomunal fuerza que ahora poseía.

Sin dudar, Leon lanzó la lanza con una velocidad que hizo silbar el aire y creó un rugido ensordecedor a su paso. La enorme arma se precipitaba hacia Dante, que aún se levantaba del impacto de la patada. Pero en un instante, antes de que la lanza pudiera alcanzarlo, Dante cruzó sus brazos, y de sus guadañas emergieron dos cortes de energía infernal. Los cortes eran precisos y calculados, dividiendo la lanza en cuatro fragmentos que estallaron en todas direcciones. Las explosiones iluminaron el cielo como fuegos artificiales infernales, pero la amenaza no había terminado. Los fragmentos de la lanza aún seguían su curso, arremetiendo hacia Dante, quien apenas tuvo tiempo de levantar sus guadañas una vez más para bloquear el asalto final.

Con un rugido de pura determinación, Leon no perdió el ritmo. Atravesando la estela de destrucción, apareció frente a Dante, su espada alzada para un corte mortal. Sabía que este sería el ataque decisivo, pero Dante, mostrando su propia astucia, ya lo había anticipado. El movimiento de Leon era demasiado predecible. Con un brillo sádico en sus ojos, Dante cargó su propio ataque, un corte devastador al que llamó “Cruz Infernal”, y lanzó su hoja con una fuerza que hizo temblar el suelo.

Los dos ataques colisionaron en un impacto monumental. Las espadas se encontraron en el aire, y por un instante, el tiempo pareció detenerse. Las energías de ambos combatientes se fusionaron en una danza caótica y destructiva. Una explosión de proporciones universales estalló desde el punto de impacto, haciendo que el espacio mismo se retorciera y que la luz se desvaneciera por unos instantes. Todo a su alrededor quedó en blanco, y lo único que existía era la colisión de voluntades.

Cuando la onda de choque finalmente se disipó, quedó claro quién había sufrido más. Leon fue arrojado al otro extremo del campo, su cuerpo golpeando el suelo con una fuerza desgarradora. Sangraba profusamente por el pecho, una herida profunda y letal que atravesaba todo su torso. El dolor era insoportable, pero la voluntad de Leon aún no se había extinguido. Mientras yacía en el suelo, jadeante y en agonía, intentó levantarse, sus manos temblorosas buscando apoyo en el terreno. No lo lograba. Su cuerpo parecía haber alcanzado su límite. Sin embargo, no podía rendirse, no ahora.

Arrastrándose poco a poco hacia atrás, apenas consciente de su entorno, Leon alzó la vista para ver a Dante. Su enemigo avanzaba lentamente, con pasos firmes y seguros. La sonrisa que cruzaba el rostro de Dante era de triunfo, pero también de algo más oscuro, algo mucho más profundo: una certeza de que esta vez, la victoria sería suya.

Dante, con una voz cargada de desprecio, finalmente rompió el silencio:

Dante: —Eres débil, Leon. No tienes el poder para derrotarme. Y los enemigos afuera son mucho peores que yo. Esta vez… tengo que derrotarte, para salvar mi historia… mi vida. Lo siento… pero esto termina aquí

El guerrero oscuro comenzó a reunir energía en sus guadañas, preparándose para el golpe final. Leon, tumbado en el suelo, apenas podía moverse. Pero en su mente, las imágenes de sus amigos, luchando por sobrevivir en el mundo exterior, comenzaron a proyectarse. Recordó los sacrificios, las esperanzas puestas en él, la fe que sus compañeros aún tenían. Por un instante, se permitió pensar que tal vez no lo necesitaban, pero en ese momento supo la verdad: ellos contaban con él. No solo como un compañero de armas, sino como un líder, una figura que los levantaría cuando cayeran.

Leon: “Levántate…”.

Una chispa de energía se encendió en su interior.

Leon: “Vamos, muévete…”.

Las llamas del fénix comenzaron a arder dentro de él una vez más, mientras el cuerpo herido de Leon se levantaba lentamente, sus piernas tambaleantes. Miró a Dante, su sonrisa intacta, aunque ahora sus ojos brillaban con una intensidad renovada.

Leon: “En una pelea, lo que importa es sobrevivir…”

Dante, furioso y desconcertado por su resiliencia, gritó.

Dante: “¡Tú y yo somos iguales! ¡Solo deseamos lo mismo: sobrevivir para salvarnos a nosotros mismos!”

Leon negó con la cabeza.

Leon: “No, te equivocas. Yo no soy como tú. Tú viviste en desesperación y elegiste sucumbir a ella. Aunque encontraste algo de felicidad, no protegiste a los tuyos. Los dejaste ir hacia lo desconocido, y por eso murieron.”

La ira en los ojos de Dante era palpable. Con voz temblorosa, respondió.

Dante: “¡No tienes idea de lo que hablas! ¡No sabes lo que es esta impotencia y el dolor en mi corazón!”

Leon miró a Dante directamente a los ojos, una sonrisa amable, llena de pena y lástima, se formó en su rostro. Sabía que en cierto sentido eran parecidos, compartían sufrimiento y cicatrices, pero ahí terminaba la comparación. Leon no pensaba quedarse atrapado en la desesperación ni permitir que el pasado lo definiera. Él, a diferencia de Dante, no seguiría lamentándose. Estaba decidido a arreglarlo todo.

Las llamas del fénix comenzaron a envolver su cuerpo, ascendiendo lentamente mientras sus pies se separaban del suelo. El poder ardía en él con una majestuosidad indescriptible. Su cabello, envuelto en las flamas doradas, pronto se tiñó del color de la sangre del fénix, un rojo profundo que marcaba la fusión completa con la deidad. Las alas flameantes se desplegaron a su espalda, y sus ojos, afilados y penetrantes como los de un dragón, brillaban con una intensidad imparable. Detrás de él, la figura del dios se manifestaba, imponente, fundiéndose con su ser para crear la unión perfecta.

Leon levantó una mano con determinación, y ante él se formó una katana divina, forjada del poder puro de su dios. Sosteniéndola firmemente, miró a Dante con una expresión tranquila, pero llena de convicción.

—Leon: No puedo perder aquí… porque yo… quiero vivir mi propia vida y contar mi propia historia.

El logro imposible del despertar de una nueva historia se había cumplido: la leyenda de aquel olvidado por Dios había sido revelada. La recompensa por el logro era un título único: “El hombre olvidado”.

En ese instante, León, empuñando su gran espada, lanzó un último ataque contra Dante. Este no se quedó atrás; con todas sus fuerzas, concentró su energía en su antebrazo, creando una hoja de energía que destellaba con un brillo inhumano. Sacrificando todo de sí mismo, dio su último golpe, chocando las energías de ambos contendientes en una explosión que reverberó en el vacío oscuro que los rodeaba. A medida que la energía estallaba, Dante sintió cómo sus fuerzas flaqueaban, recordando cada momento vivido con sus alumnos, cada sacrificio hecho para llegar hasta aquí. Creía que esos recuerdos le otorgarían la fuerza necesaria para derrotar a León, gritando desesperadamente en busca de esa energía, pero lo que no sabía era que la realidad era cruel.

Dante se dio cuenta de su debilidad. En ese enfrentamiento, era inferior a León en todos los sentidos, y aunque su mente luchaba por encontrar esperanza, sabía que no había otra forma de salir de esto. Sin embargo, no se arrepentía. Al menos había dado batalla y no moriría de forma patética. Agradecía a León por ello, porque ahora podría reunirse con sus queridos compañeros y alumnos en el vacío.

Con un movimiento brutal, el ataque de León cortó a Dante por la mitad, dejándolo caer al suelo del vacío oscuro creado por la mente de León. Este se acercó, con tristeza en su corazón, consciente de que no había otra manera de ganar.

Dante: “Oh, vamos, no seas aguafiestas… ¿pensabas que había otra manera? No la había, cabeza hueca. Al menos creo que así podré descansar en paz… ¿no crees?”

León: “…Eso espero, amigo… eso espero.”

Justo cuando León se disponía a alejarse, dejando a Dante morir en paz, una grieta temporal se abrió bajo su cuerpo. Dante cayó en la oscuridad, pero León logró sujetar la mitad superior de su cuerpo, que aún seguía con vida. A sus pies, apareció Azathot, quien había venido a cobrar su pago. Ya que no pudo obtener el planeta como compensación, tomaría su alma.

Dante: “Ja… maldito infeliz… sabía que había un truco en ese trato.”

León intentó sostenerlo con todas sus fuerzas, pero fue inútil. No importaba cuánta fuerza usara; no podía detener la absorción de Dante. Este miró a León, quien se esforzaba por salvarlo, y sonrió. Desde pequeños, había sido así de ingenuo, con el corazón de un héroe.

Dante: “Oye, hermano…”

León, sintiendo la calidez de su mirada, notó la sonrisa amable en el rostro de Dante.

León: “¿Dante? ¿Qué vas a…?”

Fue en ese instante que Dante, con una de sus guadañas, cortó su propio brazo, dejándose caer en el vacío donde era absorbido lentamente.

León: “¡DANTE!”

Dante: “Sobrevive… y crea el mejor final de todos… tu propio final… jejeje.”

Dante fue devorado por Azathot ante los ojos de León, quien lloraba mientras la grieta se cerraba. Lleno de ira, León tomó la grieta y no permitió que se cerrara, gritando hacia Azathot.

León: “¡Azathot! Te juro que si llegas a aparecer aquí, estaré esperándote para matarte. ¡Te haré sufrir! ¡Te mataré y haré que todos ustedes, dioses exteriores, ME TEMAN! ¡LO JURO!”

Al escuchar tales palabras, Azathot se volvió, observando a León con una mirada que destilaba desdén. Notó en su rostro la misma mueca de dolor que había tenido Dante en sus últimos momentos, y le lanzó un mensaje a través del sistema:

“Estaré esperando con ansias ese día, humano.”

Así, la grieta se cerró y Azathot desapareció, volviendo a su reino, donde lo esperaban los otros dioses exteriores. Entre ellos, Yog Sothot y Metatron observaron con asombro cómo Azathot sonreía, transformándose de manera inquietante. Esa forma humana que tomó solo era utilizada por los dioses cuando mostraban interés en la humanidad.

La forma de Azathot, era muy caótica, aterradora y violenta para los seres mortales, mientras que Yog-Sothoth no se manifestaba como una irrupción violenta, sino como una presencia que ya estaba allí desde antes de que alguien pudiera formular la pregunta correcta. Su forma, apenas contenida en una silueta humanoide, era una concesión mínima a la comprensión de los dioses y no un reflejo de su verdadera naturaleza. El contorno de su cuerpo parecía sólido solo por costumbre; en realidad, estaba compuesto por capas de realidad superpuestas, como si universos enteros se plegaran unos sobre otros para sostener una figura que nunca debía existir en un solo punto del espacio.

Donde debería haber un rostro, se abría un abismo luminoso. No era vacío, sino exceso: galaxias naciendo y muriendo en silencio, corrientes de energía primigenia fluyendo como venas incandescentes, fragmentos de tiempo suspendidos en un equilibrio imposible. Mirarlo no provocaba terror inmediato, sino algo más profundo y corrosivo: la certeza de que todo conocimiento era insuficiente. Yog-Sothoth no observaba; comprendía. Cada pensamiento formulado frente a él ya había sido anticipado, archivado y superado.

En su pecho latía un núcleo dorado, pequeño en apariencia, infinito en esencia. No era un corazón, sino un nexo, el punto donde todas las puertas convergían. Pasado, presente y futuro no se distinguían allí; eran capas transparentes girando unas sobre otras. En una de sus manos sostenía una estructura geométrica imposible, un cubo que contenía estrellas, sistemas enteros atrapados en una quietud artificial. No lo hacía por ostentación, sino por simple hábito: para Yog-Sothoth, el universo era algo que se sostenía, no algo que se dominaba.

A diferencia de Azathot, cuya presencia imponía fuerza y caos, Yog-Sothoth emanaba serenidad absoluta. No había burla en él, ni ira, ni compasión. Solo una curiosidad fría, casi académica, hacia la anomalía llamada humanidad. Sus movimientos eran mínimos, casi inexistentes, porque no necesitaba moverse para estar en todas partes. Incluso entre los dioses exteriores, su existencia marcaba una diferencia inquietante: Yog-Sothoth no reinaba, registraba.

Por eso, cuando dirigió su atención a Azathot y formuló su pregunta, no hubo amenaza en sus palabras. No era un desafío ni una advertencia, sino una constatación disfrazada de curiosidad. Yog-Sothoth ya conocía innumerables desenlaces posibles; lo que le interesaba no era el resultado, sino cuál de todos Azathot había decidido hacer real

Yog Sothot: “¿Qué estás planeando hacer, hermano?”

Azathot no respondió de inmediato. Continuó avanzando, como si la pregunta de Yog-Sothoth no mereciera frenar ni un paso de su andar. Fue recién entonces, con una naturalidad inquietante, que giró sobre sí mismo para mirarlo.

La presencia que reveló al hacerlo no tenía nada de solemne ni de majestuosa en el sentido tradicional. Su figura era oscura, recortada en trazos irregulares, como si hubiera sido dibujada a la fuerza sobre la realidad misma. El cuerpo parecía humano solo en proporción, pero no en esencia: la silueta estaba mal definida, fluctuante, con bordes que se deshacían en líneas caóticas, como un pensamiento mal contenido. Allí donde debería haber un rostro, la sombra se abría en una sonrisa blanca, antinatural, demasiado amplia, llena de una emoción casi infantil.

Esa sonrisa era lo verdaderamente perturbador. No expresaba crueldad consciente ni desprecio divino, sino entusiasmo. Alegría genuina. Como si todo lo ocurrido —la muerte de Dante, el juramento desesperado de León, la osadía de un humano desafiando a los dioses exteriores— no hubiera sido más que una promesa cumplida. Sus “ojos”, múltiples y dispersos en formas circulares que se insinuaban alrededor de su figura, parecían observar desde ángulos imposibles, atentos no al presente, sino a los futuros que se desplegaban como un abanico interminable.

Azathot no imponía su poder mediante presión o gravedad existencial, como otros dioses exteriores. Lo suyo era peor: su presencia hacía sentir que el sufrimiento, la lucha y la esperanza eran parte de un juego que apenas comenzaba. Girado ya por completo hacia Yog-Sothoth, mantuvo esa sonrisa vibrante, cargada de expectativa, como si acabara de escuchar la pregunta correcta.

Entonces habló, y en su voz no hubo misterio ni grandilocuencia. Solo anticipación.

Azathot: —Esperar el día en que llegue el momento de actuar…

De vuelta en la Tierra, León abrió los ojos en el mundo real. Lo que para él habían sido casi años, o incluso meses, fueron solo segundos. Salió del hospital y se encontró frente a aquellos que miraban el cielo carmesí, el cual volvió a la normalidad, revelando su figura en la entrada del hospital. Levantado y recuperado, sonrió a todos.

León: “Hola, estoy de vuelta, jejeje.”

¿Qué le esperará ahora a este mundo? Los dioses exteriores habían mostrado interés en la humanidad. Rosario y su grupo se encontraban en una encrucijada, sin saber cuál sería su final. León había despertado en un mundo donde el caos reinaba, y sería él quien debería mantener el orden. Pero la pregunta persistía: ¿cómo lo haría?

pero entonces…

El silencio que envolvía el hospital fue interrumpido por un pitido agudo. Un mensaje resplandeciente apareció ante los ojos de León, brillando con la intensidad de una estrella moribunda en el vasto vacío.

Sistema: Actualizándose…

Un mensaje urgente resonó en su mente, como un eco de otro mundo.

Sistema: Petición de un dios urgente—

Sistema: Misión: Salva a la protegida de Apolo antes de que se acabe el tiempo.

La adrenalina recorrió el cuerpo de León al leer esas palabras. La mención de Apolo, el dios del sol y la profecía, le trajo recuerdos de antiguas historias de héroes y sacrificios. El tiempo era un enemigo implacable; no podía permitirse el lujo de dudar.

Sistema: Tiempo restante… 20 minutos. En caso de fracaso, se gana el odio del dios Apolo.

León: “¿Qué demonios? ¿20 minutos? ¿Cómo demonios voy a llegar en 20 minutos?”

La incredulidad y la frustración resonaron en su mente como un eco implacable. Apenas había salido del coma y ya estaba atado a una nueva misión que desafiaba no solo su cuerpo, aún débil, sino también su cordura. La presión del sistema era opresiva, una sombra constante que lo seguía incluso en sus momentos más vulnerables.

Recordó cómo el sistema nunca se detuvo a considerar su estado, ni el de nadie más. Era un ente frío, implacable, que dictaba órdenes sin importar las circunstancias de quienes lo recibían. Los dioses, en su arrogancia, solo se preocupaban por sus protegidos, y ahora León se encontraba en una carrera contra el tiempo, una carrera que sentía casi imposible.

Pero la verdadera pregunta.. es como sucedio esto..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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