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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 16

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Capítulo 16: El fin de la Esperanza

3 Horas antes

Cada miembro del grupo de Rosario se preparaba para tomar su puesto. Las tres más fuertes del grupo se dirigieron a la torre, cada una por su lado. Ibarra, con su orgullo y determinación implacables, caminaba hacia la plaza Colón. Usando su arco, eliminaba a los enemigos que intentaban interponerse en su camino: goblins y ghouls caían a distancia, dejando el lugar despejado para su encuentro con el jefe, quien lo aguardaba pacientemente, observando cómo sus subordinados morían.

Pato y Russo, por su parte, se dirigían al Parque Las Heras. Sin embargo, en un momento dado, Russo dudó y se detuvo, siendo observado en silencio por Pato, que lo miraba fijamente.

Pato: —… No tenemos tiempo para discutir esto. Si quieres ser un cobarde, vete. No le diré a nadie que huiste, así que no me hagas perder el tiempo.

Russo: —…

Al ver que su compañero no respondía, Pato suspiró resignado y miró al suelo un momento. Le lanzó una espada hecha por él mismo y se marchó, mirando atrás una última vez a Russo, que permanecía inmóvil en aquel lugar.

Mientras tanto, Victoria y Chino, aunque inicialmente se dirigían por el mismo camino, llegaron a una bifurcación y chocaron las palmas, sonriendo.

Chino: —Sobrevive.

Victoria: —No creas que soy tan fácil de matar.

Después de intercambiar palabras, tomaron caminos separados. Victoria, con gran confianza en su poder, solo tenía en mente una cosa: hacerse más fuerte para reunirse con su querida amiga. Sabía que, si se encontraban en este mundo sin la suficiente fuerza, quizás no podría protegerla. O, en el peor de los casos, terminaría siendo ella la protegida, como siempre. Eso era algo que no quería, porque este mundo le había brindado la oportunidad de crecer, de mejorar.

Había pasado hermosos momentos con su amiga: jugaron, charlaron, se ayudaron y cuidaron mutuamente. Pero siempre era su querida amiga la que le daba fuerzas para seguir, la que la hacía sentir menos sola. Por eso, ahora iba a cambiar eso; devolvería el favor y sería ella quien la protegiera de ahora en adelante.

Chino, por su parte, no tenía una gran razón para luchar. Nunca fue alguien realmente notable, ni de gran determinación ni muy aplicado. Solo era un hombre simple, de vida normal y tranquila. Pero ahora, este mundo le mostró que esa vida no era posible a menos que luchara, que encontrara una forma de sobrevivir. Sin embargo, ¿de qué servía sobrevivir en un mundo devastado donde no se sabía si despertarías al día siguiente? Pensaba que quizás todo esto era en vano, que solo estaban perdiendo el tiempo y que morirían tarde o temprano.

Chino solo quería mantener la cordura. Deseaba una vida tranquila, quería recuperar su vida de antes. Pero dudaba de todo: no creía que era lo suficientemente fuerte o valiente. No era como nadie, como ninguno de sus compañeros; incluso el más cobarde tenía más presencia que él. Por lo tanto, sentía que no valía la pena, que solo era un peón más en un tablero de ajedrez marcado por el destino, como un títere en este juego maldito creado por los dioses. No quería sobrevivir; fue a esta misión solitaria para… morir. Quizás de esa manera, al menos sería recordado por un acto heroico y no solo como un peón en la esquina del tablero, esperando ser movido para seguir viviendo. Ese era su deseo, que se reflejaba en su rostro, el cual siempre había mostrado paz, amor y alegría. Esta vez, sin embargo, estaba lleno de odio, envidia, dolor y tristeza, y en sus ojos vacíos solo se veía su enorme deseo por morir.

Una hora más tarde, todos ya estaban listos y en sus respectivos puestos. Victoria se encargó de la antigua terminal de ómnibus y de la plaza San Martín, destrozando a los jefes provinciales con gran dificultad. Después de un combate arduo y sangriento, terminó cansada pero feliz, sabiendo que era lo suficientemente fuerte para enfrentarlos. Creer que eso era increíble la motivaba. Luego siguió Chino, que con su gran habilidad innata y su fuerza descomunal, proveniente de su dios, aniquiló a sangre fría a cada monstruo y jefe que se cruzó en su camino en el Parque Sarmiento y en el Mercado Norte. Su expresión, sin embargo, estaba plagada de tristeza y depresión, mientras una lluvia carmesí, hecha de la sangre de los monstruos asesinados, bañaba su cuerpo. Se preguntaba por qué seguía vivo, a pesar de que había peleado con el deseo de morir.

Por otro lado, los equipos de Pato e Ibarra se enfrentaban a graves problemas. Ibarra, tras eliminar a cada enemigo pequeño, como goblins, ghouls, vampiros, zombis, ratas gigantes e incluso una araña roja gigante, se preparaba para el encuentro con el minotauro. Arrojando su arco, se puso sus guanteletes y miró directamente al minotauro, que estaba erguido y serio frente a él. Fue entonces que el minotauro, apoyando sus manos en el mango de su enorme martillo que descansaba en el suelo, habló.

Minotauro: —Un humano… esto es inesperado. Creí que nadie se atrevería a desafiarme, mucho menos los de tu especie. Mereces mi respeto por pararte frente a mí sin miedo a morir. Así que dime, ¿cómo te llamas?

Ibarra: —Mi nombre… no es algo increíble, pero mi diosa me dio un título por esto, así que digamos que me llamo Ibarra, el Señor del Ragnarok.

En ese momento, el minotauro se movió por primera vez en mucho tiempo, tomando firmemente su gran martillo, el cual levantó, generando una violenta ola de viento que azotó todo el lugar. Con su martillo apuntando al cielo, hizo aparecer una barrera gigantesca, como un domo alrededor de todo el lugar, dándole la apariencia de un gran coliseo. Al mover aquel gran martillo y apuntar a Ibarra con él, el minotauro, en un pestañeo, se posicionó a gran velocidad tras Ibarra, quien apenas tuvo tiempo de levantar los brazos para cubrirse con sus guanteletes. El metal grueso de ese gigantesco martillo impactó violentamente, lanzándolo contra algunas rocas, atravesándolas hasta chocar con la barrera, rebotando contra ella con fuerza y cayendo al suelo.

Pero Ibarra no podía permitirse caer ni descansar. El minotauro se lanzó nuevamente contra él, cambiando su martillo por un hacha de guerra gigantesca. Ibarra tuvo que esquivar el ataque, dando un giro de 180 grados en el aire sobre el filo del hacha. Posando su mano sobre el arma, dio una patada cargada de maná que hizo retroceder al minotauro unos pasos. Mientras tanto, Ibarra usó sus manos para dar un gran salto y alejarse del minotauro, cayendo de pie, con sus puños en alto, listo para el combate.

Minotauro: —Impresionante. No pensé que lograrías siquiera tocarme. Eres digno. Sigamos luchando.

Ibarra: —Bien, entonces ven aquí, cuernitos, que no tengo todo el día.

Con esa respuesta, Ibarra abrió sus manos, moviéndolas como invitándolo a acercarse de manera burlona, mientras sonreía picaramente. Así, ambos comenzaron a correr, uno contra el otro, para continuar su combate, lanzando puñetazos y esquivando ataques a gran velocidad.

En el mismo instante, Pato no corría con la misma suerte. Se suponía que había ido con Russo, debido a la superioridad numérica de los monstruos en el amplio espacio del Parque Las Heras. Sin embargo, se encontró casi superado por miles de enemigos invocados. Exhausto, con su armadura nueva ya desgastada, miraba al jefe provincial de alto rango frente a él: un zorro gigante de color oscuro que desprendía un aura aterradora y perturbadora. Lo miraba con frialdad y desdén, sus ojos afilados evaluando a su presa.

Zorro oscuro: —Cometiste un error al venir aquí solo… tú ahora serás mi cena.

Pato: —Eso ya lo veremos. Es una lástima que no traje una correa. Serías una buena mascota si no fueras un monstruo.

El comentario ofensivo irritó al monstruo, que se lanzó sobre Pato, atacándolo con ferocidad. Sus golpes y zarpazos eran similares a los de un lobo, siempre corriendo en línea recta. Sin embargo, la criatura era capaz de usar sus tres colas para canalizar ataques de mana de tres elementos diferentes: rayo, fuego y tierra. Pato, atrapado por el rayo debido a la alta conductividad eléctrica de su armadura, se vio obligado a despojarse de ella, rompiéndola con su habilidad de desmantelación material. Saltó en zigzag, esquivando los proyectiles de tierra que el zorro oscuro lanzaba: enormes masas de roca y arena.

Con un salto decidido, Pato alcanzó al monstruo y, con una de sus dagas, le cortó la cola que le permitía utilizar el elemento rayo. Esto enfureció a la bestia, que reunió en su gran mandíbula una bola de energía oscura, con una fuerza de atracción comparable a la de un agujero negro. Pato, consciente del peligro, clavó sus dagas en el suelo de cemento para mantenerse firme y no ser absorbido por el ataque. Cuando la bola fue lanzada, no tuvo tiempo de esquivarla, y el impacto lo hizo salir despedido varios metros por el aire, cayendo sobre una pequeña estructura y destruyéndola.

La bestia se acercó furiosa, dispuesta a devorar a Pato, que aún recuperaba la conciencia tras el golpe. Se resignaba, sintiendo que su fin estaba cerca. Pero antes de que la criatura pudiera alcanzarlo, recibió una fuerte patada en el rostro por parte de Russo, quien acudió al rescate de su amigo, mandando al jefe a estrellarse contra el suelo. El monstruo quedó debilitado, pero Pato no entendía por qué Russo había vuelto a arriesgarse, a pesar de haber admitido su miedo y su deseo de huir de todo esto.

Momentos antes, cuando Pato se había alejado, Russo recordó que durante los cinco años que había estado junto a Ibarra y su grupo, no había sido cobarde. Pero ahora tenía miedo, pues enfrentar monstruos de nivel provincial era muy diferente a lidiar con criaturas comunes. Al mirar la espada que Pato le había dejado, recordó los días en que la vida era normal y pacífica. La lucha parecía en vano, y temía que todos morirían de todos modos. Sin embargo, este apocalipsis, este sistema y estos seres amenazaban con tomar lo que amaba, lo que había sido su hogar. Sus amigos, a quienes tanto quería, seguían vivos y luchando por un nuevo mundo, uno donde pudiera haber paz. No podía permitirse actuar con cobardía. Enfrentarse a la muerte como un argentino debía ser un acto de honor.

Decidido, volvió con Pato, acercándose a él y extendiendo una mano amistosamente.

Russo: —¿Y tú? ¿Te vas a quedar ahí todo el día o vas a levantarte para luchar?

Pato: —¿Y qué te viene a hacer ahora, el héroe cagonaso de mierda?

A pesar del momento crítico, el humor y la amistad entre ellos prevalecían. Pato tomó la mano de Russo y se levantó, listo para luchar. Mientras Russo desenvainaba la espada que Pato le había dejado, ambos se prepararon para darlo todo. Pero el zorro oscuro, furioso por el daño infligido, entró en un estado de evolución forzada, transformándose en un gigante de 40 metros de altura, cubierto con una gruesa coraza que le servía como armadura. De su espalda surgieron dos alas oscuras, y su rostro se asemejaba al de un demonio de alto rango.

Sin dudarlo, Pato y Russo se lanzaron contra la criatura evolucionada. Pato utilizó su técnica Corte Fortuito, generando una infinidad de cortes en todas direcciones a gran velocidad, mientras Russo aplicó la técnica Apertura Sangrienta, un corte casi invisible dirigido al torso de la bestia. Sin embargo, tras sus ataques, el monstruo desapareció y reapareció detrás de ellos, ileso. En un movimiento veloz, atrapó a Russo por el torso y lo lanzó contra una fuente de agua cercana, estrellándolo violentamente contra esta.

Pato, por su parte, contraatacó, pero no logró hacerle daño. La velocidad del combate era brutal; ambos lanzaban cortes y golpes con rapidez, pero el monstruo era superior en fuerza. En un momento, desvió las dagas de Pato, enviándolo a volar, donde cayó junto a Russo. Aunque ambos estaban heridos, Russo se levantó con dificultad, cubierto de sangre.

Russo: —¿Qué hacemos…? No tenemos fuerzas para luchar contra él… jadeando constantemente

Pato: —No lo sé… déjame pensar…

En ese instante, Pato recordó la información sobre la mazmorras especiales. Mirando a Russo, que lo observaba fijamente, Pato decidió actuar. Con todas sus fuerzas, lo pateó, mandándolo a volar hacia la entrada de la mazmorras.

Russo: —¡PATO, QUÉ DEMONIOS HACES!

Pato: —Jsjsjsjs… lo sabrás pronto, cobarde…

Pato sonrió antes de ponerse en guardia, mientras Russo chocaba contra la entrada de la mazmorras, que se abrió para él, haciendo que cayera dentro. Pato, decidido, se quedó para luchar y ganar tiempo.

Pato: —Y bueno, demonio cornudo… ¿continuamos?

Oscuro evolucionado: —Eres un tonto; morirás aquí…

Mientras tanto, en el combate entre Ibarra y el minotauro, sucedió algo inesperado. Al chocar su puño con el gran hacha del minotauro, este sintió que no era rival para Ibarra. En lugar de evolucionar forzadamente, decidió devorar el huevo que tanto había custodiado. Fue su error. En solo segundos, su cabeza fue cortada por una figura que descendía del cielo.

Ibarra observó al nuevo ser, que portaba una gran armadura y tiñó el cielo de rojo con su presencia. La figura se detuvo firme frente al huevo, custodiándolo con su vida.

Ibarra: —¿Quién eres tú? ¿Amigo o enemigo?

Azazel: —No soy algo que puedas derrotar con tu fuerza actual… Quizás sea un ángel caído en el cuerpo de un mortal, pero sigo siendo un ángel caído.

El sistema alertó a Ibarra de que Azazel era un jefe oculto de clase avanzada, un jefe de nivel provincial máximo a punto de evolucionar a continental. Pero, en lugar de temer, Ibarra sonrió; quería probar sus límites.

Ibarra: —Oye, caballero oscuro… Te propongo un duelo. Si yo gano, me dices qué proteges y me dejas destruir el cristal a tu lado, y prometo no tocar el huevo.

Azazel: —Y si yo gano, ¿qué me das a cambio, humano?

Ibarra: —Jsjsjsjs… Si yo pierdo, te doy mi cuerpo.

Azazel: —… Me parece un precio justo.

Azazel levantó su brazo, despertando sus alas negras, quemadas y despojadas de plumas. Alzándose en el aire, levantó su espada, desafiando a Ibarra, quien, con determinación, invocó a su dios, Tyr, el dios de la guerra nórdica.

Mensajes del sistema

Ibarra: —Tyr… necesito que me prestes tu poder.

Tyr: —Esto es extraño; siempre has rechazado usar la fusión. ¿Por qué ahora?

Ibarra: —Sin la fusión entre nuestras almas, no podré derrotarlo. No puedo morir aquí; aún tengo cosas que cumplir, así que, por favor, acepta mi pedido.

Tyr: —Bien… Con gusto lo aceptaré.

Fue en ese momento que Tyr se fusionó con Ibarra, creando una transformación única. Ibarra adquirió un cabello plateado, con el símbolo de la fusión enmarcado en su frente. Sus guanteletes, que anteriormente eran de clase común, evolucionaron a unos guanteletes legendarios llamados “Los Puños de los Æsir”, generando una aura divina masiva que resonaba con el poder de un ángel caído.

Azazel, el ángel caído, se miraba fijamente a Ibarra mientras ambos se lanzaban a una encarnizada lucha entre dos grandes guerreros. Ibarra desató un gancho cruzado hacia el rostro del ángel, que respondió con un corte directo a su abdomen. Ibarra detuvo el ataque con su antebrazo, contraatacando con un puñetazo en el rostro de Azazel. Luego, giró su mano que cubría su abdomen, tomó la espada y realizó un giro en el aire, arrojando al ángel contra el suelo.

Antes de tocar el suelo, Azazel desplegó sus alas, deteniéndose en el aire. De repente, apareció detrás de Ibarra, lanzando un corte que hirió su espalda. La batalla se intensificó en el aire, con ambos guerreros dando lo mejor de sí. El ángel, decidido a proteger un extraño huevo, e Ibarra, decidido a sobrevivir y recuperar su ciudad, se movían frenéticamente, rompiendo el cemento y destruyendo autos varados, mientras evitaban atacar la ubicación del huevo. Era un digno duelo de gladiadores.

Sonriendo, Ibarra se dio cuenta de que esta era una batalla única en la que solo él podía derrotar a Azazel. Ambos intercambiaron golpes brutales: Ibarra le asestó un puñetazo directo en el pecho, aplastando su corazón y rompiendo sus huesos, mientras que Azazel le propinó una patada en el estómago que destrozó sus órganos internos. Ambos fueron alejados varios metros por la fuerza del impacto.

Ibarra, mientras sonreía, cargó su ataque más poderoso: el Puño Æsir. Se lanzó con toda su fuerza contra Azazel, quien, a su vez, cargó energía oscura en su espada y en su cuerpo, arremetiendo contra Ibarra. El choque entre ambos guerreros produjo una explosión gigantesca que destruyó el cristal rojo que alimentaba la puerta de la torre del dios maligno, rompiendo la barrera creada por el minotauro. La polvareda se levantó, revelando la espada de Azazel atravesada en el estómago de Ibarra y el puño de este en el corazón del ángel.

Con dolor, Azazel se sostuvo del hombro de Ibarra y le pidió un favor.

Azazel: Por favor… cuida del huevo de la reina. Te lo encargo…

Con su magia restante, Azazel hizo que el gigantesco huevo se volviera diminuto, colocándolo en la mano de Ibarra. Este se convirtió en un ítem almacenado en su inventario, llamado el “Huevo del Cosmos”. Azazel comenzó a desaparecer lentamente, dejando un último mensaje.

Azazel: Cuando el día llegue… volveré. Y tendremos nuestro combate real. Espero que puedas mantenerte tan fuerte como ahora…

Ibarra: Si sobrevivo, te prometo una revancha…

Azazel desapareció por completo, dejando caer su espada, que se convirtió en un ítem de grado legendario, al igual que los guanteletes de Ibarra. Este nuevo ítem venía con dos habilidades ocultas, que Ibarra no podía utilizar temporalmente por su bajo nivel de esgrima. Exhausto, cayó al suelo y utilizó su única habilidad de curación, comenzando a recuperarse lentamente.

Ibarra: De no ser por esto y por Tyr, no hubiera logrado sobrevivir… me pregunto… ¿cómo le estará yendo a los demás?

En ese momento, en un lugar oscuro y desolado, parecido a una cueva llena de antorchas, Russo caminaba herido y maltratado por la batalla contra el oscuro evolucionado, intentando buscar una salida. Al caer frente a un altar que no había visto por la escasa luz, fue recibido por cuatro ojos diferentes: dos azules y dos rojos que hablaron al mismo tiempo.

Dragones Eternos: ¿Buscas poder? ¿Quieres salir de aquí…?

Russo: Solo quiero salvar a mi amigo. Diganme cómo salir de aquí…

Dragones Eternos: La única salida está donde aquel ser que te dejó en ese estado. Podemos ayudarte y darte más poder, pero tenemos una condición. ¿La escucharás?

Russo, vacilante, pensó que, aunque era tentador, salir sin poder significaba morir. No podía arriesgarse a ello. Debía elegir: volver sin nada o arriesgarse a obtener más poder.

Russo: Ahg… ¿cuál es la condición…?

Dragones Eternos: Simple… debes llevarnos contigo y darnos las mejores batallas contra seres poderosos. Nuestro poder está debilitado, pero con el tiempo evolucionaremos y podremos serte de mucha ayuda… pero…

Russo: ¿Pero…?

Dragones Eternos: Si usas más poder del que puedes soportar, tendrás que sacrificar una parte de tu cuerpo a cambio de más poder. ¿Estás dispuesto a aceptar ese riesgo…?

Russo: Ya no tengo nada que perder, ¿o sí…? Acepto sus términos. Solo ayúdenme a salvar a mi amigo…

Dragones Eternos: Es un trato hecho, humano…

En ese momento, una luz cegadora inundó el lugar junto a un sonido nítido y muy agudo, capaz de estallar los tímpanos de cualquiera. Mientras tanto, en el exterior, Pato apenas resistía los ataques del monstruo, que le propinaba una paliza con puñetazos, patadas e incluso un mordisco en el hombro que lo lanzó cerca de la entrada de la mazmorras. Pato miró la entrada con una sonrisa, sabiendo que sería un buen lugar para ocultarse, resignándose a luchar hasta la muerte contra aquella criatura.

La luz que emergió de la mazmorras se abrió paso al exterior, revelando la figura de dos imponentes dragones. Se unieron en uno solo para formar la armadura divina creada por los gemelos dragón del cielo y el infierno: la armadura del dios Ryūjin. Era carmesí, con tonos dorados, digna de admiración.

A diferencia de Ibarra, Russo no tenía intención de jugar o pelear dignamente. Su tiempo era limitado; le quedaban apenas 30 segundos para usar la armadura. Con velocidad máxima, igual a Mach 4, se lanzó hacia el monstruo, cortándole la cabeza y destruyendo el último cristal que le otorgaba poder a la torre oscura del dios maligno.

Al acercarse a su amigo Pato, tocó su cabeza y lo curó con el poder de los dragones gemelos, antes de que la armadura de Russo desapareciera, agotado. Cayó al suelo, siendo atajado y levantado por el hombro por Pato, quien, aún herido, se rió de él por su deplorable estado a pesar de su épica entrada. Juntos comenzaron a dirigirse hacia la torre oscura, donde Ibarra apenas se había curado de sus heridas. Victoria y Chino regresaban también para unirse al asalto de la torre oscura, que ya había sido asaltada por Brenda, Rosario y Sasha hace unos momentos, quienes, tras derrotar al jefe Que custodiaba la entrada de la torre, entraron sin que este tuviera la menor oportunidad de defenderse al ser las 3 demasiado poderosas.

La torre oscura se expandía de manera sobrenatural, revelando un salón desolado, antiguo, que parecía haberse congelado en el tiempo. Rosario, Brenda y Sasha caminaron por lo que en otro tiempo debió ser un majestuoso palacio imperial. Ahora, solo quedaban ruinas: ventanales rotos y oscuros que una vez permitieron la entrada de la luz, ahora cubiertos de polvo y desgarrados por batallas olvidadas; murales que narraban historias de dolor y destrucción, y pilares altos con grietas profundas, testigos de incontables enfrentamientos.

A lo largo de la alfombra roja que las guiaba, las manchas de sangre se hicieron cada vez más evidentes. Al final del camino, una luz débil titilaba: una fogata. Al acercarse, la escena se volvió tétrica y macabra. Cuerpos esparcidos por el suelo, algunos aún calientes, pertenecientes a sobrevivientes de diferentes partes del mundo: Rusia, Estados Unidos, India, África, España, China. La sangre fresca indicaba que la muerte no había llegado hace mucho. En medio de la carnicería, yacía un joven coreano, con el estómago atravesado por una espada roja. Su vida pendía de un hilo.

Rosario y Brenda se apresuraron a auxiliarlo. Mientras tanto, Sasha vigilaba el lugar con los sentidos agudizados, consciente de que lo peor estaba por llegar.

Rosario: ¿Qué sucedió? Dime, ¿cómo llegaron aquí? ¿Cómo entraron?

El joven herido balbuceaba palabras en coreano, incomprensibles para ellas, hasta que el sistema activó una función de traducción automática, haciendo posible la comunicación entre todos los jugadores del mundo.

Jimin: Corran… esta torre está en cada país del mundo. Es un evento mundial… esa cosa es muy poderosa… su sirviente lo es aún más… No podrán ganar…

Brenda intentó sanar al coreano con su magia, pero frunció el ceño al descubrir la maldición que impregnaba la espada que lo había atravesado.

Brenda: No puedo curarlo. La espada está maldita, no me permite usar maná en su herida.

Rosario: Tranquilo… los vengaremos y recuperaremos la paz… Tú… descansa en paz.

Sin pestañear, Rosario sujetó el cuello del joven y, con un movimiento rápido y preciso, le quebró el cuello, dándole una muerte indolora. Brenda, horrorizada, se quedó en silencio, mientras Sasha observaba sin decir una palabra. Era un desenlace inevitable.

Con la determinación de acabar con la pesadilla que los acosaba, las tres avanzaron hacia lo más profundo de la torre, hasta llegar a una sala amplia y sombría, presidida por un trono gigantesco de hierro ennegrecido. Allí, en el trono, estaba él: Pestilencia. El jinete del apocalipsis, el mismo que la Biblia describía como el portador de enfermedades y sufrimiento. A su lado, una imponente bestia: un dragón oscuro, nacido de las profundidades de la noche más densa. En lugar de un caballo, Pestilencia cabalgaba este ser, su más fiel corcel, con ojos rojos que resplandecían en la oscuridad como brasas encendidas.

El dios maligno, cubierto por una armadura negra y afilada, irradiaba una energía tan oscura como la propia muerte. Los bordes de su armadura estaban decorados con gemas carmesíes que pulsaban, sincronizadas con su propio corazón, mientras el dragón detrás de él exhalaba humo espeso por sus fauces.

Pestilencia: Bienvenidas de nuevo, Brenda, la doncella de la belleza; Rosario, la reina del Hades; y Sasha, la princesa de la luna. Nos volvemos a encontrar en esta vida…

La figura que las recibía en el trono era la misma que la imagen que tenían grabada en sus mentes. Un ser envuelto en sombras, con una espada negra como el azabache en una mano, y su otra mano descansando sobre la cabeza del dragón, que rugía con un sonido profundo y perturbador. Los ojos de Pestilencia eran como dos abismos carmesí que lo consumían todo, y su armadura de ébano brillaba débilmente bajo la escasa luz del salón, acentuada por los contornos rojos que recorrían su cuerpo como venas que bombeaban oscuridad pura.

El dragón, su fiel corcel, era una extensión de su poder. Con escamas negras que reflejaban un brillo siniestro y alas gigantes que cubrían gran parte del techo del salón, estaba preparado para desatar el caos. El ser infernal se movía en sincronía con su amo, aguardando solo una señal para atacar, sus ojos inyectados en sangre, observando cada uno de los movimientos de las tres mujeres.

La tensión en el ambiente era palpable, el aire estaba cargado con una energía maldita que les erizaba la piel. Frente a ellas estaba uno de los seres más temidos de todas las profecías, el portador de la enfermedad y la muerte. Sabían que el enfrentamiento sería mortal

No hubo vacilación, ni una palabra sobrante. Ninguna de las tres intercambió miradas ni bromas antes de actuar. Simplemente se lanzaron a su forma más poderosa, fusionándose de inmediato con los dioses que las respaldaban. Desde el principio, la batalla contra Pestilencia exigía todo su poder.

Brenda, tras aceptar un nuevo contrato con una diosa, había alcanzado una forma final. La combinación de las energías de tres diosas fluía en perfecta armonía, otorgándole un equilibrio divino que se reflejaba en su nueva y majestuosa apariencia. Parecía un caballero galante, pero oscuro, un guerrero del mundo de los caídos. Su armadura estaba adornada con un aura infernal debido a la influencia de la Reina Súcubo, Abrahel.

Rosario, por su parte, también había cambiado. Su nuevo aspecto era elegante, refinado y dulce, cargado de una pasión ardiente. La fusión entre el dios Apolo y Hades había transformado su cuerpo, dotándola de una defensa impenetrable gracias a Apolo, y de una fuerza bruta abrumadora gracias al dios de los muertos. Además, la bendición de Lilith, la primera mujer desterrada junto a Lucifer, le otorgaba un poder mágico sin igual, un equilibrio perfecto entre defensa, ataque físico y magia destructiva.

Sasha, sin embargo, no había sido bendecida por los dioses. Sus hazañas, aunque importantes, no habían captado la atención divina, dejándola relegada en el campo de batalla. Mientras Brenda y Rosario emanaban un poder abrumador, Sasha se encontraba en una clara desventaja. El abismo de poder entre ellas era evidente. Aun así, su determinación no flaqueó

El Gran Jinete del Apocalipsis, Pestilencia, se levantó de su trono. Con un gesto de su mano, absorbió a su fiel mascota, volviéndola parte de su propia aura y poder. Cada escalón que descendía hacía que el eco de sus pisadas resonara con fuerza en el ambiente, haciendo temblar incluso el firmamento.

Pestilencia: “Oh, chicas… ¿Cuántas veces hemos hecho esto? ¿Cuántas veces debo matarlas? Nada ha cambiado en todos los reinicios, y solo los oscuros recordamos todo…”

Rosario: “¿De qué demonios estás hablando? Esta es la primera vez que nos enfrentamos.”

Pestilencia: “¿La primera vez? Para mí, han sido 305,607 veces… Este es el reinicio en el que más poder han conseguido. Aun así, no será suficiente. Lo único extraño de este ciclo es que… Benjamín no está con ustedes.”

Brenda: “Él ya no es parte del grupo…”

Las palabras de Brenda resonaron en el aire, cargadas de un peso inesperado. El Jinete de la Pestilencia se detuvo en su andar, sorprendido.

Pestilencia: “¿Benjamín se separó de ustedes?… Entonces… tal vez algo ha cambiado.”

Sasha (impaciente): “¿Por qué no dejamos de hablar y lo atacamos de una vez?”

Fue en ese momento cuando las tres decidieron actuar. Brenda fue la primera en moverse, lanzándose hacia Pestilencia desde la derecha. Girando sobre sí misma, apretó con fuerza el mango de su espada, lista para cortar su abdomen. Mientras tanto, Rosario extendió las manos y convocó un arco colosal, el arco de Apolo, cargado con energía divina del sol. Sasha, con su guadaña en mano, atacó por el lado izquierdo, decidida a no quedarse atrás.

Sin embargo, Pestilencia detuvo ambos ataques con una facilidad insultante, atrapando la espada de Brenda y la guadaña de Sasha con sus dedos, como si no pesaran nada. Con una expresión pensativa, ignoraba la batalla en curso, centrado en los extraños cambios que notaba en este ciclo.

Pestilencia: “Su patrón ha cambiado… Benjamín no está aquí… Eso significa que todo ha cambiado… Entonces, no tengo que distraerme… ¿Hmm?”

Fue entonces cuando la flecha de Rosario, cargada con la energía del sol, fue disparada directamente hacia su pecho. El impacto fue devastador, generando una explosión masiva que sacudió el lugar. La onda expansiva empujó a Sasha y Brenda hacia atrás, mientras el polvo y los escombros llenaban la sala.

Por un breve momento, creyeron haber ganado. Pero de entre el humo y la polvareda, el sonido de las pisadas metálicas de Pestilencia resonó una vez más, haciéndose cada vez más fuerte y aterrador. La imponente figura del Jinete emergió lentamente, limpiando con indiferencia la abolladura en su armadura provocada por el ataque de Rosario.

Rosario: “Ese fue mi ataque más fuerte… y solo le abollé la armadura…”

Pestilencia: “No te sientas mal, antes ni siquiera podías tocarme. Al menos esta vez lograste abollar mi armadura. Eso es un progreso, ¿no crees?”

Las tres guerreras no se dieron por vencidas. Rosario invocó una lanza formada con el poder del sol, mientras Sasha apretaba con fuerza su guadaña, lista para volver al ataque. Brenda, con una sonrisa desafiante, cargó su espada carmesí con energía oscura, preparándose para un nuevo asalto.

Pestilencia, complacido por el desafío, desapareció al instante, al igual que ellas. Los cuatro se movían con una velocidad descomunal, apenas visibles, sus armas chocando y generando destellos en la oscuridad. El verdadero combate había comenzado, y ninguna de las tres estaba dispuesta a caer sin luchar.

La batalla comenzó con un aire de tensión palpable. El Jinete de la Pestilencia permanecía inmóvil, con una mirada gélida mientras observaba a las tres mujeres que se preparaban para atacarlo. Sasha, Brenda y Rosario se alineaban, cada una consciente de la magnitud del desafío al que se enfrentaban. A pesar del abismo de poder entre ellas, ninguna pensaba retroceder.

Sasha fue la primera en moverse. Con su guadaña en forma de luna creciente, avanzó con una agilidad sorprendente, sus pies apenas rozando el suelo mientras ejecutaba una serie de cortes rápidos. Cada movimiento que realizaba estaba inspirado en las fases de la luna. Con un corte en “luna nueva”, lanzó un ataque bajo y rápido directo a las rodillas del Jinete. El filo de la guadaña brillaba, cortando el aire con un silbido amenazador. Luego, siguió con un barrido en “luna creciente”, un arco ascendente que apuntaba a su torso. Con cada ataque, la guadaña vibraba con la energía lunar.

Sin embargo, el Jinete no se inmutó. Con un movimiento casi despreciativo, desvió la guadaña de Sasha como si fuera un juguete. Ella, imperturbable, continuó, ejecutando un giro perfecto y lanzando un golpe en “luna llena”, un ataque circular devastador que debía cortar a través de la armadura del Jinete. La fuerza del impacto sacudió el aire, pero él detuvo el golpe con su mano desnuda, un gesto que parecía burlarse de su esfuerzo.

Pestilencia: “¿Crees que esto es suficiente? Ni siquiera estás cerca de comprender el verdadero poder.”

Con un simple empujón, Sasha fue lanzada hacia atrás, su guadaña tambaleándose en su mano. La furia en sus ojos brillaba mientras se lanzaba de nuevo, esta vez cargando su arma con toda su energía, pero cada uno de sus ataques fue desviado con una facilidad insultante. Pestilencia la había analizado por completo, y mientras intentaba ejecutar un ataque final, con su guadaña brillando intensamente, él desapareció y apareció a su lado. Un golpe devastador con el dorso de su mano envió a Sasha volando, aterrizando con un fuerte golpe en el suelo, jadeando pero aún con la determinación de no rendirse.

Mientras Sasha trataba de reincorporarse, Brenda se adelantó. Su apariencia había cambiado; el poder de Afrodita, Atenea y la Reina Súcubo Abrahel la había transformado en una guerrera que irradiaba elegancia y brutalidad. Su espada resplandecía con energía divina, un reflejo de su poder interior. Adoptó una postura de esgrima perfecta, sus movimientos precisos y calculados, pero también llenos de fuerza.

Brenda se lanzó hacia Pestilencia, desapareciendo en el aire con una velocidad asombrosa. La energía de Afrodita aumentaba su agilidad, mientras que el poder de Atenea le otorgaba una precisión casi divina en cada estocada. Atacó con un golpe directo al corazón del Jinete, cargado con la fuerza de los tres dioses que la respaldaban. Sin embargo, Pestilencia bloqueó el ataque con su brazo, creando un estruendo que resonó en toda la sala. El impacto fue tan fuerte que Brenda retrocedió unos pasos, pero no se detuvo.

Cambiando su estrategia, Brenda canalizó la energía de la Reina Súcubo, llenando su espada con un poder oscuro y seductor. El aire a su alrededor vibraba mientras ejecutaba una serie de estocadas rápidas, sus movimientos tan precisos como letales. Cada golpe cargado de poder divino creaba pequeñas ondas de choque a su alrededor, mientras la batalla alcanzaba un frenesí de velocidad y fuerza.

Pero Pestilencia, con su tranquilidad abrumadora, bloqueaba y esquivaba cada ataque con una facilidad que resultaba humillante. Finalmente, cuando Brenda ejecutó un golpe final, una estocada directa al cuello, Pestilencia atrapó su espada en el aire con dos dedos.

Pestilencia: “Interesante… Pero no es suficiente.”

Con una fuerza devastadora, Pestilencia torció la espada de Brenda, rompiéndola en dos. Antes de que pudiera reaccionar, la golpeó con una patada cargada de poder oscuro, enviándola contra una columna cercana. El sonido de los huesos fracturándose llenó el aire mientras Brenda caía al suelo, incapaz de moverse.

Con Brenda y Sasha derrotadas, Rosario se adelantó, la furia en su mirada avivada por la derrota de sus compañeras. Su lanza brillaba con la energía de Apolo y Hades, una mezcla perfecta entre la luz del sol y la oscuridad del inframundo. Rosario no perdió tiempo. Canalizó su energía en la lanza y la convirtió en un arco, disparando una flecha cargada con fuego solar y magia explosiva directamente hacia Pestilencia.

La explosión que siguió fue ensordecedora. El fuego carmesí consumió al Jinete, creando una columna de llamas que ascendió hacia el cielo. Rosario aprovechó el momento, moviéndose con rapidez y transformando su arco nuevamente en lanza. Atacó sin descanso, sus golpes imbuidos con la energía de Hades. Cada estocada estaba cargada con una fuerza abrumadora, un torrente de energía que buscaba hacer temblar la misma tierra bajo sus pies.

Sin embargo, cuando las llamas se disiparon, Pestilencia emergió de entre los escombros, indemne. Su armadura estaba abollada y quemada en algunos lugares, pero el Jinete seguía de pie, su poder intacto, como si nada hubiera sucedido.

Rosario: “No puede ser… ¡Ese era mi ataque más fuerte!”

Pestilencia: “Lo fue… pero no es suficiente.”

La furia de Rosario ardía en su interior mientras lanzaba otro ataque. Con un grito de desafío, desapareció en un destello de luz, utilizando su magia de aumento para potenciar su fuerza y velocidad al máximo. Atacando con su lanza, disparó bolas de energía cargadas de electricidad explosiva, cada ataque resonando como un trueno en el aire. Pero Pestilencia, como una sombra, esquivaba y contrarrestaba cada ataque, sus movimientos fluidos y burlones.

Finalmente, Pestilencia se cansó del juego. Cuando Rosario intentó un ataque final, él atrapó su lanza con una mano y la levantó del suelo con una facilidad aterradora. Con un movimiento brusco, rompió la lanza en dos, y luego, con un solo golpe, la lanzó al suelo con tanta fuerza que el impacto creó un cráter.

Rosario, debilitada y derrotada, apenas podía moverse. Pestilencia se acercó a ella, su armadura aún brillando con el daño que había sufrido durante la batalla, pero su cuerpo estaba ileso. Con una sonrisa despectiva, se volvió hacia sus oponentes caídas.

Pestilencia: “Fueron más fuertes que en los otros ciclos… pero al final, todo sigue igual.”

Con Brenda y Sasha inconscientes, y Rosario aplastada en el suelo, Pestilencia se quedó de pie, victorioso. Habían dado lo mejor de sí, habían luchado con todo su poder, pero no habían sido capaces de derrotar al Jinete. A pesar de haber logrado dañar su armadura, el resultado final fue humillante: una derrota total, una que sería recordada como un aviso del verdadero poder que aún no comprendían.

La atmósfera del oscuro castillo se cargaba de una tensión aún más palpable, como si la misma estructura estuviera esperando el desenlace de esta confrontación. Pestilencia se había deleitado con la agonía de Rosario, disfrutando cada grito desgarrador que resonaba en los muros, cada eco que parecía danzar en un macabro compás de desesperación. El momento había llegado para sellar el destino de las tres guerreras.

Pestilencia: “Llegó el momento de darles fin, pero no seré tan bueno. Como fueron buenas, les daré un premio: una muerte lenta y dolorosa…”

Con una sonrisa helada, el Jinete pisó con frialdad las manos de Rosario, comenzando a romperlas lentamente. El sonido de los huesos crujientes se mezclaba con los gritos desgarradores de la joven, resonando como el eco de fantasmas en la penumbra del castillo. Sus ojos carmesí brillaban con una intensidad inquietante mientras sus manos se retorcían bajo la brutal presión.

Rosario: “¿Crees que con eso vas a lograr hacerme rendir? Jejeje… ¿por qué no mejor vuelves al infierno del que saliste?”

A pesar de su cuerpo demacrado y herido, ella escupió en la armadura del Jinete, una expresión de desafío en su rostro. La fría mirada de Pestilencia no se inmutó. Levantó su pierna, listo para pisar la cabeza de Rosario con una fuerza abrumadora, cuando de repente, una larga espada oscura y dos dagas negras aparecieron velozmente, golpeando a Pestilencia y alejándolo bruscamente.

La sorpresa iluminó el rostro del Jinete; en ninguno de sus reinicios había recibido refuerzos. Pero ahora, ahí estaban, los primeros en llegar para salvar a Rosario y sus compañeras: Ibarra con la espada de Azazel, y Pato con sus dagas oscuras. Detrás de ellos, Chino, Russo y Victoria entraron en escena, formando un círculo protector alrededor de la debilitada guerrera.

Ibarra: “Se ve que dejaste a nuestra líder y a las demás en un estado deplorable.”

Russo: “Les dije que debimos tomar el atajo, habríamos llegado más rápido.”

Victoria: “Perdón, el camino del medio parecía menos infestado de monstruos.”

Chino: “Lo importante es que llegamos.”

Pato: “Creo que tenemos una mierda frente a nosotros que debemos destruir.”

El Jinete del Apocalipsis observó con interés a sus nuevos oponentes, su mente analizando cada detalle. No había una explicación lógica para su llegada, pero un solo pensamiento atravesó su mente oscura.

Pestilencia: “Oh, ya entiendo… Eso significa que nació… alguien que no existe, alguien que deseó renacer y nació justo aquí. Qué interesante…”

El ambiente se volvió sofocante tras las palabras de Pestilencia. Su voz resonaba como una sentencia de muerte, y aunque el Jinete parecía divertido por la llegada inesperada de los cinco guerreros, su mirada no dejaba lugar a dudas: este sería el fin. El oscuro castillo, que más parecía una tumba de piedra y sombras, comenzó a temblar, como si presintiera la violencia que estaba a punto de desatarse. El suelo, cubierto de los restos de antiguas batallas y manchas de sangre ya secas, se agrietaba a cada paso del Jinete.

Su armadura oxidada emitió un crujido siniestro cuando dio un paso hacia adelante, y la atmósfera se tornó aún más opresiva, como si el aire mismo temiera lo que estaba por suceder. La oscuridad en el lugar parecía envolverlos, densa y pesada, mientras sus ojos carmesí brillaban con intensidad en la penumbra.

Ibarra no dudó ni un segundo. Fue el primero en lanzarse, la Espada de Azazel en su mano derecha y los guanteletes en sus brazos resonando con el poder del dios Tyr. Sus movimientos eran rápidos y fluidos, cada golpe de su espada resonaba en el aire, generando destellos oscuros que rasgaban el espacio hacia Pestilencia. Atacaba con una furia controlada, combinando estocadas y golpes de puño que explotaban con una potencia devastadora, haciendo temblar el suelo a cada impacto.

Pestilencia, sin embargo, bloqueaba con facilidad. Movía su lanza apocalíptica como si pesara nada, deteniendo cada golpe con una precisión escalofriante. Sus ojos no dejaban de brillar, como si se estuviera regocijando en la desesperación creciente de sus enemigos.

Ibarra aprovechó un instante de distracción, concentrando el poder de su espada en un solo corte. Con un grito de furia, lanzó una poderosa estocada que logró penetrar la armadura de Pestilencia, cortando su pecho y generando una chispa de sangre oscura que salpicó el suelo.

Pero Pestilencia no retrocedió. En lugar de mostrar dolor, soltó una carcajada fría, brutal. Con un movimiento violento, desvió a Ibarra con la lanza, levantándolo por el aire antes de estrellarlo contra el suelo con una fuerza abrumadora. Antes de que pudiera reaccionar, el Jinete lo tomó del cabello con una sola mano, alzándolo como si fuera una marioneta rota. Ibarra intentó luchar, pero Pestilencia lo lanzó con brutalidad hacia una pared, haciendo que las piedras se rompieran bajo el impacto.

Pestilencia: “Eres fuerte, pero aún así… insignificante.”

Pato no perdió tiempo. En cuanto Ibarra fue lanzado, el guerrero aprovechó la distracción y, con una velocidad sobrehumana, corrió hacia el Jinete, sus dagas reluciendo en la penumbra. La armadura forjada por Efesto cubría su cuerpo, dándole protección y velocidad en cada movimiento. Saltó, desapareciendo y reapareciendo en el aire en múltiples puntos mientras cortaba velozmente. Las dagas de Pato buscaron las articulaciones de la armadura de Pestilencia, intentando aprovechar la fisura que Ibarra había abierto.

Cada golpe era milimétricamente calculado, su mente trabajando al máximo. Usaba ilusiones y trucos mentales, haciendo que el Jinete viera ataques que no existían, mientras otros lo golpeaban desde ángulos inesperados. Pero Pestilencia se movía con la seguridad de alguien que ya había vivido este combate miles de veces.

Con un giro rápido, Pestilencia bloqueó las dagas de Pato con su lanza, y antes de que este pudiera esquivar, el Jinete lo golpeó con el extremo del arma, enviándolo volando hacia el techo. Pato intentó recomponerse, pero antes de que pudiera reaccionar, Pestilencia apareció frente a él, tomando su brazo y aplastándolo con una fuerza abrumadora. El grito de dolor de Pato resonó en todo el lugar.

Victoria, portadora del poder de Anubis, no esperó. Sus ojos se encendieron de un intenso brillo dorado mientras corría hacia Pestilencia. Con cada paso que daba, su fuerza crecía, y aunque su cuerpo se llenaba de heridas a cada golpe, estas solo la hacían más fuerte. Sus puños eran como martillos de pura energía, y cada golpe que lanzaba hacía retumbar el aire y las piedras a su alrededor.

A pesar del dolor creciente en su cuerpo, Victoria seguía peleando, lanzando un golpe tras otro con una fuerza sobrehumana. Pestilencia, por primera vez, retrocedió un par de pasos ante el impacto de sus golpes, pero rápidamente recuperó el equilibrio. Con un giro violento, clavó su lanza en el suelo y generó una onda expansiva que lanzó a Victoria varios metros hacia atrás. Se estrelló contra una columna, la estructura misma del castillo temblando por la violencia del impacto. Aunque su cuerpo seguía regenerándose, la fuerza del Jinete la había dejado paralizada por unos segundos vitales.

Chino, con su pistola cargada de maná divino otorgado por Hércules, aprovechó ese momento. Disparó múltiples proyectiles que se movían a una velocidad increíble, cada uno de ellos cargado con el poder suficiente para destrozar la carne de cualquier ser. Al mismo tiempo, su lanza cortaba el aire, buscando la cabeza de Pestilencia en un ataque coordinado.

Pero Pestilencia no parecía humano. Cada bala que disparaba Chino era desviada con un simple giro de su lanza. La lanza de Chino chocó con la del Jinete, y aunque puso todo su poder en el ataque, fue rápidamente desarmado. Pestilencia lo golpeó en el estómago con la parte trasera de su lanza, lanzándolo por los aires como si fuera un muñeco de trapo.

Russo, envuelto en la resplandeciente armadura del dragón carmesí, sintió el peso del tiempo presionando su pecho. Sabía que no tenía más de un minuto antes de que su cuerpo colapsara bajo la inmensa presión de la armadura, pero no le importaba. Su determinación ardía como el fuego que resonaba en su interior, alimentado por la bendición de Ryūjin, el dios dragón. Las alas, tan afiladas como cuchillas de obsidiana, lo impulsaron a través del aire con una velocidad endemoniada. El suelo se agrietaba bajo la potencia de su ascenso, mientras su cuerpo se convertía en un meteoro rojo que descendía con furia sobre Pestilencia.

lanzó con una velocidad asombrosa, surcando el aire como un relámpago carmesí. La armadura de dragón que lo envolvía brillaba intensamente, y cada batir de sus alas levantaba escombros y polvo, haciendo que el suelo bajo él se agrietara ante la pura fuerza de su ascenso. Su mirada estaba fija en Pestilencia, su enemigo, la fuente de la oscuridad que había humillado a sus compañeros. Sabía que su tiempo con la armadura era limitado, apenas un minuto antes de que su cuerpo no soportara más, pero estaba decidido a aprovechar cada segundo.

Con un grito feroz, Russo se abalanzó hacia Pestilencia, golpeando con una patada impulsada por las alas del dragón. El impacto resonó por todo el castillo, un estruendo que hizo vibrar las paredes. La patada conectó con el torso del Jinete, haciéndolo retroceder unos pasos. Las alas de Russo batían con tal fuerza que el polvo y los escombros giraban en remolinos alrededor de ambos.

Pestilencia, por primera vez, tambaleó ante el poder bruto del ataque, pero no mostró signos de dolor o sorpresa. Con un simple movimiento de su brazo, bloqueó el siguiente golpe de Russo, que había dirigido su puño derecho hacia el rostro del Jinete. El sonido del impacto fue como el de una explosión sorda, pero Russo no se detuvo. Usando las alas para ganar impulso, realizó un giro en el aire y golpeó nuevamente con ambas piernas, apuntando a la cabeza de Pestilencia.

Pestilencia: “Un espectáculo interesante… pero inútil.”

El Jinete bloqueó el ataque con una facilidad insultante, deteniendo a Russo en pleno aire con una sola mano, agarrando una de sus piernas. Con un movimiento brutal, Pestilencia lo arrojó contra el suelo, rompiendo las losas del castillo en pedazos bajo el peso del impacto. El cuerpo de Russo quedó sepultado momentáneamente entre los escombros, pero la armadura del dragón lo protegía.

Russo no se detuvo, se impulsó de nuevo con las alas, esta vez ascendiendo rápidamente y disparando desde el aire un torrente de fuego dracónico hacia Pestilencia. Las llamas, de un rojo intenso, devoraron el espacio entre ellos, envolviendo al Jinete en un infierno ardiente. Las paredes y columnas cercanas comenzaron a colapsar por el calor, pero cuando las llamas finalmente se disiparon, Pestilencia seguía allí, completamente ileso.

Pestilencia: “Tu fuego no es nada ante mí.”

El tiempo de Russo se agotaba, y lo sabía. Con cada segundo que pasaba, sentía el peso de la armadura aplastando su cuerpo, pero no podía detenerse. Con una última explosión de velocidad, Russo descendió como un cometa, su puño derecho envuelto en llamas, dispuesto a golpear el centro del pecho de Pestilencia. Esta vez, su ataque tenía la intención de penetrar la armadura del Jinete, de quebrar lo que otros no habían podido.

El impacto fue brutal. Las llamas del dragón se intensificaron alrededor del puño de Russo, creando una onda de choque que sacudió toda la estructura del castillo. La armadura de Pestilencia se resquebrajó ligeramente, mostrando una grieta en su torso. Era el primer signo de daño que había sufrido el Jinete en toda la batalla. Russo, con el aliento agitado, sintió una pequeña chispa de esperanza.

Pero esa chispa se desvaneció cuando Pestilencia levantó su mirada, imperturbable. Con una velocidad que desafiaba su tamaño, el Jinete atrapó a Russo del cuello, levantándolo en el aire con una sola mano. Russo intentó luchar, pero la fuerza de Pestilencia era abrumadora. La armadura del dragón comenzaba a desmoronarse, y Russo sentía su cuerpo al borde del colapso.

Pestilencia lo miró con desprecio, sus dedos apretando con fuerza el cuello de Russo.

Pestilencia: “Eres fuerte… pero no lo suficiente.”

Con un movimiento seco, Pestilencia lanzó a Russo contra el suelo con tanta fuerza que el impacto creó un cráter bajo él. La armadura del dragón se desintegró, y el cuerpo de Russo quedó expuesto y vulnerable. Apenas podía moverse, su respiración era entrecortada, pero la batalla para él había terminado.

Victoria avanzó, sus ojos brillando con la energía oscura de Anubis. Cada paso resonaba con una fuerza demoledora, y a medida que se acercaba a Pestilencia, el aire alrededor de ella parecía distorsionarse por la intensidad de su poder. La carne maltratada de su cuerpo, llena de cicatrices y heridas abiertas, se regeneraba lentamente, pero esa misma agonía era su fuente de fuerza. Cuanto más sufría, más poderosa se volvía. El suelo bajo sus pies se agrietaba con cada paso, mientras una neblina oscura envolvía su figura, dándole una apariencia espectral.

Victoria no perdió tiempo. Su primer golpe fue un puñetazo dirigido con precisión a la mandíbula de Pestilencia. El aire se cortó con un silbido mientras su puño, envuelto en sombras, viajaba hacia su objetivo. Pestilencia levantó su brazo cubierto de armadura en el último momento, bloqueando el ataque, pero la fuerza del impacto fue tal que lo hizo retroceder unos metros, el suelo cediendo bajo sus pies mientras intentaba estabilizarse.

Sin darle tregua, Victoria giró sobre su eje, descargando una patada hacia la rodilla del jinete. El impacto fue brutal, suficiente para hacer que el metal crujiera y se deformara ligeramente. Pero Pestilencia apenas se inmutó. De su cuerpo emanaba una niebla tóxica, envolviendo a Victoria en un aura sofocante que buscaba ralentizar sus movimientos. Ella, imperturbable, continuó con una serie de ataques precisos, alternando entre puñetazos y rodillazos, golpeando el cuerpo blindado del enemigo con la fuerza de un huracán. Cada golpe era como el martilleo de una tormenta, haciendo que las paredes del lugar temblaran.

Pestilencia, a pesar de recibir los impactos, parecía invulnerable. Los golpes de Victoria, aunque potentes, no lograban atravesar completamente su armadura. Con un movimiento calculado, el jinete levantó su brazo y lanzó un contraataque devastador, un golpe que se hundió en el abdomen de Victoria como una bala de cañón. El sonido de huesos rompiéndose fue ahogado por el choque violento que la lanzó hacia atrás, estrellándola contra una columna que se desmoronó en el impacto.

Victoria se levantó, su cuerpo regenerándose lentamente, pero con evidente dolor. A pesar de su inmortalidad, su resistencia tenía un límite, y Pestilencia parecía estar buscando el punto de quiebre. El jinete avanzó con calma, su respiración apenas alterada, como si todo el daño infligido no fuera más que una molestia pasajera. Mientras Victoria intentaba reincorporarse, Pestilencia la tomó por el cuello con una sola mano, levantándola del suelo con facilidad. El aire venenoso se arremolinaba a su alrededor, y aunque Victoria seguía luchando, sus fuerzas comenzaban a flaquear.

El Jinete la estrelló contra el suelo, su armadura resonando con el impacto. Victoria jadeaba, su regeneración apenas pudiendo mantenerse al día con el daño que estaba recibiendo. Pestilencia no le dio tiempo para recuperarse. Con una precisión cruel, levantó su pie y lo estrelló contra el pecho de Victoria, aplastándola contra el suelo y quebrando sus costillas en el proceso. El eco de los huesos rompiéndose resonó en la sala.

A pesar de todo, Victoria seguía resistiendo. Su cuerpo inmortal, aunque al borde del colapso, seguía luchando por levantarse. Pestilencia, observándola con indiferencia, la levantó nuevamente, esta vez lanzándola a través del salón como si no fuera más que una muñeca de trapo. Victoria chocó contra la pared con tal fuerza que dejó una grieta profunda antes de caer al suelo, inmóvil. A pesar de su inmortalidad, su cuerpo no podía seguir regenerándose al mismo ritmo que estaba siendo destruido.

Pestilencia caminó hacia ella lentamente, como si disfrutara cada segundo de la humillación. Al llegar a su lado, se detuvo por un momento, mirando su cuerpo maltrecho, antes de levantar su pie una vez más, apuntando a su cabeza. Pero justo antes de que pudiera dar el golpe final, un disparo resonó en la sala.

Chino emergió de las sombras, con una expresión decidida y sus ojos fijos en Pestilencia. Su pistola, cargada con la energía de Hércules, brillaba con un tono dorado mientras apuntaba directamente al pecho del jinete. Sin perder tiempo, disparó una ráfaga de proyectiles de mana, cada uno de ellos capaz de atravesar el metal más duro.

Las balas volaron a una velocidad increíble, dejando estelas doradas en su trayectoria. Pestilencia apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el primer impacto golpeó su armadura. El estruendo del impacto fue ensordecedor, sacudiendo las paredes del castillo, pero el jinete permaneció de pie, su cuerpo apenas tambaleándose por la fuerza del ataque. Las balas, aunque poderosas, no lograban penetrar completamente su protección.

Chino no se detuvo. Con una precisión milimétrica, cargó su pistola nuevamente, disparando una y otra vez, buscando un punto débil. Los destellos de energía iluminaban la oscura sala con cada disparo, y el sonido de las balas impactando contra la armadura resonaba como un martilleo incesante. Cada impacto hacía retroceder a Pestilencia, aunque solo unos pasos, pero la amenaza de sus disparos no podía ser ignorada.

En un movimiento rápido, Chino cambió de táctica. Guardó su pistola y desenfundó su lanza, que brillaba con una luz tenue pero letal, alimentada por su propio mana. Con una explosión de velocidad, se lanzó hacia Pestilencia, buscando una apertura. Sus pasos eran ágiles, rápidos como un relámpago, y en cuestión de segundos ya estaba frente al jinete.

Con un grito de batalla, Chino arremetió con la lanza, apuntando a la unión entre la coraza y el casco de Pestilencia, buscando herirlo donde la armadura era más vulnerable. La lanza chocó con un estruendo metálico, y por un momento, pareció que el ataque había logrado su objetivo. La punta de la lanza había logrado penetrar unos centímetros, rasgando la capa exterior de la armadura del jinete.

Pero antes de que Chino pudiera aprovechar el momento, Pestilencia reaccionó con una velocidad inesperada. Con un movimiento brusco, agarró la lanza con una de sus manos, deteniendo el avance de Chino por completo. El jinete giró su cabeza lentamente hacia él, como si no fuera más que una simple molestia.

La fuerza de Pestilencia era abrumadora. A pesar de que Chino intentaba recuperar el control de su arma, fue como si estuviera luchando contra una montaña. Pestilencia lo desarmó con facilidad, arrancando la lanza de sus manos y lanzándola a un lado, haciéndola rodar lejos en el suelo. El jinete entonces levantó su brazo, envuelto en la misma niebla tóxica que había sofocado a Victoria, y lo lanzó con brutalidad hacia Chino.

El impacto fue devastador. El golpe de Pestilencia lo alcanzó en el estómago, enviándolo volando hacia atrás como una bala, atravesando el aire y estrellándose contra una de las columnas del castillo. El crujido de la piedra al colapsar bajo el cuerpo de Chino fue ensordecedor, y el polvo se levantó en todas direcciones mientras la columna se desmoronaba. Chino cayó al suelo, jadeando por el dolor, con una mano aferrada a su costado.

Pestilencia no le dio tregua. El jinete avanzó hacia él con pasos firmes y deliberados, levantando su mano para acabar con él. Chino, tambaleándose, intentó ponerse de pie. Sangre corría por la comisura de su boca, y su cuerpo estaba visiblemente dañado. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse. En un último intento desesperado, Chino desenfundó nuevamente su pistola, pero antes de que pudiera disparar, Pestilencia lo alcanzó.

Con un movimiento veloz y despiadado, Pestilencia agarró a Chino del cuello, levantándolo del suelo. El jinete lo sostuvo en el aire, observando con fría indiferencia cómo Chino luchaba por liberarse. La mano de Pestilencia se apretó cada vez más, sofocando a Chino, quien apenas podía respirar. Su rostro se tornaba de un rojo intenso mientras sus piernas pataleaban en el aire, sin poder hacer nada para zafarse.

El sonido del metal crujiendo bajo la presión de Pestilencia resonaba en el aire, mientras la pistola de Chino caía al suelo con un ruido sordo. La niebla tóxica envolvía su cuerpo, debilitándolo aún más con cada segundo que pasaba. Finalmente, sin más resistencia, el jinete lo lanzó al suelo con brutalidad, dejando a Chino inmóvil, apenas consciente.

El cuerpo de Chino quedó tendido entre los escombros, su respiración débil y su cuerpo temblando por el dolor. Pestilencia lo observó por un momento antes de girarse, buscando al siguiente enemigo.

Ibarra quien había sido el primero en lanzarse al combate, ahora era el unico que quedaba en pie, Ibarra. Con el peso de la batalla sobre sus hombros y la espada de Azazel brillando débilmente en su mano, Ibarra observó cómo sus compañeros caían uno a uno, todos derrotados por la implacable fuerza de Pestilencia. Pero en sus ojos no había temor. El poder de Tyr resonaba dentro de él, impulsándolo hacia la última confrontación.

Ibarra ajustó sus guanteletes, sintiendo el frío metal contra su piel. Los guanteletes, un regalo de Tyr, aumentaban su fuerza y resistencia. La espada, recién obtenida, emitía un brillo oscuro, su hoja cargada con el poder de un antiguo demonio. Era su única oportunidad.

Con un rugido feroz, Ibarra se lanzó hacia Pestilencia, blandiendo su espada en un arco descendente. El sonido del metal cortando el aire fue ensordecedor, y cuando la espada impactó contra la armadura del jinete, un destello de energía oscura estalló en todas direcciones. La hoja logró rasgar la coraza, un corte profundo que cruzaba el pecho de Pestilencia, revelando carne y sangre negra.

Pestilencia retrocedió, sorprendido por la fuerza del ataque. El golpe había atravesado su armadura, algo que ninguno de los otros había logrado. Sin embargo, en su rostro no había señales de miedo, sino una perversa satisfacción.

Ibarra no le dio tiempo para recuperarse. Siguiendo el corte, se lanzó hacia adelante, utilizando sus guanteletes para golpear con ferocidad. Sus puños, potenciados por el poder de Tyr, se estrellaron contra el cuerpo de Pestilencia, cada impacto acompañado por el crujir del metal deformándose bajo la presión. Ibarra atacaba con velocidad y precisión, combinando golpes rápidos con su espada y brutales puñetazos que hacían tambalear al jinete.

El entorno se desmoronaba a su alrededor. Cada golpe retumbaba en las paredes del castillo, haciendo que el polvo cayera desde el techo y las columnas temblaran bajo la fuerza del combate. El suelo bajo ellos se agrietaba, y los escombros volaban con cada movimiento de Ibarra, que atacaba con una intensidad inhumana, decidido a no permitir que Pestilencia lo venciera.

Pero Pestilencia era un jinete del apocalipsis, una entidad más allá de lo humano. Aunque Ibarra había logrado herirlo, sus ataques empezaban a perder fuerza, y el cansancio comenzaba a hacer mella en su cuerpo. En un movimiento rápido, Pestilencia levantó su brazo y bloqueó uno de los puñetazos de Ibarra, deteniéndolo en seco. La fuerza del jinete era abrumadora.

Con un movimiento brusco, Pestilencia agarró a Ibarra por la muñeca, girando su cuerpo con una facilidad aterradora. Antes de que Ibarra pudiera reaccionar, fue lanzado violentamente contra una columna cercana, su cuerpo chocando con tal fuerza que la piedra se rompió al impactar. Ibarra cayó al suelo, jadeando por el dolor, pero no se rindió. Se levantó, tambaleándose, con la espada aún en su mano.

Pestilencia avanzó lentamente hacia él, cada paso resonando como una sentencia de muerte. Ibarra, en un último esfuerzo, levantó su espada y se lanzó hacia adelante una vez más, pero esta vez, el jinete estaba preparado. Con una velocidad brutal, Pestilencia bloqueó el ataque con su brazo y, con su otra mano, agarró a Ibarra por el cabello, levantándolo en el aire.

La mirada de Ibarra se encontró con la de Pestilencia, sus ojos carmesíes brillando con una luz siniestra. El jinete lo sostuvo en alto, como si fuera un simple muñeco, mientras la espada de Ibarra caía de su mano y resonaba al golpear el suelo.

El cuerpo de Ibarra colgaba sin fuerzas, su rostro torcido por el dolor. La mano de Pestilencia se apretó con más fuerza en su cabello, mientras la niebla oscura comenzaba a envolverlos a ambos. El jinete lo levantó aún más, como si se deleitara en su victoria. No había palabras, solo el sonido de la respiración dificultosa de Ibarra y el eco de la derrota que resonaba en el castillo. El único guerrero que había logrado herir a Pestilencia ahora colgaba indefenso, humillado y derrotado, mientras el jinete observaba su obra con una sonrisa torcida.

Tanto Brenda como Sasha habían despertado, pero su estado era desolador. Estaban destrozadas, débiles, casi sin moverse, arrastrándose como podían o intentando levantarse. Sus miradas se dirigieron hacia Ibarra, quien estaba a punto de ser quebrado por las manos de Pestilencia. En un último acto de valentía, Rosario disparó su flecha dorada, impactando en el área que Ibarra había lastimado anteriormente. La fuerza del impacto hizo que Pestilencia soltase a Ibarra, lanzándolo contra ella, y ambos cayeron al suelo tras el brutal choque, sabiendo que la esperanza se desvanecía con cada segundo que pasaba.

Pestilencia, cansado de jugar con ellos, comenzó a regenerar lentamente toda su armadura, su figura volviéndose aún más imponente mientras se elevaba en el aire, cargando energía oscura que emanaba de su ser, creando un aura tenebrosa a su alrededor.

Pestilencia sonrió con desdén, observando a sus oponentes con una mezcla de diversión y desprecio. La energía oscura se intensificó a su alrededor mientras su voz resonó, llena de arrogancia.

“Bueno, fue un placer, pero son demasiados cambios y no me arriesgaré a morir aquí…”

Con cada palabra, el ambiente se volvía más opresivo, y el aire vibraba con la tensión acumulada. Ibarra, con sus últimas fuerzas, intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía. La desesperación se reflejaba en los rostros de Rosario y los demás, quienes intentaban acercarse para protegerlo, pero el terror que generaba Pestilencia era abrumador. Todo esto era observado en tiempo real por los dioses del mundo, un evento engañoso de nivel mundial que mantenía a todos al borde del caos.

El dios Apolo estaba realmente molesto por la situación; nunca pensó que el sistema se atrevería a jugar con ellos de esa manera. Hades, junto a él y Lilith, comenzó a discutir con Apolo, el ambiente entre ellos cargado de tensión.

Hades: “Te lo dije, si no fueras tan débil, ella no estaría a punto de morir. Era la más fuerte entre mis contratistas, ¡inútil de mierda!”

Apolo: “¿Te parece que estoy feliz? ¡Quieres que te mate, pedazo de insecto del inframundo!”

Las palabras volaban como cuchillos afilados, pero el tiempo en el mundo de los dioses pasaba mil veces más lento que para los humanos. Mientras los dioses discutían, Apolo tuvo una idea arriesgada, pero ya no le importaban los riesgos. Su deseo de salvar a su más fuerte portadora superaba todo. Decidió pedir a Hades sus puntos de plausibilidad, con la intención de hacer dos cosas.

Hades: “¿Qué piensas hacer?”

Apolo: “No es asunto tuyo…”

Hades: “Ella también es mi contratista, por lo que sí lo es.”

Apolo: “Mandaré un mensaje a esa persona. Y nosotros, corriendo el riesgo de perder divinidad y debilitarnos, iremos a proteger a su grupito. No será justo para otros dioses, pero nosotros somos de los de más alto rango, y nos vale madre eso.”

Apolo: “Mandaré un mensaje a esa persona. Y nosotros, corriendo el riesgo de perder divinidad y debilitarnos, iremos a proteger a su grupito. No será justo para otros dioses, pero nosotros somos de los de más alto rango, y nos vale madre eso.”

Con una decisión firme, Apolo envió un mensaje a Leon, quien había despertado. Le dio la misión de salvar a Rosario en diez minutos, el tiempo máximo que podían estar en el mundo mortal utilizando sus puntos de plausibilidad. Apolo y Hades canjearon esos diez minutos en el sistema para descender a la tierra.

Mientras tanto, Leon extendió sus alas y se lanzó a toda velocidad hacia el barrio, su determinación convirtiéndose en un torrente de energía que lo impulsaba. Necesitaba llegar lo más rápido posible al lugar donde se encontraban Rosario y los demás

El aire estaba denso y cargado de una energía oscura y pesada. La figura de Pestilencia se alzaba en el cielo, irradiando un poder que parecía aplastar el alma misma. Su armadura, ya regenerada, brillaba con un resplandor siniestro mientras la lanza oscura crecía hasta el tamaño de los imponentes pilares del castillo. Su sonrisa fría y cruel era un reflejo de la inevitable destrucción que se cernía sobre Rosario e Ibarra, quienes, incapaces de moverse, solo podían ver la muerte acercarse.

El tiempo parecía detenerse mientras la lanza oscura se acercaba a toda velocidad, surcando el aire con un silbido agudo que hacía temblar el espacio mismo. Ibarra, con el cuerpo destrozado, intentaba levantarse, pero sus músculos no respondían. Rosario, apenas consciente, solo pudo mirar impotente, sabiendo que no había escapatoria. Los demás, debilitados y rotos, apenas podían arrastrarse, intentando inútilmente proteger a sus amigos.

Pero en el último instante, cuando la lanza estaba a punto de impactar, el aire se cortó con un destello dorado. Una barrera de energía divina se materializó frente a Rosario e Ibarra, bloqueando el golpe con un estruendo que hizo temblar los cimientos del castillo. La colisión de fuerzas fue tan intensa que las paredes comenzaron a resquebrajarse, y los pilares temblaron como si fueran a derrumbarse. El impacto lanzó ondas de choque que sacudieron el suelo, haciendo que fragmentos de piedra cayeran del techo.

Detrás de esa barrera dorada, apareció Apolo, su presencia era tan resplandeciente como imponente, con su cabello dorado y un traje que parecía tejido de luz misma. Hades, a su lado, se mostraba sombrío y serio, pero igualmente poderoso, rodeado de sombras que contrastaban con el brillo de Apolo. Ambos dioses estaban listos para intervenir directamente, algo que no ocurría desde tiempos inmemoriales. Hades, sin palabras, reunió a los demás compañeros de Rosario, llevándolos junto a Apolo, protegiéndolos del inmenso poder que estaba a punto de desatarse entre los dioses.

El silencio solo fue roto por las palabras de Apolo, quien, aunque sus labios esbozaban una leve sonrisa, estaba claramente irritado por la situación.

Apolo: “Me debes plausibilidad, niña. Más te vale hacerte famosa o me harás quedar mal.”

Rosario, atónita, podía ver al mismísimo dios Apolo frente a ella, su belleza resplandeciente iluminando la penumbra que las rodeaba. Junto a él, la figura de Hades era la representación de la oscuridad, pero su presencia brindaba un extraño sentido de seguridad.

Hades: “Nos van a regañar cuando regresemos a casa por esto…”

Ambos dioses usaban su poder para mantener la barrera el tiempo que fuera necesario, protegiendo a Rosario, Ibarra y a los demás mientras Leon se acercaba volando, sus alas destellando con luz en el aire cargado de desesperación. La batalla entre dioses y oscuridad estaba lejos de terminar, y el destino de los mortales pendía de un hilo.

Leon volaba con desesperación, su cuerpo aún no acostumbrado al despertar de sus poderes, memorias y, mucho menos, a su alma renovada. Cada pulsación de energía lo hacía tambalearse en el aire, su control inestable lo llevó a caer en picada, aterrizando de manera abrupta cerca de aquel puente. El mismo puente donde todo ocurrió, donde aquella tragedia con Benjamín se desató. Allí estaba, tendido en el suelo, débil y confuso, sintiendo el peso del tiempo que había perdido en su letargo. Sabía que había pasado mucho tiempo en coma, aunque, aun así, lo había visto todo. Sabía lo que le había sucedido a Benjamín, pero no despertó… no creyó que fuera necesario. Durante todo ese tiempo, Leon solo observó, paralizado por su propia incredulidad.

Desde niño, había estado solo. Maltratado, golpeado, humillado. Hasta que un día, alguien lo defendió. Ese alguien fue Benjamín. Lo sentía como un hermano. Fue él quien lo introdujo a un grupo de personas que, a pesar de todo, no lo veían de la misma manera. Así fue como conoció a Rosario, a Ibarra, a Jamal… a todos. Pero, en el fondo, siempre creyó que lo veían como un inútil, como alguien sin valor. Ahora, mientras yacía en el suelo, sabía que había estado equivocado. Ese desprecio no venía de ellos, sino de su propio miedo.

Leon (susurrando): Lo siento… Lo siento mucho, Benjamín…

Miraba el cielo, atormentado, recordando todo lo que había presenciado sin actuar. No había hecho nada por ayudar a Benjamín, por salvarlo. Solo observó, atrapado en la comodidad de su jaula interna, creyendo que todo se resolvería sin él. Ahora, no sabía dónde estaba su amigo, y no tenía la fuerza para salvar a los demás. La frustración lo consumió, y con un grito ahogado, golpeó el suelo con ira, creando grietas a su alrededor.

A lo lejos, los dioses observaban. Algunos, con una sonrisa maliciosa, disfrutaban de su sufrimiento, esperando que no llegara a tiempo. Otros, como Loki, anhelaban verlo superar sus dudas y mostrar el potencial que siempre vieron en él.

Fénix (suavemente, dentro de su mente): Leon… no te mortifiques.

Leon (con voz quebrada): Siempre estuve solo… Me mantuve así y eso creí querer. Pero ahora… me doy cuenta de que nunca quise estar solo. Y ahora sé que amo a mis amigos como si fueran mi familia. ¿Qué clase de hipócrita soy?

Fénix: ¿Y qué importa si lo eres? Cambiar de opinión no te hace menos humano. Al contrario, ¿no es eso lo que los humanos hacen? Cometen errores, y al final, comprenden. Tarde, tal vez, pero lo hacen.

Leon (dudando): Yo… no sé si puedo…

Fénix: Siempre has sabido cuál es el camino correcto. No dudes de ti mismo ahora.

En ese momento, una notificación surgió en su mente. El sistema se había actualizado, permitiendo la comunicación con otros jugadores. De repente, miles de mensajes lo bombardearon. Algunos eran de aliento, otros de odio, cargados de malicia. Pero entre todos esos mensajes, hubo uno que captó su atención. Un mensaje de Loki, el dios del caos.

Loki (mensaje): Nadie te enseña a ser fuerte, Leon. Estás obligado a serlo. Nadie confía en los débiles, y si caes, solo tú puedes levantarte. Los humanos pueden soñar. Nosotros, los dioses, ya no lo hacemos. Ustedes sonríen porque tienen esperanza; nosotros porque tenemos orgullo. Si te equivocas, puedes arreglarlo. Si un dios se equivoca, es su fin. Así que deja de llorar por un pasado que ya no está. Levántate, limpia tu rostro, toma fuerzas… y muéstrame el mundo que deseas construir.

Esas palabras resonaron profundamente en su alma. Lentamente, Leon se levantó, respirando profundamente. Cada respiración lo llenaba de una nueva convicción. Mientras caminaba sobre el puente, sus pasos ganaban fuerza.

Leon (con voz firme, mirando hacia el horizonte): No pude proteger a Benjamín… Hasta ahora me culpé, resignado a la idea de que no era lo suficientemente fuerte, de que no tenía la voluntad de levantarme.

Comenzó a correr, sus pies golpeando el pavimento con cada vez más fuerza, una sonrisa de dolor cruzando su rostro.

Leon (gritando, con desesperación en su voz): ¡Pero esta vez es diferente! ¡Lo juro! ¡No voy a dejar que mueran! ¡No los voy a perder!

Con un estallido de energía, Leon desplegó nuevamente sus alas. Esta vez eran más brillantes, más grandes y poderosas que nunca. Su esencia se transformó, envolviéndose en una luz divina propia, un poder que le pertenecía. En un salto imponente, ascendió hacia los cielos como una estrella en el firmamento. Sus alas cortaron el aire con una velocidad que rompió el cielo, llegando justo a tiempo para interponerse entre el ataque de energía de Pestilencia y sus amigos.

Desde lejos, Apolo observaba con una mezcla de envidia y respeto. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios mientras comentaba para sí mismo.

Apolo (con recelo): Tan joven… y ya maneja la energía divina. ¿Lo notas, Hades?

Hades (serio, observando la escena): Sí. Parece que finalmente ha nacido un jugador de nivel continental.

Leon se mantenía frente a Pestilencia, sus ojos ardían con determinación. Con una mano extendida, había detenido el ataque, y las llamas divinas que emanaban de su cuerpo lo rodeaban como un aura de fuego puro. Su cabello plateado ondeaba al viento generado por su imponente entrada, mientras un halo flameante flotaba sobre su cabeza. En su otra mano, portaba una espada, aún enfundada, que irradiaba una fuerza abrumadora.

Frente a frente, Leon y Pestilencia se observaban en silencio, ambos sabiendo que el combate que estaba por comenzar no solo decidiría su destino, sino el destino de todo el continente.

Actualización del sistema…

Misión de evento nivel provincial actualizada.

Aumento de dificultad para la misión.

El evento de nivel provincial ha cambiado a…

Evento de nivel País.

El ganador o los ganadores de este evento tendrán derecho a entrar en el ranking nacional y serán invitados al duelo entre países, donde se decidirá quién será el gobernante supremo de toda Sudamérica para el evento continental.

Benjamín: estoy esperándote.. gana.. para poder vernos y al fin.. decidir quien es el mas fuerte aquí..

Esto solo era el inicio y el fin de una etapa de un arco de una historia esta es la ultima esperanza de la humanidad aquel que sera la causa de su salvación o quizás.. la causa de su destrucción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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